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Aquí y ahora

Ester Goldsack - Santiago de Chile




Conocí a Jorge el 1 de marzo de 1967 en el patio de la Casa Central de la Universidad Católica, en nuestro primer día de clases. Iniciamos juntos la carrera de Medicina. Inmediatamente nos sentimos unidos por intereses comunes. El 22 de marzo de 1974 nos casamos, iniciando así la época más feliz.

Desde el día que recibí mi título supe que la Medicina era en mis manos la forma de servir y de ocupar ese lugar que desde siempre Dios tenía reservado para mí. Sin embargo, por gracia de Dios, nunca dudé que lo primero para mí sería mi esposo y mis hos. Ambos teníamos como meta la santidad y estábamos de acuerdo en alcanzarla juntos, ayudándonos, complementándonos.

Es así como decidí no postular a la beca de Medicina Interna en la Universidad Católica, ya que su exigencia durante tres años me impediría poner en primer lugar la familia. La tentación fue grande: el prestigio profesional era tan atrayente... Entré a trabajar en un hospital donde el horario me permitía respetar el orden que tan claro veía y, a la vez, permitía seguir mi especialización primero en Medicina Interna y luego en Cardiología.

En julio de ese año, el día 7, en el colegio Tabancura, tuve el privilegio de conocer a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, en una tertulia. Le hice una pregunta que ha marcado mi vida:

“Padre, ¿qué le aconseja usted a un matrimonio recién formado, que busca la santidad?”.

Aún siento sus ojos cariñosos y la sonrisa de felicidad con que nos contestó:


-Primero, que os queráis mucho, según la ley de Dios. Después, que no tengáis miedo a la vida, que améis todos los defectos mutuos que no son ofensa de Dios; y luego, que tú procures no descuidarte, porque no te perteneces. Ya te han dicho, y lo sabes muy bien, que perteneces a tu marido y él a ti. iNo te lo dejes robar! Es un alma que debe ir contigo al Cielo y, además, que contigo ha de dar calidad chilena o sea, cristiana, gracia humana también, a los hijos que el Señor os mande. Rezad un poquito juntos. No mucho, pero un poquito todos los días. Cuando te olvides tú, que te lo diga él; y cuando se olvide él, se lo recuerdas tú. No le eches nunca nada en cara, no le vayas con pequeñeces, mortificándolo”.



Estas palabras han dejado una huella profunda en mi alma y me sirven en mi lucha diaria en la búsqueda de Jesucristo.


Tenemos siete hijos, entre 12y 24 años, que a pesar de sus defectos, vemos crecer como verdaderas obras de arte salidas de manos del Creador. Cultivamos nuestro amor y lo cuidamos con la voluntad decidida de que a través de él nos santificamos. Es así como una tarde a la semana salimos solos a pasear para crecer en intimidad y compartir las preocupaciones y los planes para el futuro próximo. Rezamos un poquito juntos, un poco con todos los niños después de la comida, leyendo el Evangelio del día, e intentamos ir juntos diariamente a la Santa Misa.

En estos casi 28 años de matrimonio, y en contacto diario con el dolor y la muerte al lado del enfermo, me he dado cuenta que ninguna filosofía puede dar respuesta a las preguntas que acompañan a los hombres de todos los tiempos, sino sólo una persona: Jesucristo.

Mi vida, entonces, es una lucha para encontrarme con Él, en el día a día. Los medios: la oración y los sacramentos, sobre todo la Eucaristía. De este modo, con el centro claro, puedo cumplir mi vocación de mujer: acogedora, abierta a dar amor, a ser madre. Entonces, el trabajo fuera de la casa y el de mi hogar, que intento mantener luminoso y alegre como decía el Beato Josemaría, no se contraponen. Ambos contribuyen al encuentro con Jesucristo.

No es que sea fácil, pero se puede. He logrado organizarme según un orden que me permite vivir en paz: Dios, mi familia, mi profesión. He aprendido a ocuparme sólo del quehacer del día y durante éste, vivir en cuerpo y alma la ocupación de cada hora. Ya no sufro tanto por lo que dejé de hacer o por lo que vendrá después; más bien me doy cuenta que tengo la gracia para vivir sólo el hoy e intento vivirlo como si fuera mi último día, como también aprendí de Camino, 253.;”Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer” que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti”.

Me ha servido mucho hacer todo cara a Dios, el centro de mi vida, a quien realmente tendré que dar cuenta de cómo he vivido el tiempo que me ha regalado.

Testimonio Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8a 11 de enero del 2002

 


 

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