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El verdadero sentido del trabajo
Urszula Korab, de Varsovia, Polonia



Gracias a las enseñanzas del Fundador del Opus Dei he entendido por qué el hombre trabaja. Desde la infancia he estado rodeada por personas que trabajaban mucho y honradamente.

Recuerdo a mi madre muy atareada pero feliz, con cinco hijos y trabajando fuera de casa; igualmente mi padre. A mi marido y a mí nos encanta trabajar. Nos gusta mucho trabajar, ¡ése es el problema!

Me di cuenta de que si no hubiera conocido el Opus Dei, trataría el trabajo como un fin en sí mismo.

Hasta hace poco tiempo, no acertaba al establecer una jerarquía de valores. Asumía muchas obligaciones sin pararme a considerar si las podría realizar. Me sentía insustituible.


No me daba cuenta de que cada uno tiene en esta tierra “sus cinco minutos”. Lo esencial es cómo aprovecharlos del mejor modo, es decir, de acuerdo con la Voluntad de Dios, y no con la propia.

Ahora procuro pensar en el fin de cada tarea importante que debo realizar y tenerlo presente. Cada día pido a Dios que consiga ser mejor instrumento en Sus manos al realizar mi trabajo. Soy directora de una pequeña escuela. Con frecuencia, tomo decisiones relacionadas con profesores y alumnos. Si no fuera por la petición diaria en la Santa Misa por esta intención, y por el convencimiento de que puedo hacer poco pero bien, hace tiempo que hubiera dejado esta tarea, que sobrepasa mis posibilidades.

Cada día recurro a la intercesión del Fundador del Opus Dei para que me ayude a que todo lo que haga sea para la gloria de Dios, no para la mía. Dejo entonces de tener miedo a los fracasos: “Has fracasado! —Nosotros no fracasamos nunca. —Pusiste del todo tu confianza en Dios. —No perdonaste, luego, ningún medio humano”. (Camino, 404)

Gracias a sus enseñanzas, me he dado cuenta también de que el trabajo esforzado de los padres no necesariamente ha de ser reconocido positivamente por los hijos. Yo recuerdo a mi madre siempre contenta, aunque cansada. Mis hijos, sin embargo, han escuchado mis quejas de cansancio. Y eso es una lamentable equivocación. A pesar de que tenía la jerarquía de valores: en primer lugar mi familia, mis hijos, y después el trabajo profesional, la realidad es que vivía con un gran desorden.

Ahora intento dedicar al trabajo del hogar mis mejores energías y no quejarme cuando estoy cansada. Intento también que mis hijos nos vean a mi marido y a mí en ratos de descanso. Resulta difícil. Además, mi marido y yo nos hemos propuesto hablar en voz alta sobre todo de las experiencias profesionales positivas.

Procuro también con naturalidad mostrar que durante un día de trabajo, hay tiempo y lugar para la oración. Por ejemplo, si resulta que asisto a la Santa Misa por la tarde, interrumpo el trabajo y me arreglo para ir a la Iglesia. Mis hijos ven
que es posible en un día corriente rezar y trabajar. Esto resulta evidente, pero para mí es muy difícil, especialmente esos días en los que una obligación atropella a la siguiente. Mis hijos de 21, 19 y 17 años tienen una vida intensa y este testimonio es para ellos muy necesario.

Gracias a las enseñanzas del fundador, comprendo el orden que debe dirigir el trabajo del hombre. Dios ha inscrito en nuestra naturaleza la capacidad para trabajar, como una más de las muchas capacidades que tenemos. Por tanto, deberíamos aprovecharla al máximo. Pero esta capacidad es sólo un instrumento que ha de ser utilizado correctamente. Sin embargo, no ha de identificarse el instrumento con el fin. En el mundo actual, esto es un error frecuente. Constantemente hay que poner la propia inteligencia y voluntad e incesantemente hay que pedir luces en la oración, para discernir lo que es más importante.


Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a 11 de enero del 2002 .

 


 

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