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La lucha por el buen humor

Raúl Lagomarsino



Mi nombre es Raúl, tengo 30 años, y estoy casado con Mariana desde hace 10 meses. Somos uruguayos. Cuando me pidieron que escribiera unas líneas acerca de cómo las enseñanzas del fundador del Opus Dei habían influido en mi vida sentí que me ponían en un pequeño brete. En primer lugar, porque son tantas las formas en que esta influencia se ha dado a lo largo de los últimos 10 años de mi vida, que se me hace difícil elegir una.

Hay un aspecto particular de su vida y sus enseñanzas del que sin duda influye de forma muy especial mi vida diaria, en el trabajo y en la familia: la lucha por estar siempre de buen humor.

Hablemos primero de la vida diaria en el hogar. A pesar de llevar muy poco tiempo casado, y de no tener hijos aún, creo poder afirmar, sin temor a equivocarme, que sin un esfuerzo constante por mantener el buen humor en el seno familiar, los pequeños problemas de la vida diaria y la tensión del trabajo llevan a que la paz y alegría familiar se diluya de manera lenta, pero constantemente.

Los caracteres de los esposos se van agriando, y volver al hogar después de trabajar ya no es un alivio, sino una carga. De esta forma, se hace muy difícil, mantener el amor y la fidelidad de los esposos. El Fundador sin duda tenía esto muy en mente cuando nos animaba machaconamente a luchar por mantener hogares “luminosos y alegres”.

Para lograr esta alegría y buen humor no es necesario invertir en costosos regalos, ni irse de vacaciones a sitiós cada vez más exóticos, y desde luego dependerá de cada situación particular. Sin embargo, estoy convencido que en la enorme mayoría de los casos, para mantener un hogar alegre los esfuerzos no tendrán que ser muy fuertes, aunque sí constantes.

En mi caso, tanto mi esposa como yo tenemos un carácter fuerte, y somos muy discutidores. He descubierto un par de puntos que, a pesar de su aparente simpleza, nos ayudan mucho a mantener el buen ambiente en casa.

Primero: ¿Puede ella tener razón en lo que sostiene? La enorme mayoría de las veces discutimos sobre algo que no tiene una respuesta definitiva. Tener esto en mente ayuda a bajar la tensión y controlar los nervios.

Segundo: Si estoy completamente seguro de tener razón, ¿es el tema lo suficientemente importante como para discutir así?

La última discusión acalorada que recuerdo haber tenido con Mariana, fue acerca del estilo de construcción que usaremos para nuestra casa en la playa. El hecho de recordar que, sea cual sea el estilo que elijamos, no contaremos con el dinero necesario para construir la casa hasta dentro de muchos años, hizo que termináramos la discusión a risas.

Intentar mantener siempre el buen humor me ha sido también de gran ayuda en mi trabajo. Soy profesor de una escuela de negocios, y para mis clases empleo el método del caso.

El buen humor incluye la capacidad de encontrar siempre algo positivo en cada contribución de los alumnos, y poder exponer lo negativo de forma clara pero simpática. Esto lleva a que los participantes no se sientan ofendidos con las correcciones, expongan su opinión con mayor frescura y sin timidez, contribuyan al diálogo constructivo, y además, que se diviertan en el proceso. Al mismo tiempo, genera un clima de confianza mutua e incluso de amistad, que continúa fuera del aula.

El buen humor es esencial también con los amigos, y en especial para el apostolado. Al conversar de Dios con mis amigos, me he encontrado con que gran parte del alejamiento que muchos de ellos tienen respecto a la religión y a las prácticas de piedad se debe a una mala comprensión de las mismas. Para muchos de ellos, ser católico significa sujetarse a una larga lista de “restricciones”, que impiden “ser uno mismo”, vivir “libremente”.

En mi experiencia, intentar explicar o incluso defender la doctrina de forma dogmática y testaruda no lleva a nada positivo. Intentar comprender al otro, sin transigir con el error, nunca me ha llevado a algo negativo. En este aspecto, no puedo menos de asombrarme cuando miro una y otra vez las tertulias del Fundador.

En ellas, repartía buen humor y cariño a raudales, sin ceder lo más mínimo en la profundidad y firmeza de su exposición. Esta falta total de ambigüedades, con una delicadeza y comprensión total y hacia todos, es en mi opinión lo que movía a tantas y tantas personas a cambiar, y adentrarse en caminos de Dios.

Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a 11 de enero de 2002


 


 

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