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Tras un abandono del hogar

Una historia personal




Debido a un gran bache en mi vida entré en contacto con miembros del Opus Dei. Sin él, supongo que en este momento seguiría viviendo de la misma forma que lo hacía antes, sin pena ni gloria. Seguiría como hasta entonces, pasando un día tras otro de una forma superficial, ligera, rozándola apenas, y sin, enterarme de que la vida es un regalo, algo que sólo construyéndola desde dentro y viviéndola cada día -con todo lo bueno y lo malo que conlleva- tiene un sentido muy profundo.

Y habría muerto, imagino, mirando hacia atrás de refilón tan sólo, pues no habría podido hacerlo de ninguna otra manera. No sabía más.

La historia empezó hace casi cuatro años. Hasta entonces, mi vida era normal, vivía una situación personal y social muy buena, parecía que todo iba viento en popa... pero mi marido empezó a cambiar, a hacer cosas que nunca antes había hecho, a mirarme angustiado, le veía mal, intentaba hablar con él y no podía. Me decía: “estoy muerto por dentro”, y la que me moría era yo oyéndole decir cosas que no entendía, “Busco espacios y vibraciones”, me decía, y mi cara de sorpresa era mayúscula.

La cabeza me daba vueltas, le pregunté a mi marido si tenía alguna amiga, me dijo que no, siguió muy angustiado durante unos días, hablando de cosas que yo no entendía y culpándome de su estado actual... Al cabo de unos días, me dijo que había decidido ¡rse de casa para protegernos. “¿Protegernos?”

Vi que estaba frente a una crisis y me di cuenta de que para sobrevivir al abismo que se abría delante de mí, iba a necesitar ayuda, ya que era imposible que yo sola pudiera aclararme en medio de semejante lío. Me di cuenta de la situación, mi marido estaba mal y yo debía estar al pie del cañón, entonces recordaba: “en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza...”; ahora me iba a tocar vivir lo que cuándo nos casamos habíamos prometido.


Ocho meses interminables

Durante ocho interminables meses, nadie supo lo que pasaba. Para el resto de mis hermanos, para los amigos, incluso para la señora de la limpieza —ya me encargué yo de poner cada día a lavar ropa limpia que arrugaba para que no supiera que la acababa de sacar del armario-, mi marido seguía en casa. Y no lo estaba.

Nos llamaba gente para salir a cenar o para ir a algún sitio los fines de semana, y todo eran excusas: “no podemos, hoy llegará tarde, tiene mucho trabajo..., hoy tiene una cena..., este fin de semana vamos a ver a mis suegros, no se encuentran muy bien...”

Y él llamaba cada semana los lunes por la mañana desde el trabajo, como si no pasara nada. Llamaba tan tranquilo, le parecía tan normal todo lo que estaba haciendo él y lo que estábamos haciendo los demás por él. Me preguntaba cómo estaba y yo le contestaba que bie; le seguía la corriente, entonces, él, tranquilamente cogía la agenda y me daba hora para ir a comer un día de esa semana: "tengo mucho trabajo", decía.

Y así transcurrió el tiempo, semana a semana, mes tras mes... No sabíamos dónde vivía ni lo que hacía ni con quién estaba, no sabíamos nada. Desaparecía y le dejábamos que lo hiciera, con la esperanza de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo. No veía a sus hijos ni hablaba con sus padres, y cuando se encontraba con algún amigo, su reacción era siempre la más absoluta normalidad: no pasaba nada.

Pero los meses pasaban y hasta él se dio cuenta de que la situación era insostenible y volvió a casa. Pero no era ni en broma el de antes, no hablaba, estaba ausente, tenía unos ojos raros. Mis hijos se volcaban en él, y él hizo esfuerzos por cuidarlos de nuevo.

Y dos meses más tarde ahí estaba otra vez, diciendo ahora lo que tanto había escondido y que nos imaginábamos ¡cómo no!: tenía una amiga, se había enamorado de ella..., la historia de siempre.

La historia de siempre

Desapareció. Han pasado dos años y medio desde entonces y lo que sé de él es a través de mis hijos -a los que ve de vez en cuando-, y de mis suegros. Nunca ha dicho dónde vive, y hasta hace un año desconocíamos su teléfono. Si pasaba algo, sólo se le podía encontrar en horario de trabajo, pues el fin de semana tiene el móvil desconectado. Durante todo este tiempo, mi marido ha dejado de ser quien era: no sé quién es, hace negro donde antes hacía blanco...


¿Cómo puede una persona soportar todo esto? A veces me asombro de la resistencia humana. Pero la frase que resume cómo he podido sobrevivir a semejante temporal, y cómo lo voy resistiendo todavía -pues la historia no ha terminado-, me la dijo una amiga mía de la Obra hace ya tiempo: “agárrate a Dios como una lapa”. Y eso he hecho, y eso sigo haciendo, pero he tenido que aprender muchas cosas.

Hace ya muchos años, cuando esta profunda crisis vivida no se me pasaba ni por la imaginación, en mi interior había una convicción: “cuando tengas un problema grave, ve a gente del Opus Dei. Ellos te ayudarán”. Por aquel entonces esto me parecía surrealista: no era mi ambiente, la gente de la Obra que yo conocía no era santo de mi devoción, y tenía un montón de prejuicios que me distanciaban totalmente de ella.

Tuve algunos problemas con mis hijos —alguno, muy serio- y la frase venía a mi mente..., pero la olvidaba. Hasta que hubo un momento en que el mundo se rompió y entonces supe que el momento había llegado.

Y ahí estaba conmigo, una persona a la que no conocía, dándome todo lo que veía que necesitaba, su tiempo, sus ojos, su cariño, su conocimiento, para enseñarme a andar, a moverme en medio de la tormenta. Con su ayuda, lo he conseguido, y lo voy consiguiendo día a día En el Opus Dei he encontrado esa formación básica que todos deberíamos tener y no tenemos, algo así como saber conducir un coche, o saber nadar... Se nos ha olvidado que hay que saber vivir, que vivir no es vegetar ni vemos arrastrados por el mundo en que estamos metidos. Vivir es el “hágase tu voluntad” del Padrenuestro, y hay que saber hacerlo.., y yo no sabía.

Me han enseñado a conocer a Dios Padre, a tratarle, a escuchar su palabra, me han enseñado la “conversión” a Dios, el “volverme” hacia Él y escucharle, porque habla muy fuerte. Y su poder es obvio. Pero somos una generación que vivimos para nosotros mismos y escuchamos poco, y a esto, hay que aprender también. Ahora sé qué hago yo en esta vida, me conozco cada vez mejor, conozco mi sitio y disfruto con lo que Él me da, día a día.

Y lo bueno del caso es que al cambiar yo, ha cambiado todo: la organización de mi familia, la forma de tratar a la gente, mi formación profesional, la forma de realizar mi trabajo... Todo está unido, ahora está muy claro.

C
uando todo esto ocurrió, yo trabajaba -siempre lo he hecho-, y mi trabajo llenaba una gran parte de mis horas. Pero no era como ahora. He aprendido a trabajar de otra forma, mis compañeros -tan fieles durante la crisis- siguen siendo los mismos, pero veo detrás de ellos a las personas que antes era incapaz de apreciar...

Mi mismo trabajo, la dimensión que tiene, no se parece en nada a la de antes. Y cuando me preguntan que cómo me las he arreglado para ser madre, padre y trabajadora a la vez, les respondo que como he podido, a base de equivocarme y rectificar, como en todo. Me di cuenta de que tenía una oportunidad de oro para lanzarme a un nuevo reto profesional, quería hacer las cosas bien a fondo.

Empecé de nuevo

Y empecé de nuevo: volví a la Universidad a hacer un nuevo curso. Y con él en el bolsillo, con mayor seguridad profesional en mí misma, sigo este año, con más trabajo que nunca, pero con más ilusión que nunca también. No me ciega el trabajo, es tan sólo una faceta importante de mi vida, un lugar en el que puedo desarrollar parte de ella, dando allí lo nuevo y lo viejo que hay en mí. Pero tiene su sitio en mi lista de prioridades. Y el primero lo tengo bien claro: es mi familia.

Me di cuenta de que ahora era yo la capitana del barco de la familia. Yo era ahora padre y madre a la vez, y pensé que debía estar más disponible que nunca para mis tres hijos. Pero trabajaba muchas horas. Por ello, decidí tener los canales de comunicación siempre abiertos, cogía el móvil en medio de reuniones el móvil tiene un chivato estupendo y dice quién llama-, sabían que podían ir a yerme al despacho siempre que lo necesitaban, que al principio, eran muchas veces. Nos íbamos al bar y hablábamos...

Últimamente he podido organizarme para comer con ellos varios días a la semana y cenamos juntos siempre que pueden. Ellos me han ayudado a mí también en muchas cosas, incluso en algo tan simple —y tan pesado para mí- como es hacer la compra semanal. Uno de ellos es el encargado, ahora la hacemos por internet, la tecnología nos ha ayudado a ganar tiempo. Y he tenido mucha suerte con la empresa en la que trabajo, pues gracias a ella y con su ayuda, he podido facilitarles la relación con otras compañías y con el mundo profesional.

Paso días buenos, otros malos, otros buenísimos y otros malísimos, como tanta otra gente. “Agárrate a Dios como una lapa”... Era el secreto: ahora me doy cuenta de todo.


 

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