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Sentido común y sentido sobrenatural


A. M. Navarro




Cuando se pregunta a las mujeres los motivos por los que trabajan, se pueden oír distintos tipo de respuestas: ganar dinero, seguir una vocación profesional, tener previsión de futuro, cambiar de aires. ..Yo sólo tengo una que es la que doy siempre: me puse a trabajar para salvar mi matrimonio.

Hablaba en serio. Mi marido, que es un hombre excelente y al que quiero mucho, era y es una persona muy activa. Por este motivo, en mis primeros años de casada, pasaba mucho tiempo fuera de casa. Yo, en cambio, soñaba con estar con él, y sus ausencias me hacían sufrir. De prolongarse la situación, temía convertirme en una esposa malhumorada, con un carácter de mal en peor. Precisamente todo lo contrario de lo que yo quería. Así que me di cuenta de que el problema no era de él, sino mío. Y, por tanto, tenía que inventar el modo de cambiar de mi actitud.

Como por vía directa no conseguía nada, se me ocurrió la vía indirecta: Si Mahoma no va a la montaña, las montaña irá a Mahoma. Se me presentó la oportunidad de oro. En la Universidad necesitaban un profesor con un determinado perfil, que casualmente coincidía con el mío. Me contrataron. En consecuencia, logré ir y volver con él a la ida y a la vuelta del trabajo, coincidir a la hora del café, charlar, comunicarnos, etc.

Yo estaba feliz. Encima lo que aprendía en mi trabajo me servía para la educación de mis hijos y el beneficio era doble. En cualquier caso, nuestros hijos se encontraban con unos padres alegres, contentos de volver a casa, ilusionados con las vacaciones escolares, que nos permitían hacer planes familiares todos juntos.

Este sistema se ha prolongado hasta la jubilación. Mi vida ahora ha cambiado y él ha seguido con sus múltiples quehaceres. Pero la base está ya creada.

Pero mirando hacia atrás me pregunto: ¿Cómo llegar a todo cuando el trabajo se multiplica, y además había que hacerlo bien, sabiendo que era en los afanes de cada día donde estaba el camino cte mi santificación? Acudí a la recomendación que nos había hecho el fundador del Opus Dei: obrar con sentido común y con sentido sobrenatural.

Ideas

En el modo de aplicarlos se me ocurrieron varias ideas. Por una parte, trabajar a media jornada, algo que ya había hecho desde el principio. En segundo lugar, distinguir las diversas tareas de la casa y discernir aquellas que eran inexcusables o de mi particular competencia, a diferencia de otras delegables en personas o instrumentos. Por último, entender cabalmente el concepto de hacer las cosas bien.

Trabajar a media jornada comportaba una serie de costes: no me promocionaría al mismo nivel de los que hacían jornada completa, se vería afectada la cuantía de mi pensión de jubilación y tendría que cultivar una excelencia que otros no tuvieran para que a la empresa le interesase mantenerme. Asumí esos costes con alegría y bastante desprendimiento, porque lo que obtenía a cambio era más valioso para mí: podría atender mejor a mi familia.

Otro aspecto a tener en cuenta es que en la casa hay múltiples tareas, que además cambian constantemente. Es inoperante hacer una programación a largo plazo, es difícil preverla a medio plazo y es bastante improbable que se cumpla a corto plazo, sobre todo cuando los hijos son pequeños. La vida familiar está tan llena de imprevistos con los que hay que contar. De ahí que sea medida de prudencia, como nos aconsejaba el Fundador, vivir al día y no hacer planes para periodos más largos, de nada sirve querer tenerlo todo bajo control.

Tres planos

Dentro de esta dinámica, además, las tareas del hogar son muy variadas. Hace falta, eso sí, un orden, una organización y una disciplina que nos ayudan a distinguir en la misma tarea doméstica diversos planos o niveles. Por propia experiencia, he llegado a señalar tres planos.

El primer nivel, que engloba las tareas materiales (lo que se hace con las manos o los pies, aunque sea guiado por la cabeza y el corazón, como limpiar, cocinar, ir de compras o acudir al médico, por ejemplo). Después está el segundo nivel, al que hemos dado el apelativo de convivencia, (compartir las tareas comunes, reunirse para celebrar las fiestas, sostener tertulias...) En la cima, aparece la función directiva o de organización.

Como se trata de un conjunto, se puede concluir que hay una interacción entre los tres planos, de tal modo que para dirigir bien hay que conocer el número y la especie de las tareas materiales, junto con los recursos materiales y humanos de los que se dispone, además, por supuesto, de tener la conciencia clara de lo que se pretende (o valores elegidos por la familia), cuya materialización se evidencia en el estilo habitual de la convivencia familiar.

Si hay coherencia entre los tres planos, y éstos responden a unos valores buenos y verdaderos, podremos hablar de un clima conciliador, y en el caso de la mujer de doble empleo, de una cultura acogedora y pacífica, que ha sido en gran parte creada por ella.
Por tanto, concluyo que el hecho de trabajar fuera de casa, si la mujer se organiza bien, no sólo no es inconveniente sino que puede llegar a ser beneficioso.

En el campo de las ausencias, incluyo no sólo el tiempo dedicado al trabajo profesional, sino también el tiempo que se rescata de una dedicación que otros podrían hacer por ella. Rescatar ese tiempo es un trabajo añadido a los que ya tiene la mujer en primera línea. Consiste en prever en la medida de lo posible unas inversiones en aparatos que, con la debida relación correcta entre calidad-precio, ayuden a realizar las labores materiales de un modo más económico y eficaz.

Incluye también la previsión de una ayuda doméstica adecuada, cuya cualificación es a veces otra tarea añadida, pero que interesa realizar por razones humanas y sobrenaturales. Por último, es interesante pensar en la ayuda de los miembros de la familia, marido e hijos, en la medida de sus correspondientes posibilidades y disponibilidades. En todos los casos, el criterio para el ama de casa y directora de su hogar, se ampara en el principio de subsidiariedad: lo que puedan hacer otros no tengo por qué hacerlo yo.


Por otra parte, enseñar a hacer bien las cosas es otro trabajo, nadie lo niega. En ocasiones es una tarea más gravosa que hacer las cosas una misma. Pero compensa, y, sobre todo, es una ocasión de servir a los demás, en la medida en que se les ayuda a dominar unos conocimientos y unas técnicas que, aumentarán las cotas de su libertad (dominar la situación), y les ayudarán a perfeccionarse como trabajadores, a perfeccionar a otros y a perfeccionar su propio trabajo.

Enfocado este triple beneficio desde la perspectiva de servir a Dios y a los demás por amor, nos daremos cuenta que estamos ante un trabajo apostólico, o si se quiere, que funcionamos con sentido sobrenatural.


En definitiva, no se trata de llegar a todo, sino de elegir —por amor- aquellas tareas que tienen más sentido respecto a Dios y cara al servicio a los demás. Así resulta que la selección que se hace- unas cosas más que otras, unas cosas sí y otras no-, permite unir el sentido común y el sentido sobrenatural. Y es en esa conjunción donde aparece el horizonte vital del cristiano, en concreto en el caso de la mujer, la auténtica unidad de vida.


Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a 11 de enero deI 2002


 

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