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Mi encuentro con el Opus Dei

M. T. Pallut, de París


 



Antes de conocer el Opus Dei y la espiritualidad de Monseñor Escrivá, yo era una cristiana no practicante. Hacia 1965 mi fe se había desmoronado en un ambiente desacralizado que me irritaba y me movía a no perseverar ni a comprometerme con nada: sentía que debía renunciar a demasiadas cosas para adaptarme a la Iglesia. Me sentía excluida de Ella por mi incomprensión, mis temores... ¡por mi ignorancia!

Mi encuentro con la espiritualidad del Opus Dei y Monseñor Escrivá de Balaguer, a finales de 1979, fueron la consecuencia de quince años de espera y de deseo de fe. iPor fin supe dónde descansar para vivir mi Fe como sentía que debía vivirla! ¡Y por fin había encontrado mi lugar dentro de la Iglesia!


La primera consecuencia para mi vida personal fue dejar de plantearme cuestiones estériles sobre “mi destino”. Comprendí que mi futuro tomaba un sentido, no en relación con los acontecimientos exteriores, sino por medio de elecciones libres: era yo la que "conducía" mi vida a través de elecciones concretas.

Si hacía esas elecciones buscando la Voluntad de Dios, no debía tener motivo alguno de temor a equivocarme. Ya no me sentía recelosa ante mis dudas. “Aquí y ahora”, me estaba esperando Dios.

Entendí más tarde que esas decisiones, tomadas bajo la mirada de Dios me llevaban hacia mis fines últimos. Me sentía de mejor humor y las contrariedades de la vida cotidiana tomaban un lugar más justo y proporcionado. Las actitudes negativas que se cruzaban en mi camino no me afectaban ya tanto y se convertían incluso en satisfacciones... ¡podía ponerme a prueba! Eran los primeros tiempos... y mi vocación debió madurar y adquirir otra densidad luego. Aprendí así que se podía dar un sentido sobrenatural a las cosas ordinarias, inmediatas, cotidianas.

Esta dimensión de las relaciones puede vivirse en familia, en el trabajo, en la calle. Mi trabajo profesional me atraía. Trabajo con estudiantes extranjeros, a los que pensar y expresarse en francés supone un trabajo preciso y una pedagogía adecuada. Al entregarme con fe para desarrollar sus capacidades, deseando transmitirles lo mejor de mis competencias, nos llegamos a comunicar a través de una especie do metalenguaje: la alegría de trabajar juntos. Entonces comencé a entender el sentido de la frase “santificar el trabajo, santificarme por mi trabajo, santificar a los demás por mi trabajo”.

En efecto, un trabajo bien hecho puede resultar agradable a Dios... ¡No se le puede ofrecer algo inacabado, aproximado o hecho de cualquier forma! Además, puesto que cualquier trabajo supone el compromiso de una persona, esa persona se ve afectada por las características de su trabajo.

La educación de mis hijos


Esta realidad se inscribe a su vez en otro terreno: la educación de mis hijos cuando he sido madre, puesto que las tareas educativas resultan entonces más variadas, más densas y ise viven a muy largo plazo!

No se puede exigir a un niño el esfuerzo que nosotros mismos nos resistimos a hacer. La educación no es un discurso; es la propia vida que se da de modo que su carácter se imprime en l alma de los niños: es lo que da el “tono” cristiano a una familia. Esta es una gran responsabilidad. El trabajo en casa implica más a la persona en sus virtudes humanas que en sus cualidades intelectuales o en una competencia específica. No se trata aquí tanto de poner en práctica conocimientos o un saber hacer, sino un saber ser. A través de los escritos y la vida del Fundador del Opus Dei, se reconocen los vínculos directos entre la lucha persona! y la eficacia a través de la gracia.

Cuando se debe compaginar vida familiar y vida profesional, se comprende muy bien este juego entre la lucha personal y la gracia de Dios. Vemos a diario que una vida familiar sin un enfoque profesional resulta muy frágil y subjetiva... y que una vida profesional sin la implicación generosa de la persona se deshumaniza. Lo que se santifica en la vida familiar enriquece nuestra vida profesional. Y lo que hayamos santificado en la vida profesional reforzará la exigencia de una vida familiar trabajada.

Quiero destacar que para hacer compatible la vida familiar y la profesional, la audacia siempre es necesaria; ¡hay que hablar sin miedo! Entonces el respeto humano se atenúa y se encuentran con más facilidad tas palabras justas para decir la verdad sin hacer daño.

En conclusión, yo diría que mi encuentro con la Obra, además de suscitar una vocación que considero lo más importante de mi vida, me ha permitido orientar de manera segura y madura todos mis compromisos. En esa vocación se han inscrito mi vocación matrimonial y con efectos “retroactivos”, mi vocación profesional. Siento una profunda gratitud por ello hacia Dios y el Fundador del Opus Dei; estimo además la oportunidad que se me ha brindado de vivir un encuentro así y aspiro a compartir esta alegría y esta experiencia con quien se cruce en mi camino.


Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a 11 de enero de 2002


 

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