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Mi aventura, nuestra aventura

Peter Prünte - Alemania




Cuando era estudiante, antes de conocer la Obra -eso sucedió en 1981 por medio de Julia, mi novia, que ahora es mi mujer- yo tenía un concepto confuso sobre la familia. No me planteaba casarme y no la acababa de ver su ncesidad, aunque había conocido, a través de mis padres, el ejemplo de un matrimonio cristiano que se profesaba fidelidad mutua. Pero me había ido alejando tanto de la fe, que como mucho, aceptaba las ideas filosóficas de Séneca, a quien había conocido por las lecturas en el colegio.

Lo realmente decisivo para mí, aparte de conocer a padres de familia del Opus Dei, fue mi propia decisión de formar una familia cuando me casé con Julia. Me embarqué en "la aventura de la familia”, una aventura para la que son tan apropiadas las palabras del Señor a Pedro “Duc in altum”.


La parte principal de la aventura comienza al ver cómo van creciendo mis cinco hijos que han ido naciendo uno tras otro, como un regalo de Dios. He comprendido que pertenecen únicamente al Señor y que yo, como padre, tengo el privilegio de responsabilizarme de ellos.

Sueño con que nuestros hijos lleven una vida propia de un cristiano, y que a través de su vida puedan transmitir la luz de la fe a su vez a muchas personas, convirtiéndose en maravillosos multiplicadores de lo que nosotros, fortalecidos por las enseñanzas del Fundador del Opus Dei, procuramos transmitirles.

Es indudable que no podemos transmitir nada que no hayamos recibido antes. Por eso, Julia y yo nos esforzamos para que adquieran unos sólidos hábitos de oración, especialmente por las mañanas y las noches; y procuramos que durante el día recen jaculatorias al Señor, a la Virgen, a los Ángeles de la Guarda. Para mí significa mucho que el Señor haya fundado la Obra precisamente en la fiesta de los Santos Ángeles. El Fundador nos ha hablado sobre esta devoción a los Ángeles, y yo mismo he podido comprobar una y otra vez, que me han ayudado mucho; de modo que he podido transmitir esta bellísima experiencia a los niños.


En la oración me gusta contemplar lo que el Señor me quiere enseñar a través del comportamiento y las maneras de los niños, y, concretamente, cómo puedo aprender, a través de ellos, a ser más sencillo.

Procuramos, sobre todo, hacernos amigos de nuestros hijos. Esta es la tarea más exigente de todas, porque es necesario, una y otra vez, reprender a los niños y darles indicaciones. Eso me lleva a hacerlo con cariño, sin herir, con paciencia. Pienso esas palabras del Señor, cuando nos dice que salvaremos nuestras almas con nuestra paciencia, resultan especialmente adecuadas a la educación de los hijos. Cada hijo necesita y exige una formación individual, para que comprenda, en un mundo secularizado como el nuestro, que, gracias a la fe, tiene mejores posibilidades de desarrollo personal y sólo gracias a la fe sacará fuerzas para afrontar los retos de la vida.

También he aprendido del Fundador que no debemos llevar una vida de forma individualista y, en definitiva, estéril, porque el Señor espera muchos frutos de nosotros. A través de los hijos Dios nos permite que nuestra influencia cristiana trascienda el estrecho círculo de la familia y llegue al círculo de amistades de nuestros hijos, para que, a partir de lo pequeño, podamos participar en la grande y excelsa Obra de Dios

Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a 11 de enero deI 2002


 

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