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¡Dios emite siempre!

Sra. Rack, de Stuttgart, Alemania



La muerte de mi madre

El comienzo de mis estudios universitarios estuvo marcado por la muerte de mi madre. En cierto sentido, con ella murió toda mi familia, ya que había crecido a solas con ella, y nos teníamos por un tándem estupendo. Aunque su muerte estuvo precedida de una prolongada enfermedad, me afectó mucho, y me sorprendió en un momento en el que no estaba preparada para ello.

Me preguntaba: ¿estoy a favor o en contra de Dios? ¿Qué debo pensar de esta situación? Me sentía desarraigada, aunque recibía por todas partes mucha ayuda inesperada y cariñosa, lo que me dio nuevas fuerzas para vivir.

En los años setenta, un hermano mayor de mi marido estudiaba en Bonn y vivía en una residencia de estudiantes que estaba dirigida por miembros del Opus Dei. Allí le visitaba mi marido de vez en cuando. Le gustaba mucho el ambiente de aquella casa. Fue a medios de formación en los que encontró un complemento maravilloso a lo que le habían transmitido en su casa —son católicos—, y en especial su madre, una persona alegre y profundamente creyente.


En mi caso, las cosas eran muy diferentes. Hacía ya años que no había pisado una iglesia y en general los temas de religión me importaban más bien poco. En la Escuela Secundaria había renunciado a las clases de religión y, junto a otros compañeros de clase, disfrutaba cada semana de esa hora libre. Si alguien me hubiera preguntado por mi opinión sobre la Iglesia Católica o sobre los católicos, habría respondido con bastante desdén. Yo era protestante, y tras la Confirmación había dado la espalda a la Iglesia, aunque no negara la existencia de Dios.

Desde hacía algunas semanas mantenía amistad con quien sería mi marido, Hermann, y conocí también la casa de sus padres. Allí el trato era cordial y sin complicaciones. Por toda la casa descubrí imágenes y signos que denotaban una profunda devoción: un “rincón dé Dios” en el ángulo de la sala de estar, una pequeña pintura del nacimiento de Jesús, un pequeño acetre o una cruz... Y en medio de todo, gente alegre.

Esta experiencia y mi amistad con algunos estudiantes que defendían sus convicciones cristianas con naturalidad hicieron entonces que se disiparan rápidamente mis difusos prejuicios contra las personas devotas. Me abrí a Dios y, con ello, a una intensa renovación de mi fe.


Gracias a mi marido había asistido algunas veces a la Santa Misa, la cual, en comparación con otras celebraciones religiosas, tal como yo las conocía, me pareció mucho más enriquecedora, adecuada y solemne. Decidí aprender más y, en el transcurso de un año, visité varias casas de ejercicios espirituales, cuyas direcciones y convocatorias encontré en los calendarios informativos de la Iglesia Católica. Sin embargo, no se cumplieron allí todas mis esperanzas y expectativas.

En una ocasión, fui a una con unas sesenta personas, la mayoría de ellas de más edad que yo. Como es costumbre en los días de retiro, todas guardaron silencio desde el principio hasta el final, cuando a mí me hubiera gustado mucho más hablar y hacer preguntas. Bien es cierto que en otra ocasión estuve acompañada de mujeres jóvenes de casi mi misma edad, pero durante ese encuentro la práctica moderna —moderna entonces— de los denominados grupos de autoexperimentación adquirió un protagonismo que me resultaba desagradable y que no aportaba nada para calmar mi ansia de instruirme en lo religioso.

Finalmente, por sugerencia del hermano de Hermann, acompañé a una hermana pequeña de ellos dos a una residencia de estudiantes en Bonn, donde, durante las vacaciones universitarias, un sacerdote del Opus Dei organizaba unos días de retiro. En seguida me sentí muy bien y enriquecida por dentro, y decidí que quería saber más cosas sobre el Opus Dei.

Quise proceder de forma independiente y por mi propia cuenta, por lo que escribí a numerosos centros eclesiásticos en busca de información. El resultado de aquella encuesta fue más bien pobre y me hizo vacilar. Así, sencillamente comencé a rezar a Dios cada día para que me dijera si el Opus Dei iba a servirme de algo o no.

Mi conversión

El resto se cuenta en pocas palabras: fui cobrando tanta amor por la fe católica que tomé en consideración la posibilidad de convertirme; pedí al párroco del lugar que me diera clases, me convertí y, un año más tarde, pedí la admisión en el Opus Dei. También Hermann, se había decidido ya.

Ha transcurrido desde entonces casi un cuarto de siglo. El Opus Dei se convirtió en nuestro hogar espiritual, ha seguido siéndolo desde entonces. ¿Por qué es esto así y cómo lo vivimos nosotros en el día a día?

He descubierto que Dios no" flota" en algún lugar encima o al lado de mí, sino que estaba tan cerca de mí que puedo a tocarlo. Lo puedo encontrar en mi vida cotidiana, en el trato con mi familia, en las tareas del hogar, al estar con mis amigos y conocidos, al hacer la compra, cuando descanso, en todo.

Planchar la ropa ha dejado de ser un asunto más o menos fastidioso, porque en cada camisa o camiseta, en cada pantalón, he encontrado la posibilidad de rezar por la persona de mi familia que la lleva.

Al viajar en coche o en metro, he aprendido a rezar por las personas que me rodean, a encomendar sus preocupaciones y problemas, sus alegrías, y las decisiones importantes que quizá tengan que tomar. Con frecuencia, cuando subo por unas escaleras suelo pensar en el camino que lleva hacia arriba, al Cielo. Poco a poco, peldaño a peldaño, quiero ir subiendo más y más, ampliando mi horizonte...

Con el Opus Dei he descubierto que puedo encontrar a Dios en todas partes y en todas las cosas, por insignificantes que nos parezcan. ¡Sólo necesito sacar una antena o colocar una parabólica en mi alma, porque Dios emite siempre!


Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA

 


 

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