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Dentro y fuera del hogar

Gonzalo Robles, de Pamplona



Roncesvalles, Navarra



A la hora de hacer compatible mi trabajo profesional con mi vida familiar, procuro mantener la misma actitud en mis obligaciones en casa que en el ámbito profesional. Creo que el Señor me pide hacer con la misma perfección y por motivos sobrenaturales-tanto las tareas domésticas como las profesionales. Debo poner el mismo empeño y amor de Dios en hacer la cama o cambiar un pañal que en elaborar un informe.

No es nada fácil, porque desgraciadamente nuestra sociedad tiende a valorar enormemente la excelencia profesional y a despreciar el trabajo en casa y la vida en familia.

Me parece oportuno decir que, en primer lugar, las dificultades y los momentos de crisis se sufren. Después, con la ayuda de Dios, se superan, pero sólo después. Ser cristiano no es un salvoconducto para pasar por el mundo sin sufrimiento, esto es importante tenerlo claro en un momento histórico en el que con frecuencia se asocia la felicidad a la ausencia del dolor.

Si algo he aprendido de la vida del Fundador es el modo de encontrar detrás de cada situación difícil la voluntad de un Padre que quiere con locura a sus hijos. Y que esa comunión suya con el querer de Dios no era fruto de un puro voluntarismo, sino de una intensa vida de oración y sacrificio.


Suelo estar en mi casa sobre las ocho, para poder jugar un rato con mi hija y bañarla. También le doy de cenar. Lo cierto es que mentiría si dijera que me resulta costoso. Aunque a veces ella pueda estar un poco rebelde y yo bastante cansado, disfruto mucho de ese rato diario. Cuando surge algo importante en el trabajo o un compromiso social y no puedo estar a esa hora, lo paso mal, me parece que no estoy en mi sitio.

Creo que es un motivo para dar gradas a Dios sentir esa urgencia por estar en mi casa, con mi mujer y mi hija, sobre todo porque con frecuencia advierto a mi alrededor justamente lo contrario, una especie de síndrome que lleva a retrasar lo más posible el fin de la jornada laboral.


Tanto en ese tiempo diario que estoy en casa como durante los fines de semana, ayudo a mi mujer, que es la que organiza las tareas del hogar. Miryam también trabaja, y, gracias a Dios, su horario -termina a las tres de la tarde- le permite estar bastantes horas del día con nuestra hija.

Gracias, sobre todo, a su sacrificio y a su buena organización, el “sistema” funciona, cada uno hace sus encargos sin grandes agobios y conseguimos también sacar tiempo para descansar y divertirnos.

También contamos con ayuda en casa, una señora navarra que ya es parte de la familia, lo que nos permite trabajar a los dos. De momento, sólo tenemos una hija y otro que viene de camino, pero somos conscientes de que si Dios quiere que tengamos más hijos, habrá más tarea y seguro que más Gracia para afrontarla.

Como es lógico, el espíritu de la Obra ha influido de una manera natural en todas mis decisiones familiares y laborales. Trabajar con presencia de Dios, como enseñaba el Fundador del Opus Dei, es motivo de una alegría profunda para mí, porque, pese al esfuerzo y las dificultades, que no pocas veces pueden llevar al desánimo, el trabajo se convierte en ocasión de un encuentro cotidiano con Dios. Uno va contento al trabajo porque le espera su Padre, cuyo cariño no falta en ninguna circunstancia, por difícil que sea.

Por otra parte, subrayaría que esa presencia de Dios, que tanto nos animaba a vivir , lleva de forma natural a ver en los compañeros de trabajo almas a las que llevar la luz de Cristo, sobre todo con el testimonio de un trabajo hecho lo mejor posible y un espíritu de concordia y colaboración, tan necesario en esta sociedad marcada por una competencia feroz.


La santificación del trabajo profesional exige rectitud de intención —se trabaja para la Gloria de Dios- que es incompatible con desatender los deberes familiares. El trabajo que impide estar el tiempo necesario con tu familia no puede ser agradable a Dios, aunque no siempre sea fácil encontrar un equilibro, porque a veces nos engaña el amor propio o la vanidad. En cualquier caso, mi experiencia es que cuando se trabaja con ese espíritu de amor a Dios del que hablaba antes, se sabe cuándo hay que volver a casa y a qué supuestas exigencias profesionales hay que decir no.


Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a 11 de enero de 2002

 


 

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