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A contracorriente

Yoko Kohno, de Nishinomiya, Japón





En la Navidad de 1964 recibí el Bautismo. Pasado algún tiempo, a través de Yasuko Ohno, una amiga mía miembro del Opus Dei, mi suegra y yo nos acercamos al Centro de mujeres de la Obra en Shukugawa. Recientemente bautizada e iniciándome también en mi vida de casada, las enseñanzas del sacerdote me resultaban sumamente valiosas y las recibía con agradecimiento: todo era cosa nueva para mí.

Tuvimos el segundo hijo: una niña. El aumento de las tareas del hogar comenzó a inquietarme; y temía aislarme de la sociedad y estar desfasada en mi ambiente. Yasuko Ohno me ayudó haciéndome comprender que la educación de mis hijos era una labor incomparablemente superior a cualquier otra. El consejo me llenó de ánimo y de agradecimiento. Me di cuenta de que era precisamente lo que necesitaba: que alguien me dijera aquello con la claridad con que me habló Ohno.

Por aquel entonces pedí la admisión en el Opus Dei. Las virtudes que hemos de procurar vivir: veracidad, optimismo, fortaleza, templanza, docilidad, cariño con los demás, etc., me abrieron horizontes y me animaban a luchar con el deseo de dar gloria a Dios y de acercarme al ideal de mujer al que deseaba llegar. Recuerdo que cuando el Fundador del Opus Dei falleció, en 1975, reconociendo que aún me faltaba mucho camino, volví a renovar mis propósitos de fidelidad y lucha.

En 1978 comencé a impartir clases de escritura japonesa. Por entonces nuestro cuarto hijo tenía cuatro años de edad. Me preocupaba pensar que me sería difícil compaginar ambas tareas: las del hogar que no podían dejar de ser lo principal, y las clases.

Me venían entonces a la cabeza enseñanzas del Fundador, que había escuchado en tantas ocasiones: “El trabajo es oración” ó “con el debido esfuerzo de nuestra parte seremos capaces de salvar las dificultades”; y también: “sin exagerar o dar demasiada importancia a los problemas, procurar ir dándoles solución”.

Apoyada en estos consejos logré mantener el equilibrio apropiado entre mi labor como profesora y las tareas de mi hogar, sin dar lugar a repercusiones nocivas y sin descuidar los deberes que ambas ocupaciones me imponían. Contaba, además, con la ayuda y orientaciones de la dirección espiritual que nos proporciona la Obra.

Había comenzado a enseñar dedicando a ello sólo dos días por semana. Tuve entonces la alegría de comprobar cuánto cooperaban conmigo, con su buen comportamiento, mis hijos. Como si se hubieran hecho cargo de la situación, procuraban ayudarse mutuamente. Mi nueva tarea profesional tuvo un valor pedagógico para ellos: crecieron en fortaleza y en generosidad y aprendieron a moverse más responsablemente.

Además, por entonces, mis hijos varones acudían regularmente, a actividades que se organizaban en el Club cuya orientación espiritual estaba encomendada al Opus Dei. Con el ejemplo y la guía de quienes dirigían esa labor, mis hijos fueron madurando.

Han pasado los años y mis hijos se han hecho hombres. Los veo recurrir a veces en busca del consejo acertado de aquellos de quienes se fían y con quienes trabaron amistad de niños. El Opus Dei ha sido para mi familia como un puerto seguro al que recurre la barquilla de nuestro hogar: allí encuentra la fuerza y vuelve a hacerse a la mar.


Con el tiempo y con nuestros hijos ya mayores, mi labor como profesora ha ido permitiéndome una dedicación mayor sin que afecte la vida de mi hogar. La verdad es que desde que la inicié, he mirado esa labor como un nuevo campo para buscar en ese trabajo el medio y el lugar de santificación que todo trabajo debe tener para quien lo realice y para las personas con quienes nos pone en contacto. Dedicación, profesionalidad y sentido apostólico han sido las características que he procurado que tuvieran.

Respecto a mis alumnas he logrado llegar a un trato con ellas que me ha permitido escuchar a cada una, solucionar pequeñas diferencias que se daban entre ellas, además me consultaban preocupaciones a las que juntas buscábamos soluciones. Cuando encuentro ahora a mis antiguas alumnas, y veo el cambio que ha dado su vida me lleno de alegría, especialmente cuando se trata de algunas que atravesaban más dificultades. Por todo ello doy gracias a Dios.


Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a 11 de enero del 2002 _____
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