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Favores, con motivos de accidentes, atribuidos a san Josemaría



ACCIDENTES Y PELIGROS

Del libro de Flavio Capucci, Favores que pedimos a los santos, de la editorial Palabra

        A lo largo de su vida, San Josemaría sufrió varias veces graves peligros: siendo muy niño, fue desahuciado por los médicos, pero se recuperó gracias a la intercesión de la Virgen. Durante la guerra civil española, como sucedió a tantos sacerdotes, su vida corrió serios riesgos. También padeció graves enfermedades. En todos esos momentos, recurría confiadamente a Dios, por intercesión de la Virgen o de los Ángeles Custodios —que le prestaban servicios muy notables— sin perder la calma y abandonándose en la Providencia.

        Ahora, muchas personas acuden a él para salir de situaciones comprometidas, de accidentes y peligros variados, como los que se recogen en este capítulo: desde una colisión en automóvil, hasta la picadura de un insecto venenoso; desde presentimientos ante amenazas desconocidas, hasta los accidentes que tienen por protagonistas a los niños.

VIVOS DE MILAGRO

        Habla este apartado de personas que volvieron a la vida, cuando casi se habían perdido todas las esperanzas, a causa de un accidente, de una enfermedad mortal, de un disparo fortuito...

Con una lesión muy grave en la cabeza (Islas Salomón)

        Soy policía y trabajo en un puesto remoto en las Islas Salomón. La esposa de un oficial sufrió una lesión muy grave en la región occipital de la cabeza, a consecuencia de un accidente. Aunque la llevaron al hospital rápidamente, llegó medio muerta.

        En ese momento de vital importancia, le colocamos sobre la zona afectada una estampa del Beato Josemaría, al tiempo que rezábamos la oración, pidiéndole que intercediera por su curación.

        De modo casi instantáneo, recuperó el conocimiento. Después de tres días, había mejorado considerablemente y, al cabo de tres semanas, se recuperó del todo.

        Agradezco a Dios este favor, concedido por intercesión del Beato Josemaría.

En coma profundo (España)

        Nuestro hijo de 18 años fue atropellado por un coche, dejándolo descerebrado en la carretera y dándose el conductor a la fuga.

        Lo llevamos al Sanatorio y nos dijeron que no tenía salvación. Sin embargo, iban a intervenirle sólo para cerrarle el cráneo. Después nos dijeron que no habían podido sacarle todas las esquirlas que tenía (que eran muchas) y que también tenía un edema pulmonar, pero que eso ya lo dejaban porque al fin se iba a morir. Lo ingresaron en la UCI, en coma profundo, sin apenas constantes vitales, esperando su muerte de un momento a otro. Yo nunca creí que nuestro hijo se fuese a morir.

        Hablamos con un sacerdote para que le administrase la Extremaunción. Así lo hizo. En la cama puse una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer. Entre el quinto y el décimo día era cuando esperaban que se muriese, pero cuando el médico hizo su visita, vio que sus constantes vitales empezaban a responder. Uno de los médicos del equipo, que no era creyente, dijo cuando lo vio: "Díganme dónde vive este Monseñor, que quiero escribirle diciendo que hizo un milagro".

        Pero no quedó aquí todo. Nuestro hijo siguió en coma veintiséis días. Cuando fue despertando, lo bajaron a la habitación, pero ya no alimentado por sueros, sino que nada más llegar le dieron un desayuno y lo tomó. También me dijeron que necesitaría un logopeda para enseñarle a hablar porque no sabría decir nada, pero en cuanto me vio, me llamó: "¡Mamá!". Me dijo cómo se llamaba, los años que tenía, dónde vivía y hasta el número de teléfono.

        A los dos años lo ingresaron de nuevo para practicarle la craneoplastia. Al cabo de ocho días ya estaba en casa, y al mes empezaba sus estudios de Magisterio, sacando el curso con buenas notas.

        Este es un milagro múltiple que Mons. Escrivá de Balaguer hizo con nuestro hijo, que estaba muerto y volvió a la vida.

        Escribo este testimonio como muestra de agradecimiento al Fundador del Opus Dei y para que sirva para su Causa de Beatificación.

Un disparo accidental (Bolivia)

        Mi hijo P., de 16 años, un muchacho sumamente activo, buen deportista, (...) le faltaban sólo dos años para salir bachiller; también hablaba muy bien el inglés.

        Un miércoles 8 de agosto de 1984, después de salir del colegio, por la tarde fue a casa de un compañero de curso. En ausencia de sus padres se puso a jugar con un revólver calibre 38, sin saber que había un proyectil. Se le disparó, haciendo impacto en P., entrándole por la ceja izquierda con orificio de salida en el mismo lado izquierdo de la nuca, habiendo perdido la mitad de la masa encefálica.

        Fue atendido de emergencia y cuando salió del quirófano, un amigo de P. le puso una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer debajo de la almohada.

        Yo tenía una estampa de Monseñor y desde el primer momento le pedí que P. salga adelante. Todas las noches y muchas veces recé e hice rezar la oración de la estampa por la vida de P. Los médicos no me daban ninguna esperanza de vida.

        P. estuvo inconsciente dos meses pero cada día había alguna mejoría que sorprendía a los médicos.

        Después de dos meses, ya consciente, siguió recuperando movimientos pero los médicos dijeron que nunca hablaría, caminaría o podría leer.

        P. se comunicaba con nosotros por los ojos, pero el día de mi cumpleaños comenzó a hablar de nuevo. Los médicos no podían creerlo.

        Cuando P. empezó a caminar y tener rehabilitación yo le pedí a Mons. Josemaría que volviera al colegio para que pudiera sentirse útil. Volvió al colegio y salió Bachiller con su promoción.

        Continuó con la rehabilitación. Los médicos se sorprendían de la recuperación —día a día— de P. Entonces le pedí a Monseñor que pudiera llevarlo a los Estados Unidos, ya que no contaba con los medios necesarios para todas las operaciones que mi hijo necesitaba. Confiando en tantas cosas como el Padre me había conseguido por su intercesión, le pedí estos medios económicos.

        En 1989 pudimos viajar y permanecer en los Estados Unidos durante diez meses, sostenidos por nuestra fe y el cuidado de Mons. Josemaría Escrivá. P. tuvo cinco operaciones: cuatro en la cabeza y una en las costillas que utilizaron para cubrir el cráneo.

        Durante los diez meses, sola, en un país donde no conocía el idioma, ayudada por la intercesión del Padre —no me separaba de la estampa y P. siempre la tuvo junto a su cabecera—, conseguimos todos los medios económicos necesarios para enfrentar la situación.

        Actualmente, P. está fuerte, sano, leyendo y hablando inglés. Le pido a Mons. Josemaría E. que pueda estudiar y ser un hombre de bien y propagar la devoción a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Se le escapó un tiro de la escopeta (Paraguay)

        Un 22 de enero de 1996, alrededor de las 21:30, uno de mis hijos salió a dar un paseo por el antiguo barrio donde residíamos. Era uno de esos días de mucho calor en Asunción. Al aproximarse a una residencia cuyo guardia de seguridad era su amigo, sorpresivamente a éste (el guardia) se le escapó un tiro de una escopeta de 12 mm de balas expansivas que hizo un impacto en mi hijo, que se acercaba a saludarle.

        El guardia, del susto, se dio a la fuga. Unos vecinos acudieron en su ayuda y —después de mucho dilucidar— lo llevaron a un hospital muy cercano llamado Universitario, donde fue atendido en sala de emergencia. Mi hijo estuvo consciente todo el tiempo.

        Yo acostumbro darle la bendición a mis hijos cuando salen y pedirle a su Ángel de la Guarda que los acompañe y que regresen sanos. Ese día lo hice con este hijo y cuando ya me disponía a ver una película, llamaron a mi puerta los vecinos dándome la noticia. Nos dirigimos al hospital mi marido y yo, sin atinar a hacer nada, preguntándome: "¿qué habría pasado?".

        Fui a la sala de urgencias, hablé con mi hijo, le pregunté cómo había ocurrido todo, pero él mismo no se lo explicaba. El diagnóstico médico era que los balines habían perforado el bazo, el colon, intestino grueso y delgado y, según los doctores, gracias a Dios no habían dañado los órganos vitales. Empecé a rezar al Beato Josemaría.

        Mientras tanto, el chófer de la casa donde custodiaba el guardia habló con el dueño, que resultó ser un médico muy renombrado y en ese momento se hallaba de vacaciones en Punta del Este, Uruguay.

        El doctor contactó con los médicos de su confianza y dio órdenes para que mi hijo fuera trasladado a un sanatorio privado (Sanatorio Italiano), donde lo intervinieron quirúrgicamente.

        Pude ver cuándo mi hijo era llevado a la sala de operaciones, volví a darle la bendición y él me tiró un beso. Durante la operación, continuamos rezando la oración de la estampa con mi marido. Concretamente, yo tenía la estampa muy apretada junto a mi pecho y pedía que si mi hijo no se salvaba, que me preparara a mí muy bien, por si lo perdía.

        La operación duró desde la 1:00 AM hasta las 5:30 AM, del 23 de enero. A esa hora salió una persona buscando al familiar del chico accidentado. Respondí: "¡Soy la madre!". Me invitó a sentarme para explicarme todo lo de mi hijo. Mis hermanos me acompañaban porque mi marido se hallaba haciendo gestiones.

        El doctor dijo: "Quiero hablar claro: su hijo está muy delicado. Gracias a Dios, pudo salvarse, pero hay que estar pendiente que no tenga hemorragias. Si sucede, volverá al quirófano, y quizás su hijo no resista".

        Sólo estaba en las manos de Dios y de la Santísima Virgen María. Se lo llevaron a terapia intensiva. Una enfermera me llevó a terapia: pude ver a mi hijo, que estaba volviendo de la anestesia. Me quedé más tranquila, porque lo vi bien. Rezaba muchísimo para que no tuviera hemorragias. Estuvo cuatro días en terapia. Luego lo pasaron a la sala (él fue caminando), donde estuvo trece días más.

        Por el accidente sufrido, mi hijo no podía continuar en el trabajo que tenía. Nosotros somos una familia de escasos recursos y acudimos una vez más al Beato Josemaría pidiendo que mi hijo consiguiera un trabajo de acuerdo con sus posibilidades. Al sexto día de la novena, consiguió un trabajo buenísimo como promotor de ventas. Un día descubrí accidentalmente una anotación que tenía en su agenda. Dibujado dentro de un corazón, estaba escrito: "el día más triste de mi vida fue la noche que me accidenté, que gracias a Dios y al Beato Josemaría estoy vivo y con ganas de progresar en la vida".

        Para mí, todo fue una sucesión de milagros. También fue un milagro el hecho de que el dueño de la casa —donde trabajaba el guardia de seguridad— corriera con todos los gastos, que fueron muchos. Nuestros amigos nos decían: "Tu hijo no va a morir porque todos tus amigos están rezando y pidiéndole al Beato Josemaría por él".

        El guardia regresó y fue a la cárcel, pero nosotros no quisimos presentar denuncia, ya que había sido un accidente. Todos en mi familia estamos muy agradecidos y seguimos acudiendo al Beato Josemaría hasta en las cosas más pequeñas. Ojalá que esto sirva para su pronta Canonización.

Al volver de una fiesta (Francia)

        En el mes de junio, D., una hija de mis vecinos, de 15 años, sufrió un grave accidente mientras volvía con seis amigos de una fiesta.

        El vehículo en el que venía se salió de la carretera, dando varias vueltas de campana y al final chocó contra un gran plátano. Todos quedaron heridos de diferente grado. D. fue encontrada debajo del vehículo después de varios minutos de búsqueda.

        El médico del Socorro de Carretera dijo que estaba muerta. Otro médico que pasaba por allí sugirió intentar algo, llevándola urgentemente a un hospital. Allí permaneció siete semanas; al principio en coma profundo y desesperado. Fue en este momento cuando yo recé por intercesión de Josemaría Escrivá, prometiendo hacer un donativo a la Obra si atendía mis oraciones.

        Después de momentos difíciles, D. salió del coma y hoy, después de que se pensara que ya no podría volver a escribir, está bien y se está examinando de Bachiller. Gracias a Josemaría Escrivá.


PRÁCTICAMENTE ILESOS

        Si quedar con vida después de un grave accidente es ya un gran favor, más lo es salir prácticamente ilesos. Esto le ocurrió a una señora que cuenta esta larga y sorprendente historia:

Le llamé, y él me salvó (El Salvador)

        Soy muy devota de Mons. Escrivá de Balaguer desde el día en que asistí a la Misa por su alma en la iglesia de San José de la Montaña. Desde entonces le he pedido muchos favores y me los ha concedido todos. Recito la oración de la estampa muchas veces al día y ya la he aprendido de memoria: cada vez que se me presenta un problema recurro a él y me lo resuelve.

        Hace dos años comencé a pedirle que me ayudase a tener una casita en propiedad: la necesito porque tengo que mantener económicamente a mi madre, a mi abuela y a mi hijo de 11 años. Con lo que gano, me parecía imposible llegar a ser propietaria de una casa, aunque fuera pequeña. Sin embargo, pedía este favor a Mons. Escrivá con mucha insistencia, sobre todo desde que obligué a mi madre a abandonar la casa en la que habitaba, porque estaba en pésimas condiciones y tendrían que demolerla. Si bien parecía un sueño irrealizable, conseguí superar todas las dificultades y el 14 de febrero tendría que ir a tomar posesión de la casa, ya terminada, y a liquidar las cuentas con el albañil.

        El 13 de febrero al mediodía la señora para la que trabajo me invitó a hacer una romería a la Virgen en la iglesia de Guadalupe. Yo no sabía qué era una romería, pero ella me explicó que se trataba de ir a recitar el Rosario en una iglesia dedicada a la Virgen; añadió que don Álvaro nos estaba pidiendo frecuentemente rezar el Rosario e ir a visitar santuarios marianos, porque este año se celebra el quincuagésimo aniversario de la fundación del Opus Dei.

        Además, me dijo que a Mons. Escrivá de Balaguer le gustaba mucho que se rezase el Rosario. Fuimos a esta iglesia de Guadalupe y yo estaba particularmente contenta, porque de aquel modo podía agradecer a Mons. Escrivá el haberme ayudado a tener una casita de mi propiedad. Mientras íbamos en coche hacia la iglesia, la señora me explicó que el siguiente sería un día de gran fiesta para el Opus Dei, porque era un aniversario del Opus Dei, y me contó algunos episodios de la vida de Mons. Escrivá. Llegadas a la iglesia, después de haber rezado el Rosario, oímos la Santa Misa. En el camino de vuelta recitamos la última parte del Rosario.

        Al día siguiente, 14 de febrero, me levanté muy contenta y terminé mis tareas lo antes posible, para poder ir a Santa Ana a tomar posesión de la casa. Salí alrededor de las nueve y media de la mañana, y la única cosa que recuerdo de este día es que tomé el autobús para llegar a la Terminal de Occidente.

        No recuerdo lo que sucedió después. Solo al día siguiente, me di cuenta de encontrarme de nuevo en San Salvador y de sentir un fuerte dolor en la cabeza, en la nuca y en un brazo; además, si intentaba sentarme o ponerme en pie, me giraba la cabeza. Estuve en reposo durante una semana y mejoré poco a poco hasta restablecerme del todo.

        Lo que me ocurrió el día 14 me lo han contado después. Los hechos se sucedieron de este modo:

        En Santa Ana vive una hija de mi señora, a la que yo había visitado muchas otras veces. El día 14, hacia las doce menos cuarto, una de las empleadas domésticas, habiendo oído un timbre en la puerta, fue a abrir y me encontró en el umbral. Ella dice que yo no la reconocí, y que tampoco reconocía la casa, sino que sólo decía:

        —Me ha traído aquí Monseñor. Estaba tendida en el suelo, lo llamé y él me levantó, me tomó de la mano y me trajo aquí. Le he visto bien, con su sotana y sus gafas: ha sido él quien me ha salvado.

        Al darse cuenta de que no la reconocía, la empleada llamó a su señora, describiéndole el estado en que me encontraba.

        La señora dice que miró el reloj para ver cuánto tiempo faltaba para la hora de cierre de su oficina: cierra siempre a mediodía y eran las doce menos cuarto. Volvió a casa, pero yo no la reconocí, aunque ella me hablase y me explicase quién era. Cuenta que yo repetía solamente:

        —Monseñor me ha salvado. Me ha tomado de la mano y me ha traído a esta casa.

        Cuando me preguntaban qué había pasado, yo respondía:

        —No lo sé. Yo sólo he visto sangre y después a Monseñor, que me ha tomado de la mano, me ha levantado y me ha traído aquí. Yo estaba rezando el Rosario y pensando en él. Por esto me ha salvado.

        Tenía todo el vestido sucio de sangre y hierba seca. También mi bolso estaba manchado de sangre. La señora me preguntó si me habían asaltado, pero yo sólo respondía:

        —No lo sé. Yo sólo he visto sangre y a Monseñor, que me ha tomado la mano y me ha traído aquí.

        Pedía que me dieran la estampa de Monseñor y el rosario que tenía en el bolso. En efecto, llevo siempre conmigo la estampa y nunca salgo de casa sin haberle pedido antes que me acompañe y me libre de todo peligro. Y cuando voy en autobús recito siempre el Rosario y la oración de la estampa.

        Entonces la señora llamó por teléfono a su madre, mi patrona, para contarle lo sucedido. Mis señores partieron inmediatamente para Santa Ana; llegaron hacia las dos del mediodía. En un primer momento, yo no les reconocí. Después reconocí a la señora, ella dice que le repetía una y otra vez la misma cosa:

        —Me ha traído aquí Monseñor. Me ha tomado de la mano y me ha traído a esta casa.

        Cuando me hablaba, trataba de tranquilizarme y de hacerme dormir, pero yo le respondía:

        —Estoy segura de haberlo visto. Yo le he llamado y él me ha salvado. Yo estaba recitando el Rosario: por esto él me ha puesto a salvo. Usted estaba en Guatemala y no consiguió verlo, en cambio yo lo he visto. Entre toda esa sangre, él estaba junto a mí.

(San Josemaría permaneció en Guatemala del 15 al 23 de febrero de 1975. A causa de una fuerte afonía no pudo estar con las muchas personas que habían acudido a verle desde varios países centroamericanos, como debió de ocurrirle a esa señora. )            

        El marido de mi señora, que es médico, me examinó, pero no encontró ninguna herida.

        El doctor averiguó que esa mañana había ocurrido un gravísimo accidente automovilístico en el km. 59 de la carretera que lleva a Santa Ana, siete kilómetros antes de llegar a la ciudad: habían chocado tres vehículos, habían muerto cuatro personas y eran muchos los heridos graves.

        Mis señores hicieron todo lo posible para cerciorarse si alguien me había acompañado a casa; pero nadie sabía nada. La empleada doméstica que me abrió la puerta asegura que yo estaba sola. Afirma que, como me vio tan pálida, salió a la calle para ver si alguien estaba conmigo, pero no había nadie.

        Yo estoy segura de que fue un milagro de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, porque es imposible que haya llegado a encontrar por mí misma aquella casa, sin ayuda de nadie: en efecto, ni siquiera era capaz de reconocer a las personas con quienes he hablado.

        Por otra parte, en el bolso no llevaba ninguna nota con la dirección de aquella casa, a donde no había pensado ir en absoluto aquel día.

        Además de haberme librado de la muerte, creo que Mons. Escrivá me ha hecho otro milagro en aquella ocasión. En efecto, en la confusión del accidente no perdí ni me robaron el bolso, en el que llevaba el dinero para pagar mi casa: había logrado reunirlo sólo después de muchos años de trabajo.

        Como signo de reconocimiento por esta gracia tan grande, he hecho decir una Misa y he enviado una pequeña contribución económica para la publicación de la Hoja Informativa; también he distribuido muchas estampas. Recomiendo siempre a todas mis amigas que recen a Monseñor, porque él escucha todas las súplicas de quien recurre a su intercesión.

El vehículo se abalanzaba sobre mí (Argentina)

        El 10 de junio por la mañana fui a los Tribunales, pues soy abogado; desde allí y caminando me dirigí a hacer unos trámites en una oficina pública. Había recorrido unas seis manzanas cuando entré a hacer una visita en la iglesia de El Salvador, salí de allí repitiendo mentalmente la oración a Monseñor Escrivá.

        Como el semáforo me indicaba paso, comencé a cruzar en calle Tucumán y en cuestión de segundos vi cómo un Fiat 600 se abalanzaba sobre mí; traté de alcanzar la acera, cosa que logré, pero el automóvil siguió el mismo recorrido: caí al suelo y al instante el vehículo con una de sus ruedas delanteras pasó sobre mi cintura para luego estrellarse contra la pared de un negocio situado allí.

        El conductor bajó rápidamente, gritando que me había matado; pero su desconcierto fue mayor al ver que me levantaba, sin ninguna ayuda, de debajo del auto. Mi reacción fue rápida, ya que en unos segundos estuve en pie y tratando de limpiarme la chaqueta. Comencé a dar gracias, pues lo que había ocurrido era un milagro. Las únicas huellas dejadas por el accidente fueron unas manchas de grasa sobre el pantalón y el color turquesa del vehículo al pasar sobre el cinturón de cuero que llevaba puesto.

        Al llegar a casa de mis padres y relatarles lo ocurrido, dijeron que eso fue un milagro de don Josemaría.


INSECTOS TEMIBLES

Una de las arañas más peligrosas del mundo (Australia)

        Mi hijo mayor fue picado en la mano por una araña de la variedad "funnel-web", mientras estaba acostado en la cama. Esta araña es una de las más mortíferas del mundo y poco antes varias personas, tanto adultas como niños, habían muerto por sus picaduras.

        El efecto inmediato de la picadura fue un dolor muy intenso. Mi hijo comenzó a chillar muy fuerte. La mano y el antebrazo se le hincharon rápidamente. Cacé a la araña, la puse en un frasco de cristal y llevamos a toda prisa a mi hijo al hospital del distrito, con la araña en el frasco. Durante este tiempo estuvimos rezando continuamente a Monseñor Escrivá, esperando que todo fuera bien.

        En el hospital nos dijeron que la araña era un "funnel-web" macho. Me dijeron que su veneno era seis veces más mortífero que el de la hembra y que es el más tóxico del mundo. En el hospital no tenían experiencia de nadie que hubiera sobrevivido.

        Mientras tanto, mi hijo fue ingresado en el hospital y, poco después, el dolor y los síntomas empezaron a desaparecer. Después de tres horas de observación y sin ningún tratamiento médico, fue dado de alta en el hospital.

        Los médicos no dieron ninguna explicación satisfactoria del hecho. Nosotros atribuimos este resultado a la intercesión de Monseñor Escrivá.

La "hormiga brasileña" (Puerto Rico)

        Mi madre sufrió en las piernas múltiples picaduras de un tipo de hormiga muy peligrosa, conocida en Puerto Rico como "la hormiga brasileña". Aunque normalmente este tipo de picaduras no es mortal, en su caso, debido a su diabetes y su pobre circulación podría costarle perder sus dos pies.

        En mi penúltima visita a su casa, cuando apenas había sido picada, le llevé unas cuantas de las nuevas estampas del Beato Josemaría Escrivá —las cuales me había pedido para repartir en su iglesia—.

        Ayer, un mes más tarde de lo ocurrido, salió a recibirme contentísima y a contarme la noticia: se había curado de las picaduras, gracias a la intercesión del Fundador del Opus Dei.

        Me contó que luego de llevarle las estampas ella se puso una sobre las piernas enfermas y al próximo día amaneció curada de las mismas. Atribuyo muchos más favores recibidos al Beato, pero este último ha sido confirmado por mis familiares.


NIÑOS EN PELIGRO

Se llevaron a Estuardo (Guatemala)

        Tengo una hermosa familia de 11 hijos. Todos en casa tienen mucha devoción al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y cuando hemos tenido problemas de familia, siempre hemos recurrido a rezar la estampa del Beato Josemaría. Recientemente pasamos el peor momento que hemos sufrido en nuestra vida familiar.

        Una mañana de lunes, salieron mis 5 hijos varones que van al colegio, juntos, hacia la parada del bus. Caminan apenas 2 cuadras y es un barrio bastante tranquilo. Yo les dejé en la puerta y regresé a la cocina a preparar las "loncheras" de las niñas chiquitas que se van más tarde al colegio.

        Cuando venía de la cocina me encontré al mayor de los muchachos (16 años) sentado en la salita con una cara fatal. Le pregunté: "¿Los dejó el bus?" Y él respondió: "Se llevaron a Estuardo". Yo no me di entera cuenta de qué pasaba y pregunté por sus hermanos. Él no sabía qué les había pasado porque regresó corriendo a avisar y estaba nerviosísimo. Salí corriendo a la parada y encontré a otro que venía de regreso con una carta en la mano y seguí corriendo hasta encontrar a los dos más pequeños. Así me di cuenta de que sólo faltaba Estuardo (13 años). Me los llevé a casa y leía la carta en el camino. El título era algo como: "Pasos para rescatar a su hijo" y habían varios puntos con unas condiciones y una suma enorme en dólares que había que pagar.

        Cuando regresé a casa encontré a mi marido con el rostro alterado, pero bastante tranquilo. Me calmó diciéndome: "Lo mejor es estar serenos" y luego "todo el mundo a rezar". Nos reunimos todos en la sala y rezamos juntos el Rosario de rodillas. Al terminar, mi esposo nos puso a todos unas tareas para realizar y aclaró que teníamos que ocuparnos en vez de preocuparnos y seguir rezando mucho.

        La ausencia del muchacho duró dos semanas. La primera fue de frecuente comunicación telefónica con los secuestradores y la segunda de un silencio espantoso. Todo el tiempo recibimos muestras de cariño y solidaridad de la gente, pero especialmente mucho apoyo y oración de las personas de la Obra, que rezaban sin parar al Beato Josemaría Escrivá para que el muchacho volviera pronto. Podría yo decir que físicamente sentíamos esas oraciones que nos sostenían.

        Así llegamos al día 15 del secuestro, después de 6 días de no tener ninguna noticia. Mi marido ese día decidió: buscar a la persona que entregaría el rescate, cómo se llevaría y otro montón de cosas que había que tener listas; y yo estaba ese día con una ilusión grande en mi corazón de que esa semana nos devolverían a nuestro hijo.

        A las 10:00 de la mañana se comunicaron nuevamente y después otras tres veces ese día. Pero hubo algunos contratiempos y a las 5:30 de la tarde no se llegó a nada y quedaron de llamar al día siguiente. Ese lunes rezamos muchísimo.

        Yo perdí la cuenta de los Rosarios y oraciones de la estampa del Beato Josemaría que recé. El Prelado del Opus Dei nos escribió una carta ese día alentándonos y asegurándonos que el Fundador de la Obra se iba a lucir.

        Nos acostamos a las 10:00 de la noche agotados por la tensión, pero todavía con esperanza. Ya estaba yo acostada leyendo, cuando oí que golpeaban la puerta de la calle con gran fuerza. Pensé que era en la vecindad. Pero volvieron a tocar igual y entonces yo salí corriendo de la cama para la puerta, mientras iba corriendo grité: "¿Quién es?" y Estuardo contestó desde la calle: "Soy yo, mami". No pude abrir la puerta chiquita que estaba con llave, pero brincando el carro salí al garage y allí estaba él "paradito".

        Lo abracé y le pregunté que si se había escapado. "No", me dijo. "Me vinieron a dejar y me dijeron que le dijera a papi que era un regalo del día del padre, (que se celebraba ese día) y que no tenía que pagar nada".

        Este milagro tan fabuloso sólo lo podemos atribuir a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá que rogó a Dios Misericordioso que se luciera con nosotros en el día del padre.

Álvaro se ha caído... (España)

        A las 13,45 horas del día primero de mayo, a través del interfono de la casa recibí una llamada de mi hijo Pablo de 12 años, que con voz entrecortada y nerviosa me dijo: "Baja papá, que Álvaro se ha caído".

        Álvaro es el séptimo hijo, de 4 años, de los ocho que tenemos. Naturalmente pensé que se trataría de la clásica brecha en la cabeza o, como mucho, de una pierna o un brazo, pero cuando vi dónde se había caído y que el niño había desaparecido, no tengo palabras para describir la situación.

        Mi primer pensamiento fue: "He perdido un hijo, Jesús mío ayúdame". Y enseguida comencé a encomendarlo a la intercesión del Beato Josemaría.

        Se trataba de un registro mal protegido con una lámina de aluminio, situado en un parterre elevado en un extremo del jardín del edificio donde vivimos, y por donde los niños corretean frecuentemente. Álvaro pisó en un extremo de la débil protección, la lámina se volteó y se coló en un aljibe o depósito de aguas subterráneo, siendo impulsado por la fuerte corriente de entrada general de agua hacia un cuello de botella que va a parar al depósito.

        Las singulares características del lugar imposibilitaban el acceso de una persona normal. Tuvo que ser un bombero especialmente delgado y pequeño el que rescatara del fondo del depósito el cuerpo ya sin vida de nuestro pequeño Álvaro, dándose la bendita casualidad de que el bombero era submarinista, y otra no menos bendita casualidad lo constituye el hecho de que nada más sacar el cuerpo del niño a la superficie, estuviera allí una pediatra amiga y vecina de la familia, que tras cuatro o cinco minutos de practicarle los primeros auxilios, consiguió que aquel corazón latiera de nuevo.

        Se calcula que estuvo sumergido entre doce y quince minutos.

        A partir de aquí, tres días de angustias en la U.C.I., sedado y con respiración asistida. Sólo a las 48 horas nos dijeron que posibilidades de vivir existían muchas, pero que hasta que no se le retirara el respirador mecánico y demás y viéramos la reacción no sabríamos en qué condiciones.

        El día 13 Álvaro comenzó de nuevo a ir al colegio con toda normalidad, ante el asombro de familiares, vecinos y amigos.

        Algunos facultativos nos han comentado lo extraño del suceso, por cuanto en el hospital no recuerdan ningún caso de personas recuperadas en circunstancias similares que no hayan padecido alguna secuela.

        No es fácil resumir la cantidad de llamadas telefónicas y reacciones habidas en torno al caso. Nos consta que mucha gente, a partir de este hecho, ha entendido el sentido del dolor, del sufrimiento, de la filiación divina. El Señor a través de Álvaro ha hecho reflexionar y rezar a personas que no lo habían hecho nunca. Uno me decía por teléfono: "Mira, tú sabes cómo soy yo, que no rezo nunca, pero por tu hijo (no se lo digas a nadie) he rezado a la Virgen".

        Otro me dijo en confidencia: "Yo había prometido al Señor que si se recuperaba tu hijo, dejaba de fumar un mes y lo estoy cumpliendo".

        En fin, que una vez más se comprueba que Dios sigue escribiendo derecho con renglones torcidos.

Una niña secuestrada (Guatemala)

        En la plaza o "mercadito" de la colonia donde vivo, corría el rumor que a una señora que vende tomates cuatro hombres le habían arrebatado de sus brazos su hijita de apenas año y medio.

        Estuve pensando mucho si le daba la estampa del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, pero al fin me decidí. Ella creyó que se la llevaba a vender pero le expliqué qué debía hacer. Son personas bastante sencillas y humildes (...). Me lo agradeció y recibió la Hoja Informativa y la estampa.

        Yo empecé a decirle por mi parte al Beato Josemaría que ellos eran personas a las que nadie podía ayudar, sólo él.

        Así que a los diez días me llegó la novedad que había aparecido la niña. Fui a verlos para constatar el hecho y le dije que yo era la que le había llevado la Hoja Informativa y la estampa y me dijo que justamente estaba pensando quién se la había dado, pues hoy sí creía verdaderamente. Había encendido una vela y había rezado por la mañana y por la noche pidiendo por su niña y a los nueve días había aparecido. Lo cierto es que en este país es difícil que aparezcan los niños que secuestran, por lo tanto, lo atribuyo a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá este gran milagro.


PRESENTIMIENTOS

        Los siguientes relatos de favores tienen en común ese misterioso fenómeno de los presentimientos. Como se verá, Dios se sirve de ellos para mover a rezar por las personas queridas que podrían encontrarse más necesitadas en esos momentos.

Un deseo fuerte de rezar (Italia)

        El pasado 9 de enero, mientras volvía a la oficina, después de la pausa del almuerzo, sentí un deseo fuerte de rezar, y por tanto empecé a repetir la oración de la estampa del Beato Escrivá, sin saber qué gracia solicitar y limitándome a pedir: "Padre, ayúdanos tú, tú que sabes de qué tenemos necesidad".

        Continué así unos veinte minutos, el tiempo necesario para llegar a la empresa, donde comencé a trabajar como todas las tardes.

        Al volver por la noche a casa, mi mujer me dijo que esa tarde mi padre, cuando se dirigía al trabajo en bicicleta, había sido atropellado por un coche y había salido milagrosamente ileso, a excepción de algunos raspones en una mano y en un tobillo.

        Le pregunté a qué hora había sucedido, y constaté que coincidía con el momento en que me había venido a la mente aquel impulso interior.

        Deseo agradecer públicamente al Beato Escrivá, ya que he recibido otros favores en el pasado y nunca los he comunicado.

Que no vaya él (España)

        Mi marido y yo somos fieles de la Prelatura del Opus Dei. Tenemos siete hijos. Mi marido y un hijo son pilotos de fumigación e incendios.

        Estando en la base, les anunciaron que tenían que ir uno de los dos a apagar un incendio cerca de la frontera de Portugal. Me dirigí a mi marido y le comenté que lo apagara él —yo tuve un presentimiento nada bueno de que le podía pasar algo a mi hijo—. Mi marido, con más experiencia y horas de vuelo, me daba más tranquilidad. Mi hijo prefirió ir él.

        Ya de madrugada vino el mecánico a buscarlo, y yo me quedé muy intranquila, sin saber por qué, ya que situaciones como éstas son frecuentes. Comencé a rezarle a su Ángel Custodio y a repetir Acordaos continuamente.

        Pasadas unas horas vino mi marido y le pregunté si pasaba algo; él dijo que no, que sólo venía por dinero para gasolina, que no me preocupara, y esto me tranquilizó, pero en realidad el accidente ya había ocurrido. El avión se descompensó y se estrelló. Mi marido se enteró enseguida por la emisora del avión de reconocimiento; el piloto de este avión, al comunicárselo por radio, lloraba al dar la noticia, porque el avión estaba partido en dos y no había señales de vida.

        Mi marido, angustiado, intentó llegar a él por tierra, pero fue imposible el acceso, y por aire, en la avioneta que tenían, tampoco era posible. Fue entonces cuando se encomendó al Beato Josemaría diciéndole con fuerza: "ahora te puedes lucir". Enseguida avisaron a un helicóptero ruso de una base cercana y éste sí lo pudo rescatar, con mi hijo vivo. Dentro del avión que pilota, mi hijo lleva siempre una estampa de nuestro Padre.

        Contando él después cómo fue el accidente, comentó que cuando no se pudo hacer con el aparato dijo un ¡¡Dios!! desgarrado y notó como si alguien le cogiera por el hombro, entrándole una gran paz y tranquilidad para desconectar el mando de la gasolina y apagar el motor.

        Quiero dejar constancia que mi hijo no es especialmente piadoso y esto le removió. Ahora difunde la estampa y la devoción, convencido de que lo que le ocurrió fue un milagro gordo. Él está estupendamente. No le quedó ninguna secuela, ya que si le hubiera quedado algo, por insignificante que fuera, no le darían la licencia para volar, y en este momento está volando.

        Debo reseñar que este año un compañero de él ha tenido el mismo accidente y ha perdido la vida.

        Estoy segura de que lo de mi hijo ha sido un gran favor que le debemos al Beato Josemaría.


SALVADOS DE UN GRAVE RIESGO

Un viaje providencial (Canadá)

        Tengo 38 años, soy polaca y vivo en Canadá. Hace años recibí la oración al Beato Josemaría Escrivá de mi abuela, que vive en Polonia.

        Estando mi marido en Estados Unidos, tuvo un accidente automovilístico. En ese tiempo yo estaba con nuestros hijos en Polonia. A causa del accidente de mi marido, que tenía brazo, pierna y clavícula rotos, necesitaba a alguien que le cuidara.

        Un amigo de mi marido, que trabajaba como pescador, tuvo la idea de invitarme, junto con mis niñitas, a Estados Unidos, para que cuidara a mi esposo. Recibí la invitación, fui al consulado americano y me dieron el visado para mí y para mis hijos. No era nada fácil en Polonia obtener el visado para Estados Unidos. Nadie creía que el Cónsul me lo diera. La gente decía: "quizás recibirás el visado, pero no podrás ir a Estados Unidos con los hijos".

        Cuando estaba en el Consulado, todos me miraban como si estuviera loca. El empleado me preguntó si me daba cuenta de lo que pedía. Yo rezaba al Beato Josemaría Escrivá y creía firmemente que se haría el milagro: Dios oiría mis súplicas. Tenía mucho interés en estar con mi marido.

        Y se cumplió. Recibí el visado para Estados Unidos, para mí y para mis hijos. Cuidé a mi marido, que después de una larga recuperación, está completamente bien. Mientras tanto, he podido criar a mis hijos.

        Meses después, he entendido que este viaje mío desde Polonia ha salvado mi vida. En efecto, en Polonia me sentía enferma, adelgazaba, pero los análisis médicos no descubrían nada anómalo. En Estados Unidos descubrieron un cáncer, y me aconsejaron que debía operarme. Si no hubiese hecho esta operación, probablemente no viviría, y mis hijos no me habrían tenido.

        Así que estoy doblemente agradecida al Beato Josemaría: porque me ha ayudado en mis oraciones y Dios ha escuchado mis súplicas y me ha permitido estar con mi marido en los momentos difíciles, y porque ha salvado mi vida.

Arrastrado por el mar (El Salvador)

        A finales del año pasado habíamos ido a la playa con algunos amigos. Después de correr un rato por la playa prácticamente desierta, me metí al mar quedándome cerca de la orilla. Como de costumbre, nadaba un poco y descansaba poniéndome de pie. En un momento dado, posiblemente estuve un rato distraído, ya que intentaba nadar paralelamente a la orilla y, al tratar de pararme, me di cuenta de que no tocaba fondo.

        Empecé a nadar hacia la playa, pero no lograba acercarme porque la corriente me alejaba. No soy un buen nadador pero sí sé flotar, así que descansé un rato y volví a intentar acercarme a la orilla, pero no tuve éxito. Esta operación la repetí varias veces, pero cada vez me encontraba más adentro del mar. Entonces empecé a pensar seriamente que ya no conseguiría salir. Miré alrededor para ver si había alguna embarcación a la que pedir ayuda o algún nadador, pero no había nadie y en la lejana playa no se veía gente.

        Me enfrenté con la posibilidad de la muerte a corto plazo y pasaron por mi mente los hechos de mi vida. Pedí perdón al Señor rezando actos de contrición y me asaltó el pensamiento de si no me desesperaría cuando me estuviera ahogando. Entonces clamé al Señor pidiéndole su ayuda, acudí con intensidad al Beato Josemaría para que intercediera y así estuve un rato que me pareció larguísimo.

        En eso estaba cuando vino una ola propicia, nadé delante de ella y me arrastró un poco, inmediatamente me cogió otra ola y así seguí hasta que en un determinado momento toqué fondo, me volvió el alma al cuerpo, pero estaba tan débil que temí que el agua me jalara hacia dentro. Con ayuda de otras olas llegué a la orilla completamente extenuado.

        Me dio la impresión de haber nacido de nuevo con una visión más clara de la muerte y de la eternidad. Supe que el Señor, por intercesión del Beato Josemaría, había querido que pasara esta prueba para que me acercara más a Él. Pude también contemplar la manifestación del dominio absoluto de Dios sobre las criaturas materiales y lo poco que somos.

Un hombre iba a suicidarse (Estados Unidos)

        El 29 de mayo de 1976 me dirigía a la Southeast Expressway. Tras haber desembocado en Washington Street, el tráfico se hizo particularmente intenso; varios coches estaban aparcados al borde de la carretera y sobre el puente se había reunido una numerosa multitud de personas. Estaban también los bomberos y la policía.

        Alguien me informó de que un hombre quería suicidarse, tirándose del puente; hasta ese momento, cualquier intento de disuadirlo había resultado vano. Finalmente llegué a verlo, estaba trepado sobre las estructuras del puente; parecía furioso.

        Exclamé, en voz alta, desde el interior del auto: "¡Padre, no permitas que esta alma se pierda! ¡Sálvalo, por favor!"

        El hombre se calmó inmediatamente: volvió a la carretera y se dejó ayudar por la policía a pasar de nuevo la red de seguridad.

Cayó una especie de bomba (Perú)

        El estallido fue muy violento: una explosión de proporciones increíbles nos despertó bruscamente aquella mañana del 12 de marzo de 1977.

        Mi casa es pequeña y el dormitorio... no digamos. En nueve metros cuadrados, divididos por un ropero y una librería, tienen lugar el lecho matrimonial y, al otro lado, las camas de mis hijas (Laura, de cuatro años; y Rosa Elena, de tres) y la cuna de José Manuel, de un año y medio. El único espacio libre es de medio metro cuadrado.

        Algunos segundos después del espantoso ruido comenzaron a caernos encima cascotes, ladrillos y una gran cantidad de polvo. Entré inmediatamente en la habitación de los niños mientras Marta, mi esposa, corría al comedor. Saqué a Laura de los escombros. En aquel momento una especie de bomba rompió el techo. Pero yo estaba sereno y me movía con agilidad en aquel espacio tan limitado: ya me había encomendado al Beato Josemaría y sentía su presencia junto a mí.

        Conseguí pasarle a Marta nuestra hija Laura a través de un hueco de la pared (la puerta y la ventana estaban obstruidas). Tomé después a José Manuel y Rosa Elena: si bien estaban cubiertos de escombros, estaban sin embargo ilesos. En la calle se oían los gritos y el llanto de los vecinos.

        Supe que había explotado un gasómetro de hidrógeno de 25 metros de altura y con un diámetro de 2.5 metros; que contenía 120 metros cúbicos de hidrógeno puro a una presión de 150 libras, y se encontraba a trescientos metros de mi casa. La pared de acero del gasómetro, rota en mil pedazos, había sido proyectada en todas las direcciones; afortunadamente no hubo que lamentar víctimas.

        El proyectil que me había tocado pesaba no menos de una tonelada y había caído precisamente en el único espacio libre de nuestro dormitorio, a menos de 10 centímetros de donde me encontraba en el momento en que se había derrumbado nuestro techo.

        Sobre un montón de libros en desorden vi, a las primeras luces del alba, dos fotografías del Beato Josemaría y me pareció que me sonreía de un modo especial.

        Más tarde, un dirigente de la fábrica que vino a evaluar la entidad de los daños y que conoce la Obra, viendo aquellas fotos me dijo: "No hay ninguna duda. Ustedes le deben la vida a Mons. Escrivá, que ha hecho posible lo imposible".

Que el chico se libere solo e inmediatamente (Italia)

        Estaba con algunos amigos charlando un poco después de comer, cuando nos llegó una llamada telefónica inesperada que nos dejó consternados: el hijo de un amigo común acababa de ser secuestrado. Los secuestradores aspiraban a un alto rescate, porque el padre del chico es industrial.

        A todos nos vino inmediatamente a la mente recurrir a la intercesión de Mons. Escrivá; alguien dijo también en alta voz: "si no interviene el Padre para liberarlo puede comenzar una tragedia". Llamamos inmediatamente a la familia para animarles, advirtiéndoles que todos nos habíamos puesto a rezar enseguida, y después volvimos al trabajo.

        Durante aquella tarde cada uno de nosotros se dirigió al Padre a su manera: alguno le pedía que hiciera intervenir a la policía y obtener la liberación cuanto antes; otro, más audaz, rogó que el joven fuera liberado antes del fin de la tarde; otro concretó todavía más su oración: quería que Mons. Escrivá ayudara al chico a liberarse solo e inmediatamente...

        Nos vimos al final de la tarde y, mientras estábamos todavía juntos, llegó otra llamada telefónica. Esta vez se trataba de una buena noticia: ¡el hijo de nuestro amigo había logrado, efectivamente, liberarse por sí mismo, desatándose y huyendo del maletero del coche donde había sido encerrado y transportado a ochocientos kilómetros del lugar del secuestro!

        Al día siguiente, todos los periódicos hablaban de este secuestro y de la increíble aventura del joven: todos decían que era inexplicable cómo había conseguido desatarse solo, abrir el maletero desde dentro y escapar sin que los secuestradores se dieran cuenta. Todos, excepto nosotros que habíamos rezado tanto a Mons. Escrivá de Balaguer.

Incendio en un petrolero (España)

        El día 18 de enero de 1984 me encontraba trabajando a bordo de un buque-tanque (...) destinado entonces en la factoría de Algeciras. Durante toda la tarde habíamos estado repostando a un super-petrolero (...) y aún quedaba bastante tiempo, aproximadamente hasta la medianoche, para terminar. Por esa razón la mayoría de la tripulación estaba viendo un encuentro de fútbol por la televisión.

        Aprovechando que no había nadie en el camarote, me dispuse a hacer un rato de lectura espiritual con "Camino". Al cabo de cinco o diez minutos, alguien entró en el camarote muy asustado. Me dijo que avisara a todos los que estuvieran en los camarotes y que subiéramos al puente, pues se había declarado un incendio y la situación parecía muy grave.

        Al subir, me di cuenta de que por la puerta del camarote del Capitán salía mucho humo negro y espeso, que hacía imposible que se viera nada y que nadie pudiera entrar sin riesgo de asfixiarse.

        La confusión era total: todos iban de un lado a otro; en el barco había mujeres y niños que habían estado pasando con sus maridos y padres las fiestas de Navidad: eran los más asustados y molestaban mucho. Como pudimos, los encerramos en el comedor.

        En la confusión del primer momento, el libro "Camino" se había caído al suelo, en el camarote, y la estampa con la oración para la devoción privada al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer se había salido de entre sus páginas. La recogí y la guardé en mi bolsillo.

        Mientras iba subiendo a cubierta, repetía mentalmente esta oración, con mucha fe, para que nos salvara a todos, para que nos tranquilizara y pudiéramos actuar en el menor tiempo posible: el tiempo era un factor muy importante, pues el incendio estaba localizado en el camarote del Capitán y justo debajo, sólo separado por el suelo de madera, se encontraba el pañol, lleno de pintura, líquidos inflamables y mucha estopa y, debajo del pañol, dos tanques de gas-oil llenos, aunque los tanques vacíos eran aún mucho más peligrosos, debido a los gases muy explosivos.

        El otro barco había largado amarras y se retiraba a una distancia prudencial, en vez de ayudarnos. Los dos extintores que había a mano no habían hecho nada. El humo eran tan espeso que había que trabajar a ciegas. Con un camarero subimos todos los extintores que pudimos encontrar: siete en total. Al Contramaestre se le ocurrió romper un portillo de la parte de proa y, protegiéndose con una mascarilla anti-gas que alguien de la máquina le había proporcionado, pudo localizar el fuego y, finalmente, apagarlo.

        Al día siguiente, cuando llegaron los inspectores de Cádiz a comprobar los daños, todos coincidieron en que solamente un milagro nos había salvado de una catástrofe, ya que el suelo del camarote había estado a punto de ceder. Todo habría sido cuestión de segundos.

        El incendio se había originado por un cortocircuito que prendió la ropa de aguas del Capitán. Éstas, al caer al suelo, habían prendido asimismo la moqueta y parte de las mamparas de madera. El camarote estaba totalmente destruido. Se perdieron unas cien mil pesetas en dinero en efectivo y toda la documentación y credenciales del Capitán.

        Todos recordaban que, meses antes, otro barco había quedado muy dañado por un incendio localizado en un lugar menos importante (la sala de máquinas) y estaba vacío de combustible y gases, porque estaba en reparación.

        Se comprobó también que los botes salvavidas no se hubieran podido arriar porque estaban inutilizados los pescantes, debido a una colisión contra el muelle de Vigo, al atracar. La única salvación habría sido lanzarnos al agua con los chalecos salvavidas, pero esto habría sido muy dudoso, debido a las corrientes del Estrecho.

        La opinión de que fue un milagro cada vez tomó más cuerpo entre todos nosotros, porque intentar la salvación hubiera sido imposible: la explosión se hubiera producido antes.

Entre las llamas (Colombia)

        Mis padres tienen una pequeña propiedad, con sembrados de caña y café.

        Debido al fenómeno del "Niño", el verano se intensificó en esta zona, causando escasez de agua e incendios que se extendían por el viento causando grandes pérdidas.

        El trapiche donde se procesa la caña tiene un horno que requiere la limpieza periódica. En una de estas ocasiones, un sobrino no se dio cuenta que habían quedado encendidos algunos carbones. Mi papá los vio y los apagó.

        A la media noche, sintieron los ruidos de un incendio. Salieron a mirar y se dieron cuenta de que los sembrados estaban ardiendo. Las llamas eran muy altas y con el viento crecían más. Corrían peligro la casa y el trapiche. Vinieron vecinos para ayudar a apagarlo, pero el agua no era suficiente y no lograron nada.

        Empezaron a rezar y cogieron estampas del Beato Josemaría y las regaron alrededor de la casa. Enseguida se empezó a apagar el incendio, que llegó hasta donde estaban las estampas. Una de ellas se doró pero no se consumió y la tienen guardada como testimonio del favor del Beato Josemaría.

        Los vecinos miraban las estampas y decían que era un milagro de ese Padre, ya que en otras ocasiones ha pasado esto con graves consecuencias.

        Gracias a este favor, todos estamos vivos y en este momento tenemos trabajo, ya que no teníamos dinero para conseguir otro motor para el trapiche y reparar los daños causados por el incendio.

Josemaría, tenés que hacer algo (Venezuela)

        El pasado mes de agosto viajé a Maracaibo, Estado Zulia. Llegué al terminal como a las 6.30 a.m. y tomé un taxi para ir a un Centro del Opus Dei. Al subir en el carro, me di cuenta que el taxista tenía una estampa de nuestro Padre colocada sobre el tablero, pero de forma que era visible para todos los pasajeros. Luego de darle la dirección del sitio a donde me dirigía, como muy buen conversador, comenzó a hablar de lo que estaba haciendo, de los problemas que tenía con el carro, etc. Cuando ya estábamos llegando, preguntó si el lugar a donde nos dirigíamos tenía algo que ver con la estampa; le contesté que sí y me dijo que le tenía mucha devoción a Mons. Escrivá. Pasó enseguida a contarme un favor que le hizo nuestro Padre.

        Comenzó diciendo que el lugar donde vive es una zona popular de la ciudad y nunca pasan los camiones del aseo urbano. Un día, por la noche, él y unos amigos estaban arreglando el carro y hubo un cortocircuito en el motor que produjo un incendio. Intentaron apagarlo, pero no dio resultado. Él, un poco resignado, se metió dentro del vehículo para sacar las cosas de valor y, fijándose en la estampa de nuestro Padre, le dijo en tono de preocupación y con la manera de hablar propia de los maracuchos: "Josemaría, tenés que hacer algo, porque vos sois de papel y te vais a quemar". En ese momento, pasó un camión del aseo urbano; se bajó un señor al que por primera vez veía, sacó un extintor y apagó el fuego. Todos quedaron tan impresionados que reaccionaron tarde, y cuando fueron a darle las gracias ya se había ido. Después intentaron conseguirlo por algunos departamentos del aseo urbano y nunca más lo volvieron a ver.

        Una vez llegamos al Centro, le invité a pasar y aproveché para regalarle unas Hojas Informativas y estampas para sus amigos. Realmente el taxista quedó muy emocionado al ver que estábamos en un sitio que tiene que ver con nuestro Padre. Se propuso difundir más la devoción al Beato Josemaría y pasar las veces que hiciera falta para recoger material para repartir a sus pasajeros.

Un camión sin control (Colombia)

        Mi esposo se encontraba lavando un camión de 9 toneladas, cargado con manteca de cerdo, al lado de nuestra casa, ubicada en el barrio Buenos Aires, al oriente de Medellín, en una pendiente bastante empinada.

        Cuando mi esposo se disponía a llevar el camión hacia el garaje, y después de haberlo encendido, el carro comenzó a rodar sin control por la pendiente. Debido al peso (9 toneladas en vacío y 16 de carga; en total, 25), era imposible detenerlo en ese momento, por medios mecánicos o de otra índole. Mi esposo trataba de controlarlo, utilizando la caja de cambios, pero era inútil.

        Al observar todo esto, mi preocupación fue inmensa; pero, en vez de salir a la calle, entré en mi habitación con mucha prisa, en busca de la estampa del Padre y le dije: "Padre, salvadlo, que es tu hijo; y vos mismo, hace poco, le diste ese trabajo, después de oír nuestras súplicas de un empleo para él". Yo le recé, como siempre lo hago, con una fe y un fervor muy grandes.

        Luego de pasados treinta segundos, se aglomeraron todos los vecinos en la puerta de mi casa para contarme, llenos de una emoción y un pasmo inmensos, que a mi esposo no le había sucedido nada y que tampoco había causado daño alguno a personas, carros o casas. Repetían que no se explicaban cómo en un determinado momento el camión frenó su rodada por la pendiente, en forma instantánea. Me preguntaron por qué yo no había salido para ver lo que le iba a suceder, al final del percance; pero les respondí que primero fui a pedirle al Padre, que fuera él quien en ese momento condujera el camión, para que no sucediera nada.

        Esa noche tuve que repartir varias estampas del Padre, ya que mis vecinos sostenían que eso fue un milagro, pues un carro tan pesado, podía haber causado una catástrofe.

                                Después de ocurrido todo, un mecánico revisó el carro y comprobó que se le había reventado el cardán; al estropearse esa pieza, dejan de funcionarle los frenos de aire y aun el freno de motor, que poseen dichos vehículos.

                                                                                    

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