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Mauricio Valenciano
de la Peña de San Pedro, Albacete



Mauricio Valenciano es un hombre hecho a sí mismo: panadero, obrero y promotor de la industria en su pueblo, que gracias a su impulso y al de sus convecinos ha experimentado un gran progreso. Es agregado del Opus Dei.

La Peña de San Pedro

Soy de una familia de panaderos de la Peña de San Pedro, un pueblo de Albacete. Mis padres y mis abuelos se dedicaban al oficio, y yo me puse a trabajar, lo mismo que mis cinco hermanos, en cuanto pude levantar la pala, porque trabajo en la panadería había para todos. Pero el pueblo no tenía futuro y a los veintidós años –yo soy del 32- me marché a Bilbao para trabajar en lo que se terciara. 

Estuve trabajando unos once o doce años, ya no me acuerdo, en una fábrica de productos químicos; primero de peón, y luego en otros departamentos, hasta que pasé al laboratorio de investigación.



El Opus Dei

"Me gustó el ambiente de trabajo, de amistad, de cariño y de sencillez que vi en la gente, con ese afán por encontrar a Dios en todas las cosas"


Fue esa época, en octubre de 1958, cuando conocí el Opus Dei. Me gustó el ambiente de trabajo, de amistad, de cariño y de sencillez que vi en la gente, con ese afán por encontrar a Dios en todas las cosas. Pocos meses después, en enero del 59, pedí la admisión como agregado. Tenía veintisiete años.

Entonces éramos muy jóvenes y estaba casi todo por hacer. Yo vivía en Gorostiza, en una aldea de Bilbao que está cerca de las minas de carbón, y por la tarde me montaba en la bici –una de aquellas bicicletas de entonces, grandota, con un manillar inmenso- y me iba al centro del Opus Dei para recibir medios de formación… los días que llegaba, claro, porque un día se te pinchaba una rueda, y al otro, te quedabas atascado en el barro. Pero gracias a Dios, nunca me pasó nada serio.

Y después de recibir un círculo, o una clase de vida cristiana, me iba a la fábrica y me pasaba la noche trabajando.

Por la mañana, al terminar, iba a misa de seis y media en una iglesia que estaba cerca; luego pasaba la ría, desde Erandio a Baracaldo, me hacía otros cinco kilómetros en bici hasta Gorostiza, y… a dormir.

El taller

Hasta que me dije: "voy a establecerme por mi cuenta". Y puse un taller de pintura de brocha gorda con un hermano y un amigo. Dinero no teníamos, pero para esos negocios, más que dinero, lo que hace falta es ganas de trabajar. Y nosotros las teníamos.

Comenzamos -me acuerdo muy bien, porque ese día el Papa Pablo VI estaba en Fátima y no se me olvida- el 13 de mayo de 1967. Teníamos por todo capital cinco mil pesetas.

Empezamos sin coche y sin un local para dejar las cosas. Cuando nos llamaban para pintar, nos cargábamos las escaleras al hombro y los cubos con las brochas, tomábamos el tren por la parte derecha de la ría y nos plantábamos en las casas. Luego, gracias a un préstamo, alquilamos un local y compramos un furgoneta. Y en cuanto pudimos, montamos una tienda de papel pintado.

Puente colgante


Luego me metí en los quioscos de prensa, que es algo muy importante. De un quiosquero depende mucho lo que la gente lee. Un amigo se hizo con dos –uno al lado del Puente Colgante y otro en Erandio- y allí echaba yo unas horas también.

El Club Eretza

El resto del tiempo lo dedicaba al Club Eretza, donde iban muchos trabajadores y obreros como yo para formarse cristianamente. Ya digo que entonces estaba todo por hacer. Al principio empezamos en un bar, porque no teníamos local para el Club. Pedíamos un vasito de vino y unas aceitunas, y después teníamos una charla de formación cristiana o de virtudes humanas. Allí llegamos a juntarnos hasta veinticinco personas.

Poco después, a comienzos de los sesenta, nos instalamos en un piso viejo, que tenía un alquiler muy barato. Mi madre, cuando se enteró, lo compró, para que se pudieran dar allí los medios de formación de la Obra, y entre todos lo fuimos arreglando y adecentando. Al principio no teníamos ni sillas, ni mesas, ni nada de nada: nos sentábamos en el suelo, sobre papel de periódico de la Gaceta del Norte.

Lo arreglamos como pudimos. Mi madre nos regaló una mesa antigua de comedor que tenía, con todas las sillas, y así resolvimos la papeleta de los asientos. Y otras familias, como los padres de Jorge Larrazábal, nos fueron regalando muebles.

Venían por Eretza muchos obreros: algunos de Altos Hornos, otros de la Escuela de Maestría, y de todo tipo de talleres: carpinteros, pintores, electricistas…, y algunos estudiantes también. Asistían a las charlas, los que querían hablaban con el sacerdote y se iban formando espiritualmente y humanamente. Y pedagógicamente también, porque al ver la falta de conocimientos de algunos, organizamos unos cursos de leer y escribir, para pudieran sacarse el certificado de estudios primarios.

Así, año tras año, iban mejorando y superándose en todos los órdenes, aprendiendo a hacer las cosas bien y a preocuparse por los demás. Ahora cuando me encuentro con algunos, y me hablan de aquel tiempo, me dicen: “¡Ah, si no hubiese sido por Eretza, que hubiese sido de mí!”.

Peña de San Pedro

De nuevo en Albacete

En el 78 me vine a Albacete, con mi madre, a Peña de San Pedro. Mi padre había muerto unos años antes, bastante joven, con cincuenta y siete, y mis hermanos ya estaban casados. La zona no tenía industria ninguna y la gente, cuando dejó de haber trabajo en el Trasvase, se fue; y el pueblo se quedó medio vacío.

Pensé que tenía que hacer algo para promocionar a los demás. De eso nos hablan mucho en el Opus Dei: de nuestra responsabilidad personal. Nos recuerdan que como cristianos, no podemos mirar hacia otra parte ante los problemas ajenos. No nos dan la solución concreta; nos dicen: reza y decide ante el Señor cuál va a ser tu respuesta, como cristiano, ante esa situación en la que te encuentras.

Estuve dándole vueltas: ¿Qué hago? ¿Qué podemos hacer? Porque por este camino, como siga yéndose la juventud, el pueblo desaparece. Hasta que junto con otros del pueblo decidimos poner una fábrica de embutidos.

Comenzamos como pudimos, entre nosotros, trabajando mucho. Poco a poco levantamos las naves, y nos fue muy bien. Y lo mejor es que esto ha estimulado a los demás: ahora hay siete fábricas en el pueblo, y en los pueblos de alrededor también se van animando. Hacemos un embutido muy rico, y en las otras fábricas, que son de alimentación y de panadería, se ha vuelto a hacer pan de pueblo, ese pan sabroso, de un sabor tan especial, como el que hacían mis padres y mis abuelos.

Mi madre

Durante ese tiempo mi madre se rompió cadera y yo me hice cargo de ella. Murió hace cuatro años. Era muy buena cristiana, muy lista y muy generosa. Era cooperadora del Opus Dei desde hace muchos años. En los últimos tiempos tenía que ayudarla en todo, porque no podía moverse.

¡Ay, Mauricio, la que te ha caído!, me decía ella. Y yo le contestaba que cuidarla no era ninguna carga para mí; al contrario, era algo que me hacía muy feliz, porque uno se queda siempre corto atendiendo a sus padres, después de todos los sacrificios que han hecho por ti. Mi felicidad era verla tan contenta y rodeada de tanto cariño en su vejez.

Recuerdo esos últimos años como un tiempo particularmente feliz para los dos: a pesar de su invalidez y de tener que estar yo pendiente de ella continuamente, de día y de noche. Los domingos la llevaba a Misa y todos los días, antes de comer, rezábamos el Rosario juntos. Y cantábamos mucho, sobre todo los cantares y coplas de cuando ella era joven.

"Yo, cuando echo la vista atrás, le doy muchas gracias a Dios, al ver que nada cae en vacío"

Murió con una gran serenidad, porque Dios hace las cosas de maravilla. Se puso muy mal; vino el sacerdote y la atendió; yo le leí la recomendación del alma y estuve rezando a su lado hasta el último momento. Y cuando murió, no sé cómo contar esto, pero fue así, en medio de aquel dolor grandísimo, me vino una alegría muy grande, una felicidad honda, inexplicable.

Decía el Fundador del Opus Dei que cuando fuéramos viejos nos pasaríamos las horas dando gracias a Dios, y es verdad: yo, cuando echo la vista atrás, le doy muchas gracias a Dios, al ver que nada cae en vacío. No me considero viejo aunque los setenta y cinco ya no los cumplo, porque por dentro me siento joven, joven, como si tuviera treinta años, con la sensación de haber vivido, de estar viviendo, una novela maravillosa, como decía San Josemaría.

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