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San Josemaría Escrivá en Andalucía


 







San Josemaría Escrivá de Balaguer dedicó siete días del otoño de 1972 a una intensa predicación en tierras de Andalucía. Poco después de su marcha, el conocido escritor gaditano José María Pemán glosaba esa corta estancia en un artículo de prensa.

“A la salida de Jerez -escribía Pemán- hay una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda, viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz cada tarde, visitaba a mi novia. Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoalbero.

En Pozoalbero se había habilitado para salón de actos una vieja nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones, sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular vendimia?”

Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a extenderse en el salón-lagar”.

Monseñor Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del Sur, iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se encargaría de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al orujo o al alpechín”

Y empezó su tarea. Unas brevísimas palabras y en seguida abre el coloquio. Quiere preguntas. Quiere que le pregunten el dolor, el miedo, la cesta de la compra, la familia numerosa..."

Concluye el escritor su artículo con estas palabras: "Reconocí la voz del «Séneca». Se oía lejos el murmullo del auditorio que buscaba sus coches en los aparcamientos improvisados en huertas y jardines vecinos:

-Don José: si le llaman a todo esto «Obra de Dios», ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

-No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas­. Es lo que se llama las «causas segundas».

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

-Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera”.

 

Un padre de familia

Durante esos días numerosas personas le preguntaron a san Josemaría por diversas cuestiones, comunicándole sus penas y alegrías. Un padre de familia le contó:

- Padre, hace aproximadamente un año, en un accidente de automóvil, perdí a mi mujer, un hijo y otros cuatro quedaron muy mal heridos... Vengo por si veo una chispita de luz donde agarrarme...

"Yo en aquel momento me encontraba totalmente hundido -comentaba este padre de familia años después- y nunca lo agradeceré bastante. Porque allí pedí la palabra y le pedí al Padre que me diera una miguita de luz a ver si recontruía mi vida, me las dijo y así fue.

- El Señor nos quiere con locura -le dijo san Josemaría- , se llevó a los tuyos porque estaban maduros para el Cielo. Para ti es un golpe grande y yo lo comprendo. Yo tengo corazón, y yo también lloro, cuando pierdo las personas queridas. Y ten en cuenta que yo quiero con la misma intensidad a muchos miles de personas. De modo que es frecuente que llore.

Y no me avergüenza, porque los hombres también lloramos. Pero después me voy al Señor, a buscarlo en mi corazón, y me da más alegría aun, ir al Sagrario, y me enfrento un poco con el Señor. No ofendiéndole, son palabras de amor, le digo: ¿por qué, si tienes tan pocos amigos en la tierra, por qué te llevas estos, que te hubieran podido servir, que hubieran sido tan útiles a otras almas, y al final..., bajo la cabeza y digo: Tú sabes más que yo, qué tontería ¿verdad?, qué tontería, está claro que sabe más, más que todos nosotros.

Él es sapientísimo, y nosotros somos unos ignorantes, y, y, y digo: Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada, la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas, amen, amen. Y me quedo tranquilo. Dios te bendiga, ten paz en tu alma, y encomiéndate a esas personas queridas, que las tienes en el Cielo.....

Le hicieron preguntas sobre diversas cuestiones, a las que san Josemaría iba respondiendo de forma directa y cordial.

-El Señor quiere el trato de cada uno de vosotros y el trato directo -dijo -no quiere una oración de anonimato, sino que tú y tú y tú, y yo, le hablemos de nuestras cosas. Y escuchemos su respuesta. ¿Cómo hablaremos?, ¿Cómo le trataremos? Nuestros padres -y quizás algunos de estos chicos jóvenes que hay por aquí, serán novios- han tenido el noviazgo, se han tratado antes de casarse, para conocerse mejor y quererse más, y es una cosa buena.

Para conocer a Nuestro Señor y para quererlo más, lo hemos de tratar. Y lo encontramos en dos sitios: en el Pan y en la Palabra. En el Pan, en la Sagrada Eucaristía, cuando baja Jesús a las manos del sacerdote, en la transubstanciación, cuando lo recibís en la comunión, habladle con confianza, decidle vuestras cosas.

Y si no sabéis que decirle, decídselo claramente: "Señor, yo no sé que decirte, te querría decir tantas cosas, necesito tantas cosas, me urge decirte que te quiero, que me ayudes en esto, en aquello, en lo otro, que me salves a aquella persona, que nos saques de este apuro, que yo no te quiero ofender más", ¡tantas cosas le diréis!

Antonio Bienvenida

 

Contaba el famoso torero una anécdota de aquellos días:

“Quería llevar al Padre un recuerdo personal, y pensé en una foto mía dando un pase muy torero.

Al pie escribí una dedicatoria con todo cariño. Hubo un momento en el que intenté explicar mis sentimientos artísticos en el ejercicio de mi profesión, que me llevan a veces a torear lo más despacio posible, eso que los taurinos llaman torear con temple, porque, como es un momento de arte que se va, queremos hacerlo muy despacio para tenerlo el mayor tiempo posible.

Y nada más empezar la tertulia de la tarde, a la que nos apresuramos a incorporarnos, el Padre hizo referencia al rato que había pasado con nosotros:”

- Una vez, yo no os diré cuando -dijo san Josemaría- oí a un hijo mío que quiero mucho, que es un torero estupendo, enamorado de su vocación de torero, de su profesión y enamorado de su mujer, ue cuando está con el capote y viene el toro, un toro leal... le da pena pensar que lo va a matar... que se recrea en la suerte y hace despacio con el capote... Yo no lo sé hacer, no he toreado en mi vida...

Pues sí, recrearse en la suerte como un artista, ¡con amor!, esto es lo que hay que hacer también con Dios Nuestro Señor, no tener prisa, como ese queridísimo torero. ¿De acuerdo?

Manolo Bravo

-Padre, ¿cómo podemos orientar mejor a la gente joven para que vivan bien la Santa Pureza?, le preguntó un cordobés agregado del Opus Dei, Manolo Bravo.

- Primero con el ejemplo. No podemos ser castos si no nos ayuda Dios. La castidad es una obligación de todos: de solteros, de casados, de viudos, de curas. Todos los cristianos estamos obligados a ser castos dentro de nuestro estado. ¿Está claro?

Y como solos no podemos, acude a la Madre de Dios, que aquí le tenéis esa devoción y, sobre todo, la admiráis porque es toda limpia, sin mancha, sin mancilla. Dile que te ayude, que eres hijo suyo. Y eso se lo puedes aconsejar a los demás.

"Estaba haciendo oración cuando hablaba -recuerda en la actualidad Manolo Bravo-. Mientras le cantaba, me fijaba en su cara y veía claramente que estaba llevando a la oración esas letras relacionadas con el amor. Le gustaba que le cantáramos canciones que le llevaran a Dios y a la Virgen.

En la Macarena

 

Durante aquellos días fue a rezar a la Virgen de la Macarena del modo más discreto posible. Al enterarse, el Hermano Mayor fue a Jerez, donde residía y le llevo una estampa de la Imagen, pidiéndole que rezara por la familia y toda la Cofradía.

-¡Qué amor tenéis a la Virgen aquí, hijos míos! -dijo san Josemaría en uno de sus encuentros de catequesis-. Que Ella os bendiga y os guarde. Que os haga limpios, que os haga rectos, que os haga alegres, lo sois, que os haga felices en la tierra, aunque tengáis algún pecadillo que otro, os perdonará porque volvéis a Ella y volvéis a su Hijo. Además, somos tan débiles todos, ¿verdad?

Y ya rezaréis para que yo también vuelva en seguida a mi Madre con el amor que le tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, a aprender a amar a la Virgen. Yo no vengo a enseñar, vengo a aprender siempre. Quiero a la Virgen en todas vuestras imágenes.

 

Abelardo, cocinero de una escuela Agraria

Abelardo, cocinero de una escuela agraria, casado y con dos hijos, le comentó durante un encuentro:

-Padre, yo tenfo una niña que se llama María Eva y otra Setefilla, como la Virgen de Lora. Yo soy el cocinero de la primera EFA que pusieron en España. Nosotros, los del campo, no tenemos curtura, ni estamos preparados como los que tienen carrera. Yo quiero que usted me dé la solución: para poder ser del Opus Dei, ¿qué tenemos que hacer?

-¡Tú tienes carrera! -le contestó rápidamente san Josemaría- ¡La del campo, que es una gran carrera! ¡Tú tienes cultura, tú tratas a Dios! ¡Tú has hablado con don de sabiduría y sabes más que muchos que se tienen por cultos! Dios te bendiga, hijo mío.

-Pero yo soy un trabajador -le dijo riendo Abelardo- que no soy capitalista y que...

-Yo otro trabajador -le respondió con gracia san Josemaría- que no es capitalista. ¡Somos dos hermanos en el trabajo!

-... que tengo que trabajar -continuó Abelardo- para darle de comer a mi mujer y a mis hijos.

- Y yo tengo que trabajar -le dijo sonriendo el fundador- para darle alimento espiritual a un montón de miles de almas de todos los colores...

Concluyó diciéndole cariñosamente: Y no digas en ningún lado que no tienes cultura. ¡Ya querrían muchos que yo sé y que escriben tantas sandeces por ahí, ya querrían tener la cultura tuya! Sigue tratando a Dios que vas bien. ¡Esa es la mejor cultura!

Al terminar el Fundador le dijo que al acabar el encuentro, quería darle un abrazo en la casa de Pozoalbero.

"Cuando entré en la casa -recuerda Abelardo- el Padre estaba con los brazos abiertos en un salón esperándome. Llegó. Me abrazó a mí y yo a él y me dijo: -¿Cuántos hijos tienes? -Ya le he dicho -le dije yo- que tengo Mari Eva, Setefilla y mi mujer que se llama María. Salió otro sacerdote con una bandeja de bombones y me dijo el Padre: -Coge los que quieras. Yo le dije: -No, Padre, voy a coger cuatro, uno para mis hijas, otro para mi mujer y otro para mí. Que los tengo, por cierto, todavía en mi casa guardados como recuerdo. Eso fue en el 72.

Luego entonces, todos los años por costumbre yo tenía de felicitarlo a él, y él me respondía a mí con puño y letra a nosotros, a mi familia, dándonos las Pascuas. Tengo en mi casa guardadas las cartas como recuerdo, igual que los bombones".

 

 


 

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