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Salvador García, un artesano andaluz


 












Transcribo este testimonio sobre los últimos días de Salvador García, escrito por un amigo suyo.

Salvador fue un artesano andaluz que encarnó en su vida el espíritu del Opus Dei y dejó honda huella entre sus paisanos; de modo singular en el sacerdote de su parroquia, al que prestó durante años su amistad, su apoyo, su colaboración, su cariño y su constante aliento.


En un pequeño pueblo de Andalucía

Salvador fue un artesano modesto de un pequeño pueblo de Andalucía. Con buen gusto confeccionaba originales piezas de cerámica, que luego vendía a los turistas que cruzaban su pueblo camino de las playas del sur; además, las distribuía a través de comercios tradicionales, y últimamente las empezaba a ofrecer a las grandes superficies.

Conoció el Opus Dei, y se ilusionó con santificar su trabajo y acercar almas a Dios.

Solía tratar con él los días en que asistía a los medios de formación. La distancia desde el pueblo donde vivía al centro del Opus Dei más próximo era considerable.

Él se sabía imitador de “otro Artesano del barro en el comienzo del tiempo...”, y procuraba asimilar más y más la formación que recibía para parecerse a Él.

Sabía compaginar el tiempo que empleaba en el arte del barro con el destinado a la familia, a los amigos –que solían acudir a él para solicitar su consejo– y con el que dedicaba a Dios, a través de unas normas de piedad sencillas y recias.

Acudía a su taller para vigilar el horno de cerámica, rehacer alguna pieza, estudiar la temperatura, el color o el vidriado mas adecuado para la cerámica. Una mañana, mientras estaba en su taller sintió un fuerte dolor de cabeza.

Tuvo tiempo de llamar a su mujer y comunicarle lo mal que se encontraba, para que llamara a un médico amigo suyo. Al poco, llegó el médico –su mujer le seguía acompañando–, pero no pudo hacer nada más que diagnosticar un infarto cerebral, que le sumió en un estado de coma irreversible.

Durante los diez días que permaneció en la UCI del hospital hasta su fallecimiento, las visitas, los familiares comentaban tantos aspectos de su vida –honradez, fidelidad a los amigos, espíritu colaborador en la vida social, profundidad espiritual, prudencia... –que les edificaban y les servían de referente para su vida.

Falleció como había vivido: con sencillez y con paz.


¡No me dejes ahora!

El día de su entierro asistí al funeral en su parroquia. La iglesia estaba abarrotada; participaron prácticamente todos los vecinos y amigos de poblaciones cercanas y de la capital.

En la homilía, el sacerdote nos dejó sobrecogidos: nos habló de los ratos de oración que Salvador tenía ante el sagrario; de sus conversaciones con Salvador, que le confirmaban en la fe y le daban ánimo para la tarea pastoral; de su generosa colaboración con la parroquia, en la que también dejó algunas de sus producciones: había hecho en cerámica, entre otras cosas, los Doce Apóstoles que rodean el altar.

Al final de la homilía, bajó los escalones del presbiterio, se acercó al féretro, y golpeando con la mano dijo con voz alta y sonora:

- “¡Salvador, ayúdame, no me dejes ahora!

Para mí fue una confirmación más del apostolado que realizan los miembros del Opus Dei: un apostolado sencillo de amistad y de conversación personal, abierto a todos, como un río que fluye y fecunda las riberas del cauce de la vida.

 

Jaén,28.XI.05


 

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