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Doña Azucena, partera en Honduras




Montañas de Honduras

Me llamo Azucena Gómez y vine a esta escuela de Aragua porque Dios quiso que me tocara el corazón la doctora Gracia María. Ella tanto insistió: “venga, venga, doña Azucena, que hay tantos cursos... ¿por qué no viene, doña Azucena? Hay uno de Costura que le va a servir mucho a usted y a sus hijos”. “¡Ay doctora, le decía yo, no tengo dinero, tengo muchos niños y no hay quien me los cuide!” “Por el dinero no hay problema”, me decía la doctora, y me dio pena y solucionamos lo de los hijos, y llegué por primera vez a Aragua en febrero del noventa.

Aragua me gustó mucho; porque aprendí muchas cosas de Bordados, de Cocina y a comportarme, y a costurar y a hacer la ropa para mis hijos. Pero más que todo vine por la Doctrina Cristiana; educación en todo, verdad, porque por ahí no hay nadie que le oriente a uno, y cuando yo llegué aquí no era una mujer casada y ahora sí...

Yo iba a las charlas de doña Tita sobre el matrimonio, pero sin interés, sólo por saber más.... Yo ya tengo ocho nietos, la mayor de diez años y el último está de meses. Respecto a mis hijos, mi hija mayor es maravillosa, me ayuda en cualquier problema económico, siempre está conmigo.

Monseñor Escrivá le tengo una fe inmensa porque ha sido tan maravilloso que hasta mi hijo que está pequeño le tiene una fe inmensa. Cuando yo llegué a la escuela deseaba ser como los demás matrimonios, pero sabía que al hombre el único que le podía tocar el corazón era Dios.

Se lo pedía a Monseñor, porque yo sabía que al hombre el único que le puede tocar el corazón es Dios... Hasta que un día le dije a doña Tita:

-Ay, doña Tita, no me apunte en la lista de las que se van a casar, porque mi hombre... ¡no se arranca ni con cañones!

-¿Ah, sí? -me dijo ella- ¡pues ahoritita mismo vamos donde él!

Y fue; y lo encontró en casa y estuvieron platicando y pasó algo que me parece milagro: dijo que sí y rápido empezamos a arreglar los papeles y rápido nos casamos. Desde entonces le tengo a Monseñor una confianza inmensa.

Algunas de mis vecinas trabajan en sus casas dedicándose a la costura, a hacer pan. En esta área la gente no suele trabajar en el campo. Algunos hombres salen fuera de la comunidad para trabajar. Algunas señoras nos dedicamos a hacer tortillas, a cuidar mis niños. Yo soy la partera del pueblo.

Empecé atendiendo a mi hija en un parto de emergencia y a partir de ahí, pues me gustó; y me buscaban de los pueblos porque aquí no había médico... Luego el Ministerio de Salud me dio unas orientaciones para realizar mejor esta labor y yo se lo agradezco, porque ser partera es muy bonito. Es un riesgo atender a un parto y no se sabe cómo puede ir en ese momento; pero también es un momento muy alegre: ver al bebé que nace y a su madre contenta por ver a su hijo...

A mí Dios sabrá por qué me ha dado tantos; con éste que voy a tener ahorita serán doce. Pero no he permitido nunca nada malo; y estoy contra el aborto, porque pienso que cada uno debe pensar en lo que hace y asumir sus responsabilidades... Pero a veces viene una persona atrevida y me dice:

-Mire, doña Azucena, yo no quiero tener este hijo, déme algo.

Yo le digo:

-Eso es un crimen; y en la situación de pobreza en que estamos yo me voy a la cárcel; pero usted... ¡se va al cementerio!

Monseñor me ayuda mucho. En el parto de mi último hijo le pedí de corazón que me ayudara: como amigo, como padre y como médico; y gracias a Dios, me fue de maravilla. Yo le pido cosas todos los días a Monseñor y sé que me escucha; y le ruego a Dios que el Opus Dei esté extendido por el mundo entero, porque esto rápido ha crecido: yo he visto cómo Montecillos empezó de la nada y hoy se ha hecho inmenso".


 

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