.Página de Inicio

 

La historia de Mariano Beltrán, agregado del Opus Dei, telegrafista


Una calle de Cadrete


Los Beltrán

Los Beltrán, Mariano y Rosa, eran, durante los años treinta del siglo pasado, buena gente para unos tiempos malos. Un matrimonio de labradores que vivía de un pedazo de tierra, en las cercanías de Zaragoza, en un pueblo que ahora está casi integrado en la gran ciudad del Ebro.

Ganaban lo suficiente para ir tirando, sin lujos, pero sin miserias tampoco. Año tras año, siempre lo mismo: escardar el trigo, varear lasaceitunas, vendimiarla uva, cuidar de los animales...

El primer hijo de los siete que tuvieron les nació en Cadrete, donde vivían; un pueblo pequeño, con grandes casonas de teja árabe y alguna que otra huerta, como tantos pueblos de Aragón.

Fue el 12 de enero de 1931, pocos meses antes de que comenzara la República. Le pusieron Mariano, como se llamaba su padre y mandaba la tradición.

Mariano hijo era, según los cadreteños, un muchacho formal y trabajador; y en vista de lo mucho que se aplicaba en la escuela, su padre procuró darle los estudios que pudo: las primeras letras, durante la guerra, en Cuarte de Huerva, un pueblo que está a cinco kilómetros de Cadrete, y el Bachillerato en Zaragoza.

Don Mariano le dio -y esto es lo importante- su ejemplo de hombre a carta cabal, y buen cristiano, lo mismo que su mujer, doña Rosa.

De tal palo, tal astilla, suele decirse y esta vez se cumplió el refrán: Mariano salió al padre, y todos los del pueblo, comenzando por el cura, le tenían afecto. Era simpático, despierto, con los ojos vivos y un pronto de mal genio que sabía dominar. Y sin ningún tipo de complejos por su enfermedad.

La enfermedad de Mariano era conocida en todo el pueblo. De pequeño estaba tan débil que casi no podía sostenerse en pie. Lo llevaron a diversos médicos, hasta que uno diagnosticó parálisis infantil. Gracias a Dios, con el tiempo se le fortalecieron algo las piernas, aunque siguió cojeando de por vida y le costaba mucho subir escaleras.

Se quedó con una pequeña “contracción” —ésa era la palabra que emplearon los médicos — que le obligaba a mantener la cabeza y el tronco rígido y estirado. Caminaba con la cara inclinada hacia atrás y el cuello ladeado. A primera vista, para qué negarlo, su figura repugnaba, casi instintivamente; pero era sólo la primera impresión, porque al tratarle, ese defecto físico se olvidaba pronto.

En Gerona

Cuando terminó el Bachiller consiguió un trabajo como interino en la oficina de telégrafos de Gerona, y allí se quedó, tras ganar las oposiciones de telegrafista con veinte años. Hizo pronto muchas amistades, porque era una de esas personas que se hacen querer.

Éste es el Mariano joven que recuerdan sus parientes y amigos: un hombre sin grandes estudios; buen cristiano; vestido siempre con su americana cheviot, aseado, siempre con buen humor. Disfrutaba inventándose chistes (malísimos, todo hay que decirlo), que contaba con gracia, como el del pino, que nunca acababa, porque se echaba a reír a la mitad.

De todas formas, a pesar de su talante alegre y jovial, la procesión iba por dentro. Él decía que era pura holgazanería, pero algo debía tener, pensaban sus amigos, porque después de almorzar en la pensión, a pesar de su talante trabajador, tenía que acostarse, algunas veces hasta la hora de cenar.

 

Una conversación con Cardona

En noviembre de 1951, Carlos Cardona, un compañero de la oficina (que luego sería un gran filósofo) que acababa de llegar de Jaén, le preguntó:

—Y tú, Mariano... ¿no te has planteado nunca entregarte a Dios?

Llovía sobre mojado. Mariano deseaba entregarse a Dios desde hacía muchos años. Se lo había planteado muchas veces; pero no sabía ni cómo, ni dónde, ni cuándo... Por eso, cuando Cardona le habló de la posibilidad de buscar la santidad en el Opus Dei, célibe, esforzándose por santificar y santificarse en su trabajo, pensó para sus adentros: “¡Eso es!”.

Pero no se lo dijo. Le pidió primero que le explicara con detalle que significaba eso de “santificar el trabajo”.

Santificar el trabajo, le vino a decir Cardona, significa trabajar intensamente, con profesionalidad, convirtiendo la tarea de cada día en oración, y en medio para ayudar y acercar a Dios a los colegas y amigos. Él mismo podría trabajar y orar a Dios mientras enviaba telegramas a los cuatro puntos cardinales de la Península. ¿Qué le impedía dirigirse con su corazón a Dios mientras transcribía:

Llegaré Almendralejo 17 tarde. Stop. Besos. Ramón. Stop.

—Perdí tren. Llegaré mañana. Stop. Abrazos. Pascual. Stop.

—Muchas felicidades abuela. Francisca. Stop.?

 

Mariano le dijo a Cardona que al día siguiente le contestaría y se fue a su pensión. Subió las escaleras trabajosamente, agarrándose con fuerza a la baranda, ahora esta pierna, luego la otra, y ya en su cuarto comenzó a considerar aquella propuesta en la presencia de Dios.

Nunca había pensado que pudiera hacerse ¡santo! mientras transmitía de la mañana a la noche, por amor de Dios, los viajes, las penas y las alegrías de Ramón, Pascual y Francisca...

Estuvo rezando. Lo más prudente —pensó— era pedir consejo al cura de su pueblo, porque pocos le conocían tan bien como él.

¿Opus Dei? Cuando recibió el telegrama, el cura se quedó desconcertado. Había oído hablar del Opus Dei, ¿y quién no?, pero a ciencia cierta no sabía qué era. Como no era hombre al que le gustase hablar por hablar, porque se corre el riesgo de decir falsedades y tonterías, se fue a Zaragoza, se informó bien, y le escribió a Mariano dándole referencias.

Pero cuando Mariano recibió la carta del párroco, con una valoración muy positiva, ya había tomado su decisión. El 28 de noviembre, después de rezarlo serenamente, ya había decidido entregarse a Dios en el Opus Dei.

 

Antonio

Desde entonces se esforzó por buscar la santidad en su trabajo de telegrafista. Su vida cobró un nuevo colorido. Hasta parecía que recobraba las fuerzas físicas... ¡Se acabaron las siestas interminables! Se planteó acercar a Dios a sus compañeros y amigos, como Antonio, un trabajador de su misma edad, al que había conocido cuando paseaba por la Dehesa.

Mariano vio a Antonio con la pierna enyesada, avanzando por la Dehesa a duras penas con la muleta, igual que él, y comenzaron a charlar. Antonio le contó que era de un pueblo de la provincia de Córdoba, y que, harto ya de pasar fatigas en el campo, había decidido venirse a trabajar a Gerona al acabar el servicio militar.

Como tantos emigrantes, estaba intentando abrirse camino, pero sólo había logrado unos cuantos jornales como peón de albañil; y cuando parecía enderezarse la cosa, se había caído del andamio y ahora estaba con una pierna, rota, solo, sin empleo y sin dinero. Menos mal que la dueña de la pensión era buena persona y le permitía seguir en espera de que consiguiese algo para salir adelante.

Se hicieron amigos. Tenían muchas cosas en común, a pesar de ser tan distintos —aragonés uno, el otro andaluz— y de tener diferentes modos de pensar.

Antonio tenía grandes dudas de fe: ¿Cómo podía permitir Dios tanto mal en el mundo? ¿Qué sentido tenía tanta desgracia, no sólo en su vida, sino en la de los demás? Y miraba a Mariano...

 

El misterio del dolor

Mariano le explicó lo que pudo, porque es imposible desentrañar plenamente el misterio del mal y del dolor, pero su forma de hablarle de Dios, de su amor por nosotros, de su respeto a la libertad del hombre, y de Cristo crucificado muriendo por cada uno; su forma de rezar, y especialmente, su alegría, impresionaron de tal manera a Antonio que decidió volver a los sacramentos antes de irse de Gerona, que no era un buen destino para un obrero no especializado como él.

Se fue al Sur de Francia, donde encontró trabajo. Desde allí siguió carteándose con Mariano. Realmente, aquella amistad había cambiado su vida.

Pero en Francia las cosas no le fueron mejor a Antonio. Carta tras carta le fue contando a Mariano que había enfermado de tuberculosis y le habían internado en un hospital. Sin embargo en aquellos momentos su sufrimiento tenía sentido, porque se estaba uniendo gracias a ellos al dolor de Cristo, a la Cruz de Cristo.

Siguiendo los consejos que le iba dando Mariano por carta, Antonio procuró acercar al Señor a los médicos y enfermos de su sala, aunque sólo chapurreaba un poco de francés. Y falleció en el hospital, solo, sin familia, sin amigos, sin un céntimo, pero con una alegría profunda en su alma que había aprendido de su amigo.

La alegría de Mariano

Esa alegría de Mariano atraía y sorprendía a todos: padres, hermanos y amigos. Nunca le oyeron quejarse por sus carencias físicas; al contrario, cuando se iba con sus amigos de acampada y acababa rodando por el suelo (algo que le sucedía cada dos por tres) se levantaba riendo y sin darle importancia.

Volvió a padecer aquel cansancio y aquella fatiga constante de poco tiempo atrás. Y no llevaba una vida especialmente ajetreada: iba a Misa a primera hora de la mañana, rezaba, trabajaba en Telégrafos, almorzaba en la pensión, echaba unas horas de trabajo por la tarde en el Colegio de Arquitectos, estaba con sus amigos...

Pero, aunque él no le diese importancia, le aconsejaron que fuera al médico, y tras varias consultas en 1958 le diagnosticaron una grave lesión en el corazón y una enfermedad de nombre extraño: amiotrofia congénita de Oppeheim.

Siguió trabajando con la normalidad de siempre hasta que el 18 de febrero de 1960, después de pasar toda la mañana en Telégrafos, almorzó en la pensión con su amigo Narcís, y se fue, como de costumbre, al Colegio de Arquitectos. Horas después lo encontraron, desvanecido, en el suelo de la oficina.

Había sufrido una embolia. Lo llevaron rápidamente a la clínica, y pasó varios días en coma profundo, debatiéndose entre la vida y la muerte. Tres semanas más tarde lo trasladaron a la Clínica de Recuperación San José, en Barcelona.

Se había quedado hemipléjico del lado derecho y con una incapacidad grave para expresarse: se había olvidado de escribir y no reconocía las palabras. Entendía todo lo que le decían, pero sólo podía responder con algunos monosílabos y sonidos guturales: sí, no... Y no siempre: a veces le fallaban los reflejos del movimiento y cuando quería decir no, decía ...

Estuvo en la clínica unos meses. Al salir, a pesar de los fatigosos ejercicios que hizo, se había recuperado muy poco. Con el tiempo llegó a caminar, ayudado de muletas, y comenzó a hacer una vida relativamente normal.

Pero un día, cuando salía de Misa de la iglesia de San Isidro, se volvió a caer y se fracturó una vértebra. El doctor Cañadell le puso un corsé de yeso, grande y molesto. Cuando estaba terminando de escayolarle, le hizo sin querer un pequeño corte en el dedo a Rafael Aparicio, un amigo de Mariano que le ayudaba en la tarea de la escayola.

Mariano pasó la noche sin dormir, entre vómitos y grandes molestias. A primera hora de la mañana llegó Rafael Aparicio a su cuarto “y nada más verme —cuenta—, antes de que le pudiera preguntar cómo había pasado la noche, se adelantó y con exclamaciones y gestos me preguntó, preocupado, por la herida de mi dedo, tapada con un esparadrapo”.

29 años

Maríano tenía entonces 29 años. Era consciente de que se había quedado medio paralítico: no podía expresarse. Sin embargo, no adoptó lo que suele llamarse mentalidad de enfermo, ni centró la atención en sí mismo. “Entrar en su habitación era ir a pasar un buen rato”, recuerdan sus amigos.

Estaba pendiente de todo y de todos: no quería preocupar a sus padres; intentaba bajar la visera cuando iba en coche para que no le diera el sol al conductor; hacía esfuerzos para acercar un cenicero o una silla, con la única mano que podía mover, cuando venían a visitarle; o hacía ademanes de preparar la mesa, especialmente los sábados, cuando doña Gabriela, la madre de Joan, con quienes vivía en Barcelona, llegaba más tarde a casa.

Esa casa ofrecía para Mariano una gran ventaja: en el piso de arriba había un centro del Opus Dei, y podía asistir a Misa sin necesidad de salir a la calle. El resto del día lo pasaba rezando y trabajando en lo que podía.

“Su presencia de Dios —recuerda un amigo suyo— se puede decir que era continua. Se le veía muchas horas en el oratorio, o sentado frente a una agenda abierta en una página donde estaban escritas palabras de amor a Dios, rezando”.

Dependía totalmente de los demás para muchas cosas materiales. Aceptó esta situación, aunque intentaba valerse por sí mismo en todo lo posible. No se engañaba; sabía que no tenía cura y que no volvería ni a hablar ni a escribir.

Mariano amó entonces, porque Dios la quería, la aparente “inutilidad” de su vida. Y como los médicos le habían indicado que escribiera lo más posible, se pasaba las horas copiando la misma palabra en su cuaderno. “De intención —cuenta un amigo— sólo podía poner la primera letra de las palabras y copiar un texto. En cuanto al lenguaje sólo logró contestar sí o no”.

Las personas del Opus Dei, que le cuidaban día y noche, no salían de su asombro. Nunca le oyeron quejarse; cuando intentaba pedir algo y no le entendían, insistía con una broma o un gesto divertido. Encaraba con sentido del humor lo que para muchos suele ser causa de desesperación: “No habla —escribió su amigo Manolo el 17 de marzo de 1961—, pero ¡como ríe! En los momentos en que sufre más, sonríe... lo que le debe costar un gran esfuerzo”.

Pedía por gestos que le encargaran alguna tarea que pudiera hacer en su situación, porque quería convertir su situación en Opus Dei, en Obra de Dios.

“Su esfuerzo para vivir el espíritu del Opus Dei —recuerda otro amigo, Joaquín Lloveras— con el fin de cumplir generosamente la voluntad de Dios, le acompañó en todos y cada uno de los momentos... de manera que no me acuerdo de detalles de su vida que no fueran coherentes con los de un cristiano empeñado en luchar por la santidad”.

Aunque Telégrafos le dio una pensión por enfermedad que le permitía mantenerse, Mariano buscaba todos los días en la sección de anuncios del periódico La Vanguardia algún trabajo que pudiera hacer sólo con la mano izquierda. Encontró uno de una camisería, a destajo: le daban los patrones y la tela, y tenía que ir cortando con tijera, poco a poco.

Pero aquello no duró mucho. Siguió haciendo gestiones de trabajo. Todas las respuestas que llegaban eran de ocupaciones inasequibles para él. Asumió la situación: comprendió que su principal trabajo, en aquellas circunstancias, debía ser la oración y la mortificación, unido a la Pasión de Cristo.

Rezaba constantemente por personas concretas y hacía penitencia por ellas: un día, procuraba comer un poco menos de lo que más gustaba; otro día, se esforzaba por acercar una silla.

Comenzó a sufrir, además, una nueva enfermedad de nombre extraño: crisis de Stokes Adams. Se le detenía durante unos segundos el ritmo cardíaco, perdía el conocimiento y sufría convulsiones que parecían epilepsia. A los pocos minutos se recuperaba.

Con esta nueva enfermedad, era consciente no sólo de que no se iba a curar nunca, sino de que se podía morir en cualquier momento.

 

19 de octubre de 1961

El 19 de octubre de 1961, como de costumbre, estuvo orando largo tiempo por la mañana. Luego participó en la Eucaristía. A las dos de la tarde salió de Barcelona con Joaquín Lloveras, Joan y su madre, doña Gabriela, en un seiscientos en dirección a Cuarte de Huerva, donde estaban sus padres, su hermano y su hermana María Imelda, que al día siguiente se iba a casar en la Basílica del Pilar.

Iba muy animado y alegre; tuvieron un leve percance —se pinchó una rueda del seiscientos en los Bruces (cosa relativamente habitual en aquella época)— y Maríano pidió que le dejaran echar una mano...

Llegaron a Cuarte hacia las ocho y media. Allí estaban sus padres y un pariente que se había dado cuenta de su llegada, “al oír la risa de Mariano”.

Le regaló a su hermana un libro de Jesús Urteaga —Dios y los hijos— y le puso en la primera página con gran dificultad, una pequeña dedicatoria a bolígrafo. A las diez comenzaron a cenar.

Mariano seguía pendiente de todos. Le insistió a Joaquín, mediante gestos, que tomara más melón, porque estaba muy bueno y era un postre difícil de encontrar a esas alturas del año. Doña Rosa y doña Gabriela siguieron charlando de la boda, mientras él sonreía.

Al final de la cena Joaquín advirtió que estaba muy pálido. “¿Te encuentras bien, Mariano?” Sonrió. “Mariano, ¿te duele el estómago?” Señaló el corazón. Fue su último gesto. Llamaron al practicante y al párroco, que le administró la Extremaunción, y falleció poco después, sereno, tranquilo, con paz. Sonriendo, como de costumbre.

 

José Miguel Cejas


Ir a la página de Inicio