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Bernardo Sánchez, campesino de Quebrantadero, México

Cooperador del Opus Dei



En el campo mexicano

Me llamó la atención oír que el trabajo que uno hace se puede santificar, si se ofrece al Señor cada día, y se hace bien.

Me gustó ver que en los medios de formación se tuviera muy en cuenta al Papa, y que siempre se pidiera por sus intenciones y por sus necesidades.

Todo esto me ha ayudado a sostenerme firme en la fe.


San Josemaría en México

Cuenta Pedro Casciaro en su libro "Soñad y os quedaréis cortos":

"A comienzos de los años cincuenta hicimos un viaje en coche desde México a Monterrey, por la carretera que atraviesa Huaxteca. Paramos para poner gasolina en un lugar de la sierra próximo a Tamanzunchale. Yo estaba sólo dentro del coche, cuando se asomó por la ventanilla un muchacho indígena de unos catorce años, de aspecto muy simpático, que me dijo a boca de jarro:

-Padrecito, lléveme con usted.

-¿Adónde quieres que te lleve?

-Donde sea; yo quiero servir a Dios.

Como es de comprender, no pude ofrecer solución alguna a aquel muchacho, pero me dejó muy pensativo durante el resto del viaje. Este nuevo encuentro con el medio indígena se unía a experiencias anteriores en otros lugares de la República. Cada año, para los diversos cursos de retiro y convivencias, habíamos ido a algún rancho o antigua hacienda que nos prestaba su propietario, en La Gavia, Huixcoloco, San Carlos, Mimiahuapam... Me preguntaba a mí mismo, durante el resto del viaje, cómo y dónde podríamos comenzar una labor apostólica estable con campesinos.

Al llegar a Monterrey, el director de nuestro Centro en aquella ciudad me comentó que habían comenzado una catequesis en un pequeño poblado a pocos kilómetros de Monterrey: una cooperadora del Opus Dei les había prestado un ranchito, "El Molino", y la labor estaba creciendo enormemente. Por estas coincidencias, nos parecía ver que el Señor nos pedía comenzar a trabajar en el medio rural indígena de México; y así se lo escribimos al Padre. Poco después comenzó Montefalco.

Montefalco era una vieja hacienda colonial, un ingenio azucarero en el Valle de Amilpas, que tuvo en su tiempo miles y miles de hectáreas de plantación de caña de azucar. Las canciones populares evocan todavía las andanzas de Emilio Zapata, que saqueó y quemó durante la revolución muchas haciendas del actual Estado de Morelos. Lo único que dejó sin quemar en Montefalco fue la iglesia. Luego vino la reforma agraria, en tiempos del General Cárdenas, y la antigua y extensa hacienda quedó reducida a poco más de treinta hectáreas. Así se quedó: vacía, quemada y abandonada, durante largo tiempo, hasta que sus propietarios la donaron al Opus Dei en 1952 para que se pudiera realizar desde ella una obra social.

Para describir como estaba entonces la vieja hacienda bastará este dato: cuando fuimos a verla no encontramos otro medio que subirnos a una de las torres de la iglesia para hacernos una idea aproximada del montón de ruinas que había quedado emboscado en medio una maleza tropical. Sólo desde aquella altura se lograba localizar una inmensa plaza, rodeada por los muros calcinados de los antiguos edificios y se advertía que no quedaba allí más techo bajo el que refugiarse durante las tormentas que las naves, sin ventanas, de la iglesia.

Tan ruinoso se encontraba Montefalco que cuando fue a verlo Ignacio Canals -actual profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana y uno de los primeros miembros del Opus Dei que llegaron a México- tuvo que ir desbrozando las malezas a punta de machete. A medida que avanzaba iba descubriendo elementos medio sepultados entre las plantas y escombros: la plaza, un patio, otro patio, una fuente... Se encontró, por ejemplo, un horno de ladrillos, con el que se pudieron fabricar ladrillones semejantes a los que había del siglo pasado. Más tarde se acondicionó el pequeño acueducto que llevaba agua al trapiche, que es como se llaman en México las maquinarias de moler caña. También se descubrieron otros elementos, ciertamente menos útiles y bastante más peligrosos, como las serpientes, los alacranes y las víboras.

Había que reconstruir prácticamente todo. Con ese fin llevamos hasta allí a un arquitecto amigo que, al ver aquel montón de paredes derruidas y piedras calcinadas, nos preguntó: "¿Pero cómo es posible que quieran ustedes aceptar esto? ¡Si son sólo ruinas!". Respondimos de acuerdo con lo que tantas veces nos había dicho el Padre: soñad y os quedaréis cortos.

Prescindimos del arquitecto, y con la ayuda de dos jóvenes, futuros arquitectos, comencé la primera y modesta reconstrucción del edificio. Encontramos providencialmente a un albañil de Chalcanzingo, Florentino. Pronto nos dimos cuenta de que era mejor explicarle las obras verbalmente que darle planos: de ese modo él, con su pequeña cuadrilla, interpretaba mejor las ideas y la reconstrucción resultaba más auténtica, ya que los materiales y la mano de obra eran del lugar.

También fue providencial que encontráramos a Bernardo, entonces muy joven, que ha sido el guarda de Montefalco desde los comienzos. Florentino y Bernardo han sido toda una institución en la reconstrucción de Montefalco: han dedicado gran parte de sus vidas a trabajar ahí, y Dios le ha dado a los dos la vocación al Opus Dei.

El primero que se quedó a dormir en Montefalco fue Manuel Alfonso Calderón, otro de los primeros que vinieron a México. Manuel, con la compañía de un perro -Palomo-, se atrevió a quedarse una temporada en Montefalco para dirigir las obras.

Los comienzos fueron duros, pero con el paso del tiempo las dificultades se fueron allanando, y al cabo de los años se alzaban allí una Escuela para campesinos, una Casa de retiros y diversas obras sociales dirigidas por miembros del Opus Dei. El Padre iba alentando el desarrollo de estas labores desde Roma, y es fácil imaginar la alegría que tuvo el día que pudo ver estos edificios con sus propios ojos. Pasó tres días en Montefalco y experimentó la diferencia de lo vivo a lo contado: no se imaginaba la grandeza del conjunto. ¡Pero si tenéis todavía mucho que reconstruir! -exclamó al ver las ruinas que todavía quedaban-; aunque habéis sido muy valientes.

Le fuimos explicando cada una de las labores con las gentes humildes de aquellos contornos que se llevaban a cabo desde allí. No cabía de gozo. Estoy aquí -exclamaba-, esto no es un sueño. Es una realidad que estoy en Montefalco.

Cuando contempló la antigua Hacienda, la iglesia con su gran cúpula y sus dos altas torres, y los nuevos edificios y el conjunto de ruinas y piedras calcinadas aún por reconstruir, nos dijo emocionado:


Montefalco es una locura de amor de Dios. Suelo decir que la pedagogía del Opus Dei se resume en dos afirmaciones: obrar con sentido común y obrar con sentido sobrenatural. En esta casa, don Pedro y mis hijas e hijos mexicanos no han obrado más que con sentido sobrenatural. Recibir con alegría un montón de ruinas (...) humanamente es absurdo... Pero habéis pensado en las almas, y habéis hecho realidad una maravilla de amor. Dios os bendiga.

Estoy dispuesto a ir con la mano extendida, pidiendo dinero para terminar Montefalco. Lo acabaremos, con vuestro sacrificio, y con la ayuda, como siempre, de tantas personas que están dispuestas a colaborar en una tarea que será un gran bien para todo México. (...) Es una locura, pero una locura de amor de Dios.

Pienso que Montefalco le llegó especialmente al corazón. ¡Con qué gusto me quedaría aquí!, nos comentó. No os dais bien cuenta de lo que se ha hecho: todo esto ha salido de un montón de ruinas, sin un centavo, con el trabajo de tantos hijos míos que han tenido que luchar y sufrir, con el cariño y la generosidad de muchas personas.

Hoy, ¡es una maravilla!, les decía a un grupo de campesinas. Los que han trabajado en esta labor tienen ahora la alegría de ver que vuestras almas están deseosas de ser mejores; la alegría de que vuestra vida será cada vez más limpia, más alta; la alegría de veros dispuestas a todos los sacrificios para ser buenas cristianas, buenas madres, buenas esposas... ¡Qué hermoso es esto!

En la actualidad Montefalco alberga el Centro de Encuentros, creado en 1952, una Escuela bienal de Economía Doméstica, una Escuela Rural abierta en 1958, la Escuela Femenina de Montefalco y una Escuela Normal para educadoras.

Con los campesinos de El Peñón

Un año más tarde de la donación de Montefalco, un grupo de profesionales mexicanos -muchos de ellos del Opus Dei- crearon la Asociación Civil "Campo y Deporte", para promover actividades sociales dirigidas a grandes núcleos de la población rural. Así nació el Centro Agropecuario Experimental "El Peñón", en el Valle de Amilpas, que comprende nueve municipios y tiene una población rural de cerca de 80.000 habitantes.

Durante los años cincuenta, aquel Valle era un ejemplo característico de los problemas del campo mexicano, con largas temporadas de sequía, ausencia de sistemas de riego, y carencia casi total de técnicas de cultivo en una tierra excesivamente parcelada. A esto había que sumar un ambiente de desánimo general entre el campesinado, abocado muchas veces a emigrar a las grandes urbes, donde caía con frecuencia en la marginación urbana y en una pobreza aún mayor.

Todos, vosotros y nosotros -dijo el Padre, durante su estancia en ese Centro-, estamos preocupados en que mejoréis, en que salgáis de esta situación, de manera que no tengáis agobios económicos... Vamos a procurar también que vuestros hijos adquieran cultura: veréis cómo entre todos lo lograremos y que -los que tengan talento y deseo de estudiar- lleguen muy alto. Al principio serán pocos, pero con los años... Y ¿cómo lo haremos? ¿Como quien hace un favor?... No, mis hijos, ¡eso no! ¿No os he dicho que todos somos iguales?

Durante su estancia en Montefalco, el Padre nos dijo que pensáramos cómo se podría ayudar a los alumnos con mayor capacidad para el estudio, de tal modo que pudieran seguir estudiando. Enseñadles -dijo a un grupo de mujeres del Opus Dei que se encargaban de esta labor- a vivir bien su vida cristiana; decidles que son hijas de Dios, que no deben cegar las fuentes de la vida. Enseñadles de un modo que les sea práctico -sin teorías complicadas, que no les ayudarían- a mejorar su situación económica y social... Lo demás son pamplinas.

Pensad cómo se podría ayudar, por ejemplo, a las que tengan mayor capacidad para el estudio, con el fin de que sigan adelante. Algunas podrían llegar a ser maestras y enseñarían después a las demás. Hijas mías, no os hablo de caridades ni de beneficencia. La caridad la tenemos en el corazón; dar los medios materiales es obligación de quienes los han recibido de Dios, para su administración.

Las gentes de Montefalco son rudas y fuertes, ásperas como los tres peñones que dominan el Valle; pero, por dentro, son delicadas de alma y grandes de corazón. Llevan sangre india en las venas, y su origen se adivina en sus facciones, en el color oscuro de su tez, en sus rasgos afilados y en su cadencioso modo de hablar. Al encontrarse con estas gentes el Padre les dijo: Nadie es más que otro, ¡ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo, valemos la sangre de Cristo. Fijaos qué maravilla. Y continuaba: Mirad la cara bellísima, magnífica, que dejó Santa María entre las manos de Juan Diego, en su ayate. Ya veis que tiene trazos indios y trazos españoles. Porque sólo hay la raza de los hijos de Dios.

En la actualidad existen numerosas labores apostólicas, similares a Montefalco, repartidas por la geografía mexicana. Está Toshi, por ejemplo, que significa, en lengua mazahua, "la casa de la abuela", donde se desarrolla una amplia labor con campesinas: es una hacienda situada al Oeste de México, más allá de Toluca. La mayoría de esas gentes son indígenas de las tribus Otomí y Mazahua.

Existen también muchos Centros alentados por mujeres del Opus Dei dedicados a la formación de chicas de escasos recursos económicos. Tienen nombres de fuerte sabor local: Nogalar, en Monterrey; Jazlím, en Hermosillo; Palmares, Los Altos o Cecaho, en Guadalajara; Yalbí en Mimihuapam; Yaxkín, Oxtopulco y Yaocalli, en México D.F. Muchos de ellos cuentan con un dispensario que proporciona asistencia médica gratuita a las familias pobres de la comarca; otros son escuelas primarias, residencias para empleadas del hogar o campesinas de zonas rurales. Son la expresión viva de aquellos sueños de apostolado de los que me hablaba el Padre en aquel pequeño cuarto del Hotel Sabadell.

Junto a la laguna de Chapala

La laguna de Chapala es la más grande de la República Mexicana y aparece en las antiguas cartas geográficas de la Nueva Galicia como Mar Chapalico . Cerca de sus orillas está Jaltepec, una casa de retiros del Opus Dei, a cincuenta kilómetros de Guadalajara, capital del Estado de Jalisco, y desde sus terrazas se divisa una amplia panorámica de la laguna, bordeada por cerros en los que se apiñan pequeñas casas de tejados rojos. Esa laguna inspiró la famosa canción que dice:

...por Otoclán sale el sol;

por ti, Chapala, sale la luna.

Poco a poco

va subiendo

la marea

en la laguna...

Y que acaba con aquel final emocionado:

Chapala...,

rinconcito de amor,

donde las almas

suelen hablarse

de tú con Dios...

Allí, junto a la laguna de Chapala, del 9 al 17 de junio, estuvo viviendo el Padre, y allí hubo tertulias con asistencia de todo tipo de personas, a las que el Padre fue enseñando, como en la canción, a hablar de tú con Dios.

En una de esas tertuliasse reunió con un grupo numeroso de matrimonios: unos eran del Opus Dei, otros Cooperadores o amigos.

-Si tenéis paciencia -les dijo-, quiero hablaros de tres Sacramentos especialmente, ¿tendréis paciencia?

-Sí, Padre -le respondieron al unísono-, ¡cómo no!

-Mirad, vamos a comenzar por el sacramento del matrimonio. Es un sacramento bendito, que Dios ha querido dar a sus hijos, a los cristianos, como un medio de santidad maravilloso. Porque el matrimonio exige mucho sacrificio, pero cuánto bienestar, cuánta paz y cuánto consuelo proporciona. Y si no es así, es que son malos esposos.

El Sacramento del matrimonio proporciona gracias espirituales, ayuda del cielo, para que el marido y la mujer puedan ser felices y traer hijos al mundo. Cegar las fuentes de la vida es un crimen horrendo y, en este país, una traición a la Patria, que necesita de muchos mexicanos.

Es bueno y santo que os queráis. Yo os bendigo, y bendigo vuestro cariño, como bendigo el cariño de mis padres: con estas dos manos de sacerdote. Procurad ser felices en el matrimonio. Si no lo sois, es porque no os da la gana. El Señor os da los medios... Cambiad, si tenéis que cambiar; quered a vuestras mujeres, respetadlas; dedicad a los hijos el tiempo necesario.

El Padre hizo una pausa y continuó:

-Os voy a hablar ahora de la Sagrada Eucaristía... Os diré lo que quizá he dicho, con ésta, un centenar de veces en México, y miles de veces desde que soy sacerdote, porque amo de todo corazón a Jesús Salvador Nuestro, que es perfecto Dios y perfecto Hombre.

Tras explicar las razones del Señor para instituir este sacramento, comentó: vamos a ser agradecidos. ¿Qué no haríamos por una persona que hubiera hecho la mínima parte de eso, por amor nuestro? Amad al Señor en el Sacramento Santísimo. Cuando vayáis a la iglesia, id primero al Tabernáculo, al Sagrario, a decirle: creo, aunque haya montones de hombres que digan que no creen. Más aún: creo en nombre de ellos.

A continuación habló de la penitencia:

-El sacramento de la Penitencia nos limpia, nos hace menos soberbios, devuelve a nuestra vida la alegría, si la hemos perdido. Yendo a confesar nuestras faltas, con las condiciones que sabemos por el catecismo que estudiamos cuando niños, el sacerdote nos absuelve, aun de los crímenes más grandes. Pero yo aconsejo que vayáis a la confesión con frecuencia, aunque no haya pecados gordos que perdonar. El sacramento de la Penitencia robustece el alma, le da nuevas fuerzas, le hace capaz de cosas más cristianas y más heroicas.

Hijos míos, estoy seguro de que si hablara con cada uno de vosotros encontraría que habéis hecho cosas heroicas en vuestra vida, aunque no os lo parezca; por lo menos, el heroísmo de la vida vulgar, corriente, vivida de un modo honrado. Amemos el sacramento de la penitencia.

Sobre este último punto -la santificación de la vida corriente- nos habló con frecuencia durante su estancia en México. ¿Qué trabajo es más hermoso? -nos decía- ¿el que realiza una campesina o el de un diputado en el Parlamento? No lo sé: el que esté hecho con más amor de Dios y más rectitud de intención. ¿Está claro? Todas las labores de los hombres son santas, por lo menos se pueden santificar. Y Dios nuestro Señor me pidió a mí, que era muy joven, que dijera a la gente del mundo que no buscaran excusas. A los que las buscan les llamo ojalateros: ojalá no me hubiera casado; ojalá no fuera médico; ojalá no fuera...; ojalá no tuviera esta suegra: ¡Ojalateros todos!

No señor; con la suegra, casados, solteros, como sea; en el taller, en la fábrica, en el campo, en la Universidad, en el Parlamento, todos pueden ser santos, si quieren; basta que de verdad quieran, y pongan los medios que debe poner un buen cristiano.

La palabras del Padre calaban en todos: en los intelectuales y en las gentes más sencillas. Recuerdo que un campesino de San Juan Cosalá, un pueblecito de casas y chozas cercano a la laguna, tan pequeño que no aparece en el mapa, compuso un poema delicado como agradecimiento por las palabras del Padre. Lo conservo como un recuerdo entrañable de aquellos días: el poema está escrito según las reglas del corazón y del agradecimiento (aunque no tanto según las de la gramática), y dice así:

La Virjencita morena

Esperando tu yegada

en la villa te esperava

i una risa te brindava

mientras tú la saludabas.

En Jaltepec Jalisco

en donde tú allí estuviste

Un consejo tú nos diste

A todos los alli presentes

Te pedimos. o señor. tu

que estas cerca a Dios

que perdone nuestras faltas

y nos de su bendición.

Se reunió también el Padre con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos. Sostuvo con ellos un encuentro largo y animado, pero, como el calor era agobiante, acabó extenuado. Se recostó un rato para descansar. Observó entonces que frente a la cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe, en el que la Señora ofrece una rosa al indio Juan Diego.

-Así quisiera morir -musitó-: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor...

Una canción de despedida

El 22 de junio, cuando finalizaba su estancia en tierra mexicana, se reunió con un grupo de jóvenes universitarios. Uno de ellos tomó una guitarra y le dijo que quería que escuchase una canción que se suele cantar a la Virgen de Guadalupe cuando le llevan mañanitas a la Villa.

El Padre asintió con la cabeza y aquel chico empezó a rasguear las cuerdas y a entonar con voz templada:

Quiero cantarte, mujer,

mi más bonita canción...

Luego prosiguió con voz fuerte:

Tuyo es mi corazón,

oh, sol de mi querer.

Tuyo es todo mi amor,

mi ser te consagré.

Mi vida la embellece

una esperanza azul...

El Padre, de pronto, se puso en pie.

-¿Por qué no vamos a la Villa todos -nos propuso- para cantarle eso a la Virgen, a darle nuestra serenata?

 

A las ocho de la tarde, la hora convenida, estábamos todos en la Villa, apiñados junto al Padre en torno a la Guadalupana. Nada más llegar, el Padre se dirigió al presbiterio y se puso de pie, delante del altar central, bajo la imagen de la Virgen. Entonó una Salve. El templo estaba completamente abarrotado: habían venido centenares y centenares de personas de todo tipo y condición a rondar a Nuestra Señora junto al Padre, para darle una serenata de veneración y cariño.

A continuación el Padre se situó junto a un reclinatorio, en el lado derecho del templo. Comenzaron a sonar las guitarras:

Tuyo es mi corazón

oh sol de mi querer...

El Padre permanecía en pie, muy emocionado, con la mirada fija en la Virgen. En un determinado momento se arrodilló y se cubrió la cara con las manos, apoyándose en el respaldo del reclinatorio, conteniendo las lágrimas. Se dio inicio a la segunda canción:

...Yo le dije

que de Ella tan solo

estaba enamorado,

que sus ojos

como dos luceros

me habían fascinado...

Mientras más

pienso en ella,

mucho más la quiero...

Comenzaron los compases de la tercera canción.

Gracias

por haberte conocido...

Al escuchar estas palabras, visiblemente emocionado, el Padre se levantó y salió del templo. Unos pocos le acompañamos, mientras casi todos permanecían en la Basílica cantando esa canción de amor y agradecimiento a la Virgen. A través de la sacristía, llena de exvotos, y de la galería de los milagros llegamos al coche y salimos camino de nuestra casa. Llevábamos ya un cierto recorrido en un silencio embarazoso que ninguno se atrevía a romper, cuando el Padre exclamó a media voz:

-¡Este México es mucho México!


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