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Irmgard Breneis, una madre de familia austríaca


"Cuando estaba esperando mi tercer hijo, Peter -contaba esta madre de familia durante una entrevista para la televisión, sobre el Opus Dei- el médico me dijo que tendrían que hacerme la cesárea. El bebé venía muy grande y colocado del revés. Me indicó los ejercicios que tenía que hacer para que se diera la vuelta, pero no se movió, y eso me preocupaba mucho: pensaba que si me hacían la cesárea ya no podría tener más hijos.

Lo hablé con mi marido. Uno uno de aquellos días celebrábamos nuestro aniversario de bodas y decidí empezar una novena a Josemaría Escrivá, pidiéndole que el niño se colocara bien. Y cuando recé la oración por primera vez, el niño se dio la vuelta.

Me quedé profundamente impresionada y llena de alegría. El niño siguió en la misma posición hasta el final del embarazo, y el parto de Peter, que es el tecero, es el más rápido de los cinco que he tenido. Después vino otro niño, y luego una niña.

Lógicamente, le he transmitido esa devoción al Fundador a mis hijos. Peter, por ejemplo, ya reza por las personas que conoce. Tiene una estampa en su cuarto, encima de la cama y un día me dijo: "Mamá, en las multiplicaciones me ayuda mucho, pero para las divisiones tengo que pedirle más ayuda".

Monseñor Escrivá me ha ayudado en muchas ocasiones, a mis hijos, a mi familia, a mis vecinos. Recuerdo que hace unos años, cuando mi vecina estaba muy enferma, hice un viaje a Roma y pude rezar junto a su tumba. Volví muy contenta. Durante esos días estábamos de obras en la casa y teníamos repartido los muebles de la planta baja por todas las habitaciones. Es fácil imaginarse el desorden que había. Y nada más llegar me dicen que Peter había perdido los aparatos de los dientes. Esos aparatos nos habían costado bastante dinero y para comprarlos habíamos tenido que hacer un gran esfuerzo económico.

Me pasé el día dando vueltas por toda la casa, buscando entre todos los muebles y todos los lugares posibles, pero no encontré nada, hasta que al día siguiente, cuando estaba haciendo la cama de Peter, vi la estampa y dirigiéndome al Padre le dije, con mucha fuerza:

-Padre: ¡haz que encuentre el aparato de Peter!

Y en ese mismo instante se cayó al suelo uno de los muñecos de peluche de la habitación, haciendo un ruido curioso. Me di cuenta de que era el aparato. Se debió quitar el aparato mientras estaba durmiendo y se había enganchado en el muñeco: por eso no lo encontrábamos cuando fuimos mirando, uno tras otro, todos esos muñecos.

El Padre me ha hecho muchos favores: a mí, a mis hijos y a mis vecinos. Como he dicho, antes de viajar a Roma tenía una vecina mía que estaba muy enferma. Yo quería despedirme de ella antes del viaje, pero no era nada fácil, porque a su yerno, que había sufrido un ataque de apoplejía, no le gustaban nada las visitas.

Al fin pude visitarla. Estaba muy mal y sufriendo mucho. Yo le había sugerido en varias ocasiones que se confesara, pero no quería. En un momento de la conversación me enseñó la espalda: la tenía enteramente cubierta de llagas. Entonces saqué una estampa del bolso y le dije que yo tenía mucha confianza en la intercesión de este sacerdote santo.

-Si usted quiere -le sugerí-, le pongo la estampa cerca de las llagas, para que le ayude a llevar los dolores.

Ella me dijo que sí, que lo hiciera. Saqué la estampa y cuando acabé de ponérsela cerca de las heridas me dijo:

-Sra. Breneis: quiero confesarme.

Fui en busca del párroco, que la confesó y le dio los últimos sacramentos. Me despedí de ella y poco después me fui a Roma. Cuando regresé me dijeron que había muerto. A partir de entonces su yerno empezó a ir a Misa todos los días y hace poco estuvimos hablando y le di un catecismo. Estoy segura de que monseñor Escrivá hará también con él una de las suyas.

Podía contarle muchos favores de este tipo. Hace ya algún tiempo, cuando mis hijos eran muy pequeños, tenía que organizar varias cosas a la vez: unos llegaban del Kindergarten, otros tenían que hacer la siesta y yo tenía que preparar la comida. En estas situaciones le solía pedir al Padre que el niño se durmiera en un momento determinado, para que pudiera salir a recoger a sus hermanos; y después de rezar, el niño se giraba y se quedaba dormido.

He comprobado como me ayuda en todo lo que le pido, como cuando el accidente de Armin, mi segundo hijo.Tenía seis años entonces. Estaba jugando en el jardín y fue a buscar una pelota que había caido en un arriate de flores. Y al cogerla se clavó una espina en el ojo. Subió enseguida y me enseñó la pupila, completamente blanca, diciéndome: "Mamá, sácame la espina". Nos fuimos rápidamente al médico, mientras yo rezaba con mucha confianza que no perdiera el ojo.

Armin es un niño muy inquieto y el médico le dijo que se estuviera totalmente quieto frente al microscopio para ver como podían quitarle la espina. Eso le supuso un esfuerzo extraordinario. Le tuvieron que rasgar la córnea porque la zona de encima de la pupila estaba dañada en dos terceras partes, como si se la hubieran levantado con una pala. Lo hospitalizaron y pasamos dos días con la incertidumbre de si perdería o no la vista. Yo seguía rezando al Padre y muchas personas me dijeron que se lo estaban encomendando también. Me sentí muy acompañada y seguí rezando, llena de confianza en Dios.

Al cabo de una semana mi hijo podía ver perfectamente. Tuve la íntima certeza de que el Padre había escuchado mi oración y había intercedido ante Dios. Y luego, cuando fuimos a la revisión, la médico me dijo que me estaba equivocando de ojo y que no podía ser el izquierdo, porque no se veía ninguna cicatriz...".


 

 


 

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