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Alfonso Balcells Gorina

antiguo rector de la Universidad de Salamanca



Balcells: un modelo de coherencia, fidelidad y bon seny

Alfonso Balcells nació en Barcelona en 1915 y conoció al Fundador del Opus Dei en 1938, durante la guerra civil española. En 1939 asistió a un curso de retiro predicado por San Josemaría en Burjasot. Colaboró activamente en los comienzos del Opus Dei en Cataluña, antes de pertenecer al Opus Dei.

Fue Rector de la Universidad de Salamanca desde 1960 a 1968. Catedrático de Medicina y miembro de la Real Academia Médica de Cataluña. Falleció en Barcelona, a causa de un accidente de tráfico, el día 11-XI-2002. Fue una personalidad de la vida cultural catalana.

Vivió durante su juventud la contradicción contra el Opus Dei en Barcelona. "Un buen grupo de chicos -se lee en una biografía sobre Escrivá- iba por el Palau, un pequeño piso en la calle Balmes, cerca de la de Aragón, alquilado por Alfonso Balcells, quien, aunque no había pedido la admisión en el Opus único con la carrera terminada.

A pesar de que por aquellos días no debían pasar de media docena los que en Barcelona habían pedido la admisión en el Opus Dei -todos aún estudiantes-, se armó mucho ruido contra la Obra. En una ocasión, don Pascual Galindo, sacerdote amigo del Fundador, fue a la Ciudad Condal y estuvo en el Palau. Al día siguiente celebró Misa en un colegio de monjas situado en la esquina de la Diagonal y la Rambla de Cataluña. Le acompañaron algunos del Palau, que asistieron a Misa y comulgaron.


La Superiora y alguna otra monja allí presente quedaron muy edificadas por la piedad de esos jóvenes estudiantes, y les invitaron a desayunar con don Pascual Galindo. En pleno desayuno don Pascual dijo a la Superiora: "Estos son los herejes por cuya conversión me pidió usted que ofreciera la Misa". La pobre monja -recuerda uno de ellos- a poco se desmaya: le habían hecho creer que éramos una legión numerosísima de verdaderos herejes y se encontró con que éramos unos pocos estudiantes corrientes y molientes que asistíamos a Misa con devoción y comulgábamos".


En la Universidad eran tachados de herejes en público. Se les calificaba como gente rara. Pero su comportamiento era en todo normal, sin una palabra de queja o de amargura. Seguían el ejemplo y el consejo del Fundador: callaban, trabajaban, sonreían, perdonaban. Y veían todo aquello como algo providencial, que Dios haría fructificar para bien. Rafael Termes, entonces director del Falau, dio una gran alegría al Fundador, al escribirle desde Barcelona que podía estar tranquilo con ellos, pues ni una palabra de falta de caridad se había escapado de sus labios.

Aunque en el Palau no había oratorio, se había puesto una cruz de palo, como esa cruz de madera negra, sin brillo y sin imagen del Crucificado, descrita en 1934 en Consideraciones Espirituales:

Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

Se difundió por Barcelona que se crucificaban en esa pobre cruz, que había unos estudiantes que hacían ritos sangrientos en la calle Balmes.

A don Josemaría le dolió una vez más esta absurda afirmación. Pero su prudencia le llevó a hacer sustituir esa cruz por otra muy pequeña: Así no podrán decir -bromeó- que nos crucificamos, porque no cabemos.

Fray José López Ortiz corrobora que el Fundador del Opus Dei, ante esos y otros ataques y enredos, lo pasó mal, pero "no sufría por su persona, sino por el Señor, por la Iglesia, por la Obra y por las almas. A él personalmente no le importaba ni su honra con tanta calumnia encima-, ni su prestigio, ni su fama, ni nada: era ejemplarmente humilde".


Ambiente en Barcelona durante los primeros años del franquismo

La situación llegó a extremos de tal gravedad que no podía ir por Barcelona, pues corría el riesgo de ser detenido. A pesar de todo, hizo algún viaje desde Madrid, en avión, regresando en el día, para no tener que alojarse en ningún hotel. Su billete iba a nombre de Josemaría E. de Balaguer, a fin de no poner en marcha a la policía, pues se le conocía más como P. Escrivá. Le había dado este consejo el Nuncio, Mons. Cicognani.

Era entonces Gobernador civil de Barcelona Correa Veglison. Años después, el doctor Balcells le habló de aquel viaje: "Me alegro -dijo Correa- de no haber sabido que fue entonces Monseñor Escrivá a Barcelona: tales eran las cosas que decían de él que hubiera enviado la policía al aeropuerto a detenerlo".

En aquella época, la Abadía de Montserrat era uno de los centros más importantes de espiritualidad en toda España. Afortunadamente, don Aurelio M. Escamé, Abad-Coadjutor de Montserrat, se dirigió al Obispo de Madrid pidiéndole información sobre el Opus Dei. La respuesta de don Leopoldo Eijo y Garay al Abad Escarré lleva fecha del 24 de mayo de 1941:

"Ya sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Bien se ve la pupa que le hace el enemigo malo. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes obsequium se praestare Deo ". Don Leopoldo añade que sabe todo sobre la Obra, porque "desde que se fundó en 1928 está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario General o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos, y... en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos".

En su carta, el Obispo de Madrid se detiene en la descripción de las virtudes sacerdotales -incluida la extrema docilidad a su prelado- del Fundador del Opus Dei, y sale al paso de la específica calumnia relativa al secreto de la Obra:

"La asociación secreta, que dicen los denigradores, no ha nacido sino con la bendición de la autoridad diocesana, y no da paso de alguna importancia sin pedirla, amén de la aprobación". La discreta reserva -nunca secreto- que el Dr. Escrivá inculca es "el antídoto contra el faroleo, la defensa de una humildad que él quiere que sea colectiva, no sólo individual". "No merece más que alabanzas el Opus Dei -concluye don Leopoldo-; pero los que lo amamos no queremos que se lo alabe, ni se lo pregone", porque su único afán es "trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna, con entusiasmo apostólico que no se desvirtúe, precisamente porque no se desborda en ostentaciones".

Esta carta tuvo gran importancia, pues varias familias encontraron apoyo y consuelo en Montserrat, y pudieron tranquilizar sus conciencias. El Rector del Seminario de Barcelona, Vicente Lores, que envió el 11 de julio de 1941 un extenso escrito sobre el Opus Dei a Mons. Díaz Gómara, Obispo Administrador apostólico de Barcelona, acompañaba su informe con una copia de esa, para él, "carta definitiva": "Su lectura desvanece todo género de duda en los más exigentes".

Entretanto, en Madrid iba alcanzando su punto de máxima gravedad la calumnia que tachaba a los socios de la Obra de masones. A pesar de lo absurdo de esta calumnia, llegaron a denunciar al Fundador ante el Tribunal de Represión de la Masonería.

Acusaban al Opus Dei de ser "una rama judaica de los masones", o "una secta judaica en relación con los masones". El general Saliquet, Presidente del Tribunal, puso punto final a la historia. Cuando le hablaron de los socios del Opus Dei como ciudadanos y cristianos corrientes que no se diferenciaban en nada de sus colegas, como gente limpia, honrada y trabajadora, de vida casta..., preguntó:

- ¿Pero viven la castidad? Le dijeron que sí, y él contestó: -Entonces no hay que preocuparse: si viven la castidad, no son masones, pues no conozco masones que sean castos. Y dio carpetazo al expediente.

No obstante, todo aquello había hecho sufrir también al Fundador del Opus Dei. El P. Sancho, O. P., refleja que un día, al terminar su clase en Diego de León, 14, subió al cuarto de trabajo de don Josemaría, junto al oratorio, y lo encontró muy apenado. Mons. Escrivá de Balaguer le explicó que habían hecho unas denuncias de que somos masones, y le hizo notar que el posible motivo de la calumnia no podía ser más que la naturalidad con que vivían los socios del Opus Dei, fieles corrientes, ciudadanos como los demás, que no pregonaban su dedicación interior a Dios en la Obra, entonces en gestación jurídica dentro de la Iglesia.

El P. Sancho le consoló como pudo. Se daba cuenta de las graves consecuencias que una acusación de ese estilo podía tener en aquel momento de la vida española. "Ese día -anota también- en que el Padre estaba tan dolido después de toda aquella noche de sufrimiento y oración, destacaba su espíritu sobrenatural. Él siempre lo llevaba todo a Dios, siempre; y ofrecía al Señor sus sufrimientos con serena alegría".

Y don Antonio Rodilla añade: "No habría sido cabal prueba si él no hubiese sentido el dolor y la vergüenza de arañazos y mordiscos y bofetones y salivas. Los sintió y es posible que le arrancaran lágrimas y dieran zozobras, pero no perdió un instante el amoroso abrazo a su cruz ni el amor a sus perseguidores".

En medio de estas duras pruebas, no le faltó el aliento y el consuelo de la fidelidad de los socios de la Obra. Pero también muchas otras personas supieron estar junto a él, con visión sobrenatural y lealtad humana. Como certifica el P. Sancho, "gracias a Dios que todos los obispos, todos, se pusieron de su parte; especialmente le quería y le bendecía con predilección el Obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay".

Hace mucho tiempo, muchísimo -evocaría el propio Fundador del Opus Dei-, cuando vivía en Lagasca, una noche, estando ya acostado y empezando a conciliar el sueño -cuando dormía, dormía muy bien; no he perdido el sueño jamás por las calumnias, persecuciones y trapisondas de aquellos tiempos-, sonó el teléfono. Me puse y oí: Josemaría...Era don Leopoldo, entonces obispo de Madrid. Tenía una voz muy cálida. Ya muchas otras veces me había llamado a esas horas, porque él se acostaba tarde, de madrugada, y celebraba la Misa a las once de la mañana.

Qué hay?, le respondí. Y me dijo: ecce Satanas expetivit vos ut cribraret sicut triticum (Le., XXII, 31). Os removerá, os zarandeará, como se zarandea al trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros... Et tu... confirma filios tuos! Tú, confirma a tus hijos. Y colgó. ¿Bonito, verdad?

El 25 de junio de 1944 don Leopoldo Eijo y Garay confirió el sacramento del Orden a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Ese día fue a almorzar a Diego de León, 14, y después estuvo charlando con un buen grupo de socios de la Obra que habían venido de otras ciudades a la ordenación. Les confió que, en algún momento, había temido que reaccionaran con violencia o con faltas de caridad, pero se quedó muy tranquilo un día, cuando don Álvaro del Portillo le dijo, mirando el crucifijo:

-;No! Les perdonamos y además les agradecemos todo. Por qué se ha de enfadar el enfermo con el bisturí, y más si el bisturí es de platino?

Don Álvaro del Portillo había aprendido del Fundador a perdonar, a contemplar en todo aquello la mano de Dios, que quería purificarle a él y al Opus Dei. "¡Cuánto debe a sus perseguidores!", exclama don Antonio Rodilla: le empujaban a la oración, a la humildad, a la mortificación, a la más heroica caridad, a la formación sobrenatural de los socios del Opus Dei.

Les enseñó -con su ejemplo y su palabra- a perdonar desde el primer momento a los obcecados detractores. Cuando alguien le daba noticia de una nueva falsedad -y eso ocurría a menudo varias veces al día- lo primero que hacía era invitarle a rezar un Padrenuestro o un Avemaría por quien le había calumniado. Para referirse a ellos, y a su conducta, empleaba siempre una expresión significativa, que compendiaba su reacción sobrenatural: era la contradicción de los buenos, que obraban putantes obsequium se praestare Deo, creyendo que prestaban un servicio a Dios.

"Jamás le vi una reacción de rencor -confirma por su parte el dominico P. Sancho-. No era él hombre para eso, sino para comprender, perdonar y olvidar. Reaccionaba siempre sobrenaturalmente y con mucha mansedumbre".

Fray José López Ortiz marca la misma idea: "Sufría mucho, porque él tenía un espíritu muy grande y abierto, un corazón magnánimo".

El 27 de junio de 1975, en la llamada entonces La Vanguardia Española de Barcelona, Alfonso Balcells Gorina, testigo de excepción de aquellas dificultades, escribió:

"Cuando al principio de los años cuarenta hubo en Barcelona incomprensiones y calumnias, nos enseñó el amor a la libertad y el respeto a la libertad de todos, y quiso que en el Colegio Mayor Monterols la inscripción Veritas liberabit vos presidiera su oratorio. Años antes de nuestra guerra, en la primera residencia de estudiantes, en Madrid, como luego en tantas otras, hizo poner en lugar visible el Mandatum novum: `amaos los unos a los otros...' para que quedara bien grabado en la mente de todos que el espíritu de aquella casa y del Opus Dei parte de una pedagogía de amor".

José Miguel Cejas


Un rector del Opus Dei

por Alfonso Balcells

Intentaré explicar con más detalle, en otra ocasión, qué quiere decir que un catedrático de universidad sea miembro del Opus Dei, e incluso rector de una universidad, como me acabó sucediendo en Salamanca. Porque, aunque no lo parezca, quiere decir exactamente lo mismo que si fuera barrendero: nada y todo a la vez. Nada, porque da lo mismo una cosa u otra. Al Opus Dei esto no le interesa. Para ser del Opus Dei sólo debes tener vocación, sentir una llamada.

El trabajo concreto que hagas no tiene ninguna importancia. La tiene para cada uno, claro está, ya que como personas normales y corrientes cada uno intenta tener el mejor trabajo para él, el que se adapta mejor a sus condiciones individuales. Pero aquí no entra el Opus Dei. De hecho, la mayoría de los miembros de la “Obra” son personas de condición social mediana o modesta

Ahora bien, decía que todo y nada al mismo tiempo. Una vez que eres del Opus Dei todas tus actividades cogen otro aire, y también las laborales. Progreses o no, tengas el trabajo que deseabas o no lo tengas, te realices profesionalmente según tus deseos o no lo hagas, seas soltero o casado o viudo, hombre o mujer, joven o mayor, lo que hace falta es que allí donde estés, allí donde te lleve la vida, intentes hacerlo del mejor modo posible, intentes servir a los otros en aquello que esperan de ti. Y cuando digo “los otros” quiero decir toda la humanidad, pero empezando por los que te rodean, los de tu casa, los de la escalera, los del barrio dónde vives, la gente de tu país

¿Y cómo se hace esto? Pues, no hay recetas mágicas, pienso. Yo no las tengo. Es intentar hacerlo. Pedir a Dios que te ayude a prestar ese servicio que los otros merecen. No se trata de hacer cosas que serían extrañas para un laico. No es ponerse a predicar penitencia públicamente. El apostolado, el hecho de intentar que la gente que te rodea sea más feliz y, si lo quieren, se acerquen más a Dios, se hace con naturalidad, con amistad, que no se instrumentaliza, porque no todo se acaba en el hecho de acercar la gente a Dios. La amistad es un valor humano y social por si mismo.

La amistad es muy importante. Lo que se trata de hacer, pues, sin salir del mundo pero muy pendiente de lo que piensas que Dios quiere de ti, y muy pendiente de los otros; es aquello que crees que Dios y los demás esperan de ti: que seas amigo de tus amigos, que seas generoso, que seas un buen ciudadano, que paga sus impuestos, que seas un buen padre de familia si tienes familia, en fin, que seas una buena persona, en todos los sentidos.

Y para conseguirlo, o para intentarlo, tienes del Opus Dei todo el apoyo religioso, el aliento espiritual que se necesita para no desanimarse y para renovar cada día la convicción que debes llevar a término este camino cristiano. Todo esto lo tienes, pero nada más. Una vez recibida la formación y la ayuda espiritual, cada cual se espabila, y actúa allí donde está y de la manera que cree más conveniente.

A mí, pues, el Opus Dei me ayudaba, de lejos, a ser un buen catedrático –a intentarlo.

 

También deberé hablar, cuando pueda, de mis contactos con el mundo periodístico, y en primer lugar, de las colaboraciones en La Vanguardia, que han durado casi 30 años. Había empezado a escribir en los diarios desde los veinte años, pero fue en la época de Salamanca cuando empecé a dedicar una atención especial. Y me han ayudado mucho las respuestas de los lectores, tanto las críticas como las complacientes.

Recuerdo con afecto, de estas últimas, una vez que escribí en Ya sobre la necesidad de guarderías infantiles en las fábricas y en todos los lugares donde había mujeres trabajadoras. Aquel artículo hizo que el entonces ya famoso padre José María de Llanos me felicitara calurosamente por mi “progresismo”. Yo no he sido progresista en el sentido mediático del término, lo reconozco, pero tampoco considero que sea progresista tanta crítica vacía a determinadas posiciones de la Iglesia que a mí me parece que se avanzan al futuro, si bien ahora no estén de moda.

Los católicos que intentamos ser fieles al magisterio de nuestra Iglesia podemos movernos dentro de un espectro bastante amplio en muchos terrenos relativos a la organización y las costumbres sociales, pero en otras materias no es nada fácil que se nos pueda reconocer como adelantados. Sobre todo porque en determinadas temáticas mucha gente suele mirar más bien a corto plazo –la libertad de hacer lo que se quiera, ahora mismo–, y los católicos, a la hora de defender de manera laical nuestras posturas, no tenemos más remedio que invocar al futuro, o a un pasado quizás también lejano, o a unos principios invisibles.

Quizás por esto, han sido especialmente encendidas las críticas y las acusaciones de inmovilismo que he recibido más de una vez por mis posiciones en temática sexual, especialmente, objeto de un buen puñado de mis artículos. Ahora bien, si se mira con atención y de manera desapasionada, muchas de estas críticas quizás no son del todo justas. Más de uno de los críticos, pasado el tiempo, debería haberme dado la razón, porque me había adelantado a acontecimientos tristes que después casi todo el mundo lamentaría –; de hecho, me ha pasado más de una vez, que alguien, a la vuelta de los años, me lo ha reconocido.

Pongo por caso un ejemplo: hace muchos años, escribí en una revista cultural un largo elogio de Gregorio Marañón –de quien yo era albacea científico–, con motivo de su muerte. Y en aquel artículo, entre otras cuestiones, reproducía una de las tesis de Marañón sobre la homosexualidad (¡en aquellos años!): «La feminidad es una etapa intermedia entre la adolescencia y la virilidad. La virilidad es una etapa terminal en la evolución sexual. Todo varón, para dejar de ser niño, debe pasar por una fase de feminidad más o menos sofocante. Toda mujer, si se cumple el ciclo vital completo ve a finales de su evolución, cómo se le debilita la feminidad y como le brotan, entre las ruinas de ésta, indicios de virilidad. Uno y otro sexo están, pues, integrados por los mismos componentes. La diferencia cae en la intensidad y en la cronología de uno y del otro.»

Era una manera de decir que la homosexualidad masculina puede interpretarse en muchos casos como una disfunción, quizás de raíz traumática e inducida, debida a la carencia de madurez sexual del individuo, mientras que la femenina sería un adelantamiento patológico, quizás también traumático e inducido, de una evolución que se debería verificar más tarde. Las investigaciones actuales del fenómeno se mueven por esta línea, pero hace falta remarcar que ya entonces –nos encontramos en el año 60–, ni Marañón ni yo hacíamos ninguna mención de culpabilidades morales, sino que intentábamos una explicación con fundamento médico.

(...)

Franquismo sociológico

También debería hablar de política. Se puede decir que durante buena parte de la época de Franco hubo un franquismo institucional o político, el de las clases dirigentes; una impaciente–por las circunstancias- resistencia, en buena parte situada fuera del sistema, puesto que dentro no tenía cabida; y otro franquismo sociológico, claramente mayoritario, que estaba sencillamente conforme con el hecho que la situación, desde una perspectiva marcada por el trauma de la guerra civil y la autarquía posterior, no fuera peor que en muchos momentos de la República y, sobre todo, a lo largo de toda la guerra.

Dentro de esta mayoría sociológica, me parece que algunos sufrieron una clase de síndrome de Estocolmo mientras duró el franquismo, del que no se desprendieron hasta que al terminarse el régimen, pudieron finalmente probar lo que era la libertad política. Entonces surgieron con fuerza los afanes de revancha por parte de tantos y tantos que pensaban que les habían cortado una parte importante del desarrollo humano.

Yo, en cambio, puedo decir que era muy consciente de lo que pasaba, y en buena parte estuve de acuerdo.

Ahora, que han pasado tantos años, casi da risa si se piensa en quienes, sin demasiada perspectiva histórica, han juzgado y continúan juzgando como si fueran hechos actuales, con categorías y valores de ahora, sucesos que acontecieron hace treinta, cuarenta o cincuenta años. Parece que no tienen nada en cuenta a quienes, en un bando o en el otro o, como la mayoría, en medio, los vivieron en primera persona, activa o pasivamente, día a día, haciendo en cada caso lo que creían en conciencia y honradamente que podían hacer.

Hay historiadores que colocan graciosamente a la gente en varios bandos, y juzgan a unos y otros con unas categorías políticas que han sido descubiertas en este país muchos años después de los hechos analizados. Y esto es hacer trampa. Porque una gran mayoría de la gente, en este país, no eran de ningún color, políticamente hablando: se dedicaban a vivir al día, sin grandes preocupaciones y, sobre todo en los años de la guerra, deseaban sencillamente que se acabara y que hubiera un mínimo de paz. Los historiadores de los próximos siglos tendrán mucho trabajo si quieren extraer de la bibliografía española de los dos últimos tercios del siglo XX la parte de verdad que encierran tantos relatos partidistas de uno y de otro signo.(...)

No sé si soy yo el más indicado para decir que muchos miembros del Opus Dei no eran franquistas, ni de corazón ni de conveniencia, pero esto es radicalmente cierto. (...) Parece que se olvidan casi de manera sistemática algunos nombres y hechos de la historia de todos aquellos años que desmentirían de manera fehaciente este tópico de “el Opus franquista”: desde el caso de alguna familia republicana lo suficiente conocida, con cargos de responsabilidad en el régimen anterior a la guerra civil, que fue perseguida cruelmente por este hecho, hasta la participación de gente del Opus Dei –a título personal, como los otros– en varios hechos considerados por el franquismo como revolucionarios, separatistas o conspiradores.(...)

Yo no cuestioné los fundamentos, pero sí que intenté cambiar unas cuántas cosas. Como procurador en las Cortes –por el hecho de ser rector de Salamanca–, algunos de mis intentos han quedado reflejados en las actas de varios debates previos a la promulgación de unas leyes, en la elaboración de las cuales intenté intervenir. Ciertamente, poco se consiguió, o nada, porque me encontré muy solo. Pero es de justicia anotar que se hicieron, por parte mía, aquellos intentos.

En los archivos de las Cortes se conserva documentación sobre mis intervenciones relacionadas con tres cuestiones que, en aquel momento, tuvieron una gran repercusión: la “Ley de representación familiar” (mayo de 1967), la “Ley del Movimiento” (junio de 1967) y la “Ley del servicio militar” (junio de 1968). En el primer caso, defendí la necesidad de que se reconociera el principio de asociación y un mínimo de pluralismo social, intentando hacer ver a los otros miembros de la Comisión que el “Principio de representación orgánica”, que la mayoría de los otros procuradores defendían, no servía para que el Estado pudiera dialogar con la sociedad, dado que unas asociaciones delegadas de la autoridad sólo representarían al mismo Estado y, por lo tanto, se estaría postulando un futuro “diálogo” del Estado con él mismo. La discusión (¡hubo discusión!) acabó mal, con amenazas.

Con respecto a la “Ley del Movimiento”, volví a defender que hacía falta reconocer el asociacionismo político, que posibilitara aquel mínimo “contraste de pareceres” del cual se hablaba aquellos días, para evitar el creciente indiferentismo, sobre todo en la juventud, la también pujante violencia, cuya existencia las autoridades siempre se empeñaban en no reconocer, y la politización de todos los ámbitos de la vida civil e incluso religiosa: en definitiva, que la ausencia oficial de política –que “la gente no se debe preocupar por la política”, era una de las máximas del régimen– había ido creando una crispación general en todos los ámbitos ciudadanos.

Cité la obra de Cambó, “Per la concòrdia”, que el político catalán dirigió a los compatriotas de los años veinte: «La política del todo o nada debería ser radicalmente proscrita... Muchos de los percances sufridos se deben a esta política del todo o nada». Hablé también de los recientes avances en la misma Iglesia católica, que el Concilio Vaticano II había abierto las puertas en su seno a tan distintas sensibilidades.

No tuve más éxito que la otra vez, aun cuando en aquella ocasión sí que hubo un cierto revuelo público.

Un año después, se discutía en comisión la “Ley de servicio militar”. Se me ocurrió solicitar una disminución del tiempo de reclutamiento obligatorio, la posibilidad de establecer un servicio social complementario al de las armas, y la necesidad de ofrecer a los soldados una preparación suficiente, profesional o cultural, durante el tiempo del servicio militar. Aquí, las réplicas fueron más fuertes. Había tocado una cuestión especialmente punzante: el ejército. Las respuestas de García Rebull, Abella, Correa Véglison, Barroso, Rodrigo, Fernández-Cuesta y Argamentería, unánimes, no se hicieron esperar. Argumentaron desde todos los puntos de vista contra mis propuestas, y sus alegatos fueron acogidos con vítores por parte del resto de procuradores.

 

Para saber más:

Libro de Memorias de Alfonso Balcells