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Heidi Burkhart, Secretaria General del Hilfswerk


 
Un programa televisivo elaborado por Beta Film recogía los testimonios de personas del Opus Dei de diversos países que trabajan en los ámbitos profesionales más variados: en organismos estatales, en negocios familiares, en el mundo del arte o del deporte o en organizaciones privadas.

Heidi Burkhart, una mujer austríaca, hablaba de su trabajo profesional al frente de Hilswerk, una conocida ong de su país.

En la fotografía, niños sudamericanos que se benefician del trabajo de Hilfswerk

Hilfswerk -explicaba Burkhart- es una organización social privada austriaca que trabaja a nivel nacional. Atendemos a enfermos en su propio hogar, damos asistencia social a personas mayores y prestamos servicios a la comunidad. En el ámbito austriaco nos relacionamos con cientos de personas.

En el ámbito internacional nos dedicamos sobre todo a las Acciones de Socorro en zonas catastróficas para niños enfermos. Hemos organizamos un proyecto en Polonia para diez mil niños polacos, y otro en Chernobyl, para niños que han sufrido afectados por la catástrofe nuclear.

Mediante estos proyectos se ha consolidado una ayuda financiera de Austria para un proyecto de construcción de un centro para el cáncer en Minks, para niños enfermos de leucemia. Tenemos en marcha otros proyectos para niños de Irak, Croacia y Eslovenia.

El espíritu del Opus Dei influye mucho en mi trabajo, porque me ayuda a hacerlo con mayorímpetu y alegría de como yo lo haría sin no contara con esa ayuda espiritual. Y en el trato con mis colegas de trabajo intento, como enseñaba el fundador, ver almas en cada uno de ellos; procuro rezar y preocuparme por sus problemas, encomendarlos cuando trabajamos o hablamos por teléfono… Y cuando planeo un proyecto intento no enfocarlo sólo desde un punto de vista humano: el espíritu del Opus Dei me alienta a impregnarlo siempre con el espíritu de Cristo.

En nuestros proyectos suelen presentarse a menudo muchos imprevistos, por lo que recurro con mucha frecuencia a la intercesión del Fundador para que me ayude en cosas prácticas, muy concretas.

Por ejemplo, el pasado mes de junio, estábamos organizando una acción muy complicada de ayuda humanitaria en Minks, Bielorrusia. Tenían que encontrarse en un lugar, en un día y en una hora concreta, cuatro camiones cargados de alimentos y medicamentos, un avión que transportaba a los organizadores, un autobús lleno de niños que habían venido con sus instrumentos de música para tocar allí, un coche con el grupo promotor y un avión privado del Vicecanciller de Austria que iba a entregar 50 millones de chelines en un congreso de médicos para la construcción de un hospital…

Además estaban los periodistas, y un grupo de la televisión austriaca que se dirigía hacia un lugar equivocado. A pesar de la complejidad de la operación –todos tenían que encontrarse en Minks a las nueve en punto de la mañana- se logró…

Ahora acabo de llegar de Irak, donde estamos poniendo en marcha un proyecto para niños heridos de guerra. Hemos colaborado con ocho hospitales, proporcionándolesalimentos y asistencia médica para unos seis mil niños. Un mes antes de la salida pedí los visados ala embajada, donde me dijeron que no habría ningún problema. Pero a medida que se acercaba la fecha de salida fui comprobando que todos los vuelos estaban reservados y que la embajada no estaba dispuesta a darme los visados, porque en el avión debían viajar algunos periodistas.

A medida que se acercaba la fecha de salida, fuimos poniendo todos los medios a nuestro alcance; negociamos con la embajada, luego con el cónsul, y llegamos a hablar incluso con el Presidente del Gobierno; movilizamos a todo el mundo, pero no conseguimos nada. Mientras tanto, yo seguía rezando al fundador del Opus Dei, para que me ayudase a resolver esas dificultades. El mismo día de salida, a las once y media de la mañana, me dijeron que no había visados. De todas formas, decidí que fuéramos al aeropuerto, para no desaprovechar la última oportunidad.

Seguí encomendándoselo al fundador. El avión salía a las dos y media de la tarde, y antes de salir para el aeropuerto, pasé de forma casual por la oficina, porque me acordé que tenía que recoger unos papeles. En ese preciso momento, sonó el teléfono. Lo descolgé: me comunicaban que me acababan de conceder los visados.


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