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Carlo Caffarra: sobre el libro Surco, de Escrivá



 








Carlo Caffarra,
Presidente del Instituto de estudios
sobre el Matrimonio y la Familia Juan Pablo II,
de la Universidad Lateranense

En una de sus famosas catequesis decía el Cura de Ars: "o la santidad o la eterna condenación". Exponía una de las verdades centrales de la fe cristiana: el Amor de Dios crea el bien de la creatura, como enseña Santo Tomás, y no se detiene a mitad de camino: desea darlo todo. Sólo el rechazo del hombre puede fustrar ese proyecto divino: pero todos y cada uno estamos llamados a la santidad. Y el último acto de la misericordia de Dios es el Purgatorio.

Este es el primer pensamiento que me ha evocado la lectura de Surco, obra póstuma de Mons. Escrivá de Balaguer: la llamada universal a la santidad, por usar el vocabulario del Vaticano II. La obra pertenece a un género clásico de la literatura cristiana: breves pensamientos, como breve es el resplandor del relámpago que ilumina nuestra angustiosa noche. Son ráfagas de luz que se clavan en lo hondo del alma.

Pertenecen a ese mismo género la Filocalia, algunos capítulos de la Imitación de Cristo, los Pensamientos de Pascal, o el Diario de Kierkegaard, por citar sólo algunos ejemplos clásicos. En una epoca aquejada por esa enfermedad mortal que es hablar demasiado es elocuente el género literario elegido: "Non multa, sed multum loqui": no hablar mucho, sino con intensidad, escribe San Ignacio.

Síntesis admirable de verdades de fe

Más que un libro para leer es un libro para meditar. Está dirigido a los que, en expresión de San Bernardo, saben rumiar lo que leen. Algunos de sus pensamientos, en su concisión, permiten penetrar en la profundidad de la Verdad, y constituyen síntesis admirables de las sublimes verdades de la Fe. Por ejemplo: "Para convencerse de que resulta ridículo tomar la moda como principio de conducta, basta mirar algunos retratos antiguos" (nº 48).

La afirmación es incisiva. La elevación del consenso mayoritario a criterio de verdad ética, no sólo agosta la inteligencia, sino que vuelve ridiculo el lado serio de la vida, la experiencia ética. Es la caída en picado del estadio ético al estético, como diría Kierkegaard.

El es la Luz

"Esperar no significa empezar a ver la luz, sino confiar con los ojos cerrados en que el Señor la posee plenamente y vive en esa claridad. El es la Luz" (Surco, nº 91). Es difícil encontrar una expresión tan sencilla de la experiencia fundamental de Abraham, modelo, por la Sagrada Escritura, de todo creyente, y por tanto, de la experiencia cristiana como elevación a un criterio de verdad que es la misma Verdad divina. Una elevacion que saca al hombre de la duda y le libera de la incertidumbre que acaba en la desesperación.

"Que me conozca: que me conozca y que te conozca. Así jamás perderé de vista mi nada" (nº 273). Resuena en esta súplica la plegaria agustiniana: noverim me, noverim te. La medida del hombre es Dios mismo, porque éste es el destino del hombre: sólo puede ser feliz haciéndos más que hombre en Dios. Sólo en ese momento, al confrontarse con esa medida inconmensurable, el hombre descubre su propia nada.

Sin esta confrontación, que Mons. Escrivá de Balaguer suplica en la oración, el hombre, o cae en el orgullo o se hunde en la desesperación. Y, para acabar, un pensamiento para los que van buscando siempre imposibles acomodaciones: "No cedas nunca en la doctrina de la Iglesia. -Al hacer una aleación, el mejor metal es el que pierde" (nº 358).

 

Una espritualidad enraizada en el Misterio de la Encarnación

Queriendo penetrar más profundamente en el secreto de una experiencia única, me parece que algunas líneas medulares sobresalen claramente en el conjunto de este profundo escrito. Quiero comenzar con una cita de T. S. Eliot sobre la Encarnación.

"Un momento no fuera del tiempo sino en el tiempo, en eso que nosotros llamamos historia: seccionando, biselando el mundo del tiempo. Un momento en el tiempo, pero no como un momento de tiempo. Fue un momento en el tiempo, pero el tiempo fue creado a través de aquel momento. Porque no puede haber tiempo sin sentido, y en aquel momento el tiempo se llenó de sentido".

Eliot escribe poéticamente la fórmula de Calcedonia. Me parece que la espiritualidad de Mons. Escrivá de Balaguer, tal como aparece en este libro, está centrada precisamente, como toda verdadera espiritualidad cristiana, en el acontecimiento del "Verbo que se hace carne", perfecto Dios, perfecto Hombre.

Un proyecto de existencia cristiana

Desde este punto central parten varias líneas radiales y en torno a él se construye todo el "campo magnético" de su meditación espiritual. Deriva de ese centro en primer lugar, la proyección de la existencia cristiana considerada en sí misma: una existencia perfectamente humana, divinizada por las virtudes teologales.

De aquí nace su insistencia sobre las virtudes humanas (p. e. el nº 652) y su insistencia en que el trabajo del cristiano tiene que estar hecho con la máxima perfección humana posible. Santo Tomás escribe que toda minusvaloración injusta del valor de la criatura es una minusvaloración del honor debido al Creador, y, por tanto, que Dios se glorifica dando a las criaturas el poder de obrar como verdaderas causas de su obrar. Mons. Escrivá de Balaguer ha comprendido profundamente esta verdad católica: este libro es un ejemplo insigne del verdadero humanismo.

La Santa Cruz

Pero al mismo tiempo no cede un milímetro en la doctrina sobre la mortificación. Allí se gesta y se genera la verdad del hombre. Y lo hace de una forma a la que no estaban habituados nuestros cómodos oídos: "no pongas obstáculos a Dios, hasta que haga de tu pobre carne un Crucifijo" (978). "Sin mortificación, no hay felicidad en la tierra" (983).

De este modo esta espiritualidad encuentra su centro en la Santa Cruz, contemplada como acto de la Redención, norma primera y última del obrar del discípulo. Perfecto hombre-perfecto Dios: el hombre vuelve a encontrar la verdad originaria y la belleza entera de su dignidad y de su vocacion cuando su mirada interior se dirige hacia el Verbo hecho carne.

En el mundo, pero no de este mundo

En segundo lugar, desde aquel centro se proyecta la misión del cristiano en el mundo. La síntesis admirable del Concilio de Calcedonia, -el centro de la fe de la Iglesia, podemos decir- ordena internamente esta construcción en un equilibrio que sólo el santo sabe alcanzar. El cristiano no debe tener miedo a entrar plenamente en el mundo: es más, lo debe amar apasionadamente (nº 290) para "contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna".


En
el mundo, pero no de este mundo.

 

El escándalo supremo

Y es esto precisamente lo que no soportan los "enemigos de la Cruz de Cristo". Soportan a los cristianos, e incluso los alaban, si se retiran para escuchar la Palabra y en esa escucha se detienen. Soportan a los cristianos, e incluso los alaban, si se empeñan en la promoción de los valores humanos, con un mínimo común denominador, fijado de común acuerdo a la luz del común patrimonio cultural. Soportan a los cristianos, e incluso los alaban, si se ocupan de los marginados, con tal de que no trabajen en la construcción de la sociedad como cristianos, en la que los "marginados" no existan.

Pero lo que no soportan es que esos cristianos actúen en el mundo porque son cristianos y como cristianos: testigos de una Presencia que ha empapado toda su existencia.

Las campañas difamatorias contra la Obra fundada por Mons. Escrivá de Balaguer, aunque duelen profundamente, no sorprenden en absoluto. No pueden soportar el proyecto trazado por él por que la Encarnación, desde que aconteció, es el escándalo supremo. Estos son los pensamientos de Mons. Escrivá de Balaguer, cortantes como láminas de acero... (cfr. los nn. de Surco 239, 241, 246, 247, 252).

¿Es posible realizar ese proyecto?

Pero ¿es posible realizar este proyecto? Todo depende del punto de partida. La primera serie de pensamientos (1-33) es, desde cierto punto de vista, la más importante. Allí se especifica, precisamente, la fuente: el asentimiento (mariano-eclesial: cfr. nº 33) a Dios; el asentimiento ("la entrega de mi libertad": nº 11); cómo no recordar la oración ignaciana: "recibe Señor, toda mi libertad...".

Esa que es como el seno del que ha nacido toda la Iglesia, con toda la variedad de sus carismas. En una palabra: estar plenamente a disposición de Dios.

¿No encuentra el hombre su grandeza suprema cuando un cuerpo y un alma humana se unieron a la persona del Verbo? Surco es el camino trazado para hacer realidad en cada uno de nosotros la paradoja de una libertad que nace de la obediencia a fin de que el universo del ser reencuentre en Cristo su originaria belleza.


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