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Anita Cárdenas: porque Dios ha querido,
he vivido entre santos...






En la fotografía, a la izquierda, doña Anita Cárdenas junto a su amiga doña Pepita García -sobrina de María Ignacia García Escobar- en la terraza de su casa en Hornachuelos, uno de los pueblos más hermosos de Andalucía. Al fondo, los olivares de los campos de Córdoba. El recuerdo de su amiga María Ignacia está unido, en Anita Cárdenas, al de su maestra, la beata Victoria Díez, de la Institución Teresiana; al de los sacerdotes de su parroquia -don Lorenzo y don Antonio- que murieron mártires durante la persecución religiosa de 1936; y al de muchas personas que han vivido valientemente su fe.

"Porque Dios ha querido, he vivido entre santos. Mi maestra fue Victoria Díez, que murió mártir. Fue beatificada el 10 de octubre de 1993 en la Plaza de San Pedro, junto con el fundador, san Pedro Poveda.

 

Beata Victoria Díez, maestra en Hornachuelos

Los curas de mi parroquia, don Lorenzo Pérez Porras y don Antonio Molina Ariza, sufrieron martirio también.

Mi mejor amiga fue María Ignacia García Escobar, una de las primera mujeres del Opus Dei fallecida santamente.

Por eso, cuando digo que he vivido entre santos no exagero nada.

Cada uno me llevó a Dios por un camino. El de María Ignacia fue la amistad y el cariño. No recuerdo cuando nos hicimos amigas, a pesar de la diferencia de edad: nos conocíamos desde siempre. Mi casa está muy cerca de la suya, en la calle de la Palma y desde mi terraza se divisa, por un lado, la serranía y la finca donde vivió de pequeña; y por el otro lado, la campiña cordobesa.

Guardo muchos recuerdos de María Ignacia. Es una de esas personas que nunca se olvidan. Su mirada se me ha quedado en el fondo del alma, no sé por qué. Aunque, pensándolo, sí sé por qué: por su sencillez, por su humildad, por su cariño, por su alegría; y en mi caso, porque... ¡me hizo tanto bien!

Éramos un grupo de amigas de varias edades, que acabamos emparentando entre nosotras, como suele suceder. Hay una fotografía en la que aparece María Ignacia tomando el té con algunas de las mayores. Braulia no está, pero su hermana Benilde, sí.

Están Julita García Vázquez y su hermana, doña Matilde, que era la maestra; Rosa Fernández, hermana de Clotilde y de Angelita; Carmelita Santisteban, cuñada de doña Matilde; Conchita Carrasco, que acabó casándose con un Virela; Leandra Fernandez; Bernabela Virela; Conchita Alarcón, que se casó con un Carrasco...

Luego, estábamos las hermanas pequeñas de algunas de las que aparecen en esta fotografia; sus sobrinas, Pepita y María Herrera García; mis primas Elena y Conchita Santisteban...

 

María Ignacia García Escobar

Hacíamos lo mismo que las jóvenes de nuestra época: estudiábamos, charlábamos, paseábamos y nos divertíamos en las fiestas de San Abundio...Y así, en la vida normal y corriente de este pueblo, junto a María Ignacia, fui acostumbrándome a ir a Misa varios días entre semana, y a querer mucho a Jesús y la Virgen.

María Ignacia iba a Misa todos los días, cosa que entonces, en Hornachuelos, no era frecuente. Se exponía, además, a que la insultaran por la calle... Eran tiempos muy malos. Muy pocos años después, doña Victoria, la maestra, y los sacerdotes de la parroquia murieron mártires.

Pero María Ignacia me animaba con su ejemplo y me fue contagiando su amor a la Eucaristía. La vi rezar muchas veces con los ojos fijos en el Sagrario. Ahora comprendo que allí estaba su fuerza: de allí nacía aquel deseo suyo de llevar a Cristo al mundo entero; aquel desvivirse por todos y aquel cariño que se le traslucía en la mirada.



Casa de María Ignacia, en la calle de La Palma

¡Era tan cariñosa! La estoy viendo todavía por la calle de La Palma, sonriente, con aquel tipo tan bonito que tenía, caminando derecha, erguida, esbelta, con el cinturón por debajo de la cintura, y aquellas faldas de colores alegres que llevábamos entonces... Tenía unos ojos muy vivos, verdes, de un verde oscuro, intenso, con algo que atraía... Transmitían alegría, comprensión, optimismo.

 

Cosas difíciles de expresar

Son cosas difíciles de expresar. A pesar de que han pasado tantos años no he podido olvidar cómo miraba al Sagrario y cómo miraba a los demás. No hacía nada especial -¡era muy sencilla!- pero su mirada, su sonrisa, te llegaba muy dentro. Era como si sólo con mirar, con sonreír, hablara de Dios...

Eso no significa que se quedase calladita, ni mucho menos. Nunca tuvo miedo a hablar de Dios, ¡todo lo contrario! Era un terremoto apostólico. Además, era una mujer de carácter, que valía mucho: hablaba con gracia, con finura, con tacto, pero con pasión. Y procuró acercar a Dios a todos, especialmente a sus amigas y a las hermanas de sus amigas, que tendríamos, por aquel entonces, doce, catorce o quince añillos.

Nos gustaba estar con ella. Disfrutábamos mucho en su compañía, porque era muy divertida. Tenía el don de entusiasmarnos: era culta, ingeniosa, positiva, muy extrovertida, alegre, divertida... con mucho salero y con mucha gracia, como buena andaluza; y además, con una gracia especial para llevarnos a Dios.

A las más pequeñas nos trataba conforme a nuestra edad. Por ejemplo, por las Navidades hacía un belén y dejaba todas las luces apagadas. Nos tenía en vilo hasta la medianoche del 24; entonces encendía las luces, y entre villancicos y panderetas –recuerdo que cuando estuvo trabajando en Priego me trajo una pandereta de regalo-, en un clima de alegría, nos iba contando la historia de Jesús.

 

Tenía un alma grande

Tenía un alma grande. Vibraba con toda la Iglesia. Me hablaba de los niños de la China, del Africa, del Japón...

- Hay que rezar mucho –me decía-, por esos niños que no conocen a Dios y están sin bautizar...

Y me animaba a enviar algún donativo. ¿Qué daría yo? Tres o cuatro realillos como mucho... Pero de ese modo –ahora me doy cuenta- me fue enseñando a ser generosa y a ensanchar el corazón.

Estas cosas pueden parecer insignificantes, pero no lo son: hizo una siembra cristiana intensa, formidable, entre la juventud de este pueblo. Una siembra de amor a la Iglesia, a los sacramentos delBautismo y de la Penitencia, de amor a la Eucaristía... Una siembra profunda porque yo, desde entonces, he venido rezando por esos niños sin bautizar...

Se veía que era una mujer enamorada de Dios. Eso era lo que nos decía; lo mismo que escribe en uno de sus poemas: que nos enamoráramos de Cristo que nos espera en la Eucaristía con toda nuestra alma, con locura:

Decidme : ¿Por qué motivo

No os entregáis con ardor

Al que en Sagrario escondido

Os espera con amor?

Aunque han pasado setenta años...

Hornachuelos

Aunque han pasado setenta años desde que se fue de Hornachuelos a Madrid, primero al Sanatorio de Valdelasierra, y luego, al Hospital del Rey, donde murió, sigo teniendo muy presente a María Ignacia. Siempre que me veo en apuros por algo de la casa, por la familia, o por alguna enfermedad, me encomiendo a su intercesión.

Tengo la seguridad interior de que me escucha, y de que intercede ante Dios por mí; y me hace muchos favores: compruebo que sigue ayudándome, como entonces.

Me han contado que fue una de las primeras mujeres del Opus Dei, y que el Fundador la consideraba como uno de los cimientos. Yo no conozco mucho el Opus Dei; pero conocí desde pequeña a María Ignacia, y puedo asegurar que Dios eligió un buen cimiento: porque tenía, como persona y como cristiana, unas cualidades extraordinarias, tanto humanas como espirituales.

He leído hace poco un escrito del Fundador del Opus Dei sobre el Espíritu Santo. Me ha gustado mucho. Citaba un punto de Surco, un libro que me han dicho que se parece a Camino.

Pues bien; lo que he leído sobre el Espíritu Santo me ha dejado una paz grande, una alegría... Eso es precisamente lo que transmitía María Ignacia con su mirada, con su sonrisa: paz, alegría. Y un cariño inmenso. ¡Ay, si supiera expresarlo!"

Hornachuelos, 25 de diciembre de 1999


 

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