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Carmelo Vilches, de La Coruña, España:

lo que ha supuesto, para mí, ser cooperador



Beneficioso cambio

Ser cooperador ha supuesto, para mí, un acercamiento a la Iglesia, que ha implicado un beneficioso cambio en mi vida cristiana. Se han despertado algunos aspectos en mí que se encontraban en una especie de letargo.


Colaboro con oración y una modestísima aportación económica, y ofrezco mi trabajo, que procuro hacer lo mejor posible, como una humilde ofrenda diaria al Señor.


¿Quienes pueden ser cooperadores del Opus Dei?

Pueden ser cooperadores del Opus Dei, hombres y mujeres de todas las razas, religiones y culturas, y de las profesiones y situaciones sociales más variadas. "No se necesita vocación especial", explicaba el fundador del Opus Dei.

Muchos lo son porque han descubierto que de ese modo pueden contribuir al mejoramiento de la sociedad. "Tengo tantos amigos que no son católicos, —decía refiriéndose a aquellos que se acercan a la prelatura porque comparten ideales de promoción humana con fieles del Opus Dei— y de muchos espero que llegarán a la verdadera fe. Justamente porque colaboran [...]. Nos dan un poco de su tiempo, un poco de lo que para ellos hasta ahora era necesario; lo dan generosamente para las obras apostólicas. Nos facilitan su tiempo y un pedazo de su vida".

Otros cooperadores han añadido a ese ideal humano, afanes de carácter espiritual: servir a Dios, colaborar con la Iglesia y vivir más a fondo su propia fe. "Sienten así —aseguraba san Josemaría—, la alegría de ser útiles, de tener una concreta responsabilidad en la gran batalla por el bien, por la recristianización de este mundo". De ahí que, la ayuda que prestan los cooperadores pueda ser tanto de carácter espiritual como material.

La dimensión espiritual lleva a rezar por la prelatura y por las tareas apostólicas que promueve. De esta manera se pone de manifiesto una de las características fundamentales del espíritu del Opus Dei: la prioridad de la oración. "Necesitamos cooperadoras como tú, que recen; cooperadoras como tú, que sonrían", comentó una vez san Josemaría a una campesina peruana, cuando estuvo en ese país, en un viaje por América Latina.

La aportación material puede concretarse en forma de limosnas o de trabajo. Esta costumbre de la colaboración económica tiene raíz evangélica. Narran los Hechos de los Apóstoles que en cierta oportunidad, ante la escasez y el hambre de la iglesia de Jerusalén, los cristianos de Antioquía tomaron la decisión de que "cada uno, según sus posibilidades mandara una ayuda a los hermanos que moraban en Judea" (Act 11, 29). "Es vieja en la Iglesia, —había escrito san Josemaría en 1935, rememorando aquellos acontecimientos—, la cooperación económica entre las distintas comunidades cristianas, la ayuda material para la extensión del Reino de Cristo".

Por su parte, los cooperadores se benefician de la oración diaria del Prelado y de todos los fieles de la prelatura, y del apoyo espiritual que se les ofrece.


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