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José Manuel Casas Torres, recuerda los comienzos del apostolado del Opus Dei en Valencia.

El Opus Dei en Valencia (España)



En junio de 1939, Valencia vivía momentos muy difíciles. Terminada la guerra civil, la reconstrucción se presentaba muy ardua. Faltaban alimentos, el suministro estaba racionado, florecía el mercado negro y el hambre era, para muchos, una dura realidad. No había materiales de construcción, los medios de transporte eran escasos y malos... y, sobre todo, había mucho dolor y muchas heridas que cerrar y cicatrizar.

Precisamente en ese mes, Josemaría Escrivá (...) se encontraba en Valencia. Había venido a predicar un Curso de retiro espiritual para estudiantes universitarios en el Colegio de Burjasot, y otro para sacerdotes diocesanos en Alacuás.

Sin embargo, sus proyectos para nuestra ciudad tenían un alcance mayor. Durante esa estancia, daba los primeros pasos para impulsar el comienzo de la labor apostólica del Opus Dei en Valencia. Había fundado esta institución de la Iglesia en Madrid, en 1928, y allí instaló el primer Centro ("el primer Sagrario", según la expresión que le gustaba utilizar cuando enumeraba los Centros del Opus Dei).

En sus planes, los dos siguientes iban a estar en Valencia y París. De hecho, en 1936 uno de los primeros miembros del Opus Dei -el arquitexto y luego sacerdote don Ricardo Fernández Vallespín- estaba en Valencia buscando un edificio adecuado para instalar una residencia de estudiantes. El comienzo de la guerra civil retrasó unos años ese proyecto. Por fin, en 1939, pudo empezar la labor apostólica en Valencia. Años después, nos recordaba que -sin desdoro para ningún otro lugar- él tenía un cariño especial a nuestra ciudad, donde había de ponerse el segundo Centro - y el "segundo Sagrario"- del Opus Dei.

Fue en ese viaje al que me he referido, en concreto el 13 de junio de 1939, cuando Amadeo de Fuenmayor me presentó a don Josemaría. Charlamos un cuarto de hora quizá. Yo salí con una idea clara: aquel sacerdote hablaba de nuestro Señor Jesucristo con tanta firmeza, seguridad y cariño que, sin lugar a dudas, tenía que haberlo tratado muy intensamente. Se inició entonces entre nosotros una relación paterno-filial, que se mantiene cincuenta y tres años después.

Mi Valencia de esta época está llena de recuerdos del paso de don Josemaría por la ciudad. Enumero, a continuación, unos cuantos que ahora me vienen a la memoria.

Solía venir unos pocos días cada mes. Los universitarios que formábamos entonces el primer núcleo de la Obra en nuestra ciudad pasábamos con él la mayor parte del tiempo. Teníamos alquilado el entresuelo del número 9 de la calle de Samaniego. Era un apartamento muy pequeño, al que íbamos a estudiar y a participar en medios de formación espiritual con otros amigos. En nuestras idas y venidas no faltaban las visitas a la Mare de Deu dels Desamparats.

Don Josemaría estaba extremadamente delgado. Había sufrido mucho en los años anteriores y, tal vez, en éstos seguía sufriendo más aún. Cuando le teníamos en Valencia, iba a celebrar la Santa Misa en la Catedral, aunque alguna vez nos dijo la Misa en la casa de Samaniego, 9, en un altar portátil que nos prestó don Antonio Justo, párroco de San Agustín.

En Valencia se imprimió la primera edición de Camino. Yo le acompañé a solicitar la debida licencia eclesiástica. El canónigo a quien correspondía otorgarla la concedió en el acto.

Cuando estaba con nosotros, le acompañábamos en sus paseos por la ciudad y los alrededores. Eramos pocos y no llamaba la atención, sobre todo porque entonces no era muy conocido. Años después, esa situación hubiera sido impensable, ya que por el carácter efusivo propio de nuestra ciudad no se habrían podido evitar las aglomeraciones y las muestras de cariño de muchas personas.

Recuerdo, en este momento, un paseo con él y con D. Eladio España -que tantas vocaciones envió a la Obra- por la Albufera. Otro día, al caer la tarde, acompañé a don Josemaría y a Fray José López Ortiz hasta la desierta playa de la Malvarrosa. Fray José sería, muchos años después, Vicario General Castrense. (...)

Durante ese paseo, vimos a unos pescadores retirando las redes que habían lanzado desde la orilla. Don Josemaría, que tenía siempre su corazón puesto en Dios y veía en todos los sucesos un motivo para tratarle y para acercarle las almas, sacó una pequeña agenda y tomó una breve nota, al tiempo que nos decía: "¡Mirad ese niño!". En efecto, un niño de diez o doce años tiraba de la red entre los curtidos y duros hombres del mar. Y éstos, aunque más bien estorbaba, le dejaban hacer, para no quitarle la ilusión, conscientes de la buena voluntad que ponía.

Don Josemaría se conmovió. Se sentía identificado con el niño y aplicaba el ejemplo a sus propias relaciones con Dios nuestro Señor, que le contemplaba -y nos contempla, cuando tenemos recta intención en nuestra conducta- con la ternura de su corazón de padre, de la que era un reflejo, a lo humano, la de los pescadores a quienes ayudaba el niño. Años después, este niño desconocido aparece citado en una de las homilías publica­das del Fundador del Opus Dei.

El protagonista de la anécdota, si vive, tendrá casi sesenta y cinco años. Tal vez no sepa nunca que su generosa disposición -que a tantos nos ha ayudado a mantener nuestro optimismo y esperanza- le ha valido figurar como uno de los elementos catequéticos del retablo del Santuario de Torreciudad. Allí, entre otros motivos frecuentes en la predicación del Fundador del Opus Dei, figura un muchacho tirando de una red de pesca.

Muchos otros recuerdos se agolpan en mi mente. Son anécdotas que, unidas a las que podrían aportar otras personas que entonces empezaron a llamarle Padre, darían lugar a muchos libros. Lo esencial, sin embargo, en Valencia y en el mundo, es su herencia, la huella de su paso reflejada cada día en la vida de hombres y mujeres corrientes, que aprendieron de él, de su heroica fidelidad a lo que Dios le pedía, a amar a Dios, a tratar a su Madre, la Virgen, a trabajar como el que más y a tomar una clara conciencia de que somos hijos de Dios, y por tanto hermanos entre nosotros, sin barreras de raza, color, lengua o condición social.

José Manuel Casas Torres

 

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