Un republicano exiliado, cooperador del Opus Dei. Escrivá y la guerra civil española

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Pedro Casciaro Parodi,
de izquierda republicana española

Historia de un intelectual exiliado,
cooperador del Opus Dei



Un hombre frío desde el punto de vista espiritual

En su libro "Soñad y os quedáreis cortos", un sacerdote del Opus Dei, Pedro Casciaro,comienza hablando de la figura de su padre:

"En aquel lejano año de 1914 -escribe- mi abuelo materno, don Diego Ramírez, maestro de escuela en Torrevieja, provincia de Alicante, estaba seriamente preocupado. Y no era sólo por la tensa situación internacional que dio lugar poco después a la Guerra Europea, sino por algo mucho más doméstico, familiar y concreto: la próxima boda de su hija Emilia. Es decir, de mi madre.

¿Pero, que mejor partido puedes encontrar que ese chico?, le decían sus familiares. Y tenían razón: el novio de su hija, Pedro Casciaro, era un chico excelente, honrado y estudioso; procedía de una rica familia de origen italiano, muy conocida, que había emparentado tiempo atrás con los Parodi y los Boracino, familias originarias de Italia por un camino o por otro.

Los Casciaro habían emigrado de Nápoles a Inglaterra en tiempos de Napoleón; los Parodi se habían instalado en Torrevieja, procedentes de Génova, durante esa misma época; y los Boracino habían arribado a la piel de toro en el siglo XVIII, cuando Carlos III se trasladó de Nápoles -donde era rey- a España.

Pero, qué mejor partido...? Era verdad lo que decían a mi abuelo don Diego: el chico era un partido excelente. Era hijo de don Julio Casciaro, un hombre culto y correcto, graduado en Leyes, que al heredar se había retirado a vivir a Torrevieja, donde la familia tenía una finca de campo y de recreo que se llamaba "Los Hoyos". Y era nieto de Mr. Peter Casciaro, inglés de nacimiento, que tras educarse en un "College" prestigioso de Londres, se había especializado en Mineralogía y Contabilidad.

Mr. Casciaro era, además, gran empresario: había construido la línea de ferrocarril que va desde Medina del Campo a Salamanca; explotaba numerosas minas desde La Unión, en Murcia, hasta los Urales, en Rusia; y poseía diversas propiedades urbanas y agrícolas en España y en Argelia. Y como no quería que sus hijos perdieran las raíces inglesas, cuando nació su hijo Julio en Cartagena, a pesar del tiempo que llevaba viviendo en España, lo inscribió en el consulado de Inglaterra como súbdito británico.

Su nieto Pedro era un chico educado, simpático, alegre, muy bien formado intelectualmente -era doctor en Filosofía y Letras-, bastante bien parecido y buen deportista. ¿Qué más podía pedir don Diego para su hija? No había razón -le decían todos- para que estuviera inquieto...

Lo que inquietaba a mi abuelo materno, hombre de misa diaria, gran catequista y profundamente creyente, era la frialdad religiosa de la familia del novio.

Desde otros puntos de vista no tenía nada que objetar: su futuro suegro era un hombre caritativo, de buenas costumbres y rectos principios; pero, ¡ay!, al igual que su esposa, no era nada practicante.

Era republicano -del tipo de aquellos "intelectuales por la República", que veían en este sistema político una salida para la decadencia española- y en aquel tiempo decir republicano era, para muchos, lo mismo que decir anticlerical y con frecuencia, anticatólico.

No era éste el caso de don Julio y su esposa; pero, a pesar de todo, aquella petición de mano planteaba a don Diego graves problemas de conciencia: ¿debía permitir que su hija Emilia, fervorosa y buena cristiana, por muy enamorada que estuviera, se casase con un chico así? ¿Qué educación recibirían sus nietos? ¿Y si...?

Después de muchas vueltas y revueltas, decidió pedir consejo a don Filiberto, párroco de la localidad.

-No se preocupe -sentenció gravemente don Filiberto, tras escuchar las cuitas de mi abuelo materno- porque los hijos de ese matrimonio se entregarán a Dios.

Ignoro qué luz interior movió a don Filiberto a pronunciar esa singular profecía, expresada además de un modo tan preciso y contundente. ¿Fue el Espíritu Santo, que le sopló al oído, fue una simple excusa para tranquilizar a un padre preocupado; o fue tan solo una mera frase, dicha al azar? No lo sé. El caso es que don Filiberto no se equivocó.

 

Un intelectual de izquierdas

Pero sigamos con la historia familiar. Mi abuelo concedió la mano de su hija y una vez disipados los nubarrones del horizonte, mis padres se casaron, felices, en una capilla que había en la misma finca de "Los Hoyos". Poco después mi padre fue nombrado catedrático interino de Historia de España en la recién creada Universidad de Murcia y designado profesor auxiliar de Geografía e Historia del Instituto; y en Murcia fuimos naciendo los tres hijos.

En la parroquia de Santa Engracia de Murcia fui bautizado yo, en 1915; luego nació mi hermana Soledad, que murió a los pocos años; y más tarde nació mi hermano Jose María, al que siempre hemos llamado en casa, familiarmente, Pepe.

Cuando se convocaron de nuevo las oposiciones a cátedra de Instituto, la primera que salió a concurso fue la de Geografía e Historia de Murcia. Mi padre se presentó y obtuvo el segundo puesto. Eso hizo que no pudiese escoger Murcia sino Vitoria. Pero como quería quedarse en la zona del Levante, la conmutó en cuanto pudo por la de Albacete, ciudad que resultaba relativamente cercana a Murcia y Torrevieja, donde estaban su casa familiar y sus intereses.

Al principio mi padre consideraba su destino en Albacete como algo meramente provisional, y tenía el deseo de volverse a Murcia o Cartagena en cuanto le fuera posible. Sin embargo poco a poco fue enraizándose en su trabajo profesional y haciendo numerosas amistades en La Mancha.

Fue Director de la Escuela de Trabajo y llevó a cabo muchos proyectos, como la construcción de un nuevo edificio para el Instituto, del que llegó a ser director. Impulsó las excavaciones arqueológicas en la región; creó e instaló el Museo Provincial, y así, un largo etcétera; en conclusión: que acabó encariñándose profundamente con aquel lugar, cosa que, para el que lo conozca, no resulta muy difícil.

Es cierto que la política influyó también en su decisión de quedarse en Albacete, aunque se había interesado muy poco por ella en los primeros años de la dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo, cuando cayó la monarquía, militaba con gran entusiasmo en las filas republicanas.

Eso no significa que fuese partidario de ningún izquierdismo extremo, como el comunismo o el socialismo de la época (cuestión aparte es que, a causa de las alianzas electorales del momento, cierta opinión pública los metiera a todos -republicanos, socialistas y comunistas- en el mismo saco).

Su republicanismo no era de este tipo: era un republicanismo moderado, de corte liberal, con una gran preocupación por la clase obrera, como lo demuestra el que llegase a ser presidente de uno de aquellos tribunales que se crearon en la época de Primo de Rivera para dirimir los conflictos entre patronos y obreros.

Estos presidentes solían ser hombres de bien, respetados y aceptados por ambas partes, y aquel cargo le ocasionó no pocos problemas: no podía comprender mi padre cómo algunas personas, amigas suyas, muy holgadas económicamente, pudieran regatear jornales de cincuenta céntimos a gentes que andaban tantas veces al borde de la miseria. Y se fue distanciando de determinadas amistades, que pertenecían a las familias más pudientes de la ciudad.

Albacete contaba en aquel tiempo con una pequeña sociedad provinciana que estaba integrada por terratenientes, empleados del Estado, profesionales de diverso tipo, algunos industriales y otros elementos de clase media modesta.

A raíz de la proclamación de la República, en la ciudad se fue enconando la división, -que ya existía- entre las personas significadas políticamente como de "derechas" y las de "izquierdas"; y mi padre fue siendo conocido, cada vez más, como un "intelectual de izquierdas". Como tal participó en el gran mitin que se celebró en el Teatro Circo, con la presencia de Azaña. Mi padre era lo que llamaríamos ahora un "intelectual comprometido".

Desde el punto de vista religioso no era nada practicante; sin embargo, como muestra de respeto y de cariño hacia mi madre, solía acompañarla a Misa todos los domingos y quiso celebrar por todo lo alto la Primera Comunión de mi hermano José María.

Pero los tiempos no estaban para sutilezas: cuando sus oponentes políticos se enteraron de esta celebración publicaron un artículo tremendo en un periódico local, titulado "Laicismo, pero no para mi casa", en el que le injuriaron sin piedad. Profundamente irritado, desde aquel día dejó de ir a Misa.

Este gesto le retrata de cuerpo entero. Era un hombre apasionado que vivía ardorosamente aquel difícil momento político y social que estaba atravesando España. Recuerdo que un día, varios años antes, llegó a casa muy acalorado, mientras mi hermano pequeño tomaba su tazón de sopa. Estaba irritado por el nombramiento de varios militares para determinados puestos de Gobierno. Se quitó de un manotazo el cuello duro y la corbata de moño, los arrojó furiosamente sobre el sillón, y gritó:

-¡Vamos a tener militares hasta en la sopa!

Al oír esto, mi hermano pequeño miró muy asustado dentro de su tazón y buscó vanamente en su interior a aquellos militares que tanto irritaban a nuestro padre y que amenazaban con hacerse dueños de la sopa. Y durante bastante tiempo su imaginación infantil especuló sobre el interés que podrían tener aquellos señores por introducirse furtivamente -y eso era lo más misterioso, ¿cómo? - en la pequeña sopera familiar...".

Una situación comprometida

Caciaro sigue contando la historia de su vocación y su encuentro con el fundador del Opus Dei. Ya era del opus Dei el 3 de julio de 1936 cuando comenzaron las vacaciones de verano, y se disponía a regresar a Albacete, donde residían sus padres. Y comenta:

"Yo, la verdad, no tenía demasiados deseos de volver a Albacete. Mi padre había colaborado en la propaganda que había dado el triunfo al Frente Popular en las pasadas elecciones, y al ver el talante persecutorio de todo lo religioso que había adoptado aquella coalición, temí un posible enfrentamiento con él; enfrentamiento que deseaba evitar a toda costa.

Cuando se lo comenté al Padre [san Josemaría, el fundador del Opus Dei], puso las cosas en su punto; me dijo que tenía que ir con mi familia; me aconsejó que viviera, por encima de todo, la piedad filial, y me recomendó que rezara por mi padre y no discutiera con él de política.

Paco viajaba a Valencia con un nuevo encargo: buscar un local que pudiese servir para instalar la futura Residencia a comienzos del curso próximo. El Padre dijo que, en cuanto la encontrara, Ricardo se desplazaría desde Madrid para verla. Se ponía así en marcha un antiguo deseo suyo.

La actitud del Padre, su serenidad y su visión sobrenatural, resultaba particularmente llamativa en aquellas circunstancias de inestabilidad general y de turbulencia política. Diez días después de nuestra marcha, el 13 de julio, la prensa trajo la noticia del asesinato de Calvo Sotelo, líder del Bloque Nacional, por fuerzas del Orden Público. Pero esas dificultades externas no arredraban al Padre: La Obra de Dios -había escrito- viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el Cielo está empeñado en que se realice.

Tres días después, el 16 de julio, Paco puso un telegrama a Madrid en el que anunciaba que ya había encontrado un local donde instalar la Residencia. Al día siguiente, 17 de julio, Ricardo se dirigió a Valencia. ese viaje suponía la primera expansión de la Obra en España. El Padre le dio su bendición antes de partir.

Y ese mismo día se tuvo noticia del levantamiento del Ejército de Africa. Comenzaba la guerra civil.

Aquel día yo me encontraba en Torrevieja. Mis padres permanecían todavía en Albacete, y de la noche a la mañana, mi padre se encontró inmerso, de repente, en una compleja situación política: era Teniente Alcalde de la ciudad y dirigente en el partido de Azaña; y a los pocos días de la sublevación militar lo eligieron como Presidente Provincial del Frente Popular, forzándolo a aceptar.

Su situación era compleja también desde el punto de vista familiar ya que, como sucedía en tantas familias españolas, en la mía había personas de distintas tendencias políticas: un tío mío era alcalde radical-socialista; otros eran concejales socialistas, republicanos moderados y monárquicos...

Sus destinos fueron muy diversos a medida que se fue desarrollando el conflicto: algunos primos míos, que eran jefes y oficiales de la Armada, fueron fusilados o echados vivos al mar; otro primo mío era falangista y estuvo encarcelado en Alicante con José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange; a otro tío mío, juez de Hellín, lo procesaron por negarse a dar una pena de muerte; otro primo mío fue voluntario en las Brigadas Internacionales...

Mi padre, a pesar del cargo que ocupaba en aquella nueva coyuntura política, tan confusa y caótica, deploraba con toda el alma el dramático desarrollo que habían tomado los acontecimientos. Recuerdo su amargura el día que se supo que habían asesinado a Calvo Sotelo. Poco después, cuando comenzó la guerra, logró salvar varias vidas, especialmente de sacerdotes y religiosas.

En un mueble de nuestra casa -que se conserva en un Centro del Opus Dei de la calle Diego de León- estuvo reservado el Santísimo Sacramento y mi padre quiso que ardiera siempre una lamparilla en aquella salita. Gracias a esto, el bibliotecario del Instituto -que acababa de llegar destinado a Albacete y nadie sabía que era sacerdote-, protegido por mi padre, pudo atender a muchos enfermos administrándoles el Viático.

Yo no pude participar directamente en el conflicto: cuando fui llamado a filas las autoridades militares me declararon no apto.

En las primeras semanas de la guerra se recrudeció el anticlericalismo y tuvo lugar una tremenda persecución contra la Iglesia. Recordaré únicamente una cifra, particularmente expresiva: en sólo un día, el 25 de julio, fiesta de Santiago, Patrón de España, fueron asesinados 95 eclesiásticos en todo el país. Recuerdo muy bien aquel día, porque fue el último en el que pude asistir a Misa en Torrevieja, en unos locales provisionales de la parroquia, que había sido incendiada".

Sigue contando Casciaro sus peripecias durante la guerra, que le llevaron a emprender una travesía a través del Pirineo para alcanzar la zona de España en la que había libertad religiosa para poder seguir desarrollando la labor apostólica del Opus Dei.

Tras una larga caminata de varios días alcanzaron Andorra, sorteando todo tipo de peligros. Desde allí, entre nuevas dificultades, fueron a Lourdes para agradecer a la Virgen que hubieran salido sanos y salvos. Casciaro, como el resto de la expedición estaba agotado físicamente, por el esfuerzo de tantos días. Por eso le sorprndió, que en medio de tantas dificultades, el Fundador -al que todos llamaban el Padre, siguiendo la costumbre de la época de denominar de esa forma a los sacerdotes- tuviese presente la figura de su padre.

Pedro Casciaro -a la derecha de Escrivá, en el centro de la fotografía-
durante la travesía de los Pirineos, pocos días antes de peregrinar a Lourdes.

 

"Salimos hacia Lourdes -cuenta- muy temprano. El Padre iba en silencio, muy recogido, preparando la Santa Misa. Hicimos un rato de oración y rezamos el Rosario. Al llegar, tras superar alguna dificultad en la sacristía del Santuario -el Padre no había podido conseguir una sotana y no le querían dejar celebrar Misa-, pudo celebrar, convenientemente revestido con una casulla blanca de corte francés, en el segundo altar lateral de la derecha de la nave, bastante cerca de la puerta de entrada de la cripta. Yo le ayudé.

Los otros se situaron en lugares cercanos. Al comenzar, cuando ya levantaba la mano para hacer la señal de la Cruz, se volvió hacia mí, que estaba arrodillado en la grada, y me dijo en voz baja:

-Supongo que ofrecerás la Misa por la conversión de tu padre y para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana.

Me quedé profundamente sorprendido: realmente yo no había ofrecido la Misa por esa intención; es más, estaba poco concentrado y con la atonía natural de quien se ha levantado muy temprano y aún se encuentra en ayunas.

Me impresionó además que el Padre, precisamente en esos momentos en que con tanto fervor se disponía a dar gracias a Nuestra Señora, y que tantas cosas iba a encomendarle, tuviera el corazón tan grande como para acordarse de mis problemas familiares. Conmovido, le contesté en el mismo tono:

-Lo haré, Padre.

Entonces, en voz baja, añadió: Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá. "

"En Lourdes -prosigue relatando- no estuvimos más de dos horas. Desde allí nos dirigimos a San Juan de Luz donde llegamos entre las seis y las siete de la tarde del día 11 de diciembre. Nos estaba esperando allí un hermano de José María Albareda.

La frontera entre Francia y España estaba cerrada, pero nos dejaron pasar por el puente internacional. "No se me olvida -recordaba Paco- la profunda alegría de nuestro Padre, cuando cruzábamos a pie el puente internacional de Hendaya. Iba rezando la Salve, y luego jaculatorias, que nosotros acompañábamos con mucha intensidad y emoción. Al pisar tierra de España, donde recobraríamos plena libertad de movimientos, nuestro Padre continuaba rezando.

No dimos los gritos de júbilo que eran bastante habituales en esos casos. Gritamos por dentro, en agradecimiento a Dios y a la Virgen. Al unísono del Padre".

Apenas llegamos a Fuenterrabía -donde, por nuestra condición de evadidos, nos obligaron a hacer múltiples declaraciones-, el Padre trató de comunicarse por teléfono con el Obispo Administrador Apostólico de Vitoria, Mons. Javier Lauzurica, pero no lo encontró porque estaba de viaje en Roma. Habló entonces con Mons. Marcelino Olaechea, el Obispo de Pamplona, que nos avaló ante las autoridades civiles, evitándonos muchos trámites.

Antes de proseguir este relato quiero hacer una aclaración para que se entienda bien lo que viene a continuación: eran tiempos de guerra y los ánimos estaban muy exaltados; las opiniones, sobre todo en el terreno político, se defendían con ardor y pasión.

Los que se habían escapado de la "otra zona" caían con frecuencia en un revanchismo exacerbado, explicable por las víctimas que habían tenido en su familia o por las penalidades que habían sufrido. Sin embargo, jamás, en medio de este ambiente, vi ni oí en el Padre expresión alguna que no fuera serena, prudente y caritativa con todos. Y de los que entonces estuvimos más cerca de él, quizá pocos podrían estar tan sensibilizados como yo, a causa de mi compleja situación familiar.

Un comentario hiriente, un gesto de desprecio, una alusión... yo lo hubiese detectado enseguida; pero nunca lo dijo.

El Padre nunca hablaba de política: quería y rezaba por la paz y por la libertad de las conciencias; deseaba, con su corazón grande y abierto a todos, que todos volvieran y se acercaran a Dios. Y sufría cuando escuchaba una valoración exclusivamente política de aquellos sucesos, olvidando la cruenta persecución religiosa y los numerosos sacrilegios que se estaban cometiendo.

Eso explica que apenas llegamos a Fuenterrabía el Padre me pidiese que dejara una relación escrita en la Oficina de Información, haciendo constar los esfuerzos que había hecho mi padre, a veces con éxito, para salvar muchas vidas y evitar sacrilegios.

Valiéndose de su cargo de Director provincial de Monumentos Históricos y Artísticos, mi padre había logrado esconder en unos almacenes en Albacete y en un sótano del pueblo de Fuensanta, ignorados por las masas, muchos vasos sagrados, custodias, imágenes religiosas, etc. Es justo -me dijo el Padre- que el día de mañana se sepa el bien que ha hecho tanta gente buena, independientemente de las opiniones políticas que hayan podido tener.

Estas palabras ponen de manifiesto su grandeza de alma. Nunca formuló una acusación para nadie: cuando no podía alabar, callaba. Jamás tuvo una expresión de rencor. Y en aquella época no era tarea fácil unir el amor a la justicia con la caridad; pero el Padre supo hacerlo admirablemente.

Otro rasgo característico de aquel momento histórico es que mucha gente hablaba de sí misma en un tono heroico y grandilocuente: se puso tan de moda el contarse unos a otros sus penalidades pasadas, que llegó a acuñarse esta frase: "no me cuente usted su caso, por favor". Por contraste, el Padre, que tenía tantas penalidades que relatar, no lo hizo nunca. Tampoco buscó un acomodo oficial. Hizo lo de siempre: trabajar, callar, rezar, y procurar pasar inadvertido.

Nos recomendó, en medio de aquel clima exaltado, que nunca tuviéramos odio en el corazón y que perdonáramos siempre. Hay que situarse en aquellos momentos para entender lo que significaban estas palabras en toda su radicalidad: estaba teniendo lugar la mayor persecución sufrida por la Iglesia en España, en la cual murieron casi siete mil eclesiásticos y numerosos católicos a causa de su fe.

Algunos de los que habían perdido la vida en aquel conflicto a causa de su fe eran muy amigos del Padre, como don Pedro Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, hoy también en los altares; o don Lino Vea-Murguía, al que detuvieron el 16 de agosto del 36 y abandonaron muerto, tras asesinarlo, junto a la tapia del Cementerio del Este. Habían asesinado también a muchos sacerdotes conocidos suyos; entre ellos, a su padrino de bautismo.

Era viudo
-comentaría el Padre años más tarde, evocando su figura, a raíz de la pregunta de una mujer que había sufrido una cruel persecución en su país-, y más tarde se hizo sacerdote. Lo martirizaron cuando tenía sesenta y tres años. Yo me llamo Mariano por él. Y a la monjita que me enseñó las primeras letras en el colegio -era amiga de mi madre antes de hacerse monja- la asesinaron en Valencia. Esto no me horroriza, me llena de lágrimas el corazón... Están equivocados. No han sabido amar.

He recordado todas estas cosas para consolarte, hija mía, concluyó diciendo el Padre a esta mujer; no por hablar de política, porque yo de política no entiendo, ni hablo, ni hablaré mientras el Señor me deje en este mundo, pues ése no es mi oficio. Pero di a los tuyos, de mi parte, que se unan a ti y a mí para perdonar.

El Padre supo perdonar; y nos enseñó a perdonar siempre.

 

¡Tiene que pagar!

La filiación política de su padre siguó afectando a Casciaro en el amiente crispado de la guerra civil. Relata que cuando caminaba por Burgos, donde residía temporalmente, "un día, a finales de julio de 1938, mientras caminábamos José María Albareda y yo por una calle de Burgos, nos topamos con la señora de don Jorge B. Espero que el lector comprenda, al acabar el relato, las razones que me mueven a silenciar este apellido.

Al verme, esta señora me miró con sorpresa y expresión de disgusto: no nos saludamos. No fue un encuentro agradable, ni para ella ni para mí. Ese fue el comienzo de un suceso particularmente doloroso; el que más me impresionó, sin duda alguna, de todo el tiempo que conviví en Burgos con el Padre. Un suceso del que debo dar, para que se entienda bien, algunas explicaciones previas y remontarme primero bastante años atrás.

Yo conocía -aunque poco- a esta señora, porque su marido estaba empleado en Albacete en la Delegación de Hacienda. Era considerado en la ciudad, según la terminología popular, como un "hombre de derechas"; y mi padre, como se ha visto ya, como un "hombre de izquierdas". Sin embargo no hubo nunca entre ellos dos, que yo recuerde, polémica o cuestión personal alguna.

Más tarde me enteré que provenía de La Unión, una localidad de Murcia donde mi bisabuelo había explotado varias minas años atrás. ¿Sucedió algo allí entre su familia y la mía? Lo ignoro. Lo que puedo certificar es que jamás oí nada en relación con esa familia en casa de mis padres o de mis abuelos.

Don Jorge gozaba en Albacete de una posición social y económica desahogada. Vivía con su esposa, sus hijos y su cuñada en la calle de Texifonte Gallegos, casi enfrente de la casa de mis padres. No hubo propiamente amistad entre las dos familias, salvo que uno de sus hijos -el menor-, era de mi edad y estuvimos juntos en los Exploradores de España, aproximadamente desde 1929.

Por el año 1934 o 1935, se comentó en Albacete que este señor tenía muchas deudas, que estaba liquidando los bienes que le quedaban y que había solicitado su traslado a otra capital de provincia. Me imagino que también debió comentarse durante esas fechas que mis padres, gracias a la política, habían progresado mucho económicamente. Esto sin embargo, no era del todo cierto.

La razón de nuestra mejoría económica era que habíamos dejado la casa que teníamos en Murcia -hasta entonces mis padres habían tenido casa en Albacete y en Murcia-, y eso, unido a cierta generosidad de mi abuelo y a que mi padre había comenzado a percibir otro sueldo más, al ser nombrado Director de la Escuela de Trabajo, se notaba externamente.

Sólo hubo una circunstancia significativa en relación con estos señores. A mí me gustaban las antigüedades y, casi sin contar con mis padres, acudí a la subasta privada que hicieron para vender diversos muebles y objetos de su casa antes de salir para Burgos. En la subasta, después de regatear bastante, compré a la señora varias cosas: una lámpara de araña y unos apliques de calamina y cristal; una armadura y unas espadas tagalas y, probablemente, alguna cosa más. A esto se reduce la relación que hubo entre nosotros, hasta que ellos se fueron a vivir a Burgos poco tiempo antes de estallar la guerra civil.

A partir de ese encuentro fortuito con la esposa de don Jorge, empezaron a suceder unas cosas que no entendía. Lo primero fue que el Padre o José María -no recuerdo con certeza cuál fue de los dos- me preguntó, al volver aquella misma noche del Cuartel, quién era la señora que habíamos encontrado en la calle y qué cargo tenía su marido. Le conté los antecedentes de Albacete. Más tarde supimos que era Administrador de Propiedades y Contribución Territorial, uno de los cargos más altos en la Delegación de Hacienda de Burgos.

Entonces el Padre me dijo que era urgente que fuese, junto con Miguel -que estaba en Burgos durante aquellos días con ocasión de un permiso-, a visitar a su esposa a su casa, a una hora en la que su marido estuviera en la oficina: se trataba de convencerla de que, aunque mi padre se hubiera significado como hombre de izquierdas, yo no tenía nada que ver con su postura política; y que mi conducta en Burgos era recta y leal. En suma, debíamos intentar que ella misma convenciera a su marido para que no me denunciara o, si ya estaba formulada la denuncia, para que la retirara.

¿Una denuncia? Yo no entendía nada. ¿Por qué me iba a denunciar ese señor? El Padre entonces fue más explícito: me dijo que había presentado -o estaba a punto de hacerlo- una denuncia contra mí, con varias acusaciones. Luego supe que el Padre había tenido conocimiento de esa denuncia por medio de Mons. Lauzurica. Allí se afirmaba nada menos que:

a) mi padre era masón y comunista;

b) además, había hecho muchos estragos en Albacete persiguiendo y matando a mucha gente de derechas;

c) yo también era comunista, ya que había repartido propaganda de esas ideas en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular;

d) me había pasado a la zona nacional para hacer de espía en el Ejército de Franco, espionaje que estaba realizando en el Cuartel General de Orgaz.

En tiempos de guerra, como aquéllos, unas acusaciones de este calibre eran sumamente graves. Podían significar una condena a muerte. Y yo no tenía demasiadas posibilidades para esclarecer la verdad entre tantas falsedades.

Como mucho, y con suerte, hubiera podido demostrar que, desde la Navidad de 1935 hasta principios de julio de 1936, no había puesto un pie en Albacete. Mal hubiera podido repartir ningún tipo de propaganda, ni de derechas ni de izquierdas, en aquella ciudad. Precisamente, durante las citadas elecciones políticas, estaba haciendo un curso de retiro espiritual con el Padre en Madrid.

Sin embargo, para probar esto y, sobre todo, para refutar el resto de las acusaciones, totalmente falsas, no tenía más pruebas que el testimonio del Padre, el de algunos miembros de la Obra y, a lo sumo, el de mi tío Diego Ramírez Pastor, que no sabía nada de mis viajes ni de mis actuaciones. Estos testimonios no podían ser de mucho peso, porque estas personas no estaban en Albacete durante ese tiempo; en cambio, la acusación de don Jorge -un hombre de 51 años, alto funcionario de Hacienda, reconocido públicamente como hombre de derechas, buen conocedor de la política provincial de Albacete, con dos hijos Alféreces, y uno de ellos en el frente-, podía ser peligrosamente decisiva.

Para complicar aún más las cosas, mi situación en Burgos resultaba particularmente delicada: me encargaba nada más y nada menos que del Gabinete de Cifra, a través del cual pasaban órdenes militares secretas, incluso las que se recibían o cursaban desde el Cuartel General.

El uno de agosto por la mañana fuimos Miguel y yo a visitar a la esposa de don Jorge a su domicilio, en el tercer piso de la plaza de Primo de Rivera, nº 5. La visita fue contraproducente: nos recibió muy mal. Entre otras cosas nos dijo que no era justo que, mientras su hijo se estaba jugando la vida en el frente, yo estuviera tranquilamente en retaguardia "haciendo espionaje para los rojos".

Se cerró en banda, haciendo caso omiso de nuestras razones, y dijo que no pensaba interferir en lo que su marido estaba haciendo. Miguel me defendió ardorosamente y discutió con ella sin que yo apenas pudiera intervenir. Recuerdo que bajamos la escalera de la casa profundamente frustrados por el fracaso de nuestra gestión.

Aquella misma mañana fueron el Padre y José María a hablar con este señor en la Delegación de Hacienda, que estaba situada en un antiguo edificio de la calle de San Juan, número 2, donde tenía su despacho oficial. Fue una entrevista amarguísima. Don Jorge estuvo frío e insolente. El Padre mantuvo en todo momento, al defenderme con cariño paternal, la serenidad más absoluta. Primero con suavidad y luego con gran energía, se esforzó en hacerle ver la injusticia que estaba cometiendo; le dijo que estaba pretendiendo dejar a mi madre sin marido y sin hijo, y le recomendó que pensara en su propia esposa.

Parece que don Jorge argumentó que, puesto que no podían detener entonces a mi padre, ni castigarlo, yo debía pagar por él, fuera o no inocente; que había muchos inocentes que estaban muriendo en los frentes y en las checas de la zona roja.

Con una fortaleza que impresionó a José María, el Padre trató de hacerle comprender que esa actitud no era la de un cristiano, que sabe que ha de dar cuenta de sus actos a Dios; y siguió diciéndole que él no querría estar en su lugar y tener que presentarse al Juicio de Dios con ese rencor en el alma; que pensara que el Señor podía pedirle cuenta, aquel mismo día, de lo que pretendía hacer.

Pero ni los ruegos del Padre, llenos de caridad, ni sus palabras llenas de fortaleza lograron ablandar, en aquel momento, el corazón de aquel pobre señor, que repetía obstinadamente: "¡Tanto el padre, como el hijo, tienen que pagarla!".

La muerte repentina de aquel hombre pocas horas después truncó todo aquel proceso. "Desde aquel día -escribe Casciaro- he rezado durante toda mi vida por su alma, y por toda su familia. Estoy seguro de que, por la misericordia divina y la oración del Padre, goza de la Gloria de Dios; y de que el Señor le habrá premiado todas sus obras buenas y le habrá perdonado, sin duda, aquellos momentos de ofuscación, tan comprensibles en el clima turbulento de la guerra".

"Pocas semanas después de la muerte de don Jorge -sigue relatando- supe que había muerto un hijo suyo aviador. Debió de ser el de mi edad, que era Alférez. Volvió a impresionarme la noticia. Lo comenté con el Padre, que al saberlo, me dijo: encomiéndale; yo también lo haré. Algunos días después, me encontré a la viuda de don Jorge en la iglesia de la Compañía. Al darme cuenta de que era ella, salí lo más inadvertidamente que pude de la iglesia, pero me vio; y me pareció advertir que me miró con ternura".

El Exilio

Pedro Casciaro, cooperador del Opus Dei, junto con su esposa,
en la ordenación sacerdotal de su hijo José María

 

Los Casciaro, como tantos republicanos españoles, estaban en el punto de mira de la represión que se desencadenó tras la guerra civil con el régimen franquista. Su padre -cuenta Pedro Casciaro- pudo salvar la vida tomando "el último barco que había zarpado de Alicante, antes de que entraran en aquel puerto las tropas nacionales." Tiempo después se enteraron que, tras múltiples peripecias, se encontraba en Orán. Allí fue su esposa para reunirse con él, mientras sus dos hijos, Pedro y José María, permanecían en la Península.

Eso explica que los Casciaro no pudieran asistir a la ceremonia cuando su hijo Pedro fue ordenado sacerdote en España. Cualquier colaboración con el Régimen Repúblicano en la pasada guerra significaba en aquellos momentos de exaltación política, un grave riesgo.

Al fin pudo regresar y ser rehabilitado, reintegrándose a su cátedra, en Aranda de Duero. "Durante esos años -cuenta su hijo Pedro Casciaro- fue con frecuencia a Madrid y trató y admiró mucho al Padre, que le recibió varias veces con gran cariño.

 

Cooperador del Opus Dei

El Padre había alcanzado de la Virgen la gracia que había pedido en Lourdes: mi padre venía del exilio muy cambiado desde el punto de vista espiritual. Había sufrido muchas privaciones materiales, pero el Señor le había ido concediendo la fe y, con la fe, una vida de piedad sincera: durante los últimos once años de su vida fue hombre de oración, de Misa y Comunión diarias; hacía todos los días un rato de lectura espiritual y acostumbraba a rezar diariamente también el Santo Rosario.

Recuerdo su progresivo entusiasmo por Santa Teresa, por San Agustín -que había vivido una conversión, como él-, por San Juan de la Cruz, y naturalmente por Camino. Yo, al ver esto, no podía menos que dar gracias a Dios y recordar aquellas palabras del Padre en Lourdes, al pie del altar...

Finalmente, después de ser varios años cooperador del Opus Dei, sufrió su enfermedad final con una gran conformidad ante la Voluntad de Dios y, confortado por los Santos Sacramentos, murió con gran paz el 10 de febrero de 1960, precisamente la víspera de la Festividad de Nuestra Señora de Lourdes".


 

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