----La aventura de Pedro Casciaro

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Pinche aquí para consultar el texto completo del libro de memorias de Pedro Casciaro "Soñad y os quedareis cortos",

 


Vídeo del paso de los Pirineos con san Josemaría

 

 


 

¿Quien fue Pedro Casciaro?

 

Pedro Casciaro nació en Murcia el 16-IV-1915 y se incorporó al Opus Dei el 20 de noviembre de 1935 cuando estudiaba los dos cursos previos necesarios para ingresar en Arquitectura.

En su libro “Soñad y os quedareis cortos” publicado en 1992 relataba sus recuerdos de esos años, cuando el Opus Dei estaba compuesto por un puñado de hombres jóvenes y sólo contaba con alguna mujer, tras el fallecimiento de María Ignacia García Escobar.

"¿Qué era el Opus Dei en aquel enero de 1936? En la actualidad la Obra se encuentra extendida por los cinco continentes y hay miles y miles de personas -solteros, casados, sacerdotes- que han seguido la llamada del Señor y luchan por santificarse en su propio trabajo, en medio del mundo. Las labores apostólicas que han surgido como fruto de ese espíritu que Dios confió al Padre y del apostolado personal de los miembros del Opus Dei, se cuentan por millares.

Pero entonces éramos pocos, muy pocos, en torno al Padre: sólo un puñado de hombres jóvenes con la carrera sin terminar y algún que otro recién licenciado. Y la labor con mujeres, que había comenzado en 1930, estaba dando también sus primeros pasos.

¿Quiénes éramos?

¿Quiénes éramos? Recuerdo, entre otros, a Alvaro del Portillo -actual Obispo Prelado del Opus Dei-, que era entonces un joven estudiante de ingeniería de Caminos de veintiún años.

El director de la Residencia era Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que tenía veinticinco años. Estaban también Juan Jiménez Vargas, un estudiante de Medicina, activo, decidido, parco en palabras, que tenía veintidós; y José María Hernández de Garnica, estudiante de ingeniería, al que llamábamos familiarmente Chiqui, que tenía ventiuno, casi mi misma edad.

José María González Barredo, químico, era un poco mayor: tenía veintinueve años y estaba haciendo la tesis doctoral; y algunos -pocos- más.

También oí hablar durante aquel tiempo de otro miembro del Opus Dei, Isidoro Zorzano, un joven ingeniero de la misma edad que el Padre, que había sido compañero suyo de estudios durante el Bachillerato y que se encontraba en Málaga, donde trabajaba en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces.

El Padre era joven también: tenía entonces treinta y tres años y no solía referirse a sí mismo como "el Fundador". Sin embargo, aunque no le gustaba entonces usar esa expresión, estaba claro a los ojos de todos que era la persona elegida por Dios para hacer la Obra.

Tan claro como que éramos aún muy pocos para los millares y millares de hombres y mujeres que Dios quería llamar al Opus Dei. Sin embargo, aunque éramos tan pocos, no formábamos un círculo cerrado. El Padre nos impulsaba constantemente a abrirnos en abanico, sin aislarnos de nuestros amigos y compañeros de estudio.

Un día, a comienzos de 1936, pregunté al Padre cuántos éramos en total y en consecuencia, qué lugar ocupaba yo. El Padre, al advertir la falta de humildad que suponía aquella pregunta, me dio una respuesta que, más que desconcertarme, me impresionó. Vino a decirme lo siguiente:

-Yo me he encontrado, he conocido íntimamente y he dirigido a muchas almas de enfermos graves e incurables en mis andanzas por los hospitales de Madrid. Algunos -hombres y mujeres- han entendido perfectamente lo que se propone la Obra de Dios. Unos han ofrecido sus dolores y su muerte para que salga adelante; otros, no sólo han ofrecido esos sufrimientos, sino que han querido ofrecerse ellos mismos al Señor, ese poco de vida terrena que aún les quedaba: y yo los he recibido en la Obra... Recuerdo un hombre joven que tenía buena salud y no sólo buena salud, sino buena posición social y económica. Se llamaba Luis Gordon. Pero el Señor se lo llevó inesperadamente.

No recuerdo sus palabras textuales: pero esto fue, sustancialmente lo que me dijo. Me siguió hablando de Luis Gordon, un joven ingeniero industrial que había fallecido el 5 de noviembre de 1932. “Quizá el Señor quiso llevárselo -me comentó- para que la Obra naciera en una pobreza real, sin medios económicos propios, que nunca los tendrá. El había ya heredado una buena fortuna, que quiso dejar a la Obra, pero yo -siguiendo un impulso interior- lo disuadí.”

Años más tarde he pensado que si el Padre no se hubiera opuesto a que la Obra recibiera aquella herencia, no hubieramos padecido los apuros económicos que pasamos en Ferraz, ni los que vinieron después. Pero tampoco hubiéramos conocido aquella extrema pobreza que fue para nosotros una escuela rica de virtudes.

En dos ocasiones acompañamos Paco y yo al Padre a hacer una visita al antiguo cementerio de Chamartín de la Rosa, que ya no existe. Recuerdo que fuimos en tranvía. Allí estaban enterradas algunas de esas primeras personas del Opus Dei de las que me había hablado anteriormente.

Rezamos primero un responso ante la tumba de José María Somoano, un joven sacerdote que había fallecido el 16 de julio de 1932, en la fiesta de la Virgen del Carmen, cuando trabajaba como capellán del Hospital del Rey. Había colaborado estrechamente con el Padre en los comienzos de la Obra. El Padre nos comentó que se creía que había sido envenenado por el hecho de ser sacerdote.

Luego fuimos a rezar a la tumba de María Ignacia García Escobar, una de las primeras mujeres del Opus Dei, que había fallecido tres años antes, el 13 de septiembre de 1933. Estaba gravemente enferma de tuberculosis en el Hospital del Rey cuando pidió la admisión en la Obra, el 9 de abril de 1932. Murió ofreciendo todos sus dolores por la Obra. Pero todo esto lo he sabido después con más detalle: entonces sólo nos dijo el Padre que María había sido muy buena y muy fiel a la Obra. La tumba estaba en el suelo; tenía una sencilla cruz de hierro y una pequeña verja delimitando el lugar.

Aquellos meses de enero a junio de 1936 fueron particularmente intensos en todos los aspectos. Yo "estrenaba" mi vocación y experimentaba la alegría de residir por vez primera en un Centro del Opus Dei y de vivir el plan de vida espiritual propio de un miembro de la Obra.

Al acometer las dos carreras, Exactas y de Arquitectura, se habían multiplicado las clases a las que debía asistir -incluidas las tres horas de acuarela bajo la dirección de Antonio Flores Urdapilleta- y no salía de la Escuela antes de las seis o seis y media de la tarde; y a esa hora me esperaban todavía muchas ocupaciones y muchas horas de estudio”.

De qué hablaba Josemaría Escrivá

Recuerda Casciaro, en medio de todo este contexto histórico, las palabras del Fundador:

“¿De qué nos hablaba el Padre? Me resulta difícil sintetizarlo en pocas líneas: mostraba ante nuestros ojos, con su lenguaje vibrante, toda la riqueza de la vida cristiana de un hijo de Dios en su Opus Dei. Si tuviera que resumirlo, lo diría con estas palabras suyas, que nos repetía con insistencia: “Santidad personal, santidad personal”.

“No tengo otra receta -nos decía-. Estamos aquí para hacernos santos. Nuestra vocación exige la santidad”. Nos recordaba que Dios esperaba de nosotros una “santidad heroica: es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Hemos de ser santos de veras, auténticos; y si no, hemos fracasado. El que no esté decidido a ser santo, que se marche”.

Nos hacía partícipes de sus ilusiones y proyectos, y del desarrollo de las labores apostólicas. Nos rogaba, por ejemplo, que pidiéramos a San Nicolás, santo intercesor de la Obra para las cuestiones económicas, por esta intención: estaba en vías de adquirirse una casa en la misma calle de Ferraz, a donde podría trasladarse la Residencia y era necesario encontrar los medios para pagarla.

Estas tertulias de los domingos por la tarde eran muy sobrenaturales, muy vibrantes, y al mismo tiempo muy amenas y divertidas. El Padre nos hablaba de la futura expansión apostólica y de los planes inmediatos: deseaba comenzar el curso académico siguiente en Valencia; al otro, en París; y luego, ¡el mundo!”

Casciaro acompañó al Fundador durante la guerra civil española, en el paso de los Pirineos y durante su estancia en Burgos. En esta fotografía del Paso de los Pirineos aparece de pie, a la derecha, junto al fundador.

 

Sacerdote

Casciaro, que era Doctor en Ciencias Exactas y Derecho Canónico, fue ordenado sacerdote en 1946. Comenzó la labor apostólica del Opus Dei en México en enero de 1949. Alentó el apostolado personal de los primeros fieles del Opus Dei en ese país y las numerosas obras de apostolado que fueron surgiendo con el tiempo, entre gentes de todos los sectores sociales: Escuelas para campesinos, para directores de empresas, residencias para universitarios, iniciativa para la formación cristiana de jóvenes y madres de familia, etc.

Trabajó después, desde octubre de 1958 hasta mayo de 1966, como Procurador del Opus Dei ante la Santa Sede y como miembro del Consejo de gobierno del Opus Dei en Italia.

A comienzos de los años setenta regresó a México, donde recibió a Josemaría Escrivá, durante su viaje apostólico a ese país, desde el 15 de mayo al 22 de junio de1970.Prelado de Honor de su santidad.

Falleció santamente en México D. F. el 23-III-1995. . Al día siguiente de su muerte se trasladaron sus restos a la Parroquia de la Santa Veracruz de México, donde se celebraron ininterrumpidamente Misas en sufragio por su alma. El templo estaba abarrotado de personas de todas las condiciones sociales, reflejo del amplio desarrollo de la labor apostólica del Opus Dei en México.

Se produjo un espontáneo plebiscito de oración y de cariño: cientos y cientos de personas fueron acercándose junto a su cuerpo para rezar, pasar algún objeto piadoso, besar sus manos o llevarse una flor de recuerdo.Al retirar el féretro de la iglesia, la muchedumbre estalló en un larguísimo aplauso.

El final de sus memorias, que evoca su oración junto a los restos del fundador tras la beatificación, es particularmente expresivo:

Beatificación de Josemaría Escrivá

“¿Qué pensó Vd. durante aquella mañana?, me preguntaron cuando volví a México, tras mi estancia en Roma con motivo de la solemne beatificación del Padre, el 17 de mayo de 1992.

No sabía qué contestar. Suelo ser muy tardo en reaccionar: además, los recuerdos, las emociones se agolpaban entonces de tal manera en mi mente que me resultaba difícil explicar mis sentimientos. Como el agua que baja tumultuosa de las corrientes, necesitaba un remanso de sosiego, cierta perspectiva, tiempo para meditar, silencio.

Ahora, desde la distancia, puedo aquilatar mejor mis sensaciones y mis recuerdos. Aquel 17 de mayo fue un domingo espléndido, con una luz y un sol radiante que me recordaron los de esta bendita tierra mexicana. La plaza de San Pedro estaba llena de miembros del Opus Dei y de personas con cariño a la Obra y devoción a nuestro Fundador que habían venido de los lugares más apartados de la tierra: se mezclaban todas las razas y culturas: africanos, asiáticos, gentes de rasgos andinos..

Era una muchedumbre multicolor y gozosa, trescientas mil personas según L'Osservatore Romano, en la que se daban cita todas las edades y situaciones sociales; una multitud serena que abarrotaba completamente la plaza de San Pedro (…)

No pude, ni quise, evitar la emoción indescriptible que xperimenté cuando Juan Pablo II, el Papa venido del Este, roclamó en latín: «con nuestra autoridad apostólica, concedemos que os Venerables Siervos de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, resbítero, Fundador del Opus Dei, y Josefina Bakhita, virgen, hija de la Caridad, canosiana, de ahora en adelante puedan ser llamados beatos”

A continuación se produjo una explosión de serena alegría entre los miles de asistentes. Se alzó el tapiz que cubría los reposteros con las imágenes de los dos nuevos Beatos.

A partir de ese momento nuestro Padre se convertía en gozoso patrimonio de la Iglesia universal. Di gracias al Señor por haberme concedido el gran don de conocerle, de convivir a su lado tantas hora inolvidables, de seguir sus pasos y de querer tanto a este hombre de Dios que la Iglesia acababa de elevar al honor de los altares.

¡Vinieron tantos recuerdos a mi memoria! Volé con la imaginación a aquellas tertulias de domingo en la Residencia de Ferraz, donde nos apiñábamos a su lado Juan, Ricardo, José María, Paco, Álvaro y tantos otros... En cierto modo, aquel domingo de mayo seguíamos también juntos, unos en la tierra y otros en el Cielo, en torno al Padre y muy unidos al Papa.

Juan Jiménez Vargas, tan decidido y parco de palabras como siempre, estaba allí, cerca de mí. Había venido desde Navarra, cuya Universidad -aquel viejo sueño de nuestro Fundador- había contribuido a sacar adelante, a lo largo muchos años, como catedrático de Fisiología en la Facultad de Medicina.

De esa Universidad fue primer rector José María Albareda, fallecido hace muchos años. Y en Pamplona vivió hasta su reciente fallecimiento José María González Barredo, después de largos años de estancia en Estados Unidos, donde participó en los comienzos de la labor apostólica y llevó a cabo una formidable labor investigadora. Me contaron que no pudo venir a Roma por motivos de salud.

Ricardo -don Ricardo Fernández Vallespín-, que ejerció durante muchos años su ministerio sacerdotal en Madrid y por estas tierras de América, falleció también, hace algunos años, el 28 de julio de 1988.

A José María Hernández de Garnica, que comenzó la labor apostólica en tantos países de Europa, se lo llevó el Señor en vida de nuestro Padre, el 7 de diciembre de 1972. Todos éstos, como Paco -don Francisco Botella- y tantos otros miembros del Opus Dei ya fallecidos, verán esta ceremonia desde el Cielo: Paco -el inseparable Paco, durante tanto tiempo- murió el 29 de septiembre de 1987, en Madrid, después de muchos años de fecundo sacerdocio.

¿Y Álvaro? Aquel joven estudiante de ingeniería de mediados de los años treinta es ahora Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor de nuestro Padre y Obispo Prelado del Opus Dei; y aquella mañana estaba arriba, concelebrando con el Santo Padre al aire libre en la Plaza de San Pedro, en aquella solemne ceremonia litúrgica en la que, junto con una inmensa muchedumbre de fieles, participaban treinta y cinco cardenales y más de doscientos obispos.”

El “21 de mayo, al término de una Misa, presidida por Mons. Javier Echevarría, Vicario General del Opus Dei, tuvo lugar el traslado procesional de los venerados restos del nuestro Padre desde la Basílica de San Eugenio a la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz.

Allí, donde tantas veces había rezado junto a nuestro Fundador, me arrodillé, entre los miles de peregrinos que se acogían a su intercesión, para rezar ante sus sagrados restos.

Vi desfilar durante largo tiempo africanos con vestimentas exóticas; nórdicos venidos de los países escandinavos o de tierras lejanas, como Canadá o Polonia; gentes de tez aceitunado y rasgos indios, con el suave hablar peruano; caribeños; hombres y mujeres de todo México; asiáticos de gesto inexpresivo procedentes de Japón y Filipinas; australianos; y personas de tantos y tantos países. Era ver hechas realidad aquellas palabras de nuestro Padre, cuando me hablaba, lleno de fe, de todos aquellos países lejanos a los que llegaría la semilla del Opus Dei.

Di gracias a Dios nuestro Señor por poder contemplar esta gozosa realidad y por haber hecho ver claramente a nuestro Padre, desde los comienzos, que el Opus Dei tenía entraña universal y debía llegar a todos los hombres, cualquiera que fuera su raza y condición.

También di gracias a Dios porque el Padre logró transmitirnos ese mismo convencimiento a los primeros y desde el principio. Su palabra fue un fidelísimo arcaduz de la gracia de Dios: si no, es imposible que unos muchachos como nosotros, que -salvo alguna contada excepción- no habíamos salido de nuestro país, que no teníamos mayor experiencia humana que la propia de nuestra edad y circunstancias, llegáramos a captar esa dimensión universal, católica, del Opus Dei. Indudablemente, Dios nos infundió entonces una gran fe en las palabras del Padre.

Agradecí al Señor que se hubiesen hecho realidad en la vida de tantas personas aquello que nos decía, en aquellas entrañables tertulias del domingo por la tarde en la Residencia de Ferraz: nos aseguraba que si éramos fieles a nuestra llamada divina nuestra vida se convertiría en una novela maravillosa. Para eso soñad -nos repetía, una y otra vez, lleno de fe-, soñad y os quedaréis cortos”.


 

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