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España, años 40. El mito de las cátedras


Del libro de Francisco Ponz Piedrahita “Mi encuentro con el fundador del Opus Dei” 

En los comienzos de los años cuarenta, como consecuencia natural del paso del tiempo y del aumento de fieles del Opus Dei, creció también el número de los que, al terminar los estudios, empezábamos a ejercer nuestra profesión en la sociedad. Era el momento de realizar en nuestras vidas el ideal que desde el principio difundía el Padre: ser personas de toda clase, condición y tipo de trabajo, que ejercen en la sociedad cualquier profesión honesta, tratan de cumplir lo mejor posible sus deberes profesionales, familiares y sociales, se esfuerzan por llevar una vida coherentemente cristiana, y procuran que otros compartan esos mismos afanes. (…)

Aunque por entonces el número de sus hijas e hijos era aún pequeño, tanto en Jenner como en Diego de León nos hablaba el Padre de que habría en el Opus Dei una gran variedad de personas de toda condición y estado: verduleras como las del mercado de la Plaza de la Cebada de Madrid, mujeres dedicadas a las tareas domésticas, obreros de distintas especialidades, campesinos, intelectuales, universitarios, militares, escritores, gentes del mundo del arte o la cultura, cooperando todos, cada uno a su manera, en los frutos de la Redención.(…)

Varios miembros de la Obra -entre los que me encontraba- nos encaminamos hacia la enseñanza universitaria. José María González Barredo, cuando pidió la admisión en la Obra, era catedrático de Física y Química del Instituto de Linares (Jaén), a la vez que se preparaba para una cátedra universitaria. Continuó en esa línea, desarrolló una acreditada labor científica en el Instituto Rockefeller de Madrid y obtuvo la Cátedra de Química Física de la Universidad de Zaragoza en abril de 1942. Años más tarde, después de estancias largas en centros de investigación europeos, se trasladó a los Estados Unidos, donde fue profesor de varias Universidades.

Muy relevante fue el caso de José María Albareda. Al tomar contacto en Madrid en 1935 con el Padre, era ya un científico muy acreditado, catedrático del Instituto Velázquez y profesor de Ciencia del Suelo en la Cátedra Conde de Cartagena de la Academia de Ciencias. Al terminar la guerra civil española, fue nombrado director del nuevo Instituto Ramiro de Maeztu, en Madrid, al que dio su ímpetu y organización inicial, a la vez que continuaba con su trabajo científico. Su fama de investigador serio y riguroso, de hombre generoso y desapasionado, llevó a que el Ministro Ibáñez Martín buscara en la inmediata postguerra su colaboración para impulsar y organizar la investigación científica española.

En noviembre de 1939 se creó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (C.S.I.C.), con Albareda como Secretario General. En el otoño de 1940, Albareda obtuvo por oposición una cátedra de la Facultad de Farmacia en la Universidad de Madrid. Desde entonces se dedicó a sus tareas de profesor en esa Facultad, a las de Secretario General del C.S.I.C., y a la investigación científica en su especialidad, la Edafología. Fue académico de número de las Reales Academias de Ciencias, de Farmacia y de Medicina. Llamado al sacerdocio por el Fundador del Opus Dei y ordenado en 1959, fue nombrado ese mismo año Rector de la Universidad de Navarra, cargo que ejerció hasta su fallecimiento en 1966, durante una etapa de organización y desarrollo intenso. Además, continuó esos años con sus funciones de Secretario General del C.S.I.C.

También otros miembros de la Obra se sintieron atraídos por la profesión universitaria. Alguno desde antes de la guerra civil y otros a su término, hicieron los estudios de doctorado y se iniciaron en la Investigación y en las tareas académicas.

Durante el tiempo que viví en Madrid, obtuvieron cátedra: Juan Jiménez Vargas, de Fisiología de Medicina, en la Universidad de Barcelona, donde fundó en 1945 la Revista Española de Fisiología; Francisco Botella, de Geometría Analítica y Topología, de la Facultad de Ciencias de la misma Universidad; Vicente Rodríguez Casado, de Historia Moderna, en la de Sevilla, donde creó enseguida la Escuela de Estudios Hispanoamericanos y luego la Universidad de Verano de La Rábida; Rafael Calvo Serer, también de Historia, en la de Valencia, iniciador en 1944 de la revista Arbor, del CSIC; José Orlandis Rovira, de Historia del Derecho, en la de Murcia, aunque pasó muy pronto a Zaragoza; Amadeo de Fuenmayor, de Derecho Civil en Santiago de Compostela; y José Manuel Casas Torres, de Geografía, en Zaragoza. (…)

También surgió en mí el atractivo por la dedicación universitaria. Con una edad algo inferior a la de los que acabo de mencionar, emprendí ese mismo camino y preparé las oposiciones a la cátedra de Organografía y Fisiología Animal de la Facultad de Ciencias de Barcelona. (…)

Avanzado noviembre de 1943, fue convocada la cátedra a oposición libre y, justo antes de Navidad, presenté la documentación precisa. Debía dar el empujón final a la preparación de los seis duros ejercicios de esas oposiciones (…)

La presencia en la Universidad de algunos catedráticos miembros del Opus Dei produjo cierto impacto en los ambientes universitarios. Constituíamos una proporción muy pequeña del total de los que obtuvieron cátedras por entonces. En algunos sectores, sin embargo, esa presencia provocó alarma. Empezó a correr el bulo de que el Opus Dei iba a la conquista de las cátedras universitarias. Lo que era un proceso natural de acceso legítimo de unos universitarios al trabajo en la Universidad, fue interpretado por unos pocos -eran los años de la guerra mundial- como fruto de una especie de estrategia militar.

Esa alarma era del todo infundada, como se comprueba si se examinan los datos con objetividad. De 1939 a 1945 se cubrieron en España más de doscientas cátedras, de las que sólo una docena fueron ocupadas por personas del Opus Dei. Estas últimas eran a su vez minoría respecto de los miembros de la Obra que por esos mismos años terminaron la carrera, ya que muchos optaron por otras profesiones. Era por otra parte imposible que en los tribunales de esas oposiciones hubiera miembros del Opus Dei. Y, como es usual, no todos ganaron la cátedra en la primera oposición a la que se presentaron.

Ese bulo era una de las falsas acusaciones que circulaban contra el Opus Dei, en el marco de la contradicción de "los buenos", y también de la de los "menos buenos": laicistas o monopolistas de diversos signos que temían perder su posición dominante al ver que accedía a la cátedra alguno que no pensaba como ellos. Bastaba que alguien pareciera ser católico practicante para que aseguraran que era del Opus Dei.

También se comprende que el opositor que no lograba plaza tendiera a ver fantasmas para justificarse. Algunos no entendían que una persona del Opus Dei es un ciudadano normal, que para comer ha de ganarse la vida con su trabajo. Este tipo de ignorancia explica que más tarde provocara también extrañeza que personas del Opus Dei trabajaran en posiciones directivas de empresas, en medios de comunicación social o en la banca; o que unos pocos tomaran parte activa en la vida pública.

No me importa repetir que los fieles del Opus Dei hemos actuado siempre en los asuntos profesionales con plena libertad. Jamás he recibido en el Opus Dei -ni yo ni nadie en la Obra lo hubiéramos tolerado- la menor indicación acerca de cómo debía dar mis clases, seleccionar y desarrollar mis temas de investigación, calificar a un alumno, publicar una revista científica o afrontar cualquier otro aspecto de mi trabajo universitario. Sí que he aprendido, en cambio, que debía ofrecer a Dios ese trabajo, intentar realizarlo bien y con sentido cristiano, ser leal con todos, y ver en los demás a personas a las que se ha de ayudar y servir.

 

 

 


 

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