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DOCUMENTOS DE LA CAUSA DE CANONIZACIÓN

DE JOSEMARÍA ESCRIVÁ


 

 

1. Decreto de Introducción de la Causa

2. Decreto Pontificio sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios Josemaria Escrivá

3. Decreto sobre el milagro de la beatificación.

4. Declaración de la Congregación de las Causas de los Santos

5. Homilía de la ceremonia de beatificación (17-V-1992)

6. Discurso (18-V-1992)

7. Decreto sobre un milagro del Beato Josemaría Escrivá

8. Peroratio pronunciada por el Cardenal Saraiva (6 octubre 2002)

9. Homilías de la canonización (6, 7 y 10 de octubre 2002)

10. Homilía del Prelado el 10 de octubre de 2002


 

1. Decreto de Introducción de la Causa

El Concilio Ecuménico Vaticano II "ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles, de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último" (Motu proprio Sanctitas clarior, 19-III-1969).

Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia.

El Siervo de Dios nació el 9 de enero de 1902, en Barbastro (España), en el seno de una familia de fervientes raíces cristianas. Desde su juventud se distinguió por la agudeza de su inteligencia y por su carácter fuerte y amable. Hacia los quince años advirtió por primera vez el presentimiento de la llamada del Señor a una misión que el Siervo de Dios aún ignoraba. Para disponerse plenamente a la Voluntad divina, decidió hacerse sacerdote, cultivando una vida de piedad y de penitencia intensísima. Tras haber cursado los estudios en el Seminario de Logroño, primero, y después en el Seminario de San Francisco de Paula y en la Universidad Pontificia de Zaragoza, fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925, en Zaragoza.

En 1927 se trasladó a Madrid, donde ejercitó un vasto apostolado con los enfermos, los necesitados y los niños. Fue Capellán del Patronato de Enfermos desde 1927 a 1931. En 1931 pasó a ser Capellán en el Patronato de Santa Isabel, del cual fue nombrado Rector en 1934

El 2 de octubre de 1928, durante los ejercicios espirituales, el Señor le mostró con claridad lo que hasta ese momento había solo barruntado; y el Siervo de Dios fundó el Opus Dei. Movido siempre por el Señor, el 14 de febrero de 1930 fundó la Sección femenina del Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino, dirigido a promover, entre personas de todas las clases sociales, la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado, mediante la santificación del trabajo ordinario, en medio del mundo y sin cambiar de estado.

Desde el primer instante, con la bendición y el aliento del Ordinario del lugar, el Siervo de Dios se dedicó plenamente a esta misión, y el Señor le bendijo con frutos abundantes.

Durante la guerra civil española, sin preocuparse por los peligros que le amenazaban, no abandonó su intensa actividad sacerdotal. Al final de la guerra regresó a Madrid, desde donde pudo dar mayor impulso a la labor de la Obra en España: a pesar de la absoluta carencia de medios, abrió nuevos Centros en numerosas ciudades y preparó la expansión fuera de la peninsula ibérica.

Muchísimos sacerdotes y laicos acudían al Siervo de Dios para la dirección espiritual. A petición de los Obispos y de los Provinciales de diferentes Ordenes y Congregaciones religiosas, predicó gran número de ejercicios espirituales a sacerdotes y religiosos, además de los dirigidos a los laicos. Con su apostolado, suscitó muchísimas vocaciones de todas clases.

 

El 14 de febrero de 1943, Mons. Escrivá fundó, dentro del Opus Dei, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, haciéndose así posible la ordenación sacerdotal de algunos socios laicos del Opus Dei, con una disponibilidad total para la asistencia espiritual de los demás socios y de las actividades apostólicas promovidas por la Obra. Prácticamente toca el millar el número de profesionales de la Obra (médicos, abogados, ingenieros, periodistas, etc.) que, ya durante la vida del Siervo de Dios, recibieron las Ordenes sagradas, dejando persectivas profesionales muy florecientes para dedicarse enteramente al ministerio sacerdotal.

En 1946 el Siervo de Dios se trasladó a Roma, donde fijó definiti­vamente su residencia. En 1947 obtuvo de la Santa Sede el Decretum laudis para el Opus Dei que, el 16 de junio de 1950, recibió la aprobación definitiva como institución de derecho pontificio. Simultáneamente fue aprobada la Asociación de Cooperadores del Opus Dei, en la que podían ser admitidos también los acatólicos.

Desde Roma, Mons. Escrivá estimuló y guió la difusión del Opus Dei en todo el mundo, prodigando todas sus energías para dar a sus hijas y a sus hijos una sólida formación doctrinal, ascética y apostólica. Ejemplar se demostró la dedicación del Fundador a la propia misión: fue incansable en el trabajo y, movido por su celo, llegó a emprender viajes muy duros y fatigosos por toda Europa y por América, también en épocas en que se encontraba gravemente enfermo. A pesar de las constantes estrecheces económicas, no se desalentó, y puso en marcha los oportunos instrumentos apostólicos, tanto en Roma como en otros países.

Su celo se plasmó en una amplísima gama de iniciativas apostólicas que -como un mar sin orillas- se han extendido por los cico continentes, en todos los sectores en los que más vivamente se experimenta la necesidad de que la verdad de Cristo ilumine el esfuerzo de los hombres: centros de formación profesional, de enseñanza elemental y media; universidades (Mons. Escrivá había fundado y era Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en España, y de la Universidad de Piura, en Perú); ambulatorios médicos; clubs para la formación de la juventud; residencias para empleadas del hogar, para campesinos, para estudiantes universitarios; centros culturales; instituciones académicas de especialización; escuelas agrarias, etcétera.

Con sus enseñanzas, el Siervo de Dios ha abierto un capítulo nuevo en la historia de la espiritualidad. Sus escritos han alcanzado una sig­nificativa difusión: basta considerar que sólo el libro Camino ha tenido una tirada de tres millones de ejemplares, con traducciones en 34 lenguas. Semejantes son los datos que conciernen a las otras obras de Mons. Escrivá: Santo Rosario, Con­versaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios.

El Siervo de Dios era doctor en Derecho y en Sagrada Teología; había sido nombrado Prelado doméstico de Su Santidad, Consultor de la Pontificia Comisión para la interpretación del Código de Derecho Canónico y Académico de Honor de la Academia Teológica Romana.

En Roma, el 26 de junio de 1975, a mediodía, un repentino ataque cardíaco truncó su vida terrena. Murió después de recibir, cuando ya había perdido los sentidos, la absolución y la Unción de los Enfermos, que ardientemente había deseado toda la vida, dando repetidas veces a sus hijos indicaciones precisas sobre este asunto. También aquel día ‑según una confidencia hecha a cuatro socios de la Obra‑ había renovado el ofrecimiento de su propia vida por la Iglesia y por el Papa, durante la celebración de la Santa Misa, cuatro horas antes de morir.

A la muerte del Siervo de Dios, el Opus Dei, difundido por los cinco continentes, contaba con más de 60.000 socios, en representación de 80 nacionalidades.

La raíz de tanta fecundidad consiste en la actualidad del mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei y, a la vez, en el vivo ejemplo que en primer lugar dio el mismo Siervo de Dios. Proclamando la llamada a la santidad a través de las ocupaciones cotidianas, enseñó que cada acción del hombres es santificable y santificante y contribuye a la edificación del Pueblo de Dios.

Al enseñar que todos han de buscar la santidad en el marco de la vida ordinaria, Mons. Escrivá subrayó que el trabajo ha de considerarse como instrumento y ámbito de la santificación; por eso, mientras recalcaba la importancia de alcanzar la máxima perfección posible en el cumplimiento de los deberes temporales, insistía en la necesidad de desarrollarlos en unión con Dios mediante la gracia y con una piedad viva y sincera. De ahí su empeño en poner de relieve la primacía de los Sacramentos en la edificación de una existencia auténticamente cristiana, y en mover a las almas a la práctica de la oración.

En la base de la espiritualidad del siervo de Dios se halla una profunda percepción del misterio de Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, que se manifiesta en el entrelazamiento de lo divino y lo humano, en unidad de vida. En su vida personal demostró esa íntima fusión de contemplación y acción, de vida interior y actividad cotidiana. Las virtudes sobrenaturales se unían con las virtudes humanas, haciendo de él el ejemplo de una santidad entretejida de sencillez y naturalidad, construida de fidelidad en las cosas pequeñas. Vivía profundamente el sentido de la filiación divina, que se traducía en un confiado abandono en Dios Padre, en la primacía de la oración respecto al esfuerzo humano -que podía convertirse así en trabajo hecho con Dios y por Dios-, en un amor ardiente a la Humanidad Santísima de Cristo, en una devoción tierna y fuerte a la Virgen, a San José y a los Ángeles Custodios, en un espíritu de sobrenatural optimismo y de contagiosa alegría.

 

En consonancia con esta unidad de vida, el Siervo de dios no consideró el apostolado como una actividad más junto a otras, ni como una misión reservada a lagunos iniciados en las cosas eclesiásticas, sino como un deber constante que concierne a todos los fieles, como consecuencia de las gracias recibidas en el Bautismo y en la Confirmación y sucesivamente desarrolladas por los demás sacramentos, y que debe ejercitarse en cada situación de la jornada.

Estas y otras enseñanzas -piénsese sobre todo en su consideración de la Santa Misa como centro y raíz de la vida interior, y en el amor que, consiguientemente, derrochó por el Sacramento de la Eucaristía y la liturgia toda- han aportado indudables beneficios también a los sacerdotes, para quienes la doctrina predicada por el Siervo de Dios está destinada a producir frutos de alcance insospechado.

Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, repartidos por el mundo, a actuar en firme unión con la Jeraraquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que, en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características.

Un papel determinante en el mensaje de Mons. Escrivá lo desarrolla el amor a la verdadera libertad, valor tan agudamente sentido por la mentalidad contemporánea. En particular insistió sobre la libertad en las cuestiones temporales, indispensable en la acción de los cristianos en el mundo; quiso que siempre se ejercitase con la consiguiente responsabilidad y en el respeto de las normas establecidas por la fe y la moral, según los dictámenes del Magisterio de la Iglesia. Respetó escrupulosamente las legítimas opciones de todos los cristianos en materias opinables. Así defendió una propiedad irrenunciable de la vocación secular cristiana y salvaguardó la finalidad exclusivamente espiritual del Opus Dei.

Digna de particular mención es la atracción que la espiritualidad del Siervo de Dios ejercita sobre los intelectuales: estudiantes, profesores universitarios y profesionales de las ramas más diversas advierten la gran fuerza de un mensaje en el que las vida interior y el empeño por alcanzar una seria competencia profesional constituyen dos aspectos igualmente necesarios de ese camino hacia Dios. Del mismo modo, empleados, campesinos, obreros, padres e hijos, hombres y mujeres, todos los componentes de la sociedad civil - la gente de la calle, como decía Mons. Escrivá- encuentran en este espíritu la ayuda para descubir el divino designio de salvación que late en las más pequeñas realidades de la vida. Perennemente actual se muestra, pues, la figura de este sacerdote, y es punto de referencia desde el que la luz del apostolado cristiano se irradia sobre la sociedad de todos los tiempos.

 

Lo confirma la vasta fama de santidad que circundó ya en vida al Siervo de Dios, respaldada por abundantes y autorizados testimonios. Desde que el Señor lo llamó a Sí, esta fama de santidad se ha ido progresivamente extendiendo, con significativa espontaneidad. Son millares las cartas -de eminentes personalidades y de gente común- llegadas al Santo Padre desde los más lejanos rincones de la tierra, con el fin de pedir la apertura de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios. Entre estas cartas, nos place recordar la de la Conferencia Episcopal del Lazio, con sus exresiones de gratitud por los frutos que sembró en Roma el celo sacerdotal de Mons. Escrivá. Personas de todas las condiciones sociales y de las más variadas nacionalida­des atrestiguan el cúmulo de favores, grandes y pequeños, espirituales y materiales, recibidos del Cielo por el recurso a la intercesión del Siervo de Dios. La cripta del oratorio de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei, en Roma, donde reposan los restos mortales del Fundador, es meta de una peregrinación ininterrumpida de fieles, que confían a su mediación ante Dios todas sus necesidades o le agradecen favores obtenidos.

Ante esta realidad, el Presidente General del Opus Dei, Revmo. don Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci, cuyo cargo fue legalmente reconocido el 4 de febrero de 1978. A petición del Postulador, persuadidos del beneficio que la acogida de nuestra súplica traería a la santa Iglesia, con fecha 15 de marzo de 1980, dirigimos a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para la introducción de dicha Causa, adjuntando los documentos requeridos a ese fin por el Motu propio Sanctitas clarior.

Tras un atento estudio de la documentación, la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en el Congreso Ordinario del 30 de enero de 1981, concedió el Nihil obstat para que fuese introducida la Causa. El Santo Padre Juan Pablo II, el día 5 de febrero de 1981, ratificó y confirmó la decisión de la Sagrada Congregación.

En virtud de lo expuesto, y de las facultades que nos competen a tenor del Código de Derecho Canónico y del Motu propio Sanctitas clarior, DECRETAMOS la introducción canónica de la Causa de Beatificación y Canoniza­ción del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador del Opus Dei, y la instrucción del correspondiente Proceso canónico para el día 12 de mayo de 1981.

 

Ugo Card. Poletti

Vic. Gen.

Roma, 19 de febrero de 1981


 

2. Decreto Pontificio sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios Josemaria Escrivá

 

Todos los fieles de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno según su propio camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre celestial (Conc. Vat. Const. dogm. Lumen Gentium, n. 11). En esta proclamación de la llamada a la santidad de todos los bautizados -que se ha reconocido como característica peculiar y, por así decir, fin último de todo el magisterio conciliar (Pablo VI, Motu pr. Sanctitas clarior, 19.III.1969)-, resplandece la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma, como misterio de la comunión de los hombres con Dios. Al contemplar este misterio, la Esposa de Cristo ve confirmado también el inagotable patrimonio de su propia historia, y escucha el eco del testimonio de los heraldos de santidad que el Espíritu Vivificador suscita en todo tiempo, para mover a los hombres a acoger el designio de salvación.

 

El Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer pertenece merecidamente al número de esos testigos, no sólo por el fecundo ejemplo de su vida, sino también por el vigor absolutamente singular con que, en profética concordia con el Concilio Vaticano II, procuró, ya desde los comienzos de su sacerdocio, recodar esa llamada evangélica a todos los cristianos. Movido por esta solicitud, escribió: Tienes obligación de santificarte. Tú también (...).A todos, sin excepción, dijo el Señor: 'Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto' (Camino, n. 291). Y también: Estas crisis mundiales son crisis de santos(ibíd., n. 301)

Entre las múltiples sendas que encauzan la santidad cristiana, el camino que recorrió Josemaría Escrivá manifiesta con particular transparencia y claridad meridiana la índole radical de la vocación bautismal. Gracias a una viva contemplación del Verbo Encarnado, el Siervo de Dios comprendió con hondura que el entramado de las realidades humanas se compenetra íntimamente, en el corazón del hombre renacido en Cristo, con la economía de la vida sobrenatural, convirtiéndose así en lugar y medio de santificación. Ya desde el final de los años veinte, Josemaría Escrivá, auténtico pionero de la sólida unidad de vida cristiana, sintió la necesidad de llevar la plenitud de la contemplación a todos los caminos de la tierra, e impulsó a todos los fieles a participar activamente en la acción apostólica de la Iglesia, permaneciendo cada uno en su lugar y en su propia condición de vida.

Este mensaje de santificación en y desde las realidades terrenas se muestra providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época. En efecto, en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios. Y este mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de la dignidad del hombre en la tierra. Por lo que resulta patente la adecuación de este mensaje con las circunstancias de nuestro tiempo, y parece además destinado a perdurar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de la luz espiritual.

 

Regnare Christum volumus!, ésta ha sido la gran aspiración del Siervo de Dios, que también puede describirse así: Poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. El servicio eclesial de Josemaría Escrivá ha suscitado un impulso ascendente hacia Dios en hombres inmersos en las realidades temporales, de todos los ambientes y profesiones, de acuerdo con aquellas palabras del Señor -Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jo, 12, 32 Vg)-, en las que el Siervo de Dios veía compendiado el núcleo del fenómeno pastoral del Opus Dei. Este impulso por el que el mundo es conducido ab intra hacia Cristo, constituye como la médula y sustancia de la contribución del Siervo de Dios a la promoción de los laicos.

 

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902, de padres profundamente cristianos. Alrededor de los quince años, sintió los primeros barruntos de la vocación y, aunque no conocía aún el contenido preciso de los planes divinos, decidió abrazar el sacerdocio para estar completamente disponible a la Voluntad de Dios. Fué ordenado presbítero en Zaragoza, el 28 de marzo de 1925. Se trasladó después a Madrid, donde, el 2 de octubre de 1928, vió que el Señor le requería para hacer el Opus Dei. Aquel día, después de años de invocar la luz de Cielo con las palabras del ciego de Jericó -Domine, ut videam! (Lc 18,41)-, El Siervo de Dios comprendió claramente la misión, vieja como el Evangelio, y como el Evangelio nueva, a la que era llamado: abrir a los fieles de todas las condiciones sociales un camino ancho y seguro de santificación en medio del mundo, a través del cumplimiento con perfección y por amor a Dios, del trabajo profesional y de los deberes de la vida ordinaria, sin cambiar de estado. Poco después, el 14 de febrero de 1930, Josemaría Escrivá entendió, con la gracia de Dios, que el Opus Dei debía desarrollar su apostolado también entre las mujeres. Y se dedicó por entero a llevar a cabo esta misión, siempre con el aliento y la bendición del Obispo diocesano.

 

Desde los comienzos, el Siervo de Dios ejerció un amplísimo apostolado en todos los ambientes sociales, sobre todo entre los pobres y los enfermos de los suburbios y hospitales de Madrid. Durante la guerra civil española, Josemaría Escrivá experimentó el violento furor desatado contra la religión y dio pruebas diarias de heroísmo, prodigándose en la oración, en la penitencia y en una incesante actividad sacerdotal. Pronto se difundió su fama de santidad y, al terminar la guerra civil, recibió muchas invitaciones de los Obispos a predicar ejercicios espirituales al clero, contribuyendo así eficazmente a la renovación de la vida cristiana en España. Numerosas Ordenes y Congregaciones religiosas acudieron también a su solicitud pastoral. Por ese mismo tiempo el Señor permitió que cayera sobre los hombros del Siervo de Dios el peso de las contradicciones, a las que respondió siempre perdonando e, incluso, considerando a sus detractores como bienhechores.

Esta Cruz vino a ser tal fuente de bendiciones del Cielo que contribuyó a extender con admirable rapidez el apostolado del Siervo de Dios. El 14 de febrero de 1943, fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, inseparablemente unida al Opus Dei, que, además de hacer posible la ordenación sacerdotal de miembros laicos de la Obra y su incardinación al servicio del Opus Dei, permitiría más adelante a los sacerdotes incardinados en las diócesis participar de la espiritualidad y la ascética del Opus Dei, buscando la santidad en el ejercicio de sus deberes ministeriales, bajo la exclusiva dependencia de su propio Ordinario. Por esto, tanto su labor personal, como la de la mencionada Sociedad Sacerdotal, son un ejemplo imperecedero de celo por la formación de los sacerdotes

En 1946, Josemaría Escrivá fijó su domicilio en Roma: en 1947 y 1950, obtuvo la aprobación del Opus Dei como institución de derecho pontificio. Con una caridad infatigable y una activa esperanza, promovió y guió la expansión del Opus Dei por todo el mundo, contribuyendo a una vasta movilización de laicos, que fueran conscientes de su responsabilidad de participar en la misión de la Iglesia.

Impulsó iniciativas de vanguardia en el ámbito de la evangelización y de la promoción humana; suscitó en todas partes vocaciones al sacerdocio y al estado religioso; emprendió viajes extenuantes por Europa y por América, para difundir la doctrina de la Iglesia. Y, sobre todo, se dedicó a la formación de los miembros del Opus Dei -sacerdotes y laicos, hombre y mujeres-, para infundirles una sólida vida interior, con una ejemplar adhesión al Magisterio de la Iglesia y un celo ardiente por las almas, que les llevara a ejercer un apostolado personal capilar. Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!: estas palabras expresan bien la incesante y encendida pasión que consumía al Siervo de Dios y predicó a los demás desde los comienzos de su sacerdocio.

 

De todos modos, los rasgos más característicos de su personalidad no hay que buscarlos tanto en sus egregias cualidades para la acción como en su vida de oración, y en la asidua experiencia unitiva que hizo de él verdaderamente un contemplativo itinerante. Fiel al carisma recibido, fué ejemplo de heroicidad en las circunstancias corrientes de la vida: en la oración continua; en la mortificación ininterrumpida -como el latir del corazón-; en la asidua presencia de Dios, que alcanzaba las cumbres de la unión con Dios incluso en medio del fragor del mundo y de una dedicación incansable al trabajo. Continuamente inmerso en la contemplación del misterio de la Trinidad, vivió la filiación divina en Cristo como fundamento de toda la vida espiritual, en la que la fortaleza de la fe y la audacia apostólica de la caridad se conjugaban armónicamente con el abandono filial en las manos de Dios Padre.

 

Amó ardientemente a la Santísima Eucaristía, y consideró siempre el Sacrificio de la Misa centro y raíz de la vida cristiana; fué apóstol incansable del Sacramento de la Penitencia; cultivó una devoción llena de ternura a la Santísima Virgen Madre de Dios y Madre nuestra, y a San José y a los Angeles Custodios; quiso a la Iglesia con toda la fuerza de su corazón sacerdotal, y se ofreció en holocausto de reparación y penitencia por los pecados con los que los hombres manchan su rostro materno. Aunque la admirable fecundidad del apostolado del Siervo de Dios estaba a la vista de todos, se consideraba instrumento inepto y sordo, fundador sin fundamento, pecador que ama con locura a Jesucristo.

El Siervo de Dios falleció en Roma el 26 de junio de 1975. En aquel momento, pertenecían al Opus Dei más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades; los sacerdotes incardinados en la Obra eran casi un millar; y florecían por los cinco continentes iniciativas apostólicas, entre las que se contaban escuelas, universidades y centros de promoción social. Los escritos del Siervo de Dios, que han alcanzado una difusión de casi seis millones de ejemplares, se consideran ya obras clásicas de espiritualidad.

La fama de santidad, de la que Josemaría Escrivá gozó ya en vida, se extendió después de su muerte, hasta el punto de que, en muchas naciones, puede considerarse ya una auténtica manifestación de devoción popular. La Causa de Canonización fué introducida en Roma el 19 de febrero de 1981. Se instruyeron dos Procesos Cognicionales aeque principales, uno en Madrid y otro en Roma, que se concluyeron respectivamente, el 26 de junio de 1984 y el 8 de noviembre de 1986. Después, fué estudiada en la Congregación de las Causas de los Santos; primero, en el Congreso de Consultores, celebrado el 19 de septiembre de 1989, bajo la presidencia del Promotor General de la Fe, Revmo. Mons. Antonio Petti; luego, el día 20 de marzo de 1990, en la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos, en la que actuó como Ponente el Emmo. Card. Edouard Gagnon. Y en las dos reuniones, se dio una respuesta afirmativa a la pregunta sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, después de haber recibido una relación fiel de todo lo que se acaba de exponer, acogiendo los pareceres de la Congregación, ordenó que se extendiese el Decreto sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios.

Cumplida esa disposición, y convocados en fecha de hoy el Cardenal Prefecto, el Ponente de la Causa, el infrascrito Secretario y las demás personas establecidas, el Santo Padre ha declarado en presencia de los asistentes: Constan las pruebas de las virtudes teologales de la Fe, Esperanza y Caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, así como de las virtudes cardinales de la Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza, con las demás anejas practicadas, en grado heroico, del siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei, en el caso y para los efectos de que se trata.

 

El Santo Padre ha dispuesto que este Decreto se haga público y sea incluído en las actas de la Congregación de las Causas de los Santos.

 

Dado en Roma, el día 9 de abril del Año del Señor 1990

 

ANGELUS Card. FELICI, Praefectus

L + S

Eduardus Nowak, Archiep. tit. Lunensis, a Secreti


3. Decreto sobre el milagro de la beatificación.

El Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902. Su carisma eclesial específico consiste en la vigorosa proclamación de la radicalidad de la vocación bautismal en cuanto voación a la santidad. El 2 de octubre de 1928, movido por Dios, fundó el Opus Dei; poco después, el 14 de febrero de 1930, entendió, con la gracia de Dios, que el Opus Dei debía desarrollar su apostolado también entre las mujeres, y, el 14 de febrero de 1943, también movido por Dios, fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Se abría así, para los fieles de todas las condiciones -sacerdotes y laicos, hombres y mujeres de todas las clases sociales-, un vasto camino de santificación en medio del mundo, sin necesidad de cambiar de estado, en el ejercicio del trabajo profesional y en el cumplimiento amoroso de los deberes ordinarios. Después de haber dirigido con celo infatigable la difusión del Opus Dei en los cinco continentes, Mons. Escrivá de Balaguer entregó piadosamente su alma a Dios el 26 de junio de 1975. en Roma, rodeado de una notoria fama de santidad.

En los extraor­dinarios frutos que su mensaje, plasmado en una realidad pastoral sólida y orgánica, ha suscitado en todas las latitudes, el Señor le concedió contemplar la admirable fecundidad salvífica que encierra en la búsqueda de una plena unión con Cristo en las actividades ordinarias, en orden a la cristianización ab intra del mundo.

A su muerte, inumerables voces se elevaron en todos los países para testimoniar el heroísmo del que había dado prueba a lo largo de su vida. Cumplidas todas las prescripciones jurídicas, el 9 de abril de 1990, el Santo Padre Juan Pablo II se dignó emanar el Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios.

 

Decenas de millares de favores, espirituales y materiales, algunos de ellos patentemente extraordinarios, vinieron enseguida a confirmar la extensión de su fama de santidad y su poder de intercesión ante Dios. Entre las curaciones prodigiosas que se le atribuyen, destaca la de Sor Concepción Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad, de 70 años: cuando se encontraba en trance de muerte inmediata, una noche de junio de 1976, como resultado de las invocaciones dirigidas al Siervo de dios, curó de modo repentino, y con efecto total y permanente, de una enfermedad cuyo diagnóstico ha sido fijado por la Consulta Médica de la Congregación para las Causas de los Santos como Lipo­calcinogranulomatosis tumoral en sujeto de raza blanca con localizacio­nes múltiples dolientes e invalidantes, con volumen máximo de una naranja en el hombro izquierdo. A esta enfermedad se añadía una patología concomitante, diagnosticada por la Consulta Médica en los siguientes términos: Estado caquéctico en paciente con úlcera gástrica y hernia de hiato complicada por una grave anemia hipocrómica. En el momento en que desaparecieron las tumefacciones, esta segunda enfermedad mejoró, también de modo repentino e inexplicable, hasta desaparecer definitivamente. La misma Consulta ha establecido que el pronóstico era gravemente infausto quoad vitam y quoad valetudinem.

 

Sobre esta curación prodigiosa se instruyó en la Curia Arzobispal de Madrid, del 21 de enero al 3 de abril de 1982, un Proceso Cognicional, que recibió el decreto de validez de la Congregación para la Causa de los Santos el 20 de noviembre de 1984.

De acuerdo con lo que prescribe el derecho, el caso fue sometido en primer lugar al examen de la Consulta Médica ya citada, que, en la reunión del 30 de junio de 1990, concluyó unanimente que la curación de Sor Concepción Boullón Rubio no es explicable por causas naturales.

El estudio de la curación paso luego a la discusión teológica: en un primer momento,en el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos, que tuvo lugar el 14 de julio de 1990 bajo la dirección del Rvdmo. Mons. Antonio Petti, Promotor General de la Fe; después, el 18 de junio de 1991, en la Con­gregación Ordinaria de Cardenales y Obispos, reunida en el Palacio Apostólico, en la que actuó como Ponente el Emmo. y Rvdmo. Card. Edouard Gagnon. Los dos organismos dieron respuesta positiva unánime a la cuestión de la consistencia del milagro y de su atribución al Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer.

 

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, después de haber recibido del Cardenal Prefecto abajo firmante una detallada y fiel relación de todo lo que se acaba de exponer, acogiendo y ratificando los votos de la Congregación, ordenó que se extendiese el Decreto sobre la antedicha curación prodigiosa.

Cumplida esa disposición y convocados en la fecha de hoy el Cardenal Prefecto, el Ponente de la Causa, el infrascrito Secretario y otros según costumbre, el Santo Padre ha declarado en presencia de los asistentes: Constan las pruebas del milagro obrado por Dios a través de la intercesión de su Venerable Siervo Josemaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei, es decir, de la curación instantánea, perfecta y permanente de Sor Concepción Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad, de lipocal­cinogranulomatosis tumoral en sujeto de raza blanca con localizaciones múltiples dolientes e invalidantes, con volumen máximo de una naranja en el hombro izquierdo; y de estado caquéctico en paciente con úlcera gástrica y hernia de hiato complicada por una grave anemia hipocrómi­ca.

 

El Santo Padre ha dispuesto que este Decreto se haga público y sea incluido en las actas de la Congregación para las Causas de los Santos.

Dado en Roma, el 6 de julio de 1991.

 

ANGELUS Card. FELICI,

Praefectus

 

Eduardus Nowak, Archiep. tit. de Lunensis, a Secretis


 

4. Declaración de la Congregación de las Causas de los Santos

 

A PROPÓSITO DE LA CAUSA DE BEATIFICACION

DE MONS. JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER

 

Declaración de la Congregación de las Causas de los Santos, firmada por el Cardenal Prefecto, Angelo Felici, y por el Secretario de la Congregación, Mons. Edward Nowak, publicada en L'Osservatore Romano, 13-V-1992 (Traducción de L'Osservatore Romano, ed. en español, 14-V-92).

 

Como es conocido, el 17 de mayo está prevista la ceremonia de la beatificación del Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer. El anuncio ha provocado alegría, no solamente entre los que pertenecen al Opus Dei, fundado por el Siervo de Dios, sino también en todos aquellos que han conocido su espiritualidad y su obra.

 

No han faltado, sin embargo, voces contrarias, que eran previsibles, considerada la difusión de los miembros del Opus Dei y del trabajo que desarrollan en servicio de la Iglesia. También se ha propalado alguna reticencia sobre el procedimiento seguido en este caso por la Congregación para las Causas de los Santos. Tales insinuaciones carecen del más mínimo fundamento, como demuestra el exacto conocimiento del iter de la Causa, que se tratará de exponer a continuación.


 

l.Fase de introducción de la Causa

 

Después de la muerte del Siervo de Dios, acaecida en Roma el 26 de junio de 1975, la fama de santidad de la que había gozado en vida se fue difundiendo con mayor amplitud. En los cinco años siguientes, la Postulación recopiló en dos volúmenes, de 428 y 390 páginas respectivamente, numerosos testimonios sobre la extensión y el fundamento de esa fama de santidad. La Postulación publicó también otro volumen con las narraciones firmadas de 1.500 favores atribuidos a la intercesión de Mons. Escrivá (en la actualidad, las relaciones escritas de favores y gracias recibidos han alcanzado el número de 70.000). Además, se dirigieron al Santo Padre cerca de 6.000 cartas postulatorias, escritas, entre otras personas, por 69 Cardenales, 1.228 Obispos y 41 Superiores Generales de Ordenes y Congregaciones religiosas, además de numerosos Jefes de Estado y de Gobierno, de los cuales muchos habían conocido personalmente al Siervo de Dios, o al menos, cumplían las condiciones previstas por la instrucción emanada de la Congregación de los Ritos el 15 de enero de 1935.

 

El Motu proprio Sanctitas clarior, vigente entre 1969 y 1983, establecía -como por otra parte prevé también la normativa actualmente vigente- que, para poder verificar la consistencia de la fama de santidad, una Causa no pudiese comenzar antes de que hubieran transcurrido 5 años desde la muerte del Siervo de Dios. La causa de Mons. Escrivá fue introducida el 19 de febrero de 1981, es decir, dentro de los términos legales, previo el nihil obstat de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de la Congregación de la Causa de los Santos, confirmado por el Santo Padre.


 

II. La fase instructoria

Se instruyeron simultáneamente dos procesos sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios, uno en Roma y otro en Madrid (este último para los testigos de lengua española), iniciados ambos en el mes de mayo de 1981, que trabajaron durante seis años y medio. Según la praxis entonces vigente, los formularlos de los interrogatorios, muy detallados, fueron preparados por la Congregación de la Causa de los Santos, que tuvo presentes las críticas de los que se oponían, cuyas publicaciones contrarias al Siervo de Dios le habían sido entregadas por la Postulación. Durante un total de 980 sesiones, fueron interrogados 92 testigos, todos de visu: una tercera parte de ellos habían tratado asiduamente a Mons. Escrivá de Balaguer en periodos que oscilaban entre los veinte y los cuarenta años. El interrogatorio de uno de los testigos se prolongó durante 60 sesiones, y los testimonios procesales ocupan unas 11.000 páginas mecanografiadas. Además, como fruto de la investigación efectuada en 390 archivos, se presentaron documentos que han sido recogidos en 11 volúmenes.

 

Más del 50% de los testigos son ajenos al Opus Dei, y los tribunales han interrogaron también a algunos ex‑miembros. Por otra parte, la Postulación dio los nombres de personas manifiestamente contrarias a la causa, y propuso que algunas de ellas fueran interrogadas por los tribunales; a una de estas personas, el tribunal consideró que debería excluirla de la testificación, considerando que su testimonio no era atendible, y no idónea para comparecer delante del tribunal eclesiástico: la decisión fue tomada con la aprobación expresa de la Congregación para las Causas de los Santos.

 

Una prueba de gran importancia para juzgar sobre la santidad de una persona procede de sus escritos. Los del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer han sido examinados por cuatro teólogos censores, dos para los escritos editados y dos para los inéditos. He aquí algunos de sus juicios:

 

- "Escrivá posee la fuerza de los clásicos: el temple de un Padre de la Iglesia";

 

- "Permanecerá en la historia de la espiritualidad", "al nivel de las grandes figuras de la Tradición",

 

- "Se debe reconocer que estos escritos han sido precursores y anticipadores de las más importantes decisiones del Vaticano II (... ). Han presentado el ideal de la vida cristiana corriente en contacto directo y fecundo con el Evangelio como hasta ahora no había aparecido jamás en la historia de la Iglesia";

 

- "(Los escritos) dan testimonio de las cumbres de la vida mística que alcanzó cuando todavía era muy joven";

 

- "El ejemplo y el mensaje del Fundador del Opus Dei se imponen con la evidencia de un don del Espiritu Santo a la Iglesia".

 

Sobre la documentación presentada algunos consultores teólogos se han expresado del siguiente modo:

 

- "El aparato probativo de esta Causa es de tal riqueza que no se podría desear más";

 

- "El estudio de las actas del proceso muestra el rigor indiscutible con que fue llevada la instrucción";

 

- "Tenemos entre las manos una extraordinaria cantidad de datos que nos ayudan a madurar un juicio seguro sobre un personaje de excepcional estatura";

 

- "La rigurosa y detallada documentación del más pequeño detalle no deja ninguna zona de sombra, y haber acogido algunas voces discordantes confiere solidez y credibilidad a toda la exposición";

 

- "La instrucción aparece exhaustiva: los datos que se deducen del conjunto de los testimonioss cubren el entero arco de la vida del Siervo de Dios. Impresionan sobre todo la calidad de los testigos interrogados y el trato prolongado que la mayor parte de ellos tuvo con el Siervo de Dios (...). La convergencia y la claridad de los testimonios sobre el heroísmo del Siervo de Dios tienen carácter probatorio definitivo".


 

III. Examen por parte de la Congregación

 

La última sesión del Tribunal tuvo lugar en Roma el 8 de noviembre de 1986. Emanado el decreto sobre la validez del proceso el 3 de abril de 1987, fue designado Relator el Revmo. P. Ambrosio Eszer, dominico. Inmediatamente, un grupo de especialistas en Teología, Derecho Canónico e Historia de la Iglesia, con la colaboración de especialistas en informática, se dedicó a elaborar la Positio supervirtutibus y la exposición sistemática de las conclusiones del proceso.

 

En la presentación acostumbrada, el Relator de la Congregación afirmaba:

 

"Hemos llegado a la fundada persuasión de la Positio es completa: eventuales estudios suplementarios que se pudieran hacer no enriquecerían significativamente el juicio que pueden emitir los Reverendos Consultores tras el estudio del material que se presenta para una valoración segura del ejercicio heroico de las virtudes por parte del Siervo de Dios".

 

La Positio fue entregada a la Coneregación en junio de 1988, y ésta la confió a los Consultores teólogos para su estudio, en el mes de marzo de 1989. Tal espacio de tiempo no constituye una excepción, sobre todo si se tiene presente que la causa disponía ya de dos procesos acerca de presuntos milagros. Seis meses más tarde, el 19 de septiembre de 1989, se celebró el Congreso peculiar de los consultores, presidido por el Promotor General de la Fe. Los Consultores teólogos, tal como establece el Reglamento, habían sido designados por el Secretario del Dicasterio de acuerdo con el Promotor de la Fe, oído también -por la importancia de la Causa­‑ el Cardenal Prefecto. La Congregación tenía que preocuparse de asegurar un juicio objetivo e imparcial, no contaminado por consideraciones extrañas a la misma Causa, por respeto debido a las propias funciones, por la transparencia de la Causa, y por justicia con los Actores. Dos consultores han expresado un parecer suspensivo. Sus argumentaciones fueron examinadas por el Relator, y expuso sus aclaraciones de un modo amplio y exhaustivo. Según una deliberación de la Congregación de la Causa de los Santos, tomada en el Congreso de 1986, uno de los dos votos suspensivos no se ha publicado porque su autor participó en la discusión de los Consultores.

 

He aquí algunos juicios de los otros Consultore teólogos:

 

- "Considero providencial que la Causa de este Siervo de Dios llegue a su término en un tiempo excepcionalmente rápido, a menos de 15 años de su muerte, porque en vista de los graves fenómenos que estamos contemplando dolorosamente, se alza esta figura de apostolado intrépido y fidelísimo a la Iglesia. He visto deshacerse como la nieve al sol todas las dificultades que entreveía en un principio, y que podían suscitar alguna perplejidad";

 

- "se queda uno admirado ante la figura rica en facetas y gigantesca del Siervo de Dios y surge espontáneamente una acto de agradecimiento a la Providencia por haber reservado, para este siglo que ahora termina, la presencia de un sacerdote y Fundador que encarnase plenamente una de las enseñanzas fundamentales del Vaticano II: la vocación universal a la santidad, de la cual él mismo fue un apóstol y un ejemplo incomparable";

 

- "es oportuna (esta Beatificación) por el bien que supondrá para la Iglesia el hecho de proponer una figura como la del Siervo de Dios, que ha difundido en la Iglesia un mensaje de santificación en medio de las realidades cotidianas, precisamente para las personas corrientes: en una sociedad secularizada como la nuestra, desde un punto de vista pastoral, el mensaje acerca del valor del trabajo, camino de santidad cuando se realiza unido a Cristo, parece no sólo oportuno, sino necesario".

 

Otro consultor, después de haberse detenido "sobre la utilidad e interés de la Iglesia universal por su oportuna glorificación", concluye: "(Estamos ante la Causa) de un contemporáneo nuestro que tiene un especial interés porque, además de contar ya con los procesos sobre los milagros, hace resaltar la presencia de una santidad heroica en todos los países y entre las diversas categorías de personas".

 

Y otro: "Creo que el Siervo de Dios es un gran don hecho por Dios a la Iglesia de nuestro tiempo (...). Veo en él un gran maestro de vida espiritual, no sólo para los laicos, para los que es un apóstol de la vocación universal a la santidad, sino también para el clero y los religiosos de esta época más bien crítica de la vida de la Iglesia".

 

La Congregación Ordinaria de Cardenales y de Obispos en la sesión del 20 de marzo de 1990 se pronunció por unanimidad sobre la heroicidad de las virtudes.

 

En cuanto al tiempo, relativamente breve, en el que se ha llegado a la discusión sobre la heroicidad de las virtudes, se ha de subrayar que la normativa actualmente vigente no establece ningún plazo entre la muerte del Siervo de Dios y dicha discusión, mientras que la regulación precedente preveía que hubiesen transcurrido, por lo menos, 50 años. Pero, también con la disciplina precedente fueron concedidas dispensas: así, Sta. Francisca Javiera Cabrini fue beatificada 21 años después de su muerte, y la beatificación de Sta. Teresa del Niño Jesús tuvo lugar 25 años después de su fallecimiento.


 

IV. La declaración del milagro

 

El referido milagro presentado para la beatificación había tenido lugar en 1976, y el relativo proceso fue instruido por la Curia diocesana de Madrid en 1982.

 

La reunión de la Consulta médica sobre el milagro tuvo lugar el 30 de junio de 1990. Se ha dicho que uno de los médicos de la Consulta estaba vinculado al Opus Dei. No hay en esto nada de particular: es normal que, cuando se trata de examinar las virtudes de un siervo de Dios, un miembro de la Orden o Congregación a la que haya pertenecido esté entre los Consultores. En el caso del milagro asisten a la reunión de los Médicos el Secretario y el Subsecretario del Dicasterio, el Promotor General de la Fe y un oficial encargado ad hoc. Por otra parte, tanto los Médicos como aquellos que han asistido a la reunión, así como los Consultores teólogos, están ligados por el juramento que es garantía de objetividad. También el siguiente Congreso de Consultores teólogos, el 14 de julio de 1990 se pronunció por unanimidad sobre la autenticidad del milagro, así como lo hizo después la Congregación de Cardenales y Obispos.

 

Ouisiéramos poner fin a estas notas, retornando la conclusión del voto del Promotor de la Fe, como resultado de un prolongado y profundo examen en el seno del Congreso peculiar de los teólogos para el examen de las virtudes heroicas: "Mantengo, en base a los testimonios procesales, que la prueba más sólida de la autenticidad del elevado grado de vida mística a la que llega el Siervo de Dios, viene precisamente de su continuado esfuerzo por identificarse con la voluntad divina y por la humildad que ... después de 50 años de sacerdocio intensamente vivido hacía que él se considerase todavía como un niño que balbucea".

 

Por último, consideramos un deber señalar, que antes de proceder a la beatificación, el Santo Padre ha querido confiar a una Comisión especial la tarea de confirmar que se podía proceder con tranquilidad a la beatificación. Dicha Comisión, después de madura reflexión, ha dado al Santo Padre el parecer favorable para la prevista celebración.


 

5. Homilía de la ceremonia de beatificación (17-V-1992)

 

«Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en esta vía de salvación: el camino hacia la santidad, y reflexionar sobre las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, canosiana [...].

        Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de Dios a una vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado sacerdote dio inicio a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los sacerdotes y laicos de lo que hoy es la prelatura del Opus Dei.

        La vida espiritual y apostólica del nuevo beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. "Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría —nos dice en una de sus Meditaciones—; tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios".

        Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre ya toda la creación (cf. Dominum et vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. "Todas las cosas de la tierra —enseñaba— también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios" (Carta del 19 de marzo de 1954).

        "Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey". Esta aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio de la vida espiritual del beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a él y a participar en el misterio de su pasión y resurrección. Al mismo tiempo, su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar sus virtudes. "Bendeciré tu nombre por siempre jamás": he aquí el himno que brotaba espontáneamente de su alma y que le impulsaba a ofrecer a Dios todo lo suyo y cuanto le rodeaba. En efecto, su vida se reviste de humanismo cristiano son el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a sus elegidos.

        La actualidad y transcendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de Josemaría Escrivá. Su tierra natal, España, se honra con este hijo suyo, sacerdote ejemplar, que supo abrir nuevos horizontes apostólicos a la acción misionera y evangelizadora. Que esta gozosa celebración sea ocasión propicia que aliente a todos los miembros de la prelatura del Opus Dei a una mayor entrega, en su respuesta a la llamada a la santificación y a una más generosa participación en la vida eclesial, siendo siempre testigos de los genuinos valores evangélicos, lo cual se traduzca en un ilusionado dinamismo apostólico, con particular atención hacia los más pobres y necesitados [...].

        "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros" (Jn 13, 34-35). Con estas palabras de Jesús concluye el evangelio de la misa de hoy. En esta frase evangélica encontramos la síntesis de toda santidad; la santidad que han alcanzado, por caminos diversos pero convergentes en la mismo y única meta, Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita. Ellos han amado a Dios con toda la fuerza de su corazón y han dado prueba de una caridad que ha llegado hasta el heroísmo mediante las obras de servicio a los hombres, sus hermanos. Por eso la Iglesia los eleva hoy al honor de los altares y los presenta como ejemplos en la imitación de Cristo, que nos ha amado y se ha dado a sí mismo por cada uno de nosotros (cf. Ga 2, 20)».

(L'Osservatore Romano, edición en castellano, 22-V-1992)


 

6. Discurso (18-V-1992)

 

«1. Agradezco vivamente la adhesión filial que, en nombre de todas las personas que abarrotan la Plaza de San Pedro y de los numerosos fieles, Cooperadores y amigos del Opus Dei, ha manifestado con respecto a mí Monseñor Álvaro del Portillo. A él le dirijo en particular un afectuoso saludo, que hago extensivo a los demás miembros del Episcopado y a todos los presentes.

        Os inunda la alegría por la Beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, porque confiáis en que su elevación a los altares, como acaba de decir el Prelado del Opus Dei, proporcionará un gran bien a la Iglesia. Yo también comparto esa confianza pues estoy convencido, como escribí en la exhortación apostólica Christifideles laici, de que "todo el Pueblo de Dios, y los fieles laicos en particular, pueden encontrar ahora nuevos modelos de santidad y nuevos testimonios de virtudes heroicas vividas en las condiciones comunes y ordinarias de la existencia humana" (n. 17). ¿Cómo no ver en el ejemplo, en las enseñanzas y en la obra del beato Josemaría Escrivá un testimonio eminente de heroísmo cristiano en el ejercicio de las actividades humanas comunes?

        La llamada universal a la santidad y al apostolado es, como sabéis, uno de los puntos en que más insistió el Magisterio del Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 40-42; Apostolicam actuositatem, 1-4). Como otros hicieron ya antes de él, el beato Josemaría, gracias a la luz de Dios, comprendió que esta vocación universal no sólo era una doctrina que enseñar y difundir especialmente entre los fieles laicos, sino también y sobre todo el núcleo mismo de un compromiso activo en su actividad pastoral. El joven sacerdote Josemaría Escrivá se consagró a trabajar con generosa correspondencia a la gracia divina en un campo sembrado de dificultades. Su fidelidad permitió al Espíritu Santo conducirlo a las cumbres de la unión personal con Dios, con la consecuencia de una fecundidad apostólica extraordinaria. En efecto, el Señor le concedió contemplar, ya durante su vida terrena, frutos alentadores de su apostolado, que Josemaría atribuía exclusivamente a la bondad divina, considerándose siempre un "instrumento inepto y sordo" y dando prueba de una humildad extraordinaria, hasta el punto de que, al final de su existencia, se veía "como un niño que balbucea".

        2. La beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer me ofrece la ocasión para este gozoso encuentro con todos vosotros, queridos sacerdotes y laicos, que, en gran número, habéis peregrinado a Roma para participar en esa sentida manifestación de fe y de comunión eclesial.

        Ante todo, me complace presentar mi deferente saludo a las dignísimas autoridades y personalidades de numerosos países de América Latina y de España, que han querido participar en tan solemne acto.

        La figura de un beato representa una nueva llamada a la santidad, la cual no es privilegio ni va dirigida solamente a unos pocos, sino que debe ser la meta común de todos los cristianos. En efecto, en el bautismo, por el cual venimos a ser hijos de Dios, se recibe la gracia, esa semilla de santidad que va creciendo y madurando con la ayuda de los otros sacramentos y las prácticas de piedad, y que ha de manifestarse en los frutos y testimonio de vida que el Espíritu promueve en los que le aman. Así se puede alcanzar aquella plenitud de la que habla el apóstol Pablo: "Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación" (1 Ts 4, 3).

        Esta llamada a la santidad ha sido propuesta y repetida tantas veces por el beato Josemaría. Aquí estáis presentes muchas personas que, en más de una ocasión, habéis oído de sus propios labios esta misma exhortación paulina; otros la habéis recibido por medio de sus escritos o por testigos directos. Ahora bien, cada uno, inmerso en las actividades concretas de su vida y profesión, puede contar con la ayuda del Espíritu Santo para recorrer ese camino hacia la perfección cristiana. Así nos lo recuerda el mismo beato en una de sus Conversaciones: "los cristianos, trabajando en medio del mundo, han de reconciliar todas las cosas con Dios, colocando a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas" (n. 59).

        3. A este respecto, el Concilio Vaticano II exhorta a los cristianos a cumplir, según la propia vocación personal, "sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico" (Gaudium et spes, 43). Cuando se falta a esa obligación, deja de cumplirse la voluntad de Dios, que espera de cada uno la propia cooperación en la obra de la creación; pero, además, se ofende al prójimo, con el cual nos une el imperativo insoslayable de la solidaridad. Por ello, el Concilio señala que "el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado uno de los más graves errores de nuestra época" (ib.).

        Los cristianos están llamados, particularmente en nuestros días, a colaborar en una nueva evangelización que impregne los hogares, los ambientes profesionales, los centros de cultura y trabajo, los medios de comunicación, la vida pública y privada, de aquellos valores evangélicos que son fuente de paz, de hermandad, de entendimiento y concordia entre todos los hombres. Dicho compromiso apostólico se lleva a cabo no sólo con la predicación del mensaje cristiano, sino también con el testimonio de vida a nivel personal, familiar y social. Al mismo tiempo, es necesario que toda acción evangelizadora esté coordinada e integrada en los planes pastorales de las propias comunidades diocesanas que, a su vez, se ven enriquecidas por la variedad de carismas con que los santos y beatos han hecho fecunda la misión evangelizadora de la Iglesia universal a través de su historia milenaria.

        4. Ahora quiero dirigir a los peregrinos de lengua francesa un cordial saludo.

        Espero que vuestra participación en la beatificación del fundador del Opus Dei sea para vosotros la ocasión de un nuevo impulso, a fin de responder con plenitud a vuestra vocación de bautizados: vivid la voluntad de Dios cada día, en todos vuestros quehaceres de hombres y mujeres de nuestro tiempo; avanzad por el camino de la santidad, es decir, dejaos conquistar por la presencia de Cristo, el Salvador, que llama a sus discípulos a permanecer en su amor (cf. Jn 15, 9); tomad parte activa en la vida y en la misión de la Iglesia, en comunión con los pastores de las diócesis y con todos vuestros hermanos y hermanas, a fin de dar testimonio de la buena nueva de la salvación en un mundo que tiene necesidad de luz y de razones de esperanza para construir una sociedad más solidaria y más digna del hombre.

        Que el ejemplo y las enseñanzas del beato Josemaría Escrivá os iluminen. Que su intercesión os sostenga.

        De todo corazón os bendigo en nombre del Señor.

        5. Dirijo un cordial saludo a los peregrinos que provienen de países de habla inglesa. Esta visita a Roma, donde el fundador del Opus Dei quiso pasar gran parte de su vida, debe fortalecer aún más vuestra fe y vuestro compromiso por la vida y misión de la Iglesia. Roma es el lugar del testimonio de los príncipes de los apóstoles, Pedro y Pablo. Y es el lugar desde el que el sucesor de san Pedro invita a toda la Iglesia a responder a la urgente necesidad de una nueva evangelización al alba del tercer milenio cristiano. En muchos documentos y en repetidas ocasiones he exhortado a los laicos a tomar parte decisiva en la misión de llevar la palabra de Dios a los millones y millones de hombres y mujeres que aún no conocen a Cristo, el redentor de la humanidad (cf. Christifideles laici, 35; Redemptoris missio, 71).

        Sostenidos por el celo santo que habéis aprendido del nuevo beato, vuestro fundador, consagraos plenamente a la causa de la evangelización mediante vuestro testimonio fiel de la fe y la doctrina de la Iglesia en el vasto mundo de los asuntos humanos y mediante vuestra generosa participación en la misión de la Iglesia.

        Como fermento en la sociedad, poned vuestros talentos a producir en la vida pública y privada en todos los niveles, proclamando con vuestras palabras y vuestras obras la verdad acerca del destino trascendente del hombre.

        Siguiendo las enseñanzas de vuestro fundador, responded con generosidad a la llamada universal a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, suscitando así un nivel de vida más humano y una sociedad terrena más justa y equitativa (cf. Lumen gentium, 40). Que Dios os fortalezca con abundancia para esta tarea».

(Audiencia a los peregrinos de la beatificación de nuestro Padre, en L'Osservatore Romano, edición en castellano, 22-V-1992)


 

7. Decreto sobre un milagro del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer

 

        El Beato Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902. En 1925 fue ordenado sacerdote en Zaragoza. El 2 de octubre de 1928, por inspiración divina, fundó el Opus Dei, con el que abría a los fieles de todas las condiciones un nuevo camino de santificación y de apostolado en medio del mundo, en el ejercicio amoroso del trabajo profesional y en el cumplimiento fiel de los deberes ordinarios. Falleció en Roma el 26 de junio de 1975, rodeado de amplia fama de santidad. El 17 de mayo de 1992, el Santo Padre Juan Pablo II lo beatificó solemnemente en la plaza de San Pedro.

        También después de la solemne beatificación han sido numerosas las curaciones prodigiosas atribuidas a la intercesión del Beato Josemaría. Una de éstas es la del doctor Manuel Nevado Rey, cirujano traumatólogo de 60 años, que sanó de modo rápido, completo y duradero de una enfermedad en las manos que la Consulta Médica de la Congregación de las Causas de los Santos ha descrito como "Cancerización radiodermítica crónica grave de tercer grado en fase irreversible". La enfermedad se había desarrollado a lo largo de treinta años, sin que en ese tiempo se hubiera aplicado ninguna terapia, y su pronóstico era infausto.

        Sobre la prodigiosa curación, ocurrida en el mes de noviembre de 1992 en Almendralejo (España), la Curia arzobispal de Badajoz instruyó del 12 de mayo al 4 de julio de 1994 la investigación diocesana, que obtuvo el decreto de validez de la Congregación de las Causas de los Santos el 26 de abril de 1996.

        A continuación, según las prescripciones del derecho, el caso fue sometido al examen de la antedicha Consulta Médica, que en la sesión del 10 de julio de 1997 declaró por unanimidad que la curación del doctor Nevado era científicamente inexplicable.

        Se procedió luego al examen teológico de la curación: primero, en el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos, celebrado el 9 de enero de 1998; después, el 21 de septiembre de 2001, en la Congregación Ordinaria de los Padres Cardenales y Obispos, en la que intervino como Ponente el Emmo. Card. Pio Laghi. Los dos organismos dieron respuesta positiva unánime acerca de la existencia del milagro y de su atribución al Beato Josemaría Escrivá.

        Recibida por el abajo firmante Cardenal Prefecto una esmerada y fiel relación de todo lo anterior, el Sumo Pontífice Juan Pablo II, acogiendo y ratificando el parecer de la Congregación, ha ordenado que se prepare el decreto sobre dicha curación prodigiosa.

        Cumplida tal disposición y convocados en la fecha de hoy el Cardenal Prefecto, el Ponente de la Causa, el Secretario abajo firmante y otros, según la praxis acostumbrada, en su presencia el Santo Padre ha declarado: Existen pruebas del milagro obrado por Dios, mediante la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador del Opus Dei, esto es, de la curación muy rápida, completa y duradera del doctor Manuel Nevado Rey de una cancerización radiodermítica crónica grave de tercer grado, en fase irreversible.

        El Santo Padre ha dispuesto que este decreto sea dado a conocer y que se incluya en las actas de la Congregación de las Causas de los Santos.

        Roma, 20 de diciembre de 2001.

 

JOSÉ Card. SARAIVA MARTINS

Prefecto

EDWARD NOWAK

Secretario

 


8. PERORATIO, pronunciada por el cardenal Saraiva (6 octubre 2002)

 

BEATISSIME PATER,

POSTULAT SANCTA MATER ECCLESIA

PER SANCTITATEM VESTRAM

CATALOGO SANCTORUM ADSCRIBI

ET TAMQUAM SANCTUM

AB OMNIBUS CHRISTIFIDELIBUS PRUNUNCIARI

BEATUM IOSEPHMARIAM ESCRIVÁ.

 

Il beato Josemaría Escrivá nacque a Barbastro (Spagna) il 9 gennaio 1902, in una famiglia profondamente cristiana. Alcune traversie familiari lo fecero maturare nell'esperienza del dolore. Attorno ai sedici anni avvertì i primi presentimenti di una chiamata del Signore a una missione che ignorava ancora.

Per mantenersi interamente disponibile alla volontà divina, decise di farsi sacerdote. Nel 1918 intraprese gli studi ecclesiastici presso il Seminario di Logroño e nel 1920 si trasferì in quello di Saragozza, dove, il 28 marzo 1925, ricevette l'ordinazione sacerdotale.

 

Trasferitosi a Madrid nel 1927, si prodigò in un vasto apostolato soprattutto con i bambini, i poveri e i malati nei sobborghi della città. Fu davvero «un uomo assetato di Dio e perciò grande apostolo» (Giovanni Paolo II, Allocuzione, 17 marzo 2001).

 

Il 2 ottobre 1928 fondò l'Opus Dei, aprendo nella Chiesa un nuovo cammino mirante a diffondere fra le persone di tutti gli ambienti sociali la ricerca della santità e l'impegno nell'apostolato mediante la santificazione del lavoro professionale e di ogni altra circostanza della vita ordinaria.

 

Vostra Santità ha descritto così lo spirito di questo santo sacerdote: «Vivere il Vangelo nel mondo, vivendo immersi nel mondo, ma per trasformarlo e redimerlo col proprio amore a Cristo! Grande ideale, che fin dagli inizi ha anticipato quella teologia del laicato che caratterizzò poi la Chiesa del Concilio e del post-Concilio [.]. Vivere uniti a Dio, nel mondo, in qualunque situazione, cercando di migliorare sé stessi con l'aiuto della grazia, e facendo conoscere Gesù Cristo con la testimonianza della vita» (Omelia, 19 agosto 1979).

 

Il 14 febbraio 1943 dette vita alla Società Sacerdotale della Santa Croce che, oltre a consentire l'incardinazione nella Prelatura dell'Opus Dei dei fedeli a essa appartenenti che avessero ricevuto l'ordinazione sacerdotale, avrebbe permesso anche ai sacerdoti incardinati nelle diocesi di condividerne la spiritualità, rimanendo in esclusiva dipendenza dal rispettivo Ordinario. L'opera svolta dal beato Josemaría in favore dei sacerdoti fa di lui un fulgido esempio di zelo per la santità e la fraternità del clero.

 

Nel 1946 si trasferì a Roma, dove fissò definitivamente la propria residenza. Qui, il beato Josemaría, sospinto da un grande zelo apostolico, si adoperò per dare compimento alla missione ricevuta dal Signore e per estenderla nei cinque continenti al servizio delle Chiese locali: fu così che promosse una vera mobilitazione di uomini e donne al servizio di iniziative di evangelizzazione e di promozione umana, caratterizzate da una vivace proiezione sociale.

 

Il messaggio che diffuse con la propria predicazione, l'assidua azione pastorale, gli scritti di spiritualità, è stato così riassunto da Vostra Santità: «Il beato Josemaría invitò gli uomini e le donne delle più diverse condizioni sociali a santificarsi e a cooperare alla santificazione degli altri, santificando la vita ordinaria. [.] Ha ricordato al mondo contemporaneo la chiamata universale alla santità e il valore cristiano che può assumere il lavoro professionale» (Allocuzione, 14 ottobre 1993). Un messaggio, questo, di cui il decreto pontificio sull'eroicità delle virtù sottolinea la perenne attualità.

 

Da Roma il beato Josemaría intraprese numerosi viaggi, percorrendo l'Europa e l'America per diffondere la propria instancabile catechesi.

 

Il 26 giugno 1975 un improvviso attacco cardiaco troncò la sua esistenza terrena. Dopo la morte, la sua fama di santità non ha fatto che incrementarsi. Alla sua intercessione vengono attribuite innumerevoli grazie e favori spirituali. Il Fondatore dell'Opus Dei è stato beatificato da Vostra Santità il 17 maggio 1992.

Beatissimo Padre: la sua canonizzazione stimolerà il popolo cristiano a prendere coscienza, con gioiosa disponibilità, dell'impegno al quale il Signore chiama tutti i suoi figli e che il beato Josemaría esprimeva così: «Conoscere Gesù Cristo. Farlo conoscere. Portarlo ovunque».

 

6 ottobre 2002

José card. Saraiva Martins

Prefetto della Congregazione delle Cause dei Santi

 

Al término del rito, el cardenal prefeto agradeció sus palabras al Santo Padre, diciendo:

 

Beatissime Pater,

nomine sanctae Ecclesiae enixas gratias ago de pronuntiatione a sanctitate vestra facta ac humiliter peto ut eadem sanctitas vestra super peracta canonizatione litteras apostolicas dignetur decernere.

 

El Papa respondió:

 

Decernimus.


 

9. Homilías pronunciadas con motivo de la canonización de san Josemaría

 

9.1 Homilía del Papa Juan Pablo II en la canonización de Josemaría Escrivá

06 de octubre de 2002

1. "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rm 8,14). Estas palabras del apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir en plenamente la voluntad de Dios.

Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital.

 

2. "Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase" (Gn 2, 15). El Libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

"La vida habitual de un cristiano que tiene fe - solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente" (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que "el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber" (Gaudium et spes, 34).

3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis "sal de la tierra" (cf. Mt 5, 13) y brillará "vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt., 5, 16).

 

4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo - encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

 

Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: "Duc in altum!". Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. "Rema mar adentro - nos dice el divino Maestro - y echad las redes para la pesca" (Lc 5, 4).

5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba un extraordinaria "arma" para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción" (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

 

Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini.

 

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría para que, al final de nuestro peregrinar terreno, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.

 


 

9.2 Discurso del Santo Padre tras la ceremonia de canonización

Roma, 6 octubre 2002

 

1. Al término de esta solemne celebración litúrgica, quisiera saludar cordialmente a todos los peregrinos que han venido de todas las partes del mundo. Dirijo un saludo especial a la delegación gubernativa, a las numerosas personalidades y a los peregrinos de Italia, donde el nuevo santo trabajó durante mucho tiempo por el bien de las almas y la difusión del Evangelio en todos los ambientes.

2. Saludo cordialmente a las delegaciones y a los peregrinos de lengua francesa que han venido para la canonización de Josemaría Escrivá. Ojalá encuentren en la enseñanza del nuevo santo los elementos espirituales que necesitan para recorrer el camino diario de la santidad. Os bendigo a todos con afecto.

Invito a los miembros de las diferentes delegaciones y a todos los que habéis venido de los países de lengua inglesa a aprender la lección del nuevo santo: Jesucristo debe ser la inspiración y la meta de todos los aspectos de vuestra vida diaria. Os encomiendo a vosotros y a vuestras familias a su intercesión, e invoco abundantes bendiciones sobre vuestro compromiso y vuestro apostolado.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua alemana que han participado en la celebración de la canonización del sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer. Que su palabra y su ejemplo os estimulen a buscar la santidad. Realizad con gran amor a Dios las pequeñas cosas de todos los días. Que el Señor os conceda a todos su gracia.

Saludo a todas las delegaciones oficiales, así como a los numerosos participantes en la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, llegados de España y Latinoamérica. Acogiendo, como Pedro, la invitación de Jesús a remar mar adentro, sed apóstoles en vuestros ambientes. Que en este camino os acompañe la Virgen María y la intercesión del nuevo santo.

Saludo también a los participantes de lengua portuguesa aquí presentes. Que san Josemaría os sirva de modelo en vuestro compromiso de santificar vuestro trabajo y vuestras familias. ¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo!

Saludo cordialmente a todos los miembros del Opus Dei, a los devotos de san Josemaría y a todos los peregrinos de Polonia. Que su intercesión sea para todos propiciadora de gracias, y que el carisma de su vida os inspire en las sendas del progreso espiritual. ¡Dios os bendiga!

3. El amor a la Virgen es una característica constante de la vida de san Josemaría Escrivá, y es parte eminente de la herencia que lega a sus hijos e hijas espirituales. Invoquemos a la humilde Esclava del Señor para que, por intercesión de este devoto hijo suyo, nos conceda a todos la gracia de seguirla dócilmente en su exigente camino de perfección evangélica.

Por último, saludo cordialmente al prelado y a todos los miembros del Opus Dei: os agradezco todo lo que hacéis por la Iglesia.


 

9.3 Homilía de mons. Echevarría en la misa de acción de gracias del 7 de octubre

Laudate Dominum omnes gentes (Sal 116 [117] 1), alabad al Señor todas las gentes. La invitación del Salmo responsorial, que ha resonado hace unos momentos, constituye un buen resumen de los sentimientos que se desbordan hoy en nuestro corazón: Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria. Queremos adorar al Dios tres veces Santo y darle gracias por el don con que ha enriquecido a la Iglesia y al mundo: la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, realizada ayer por nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II.

Nuestra gratitud se dirige también al Santo Padre, que ha dado cumplimiento a este designio de la Trinidad: mientras nos disponemos a elevar nuestra plegaria al Cielo, confiamos al Señor su Augusta Persona y sus intenciones. Sabemos que esta súplica agradará mucho a san Josemaría, que amó con toda su alma al Vicario de Cristo en la tierra, hasta el punto de no separar nunca ese amor al Papa del que profesaba a Jesucristo y a su Madre bendita. En efecto, desde el mismo instante en que el Señor irrumpió en su alma con los primeros barruntos del Opus Dei, que entonces aún no conocía, comenzó a rezar y a trabajar para hacer realidad el clamor que brotaba de su corazón: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, todos, con Pedro, a Jesús por María.

 

Todos los participantes en esta Santa Misa, y las innumerables personas unidas espiritualmente a nosotros en el mundo entero, nos reconocemos gustosamente deudores del nuevo santo que Dios ha concedido a la Iglesia. Muchos de nosotros hemos obtenido por su intercesión gracias y favores de todo tipo. No pocos nos esforzamos por seguir sus pasos de fidelidad al Señor en la tierra, tratando de reproducir en nuestras almas el espíritu que él encarnó. A todos, san Josemaría nos ha mostrado —con su ejemplo y con sus enseñanzas— un modo bien concreto de recorrer la senda de la vocación cristiana, que tiene como meta la santidad. Por esto, la canonización del fundador del Opus Dei asume los rasgos característicos de una fiesta: la fiesta de esta gran familia de Dios, que es la Iglesia. Por todo esto queremos dar gracias al Señor en esta celebración eucarística.

 

No han transcurrido cuarenta años desde que el concilio Vaticano II proclamó la llamada universal a la santidad y al apostolado pero queda aún mucho camino por recorrer, hasta que esa verdad llegue efectivamente a iluminar y a guiar los pasos de los hombres y las mujeres de la tierra. Lo ha recordado explícitamente el Romano Pontífice, en su Carta apostólica Novo Millennio ineunte, al proponer esa doctrina como «fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio» (NMI 31).

Todos en la Iglesia, cada Pastor y cada fiel, estamos llamados a comprometernos personalmente en la búsqueda diaria de la santidad personal y a participar —también personalmente— en el cumplimiento de la misión que Cristo nos ha confiado. Si el siglo XX ha sido testigo del "redescubrimiento" de esa llamada universal —que estaba contenida en el Evangelio desde el principio, y de la que san Josemaría Escrivá fue constituido heraldo por la personal vocación divina recibida—, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza. He aquí uno de los grandes desafíos que el Espíritu lanza a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

San Josemaría Escrivá procuró despertar esta urgencia de santidad en todos los hombres. El hecho de que su canonización haya tenido lugar en los albores del nuevo siglo, resulta particularmente significativo. Su mensaje resuena con especial fuerza en los momentos actuales: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator sum (Lc 5, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» (Carta 24-III-1930, n. 2).

En todo instante —como aconsejaba el nuevo Santo ya desde los años 30— hay que buscar al Señor, encontrarle y amarle. Sólo si nos esforzamos día tras día en recorrer estas tres etapas, llegaremos a la plena identificación con Cristo: a ser alter Christus, ipse Christus. «Quizá comprendéis —os repito con sus palabras— que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre (...). Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Flp 3, 20)» (Amigos de Dios, n. 300).

A Jesús le encontramos en la oración, en la Eucaristía y en los demás sacramentos de la Iglesia; pero también en el cumplimiento fiel y amoroso de los deberes familiares, profesionales y sociales propios de cada uno. Se trata en verdad de un objetivo arduo, que sólo al final del peregrinar terreno podremos alcanzar plenamente. «Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana». Así exhortaba San Josemaría en una de sus homilías; y añadía: «Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente (...), has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas» (Ibid., n. 7).

Santificar el trabajo. Santificarse con el trabajo. Santificar a los demás con el trabajo. En esta frase gráfica resumía el fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos. El empeño por alcanzar la santidad se halla inseparablemente unido a la santificación de la propia tarea profesional —realizada con perfección humana y rectitud de intención, con espíritu de servicio— y a la santificación de los demás. No es posible desentenderse de los hermanos, de sus necesidades materiales y espirituales, si se quiere caminar en pos del Señor. «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera» (Es Cristo que pasa, n. 120).

 

La Providencia divina ha dispuesto que la trayectoria terrena de san Josemaría Escrivá tuviese lugar en el siglo XX, tiempo que ha presenciado enormes desarrollos de la ciencia y de la técnica, que no siempre, por desgracia, han estado al servicio del hombre. En efecto, es preciso reconocer que, junto a logros admirables del espíritu humano, en este tiempo nuestro abundan los torrentes de aguas amargas, que tratan inútilmente de apagar la sed de felicidad de los corazones. Pero también es cierto —como escribió mons. Álvaro del Portillo— que, con el mensaje espiritual del nuevo Santo, «todas las profesiones, todos los ambientes, todas las situaciones sociales honradas (...) han quedado removidas por los Ángeles de Dios, como las aguas de aquella piscina probática recordada en el Evangelio (cfr. Jn 5, 2 y ss), y han adquirido fuerza medicinal» (Carta pastoral, 30-IX-1975, n. 20).

Al recordar al primer sucesor de nuestro Padre, a don Álvaro del Portillo, sentimos muy cerca su presencia espiritual en estos momentos. Con él podemos afirmar, llenos de agradecimiento a Dios, que gracias a la doctrina y al espíritu del fundador del Opus Dei, «hasta de las piedras más áridas e insospechadas han brotado torrentes medicinales. El trabajo humano bien terminado se ha hecho colirio, para descubrir a Dios en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas. Y ha ocurrido precisamente en nuestro tiempo, cuando el materialismo se empeña en convertir el trabajo en un barro que ciega a los hombres, y les impide mirar a Dios» (Ibid.).

Saludo a quienes habéis acudido a Roma desde países de lengua inglesa, para asistir a la canonización de san Josemaría Escrivá. Al regresar a vuestros hogares, llevad con vosotros y tratad de poner en práctica las enseñanzas del nuevo Santo. Pedid a San Josemaría que os enseñe a convertir la prosa diaria —las situaciones más comunes— en versos de poema heroico: en afanes y realidades de santidad y de apostolado.

 

A los que procedéis de países de lengua francesa, os recuerdo la importancia de colaborar en la misión apostólica de la Iglesia, que es deber de todo cristiano, procurando fecundar con el espíritu del Evangelio las artes y las letras, las ciencias y la técnica. Pedid la intercesión de San Josemaría, para llevar a la práctica aquella aspiración que Dios mismo grabó en su alma: poner a Cristo —con nuestro trabajo, sea el que sea— en la cumbre de todas las actividades humanas.

Hoy la Iglesia venera a la Virgen Santísima con la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Me da alegría pensar que la canonización de nuestro Fundador ha tenido lugar en la víspera de una fiesta de Santa María; esta coincidencia es como un signo más de su cariñosa asistencia de Madre. A su mediación materna acudimos, llenos de confianza, al tiempo que renovamos nuestro agradecimiento al Señor por esta canonización. Deo omnis gloria!, repito una vez más, mientras pedimos que se difunda entre los cristianos, cada día con más fuerza, el deseo de santidad personal y de apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Así sea.

 

9.4 Saludo de mons. Echevarría al Papa en la audiencia del 7 de octubre

 

Beatísimo Padre.

 

Hace diez años, en esta misma Plaza, mi inolvidable predecesor como prelado del Opus Dei, mons. Álvaro del Portillo, dirigía a la Santidad Vuestra unas sentidas palabras de agradecimiento tras la beatificación de Josemaría Escrivá. Hoy me corresponde a mí el honor inmerecido de manifestar la alegría y la gratitud de los millares de fieles y cooperadores de la Prelatura, y de los innumerables devotos de san Josemaría Escrivá que, en Roma y fuera de Roma, han participado con intenso júbilo en la ceremonia de canonización. Gracias, Santo Padre.

El solemne reconocimiento de la santidad de este siervo bueno y fiel, a quien Dios Nuestro Señor constituyó en heraldo de la llamada universal a la santidad y al apostolado en las circunstancias ordinarias de la vida, invita a todos los católicos a salir al encuentro de Dios en el cumplimiento de los propios deberes familiares, profesionales y sociales.

La canonización de Josemaría Escrivá es, sin duda alguna, un don para el mundo entero, porque siempre tendremos necesidad de intercesores ante el trono de Dios. Entraña un nuevo motivo de confianza especialmente para los fieles laicos, que ven reafirmada una vez más su excelsa vocación de hijos de Dios en Jesucristo, llamados a ser perfectos como el Padre celestial en las circunstancias ordinarias de la vida. Como ha escrito Vuestra Santidad en la Carta apostólica Novo Millennio ineunte, «es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria» (NMI 31).

Entiendo que san Josemaría Escrivá ha sido uno de los que se han anticipado a los tiempos, recordando la llamada universal a la santidad y al apostolado que con tanta fuerza proclamó el concilio Vaticano II. En efecto, no sólo difundió por el mundo esta doctrina, respaldada por el ejemplo de su lucha ascética alegre y constante, sino que abrió en la Iglesia, por Voluntad divina, un camino de santificación «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo», otro signo elocuente de la misericordia divina con los hombres y eficaz instrumento al servicio de la Iglesia para el cumplimiento de la misión salvífica.

 

Millones de personas, Santo Padre, están hoy de fiesta en el mundo entero, dentro y fuera de los confines visibles de la Iglesia. Son muchos, en efecto, los no católicos e incluso los no cristianos que admiran la figura de Josemaría Escrivá y acuden a sus enseñanzas como fuente inspiradora de su propia conducta y de su actividad profesional y social. También estas personas han recibido un impulso esperanzado en el esfuerzo por mejorar nuestro mundo, afligido por injusticias y, al mismo tiempo, deseoso de comprensión y de paz.

En los diez años transcurridos desde la beatificación de Josemaría Escrivá, la acción apostólica de los fieles y cooperadores de la prelatura del Opus Dei se ha extendido en intensidad y amplitud por muchos países. Sostenidos por la gracia de Dios, han multiplicado sus iniciativas en favor de todo tipo de personas, especialmente de las más necesitadas. Con ocasión del centenario del nacimiento de san Josemaría Escrivá, se han promovido decenas de iniciativas de formación humana y profesional en países en vías de desarrollo y en los barrios pobres de varias grandes ciudades. Se ha querido testimoniar así que la búsqueda de la santidad personal —la unión con Dios— es inseparable de la solicitud —con hechos concretos— por el bien material y espiritual de los hermanos.

Antes de terminar, deseo asegurar a Vuestra Santidad la asidua y ferviente oración por la Persona y las intenciones del Santo Padre, que constantemente elevan al Cielo los fieles y los cooperadores del Opus Dei en el mundo entero. Confío esas plegarias a la Santísima Virgen, a quien hoy recordamos especialmente bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario: enriquecidas por su mediación materna ante Jesús, esas oraciones ayudarán a la Santidad Vuestra en el feliz cumplimiento de la misión de Supremo Pastor.

 

Santo Padre: permita que le dé las gracias, una vez más, de todo corazón. Al disponernos a acoger y meditar sus palabras, y al felicitarle en nombre de todos por el próximo aniversario de su elección como Sucesor de Pedro, le pido para los fieles y los cooperadores de la Prelatura del Opus Dei, para los incontables devotos de san Josemaría Escrivá, y para mí mismo, la fortaleza de la Bendición Apostólica.


 

9.5 Discurso del Papa Juan Pablo II a los participantes en la canonización

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Con alegría os dirijo mi cordial saludo, al día siguiente de la canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Agradezco a mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, las palabras con las que se ha hecho intérprete de todos los presentes. Saludo con afecto a los numerosos cardenales, obispos y sacerdotes que han querido participar en esta celebración.

Para este encuentro festivo se ha unido una gran multitud de fieles, procedentes de numerosos países y pertenecientes a los ambientes sociales y culturales más diversos: sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, intelectuales y trabajadores manuales. Es un signo del celo apostólico que ardía en el alma de San Josemaría.

2. En el Fundador del Opus Dei destaca el amor a la voluntad de Dios. Existe un criterio seguro de santidad: la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta las últimas consecuencias. El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros; a cada uno confía una misión en la tierra. El santo no logra ni siquiera concebirse a sí mismo fuera del designio de Dios: vive sólo para realizarlo.

San Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos.

3. Escrivá de Balaguer fue un santo de gran humanidad. Todos los que lo trataron, de cualquier cultura o condición social, lo sintieron como un padre, entregado totalmente al servicio de los demás, porque estaba convencido de que cada alma es un tesoro maravilloso; en efecto, cada hombre vale toda la sangre de Cristo. Esta actitud de servicio es patente en su entrega al ministerio sacerdotal y en la magnanimidad con la cual impulsó tantas obras de evangelización y de promoción humana en favor de los más pobres.

El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina. Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas vicisitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor. La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene miedo. En la Cruz -cuando se presenta - no ve un castigo sino una misión confiada por el mismo Señor. El cristiano es necesariamente optimista, porque sabe que es hijo de Dios en Cristo.

4. San Josemaría estaba profundamente convencido de que la vida cristiana entraña una misión y un apostolado: estamos en el mundo para salvarlo con Cristo. Amó apasionadamente el mundo, con un "amor redentor" (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 604). Precisamente por eso, sus enseñanzas han ayudado a tantos cristianos corrientes a descubrir la fuerza redentora de la fe, su capacidad de transformar la tierra.

Éste mensaje tiene numerosas implicaciones fecundas para la misión evangelizadora de la Iglesia. Fomenta la cristianización del mundo "desde dentro", mostrando que no puede haber conflicto entre la ley divina y las exigencias del genuino progreso humano. Este sacerdote santo enseñó que Cristo debe ser la cumbre de toda actividad humana (cf Jn 12,32). Su mensaje impulsa al cristiano a actuar en los lugares donde se está forjando el futuro de la sociedad. De la presencia activa del laico en todas las profesiones y en las fronteras más avanzadas del desarrollo sólo puede derivar forzosamente una contribución positiva para el fortalecimiento de esa armonía entre fe y cultura, que es una de las mayores necesidades de nuestro tiempo.

5. San Josemaría Escrivá dedicó su vida al servicio de la Iglesia. En sus escritos, los sacerdotes, los laicos que siguen los caminos más diversos, los religiosos y las religiosas encuentran una fuente estimulante de inspiración. Queridos hermanos y hermanas, al imitarle con una apertura de espíritu y de corazón, dispuestos a servir a las Iglesias locales, estáis contribuyendo a dar fuerza a la "espiritualidad de comunión", que la carta apostólica Novo millennio ineunte indica como uno de los objetivos más importantes para nuestro tiempo (cf. nn. 42-45).

 

Me complace concluir refiriéndome a la fiesta litúrgica de hoy, Nuestra Señora del Rosario. San Josemaría escribió un hermoso opúsculo titulado Santo Rosario que se inspira en la infancia espiritual, disposición del alma propia de quienes quieren llegar a un total abandono en la voluntad divina. De todo corazón os encomiendo a la protección maternal de María a todos vosotros, así como a vuestras familias y a vuestro apostolado, agradeciendo vuestra presencia.

 

6. Doy las gracias de nuevo a todos los presentes, especialmente a los que han venido de lejos. Queridísimos hermanos y hermanas, os invito a dar por doquier un testimonio luminoso de fe, según el ejemplo y las enseñanzas de vuestro santo fundador. Os acompaño con mi oración y os bendigo de todo corazón a vosotros, a vuestras familias y vuestras actividades.


 

10. Homilía del Prelado del 10 de octubre

Basílica de san Eugenio, Roma, 10-X-2002

Están a punto de concluir las inolvidables jornadas de la canonización de san Josemaría Escrivá. Dentro de unos momentos, sus venerados restos mortales serán trasladados de nuevo a la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, después de que han sido expuestos a la veneración de los fieles durante ocho días en esta basílica de San Eugenio. Enseguida comenzará la diáspora —ya dio inicio, para muchos, inmediatamente después de la canonización—, y todos volveremos a nuestros quehaceres habituales: a la vida ordinaria, que es la palestra de nuestra lucha por alcanzar la santidad.

Preguntémonos: ¿qué propósito podemos sacar de estos días transcurridos en Roma, en los que hemos experimentado la maravilla de la universalidad de la Iglesia, y de esta partecica de la Iglesia que es el Opus Dei? ¿Cómo ha de discurrir mi vida, de ahora en adelante? ¿Qué puedo decir de parte de san Josemaría a los que no han podido asistir a la canonización, aunque han estado bien presentes espiritualmente durante estos días?

 

Si fuera yo quien les hablara, les recordaría aquella consideración que nos ofreció el queridísimo don Álvaro hace diez años, en una de las últimas misas de acción de gracias por la beatificación de nuestro Padre. Comentaba entonces, y yo hago mías sus palabras, que comenzaba «una nueva etapa en la vida del Opus Dei (...), en la vida de cada uno de sus miembros. Una etapa de un amor más profundo a Dios, de un empeño apostólico más constante, de un servicio más generoso a la Iglesia y a toda la humanidad. Una etapa, en definitiva, de fidelidad más plena al espíritu de santificación en medio del mundo que nuestro Fundador nos ha dejado en herencia» (Homilía en la Misa de acción de gracias por la beatificación de Josemaría Escrivá, 21-V-1992). En otras palabras: buscar a diario la conversión personal.

Querría glosar brevemente estos tres puntos. Pido al Señor que los grabe hondamente en nuestros corazones y nos ayude a ponerlos en práctica.

Amor más profundo a Dios. Durante varios meses, como preparación para este acontecimiento, nos hemos esforzado por convertirnos cada jornada. ¡Cuántas veces habremos suplicado esta gracia por intercesión de san Josemaría Escrivá! Somos conscientes de que el camino de la santidad se encuentra constelado de sucesivas mudanzas. La conversión, en efecto, no consiste sólo en abrazar la verdadera fe, ni en rechazar el pecado para dar cabida a la gracia. Ciertamente, moverse habitualmente en la amistad de Dios es requisito indispensable para acceder a su intimidad. Pero eso sólo no basta: se requiere crecer —como hizo nuestro Padre— en esa intimidad, identificándose progresivamente con Cristo, hasta que llegue el momento en que cada uno de nosotros pueda exclamar con san Pablo: vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20), no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, porque trato de seguir con fidelidad, en todo momento, las huellas que el Señor ha dejado a su paso por la tierra. «No te contentes nunca con lo que eres —te recuerdo con palabras de san Agustín—, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque allí donde te consideraste satisfecho, allí te paraste. Si dijeres: "¡Ya basta!", pereciste. Crece siempre, progresa siempre, avanza siempre» (Sermón 169, 18).

En la peregrinación hacia el Cielo, resulta imprescindible ese esfuerzo por adelantar cada día, colaborando con el Espíritu Santo en la tarea de la santificación. Y esto se logra a base de una conversión, y de otra, y de otra, en puntos quizá pequeños, pero concretos y constantes, que son como pasos del alma en su constante acercamiento a Dios.

Resulta por eso conveniente que, como fruto de estos días, renovemos a fondo el afán de poner en práctica las enseñanzas de quien el Señor constituyó —al hacerle ver el Opus Dei— en heraldo y maestro de la llamada universal a la santidad y al apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Pidamos a Dios Padre, por la intercesión de este santo sacerdote, como la Iglesia nos invita a hacer en la colecta de la Misa, para que, realizando fielmente el trabajo cotidiano según el Espíritu de Cristo, seamos configurados a tu Hijo (Misa de san Josemaría, Colecta). Te rogamos, Señor, que todos los cristianos ahondemos en el sentido de la filiación divina, con el ímpetu y la eficacia con que lo intentó San Josemaría, en fiel respuesta a los impulsos del Paráclito.

Aunque cada uno de nosotros es muy poquita cosa, nuestra esperanza aparece segura: Dios Padre está empeñado en llevarnos a la perfección de la caridad, en Cristo, por el Espíritu Santo. En efecto, “los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abbá, Padre!». Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con Él también glorificados” (Rm 8, 14-17).

El propósito de amar más a Dios, de identificaros plenamente con Jesucristo, de corresponder a la acción del Espíritu Santo, se ha de traducir en un empeño apostólico más constante, como nos sugiere la liturgia al invitarnos a pedir que, en unión con la Santísima Virgen María, sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención (Misa de san Josemaría Escrivá, Colecta).

Estáis a punto de emprender el regreso a vuestros países, a vuestros hogares, a vuestros trabajos. Hacedlo decididos a ser los instrumentos que el Señor desea utilizar para extender su palabra y su gracia sobre la tierra. Echad una ojeada a vuestro alrededor, al círculo profesional, social o familiar en el que os movéis, y descubriréis a tantas personas, ¡hijas e hijos de Dios!, que no valoran suficientemente la excelsa dignidad a que las elevó el Bautismo, ni la grandiosa vocación con la que el Señor las llama a participar de su misma Vida. Quizá nadie les ha hablado de Dios, o no les ha comunicado de modo convincente la noticia de que están destinadas a la Felicidad con mayúscula, a esa felicidad eterna a la que aspiran todas las criaturas humanas, y que las cosas de aquí abajo no pueden dar.

Hemos de despertarles de su sopor, abrirles los ojos con la elocuencia de nuestra vida y el entusiasmo de nuestras palabras, y así conducirles hacia Jesús. Contamos con la ayuda poderosa de la Virgen y de san José, de los Ángeles Custodios, de san Josemaría y de todos los santos y santas de Dios. No somos mejores que ellos, pero el Señor, en su Amor infinito, nos ha buscado y nos invita a recorrer todos los caminos y las encrucijadas del mundo al encuentro de nuestros hermanos, los hombres y mujeres que nos rodean.

Se repetirá una vez más el milagro que nos relata la página del Evangelio de hoy, cuando los apóstoles, fieles al mandato de Cristo, recogieron gran cantidad de peces: tantos, que las redes se rompían (Lc 5, 6). Con palabras del Fundador del Opus Dei, también nosotros, «recordando la miseria de que estamos hechos, teniendo en cuenta tantos fracasos por nuestra soberbia; ante la majestad de ese Dios, de Cristo pescador, hemos de confesar lo mismo que san Pedro: Señor, yo soy un pobre pecador (cfr. Lc 5, 8). Y entonces, ahora a ti y a mí, como antes a Simón Pedro, Jesucristo nos repetirá lo que nos sugirió hace tanto tiempo: desde ahora serás pescador de hombres (Lc 5, 10), por mandato divino, con misión divina, con eficacia divina» (Apuntes tomados en una meditación, 3-XI-1955).

Nuestro empeño por ser santos y hacer apostolado tiene una sola finalidad: la gloria de Dios, la salvación de las almas: un servicio más generoso a la Iglesia y a toda la humanidad, como se expresaba don Álvaro hace diez años. Pero no olvidemos que no sabremos servir a quienes nos esperan, si cotidianamente no ponemos este afán de atender a los que con nosotros conviven. Durante su existencia terrena, san Josemaría Escrivá no tuvo otra mira que servir a Dios, a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Seguía el ejemplo del Maestro, que no ha venido a ser servido, sino a servir, y dar su vida en redención de muchos (Mt 20, 28). Quiso este santo sacerdote a las almas, porque se ejercitó en una caridad fina con quienes estaban a su alrededor.

Siendo servidor de todos, nuestro Padre se gozaba especialmente en el servicio filial a la Iglesia y al Papa. «Pensad siempre —escribió— que después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Papa. Por eso, muchas veces digo: gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (Carta 9-I-1932, n. 20).

Procuremos imitar este amor y esta veneración al Papa. Su dignidad de Vicario de Cristo, de dolce Cristo in terra, constituye título más que suficiente para que nos sintamos unidos al Romano Pontífice de todo corazón, como consecuencia de un verdadero y propio deber filial. Pero, además, resulta lógico que deseemos manifestar nuestra gratitud a Juan Pablo II, por haber sido el instrumento de Dios para la canonización de nuestro Fundador, y que ofrezcamos por su Persona y sus intenciones una oración intensa, una mortificación generosa, una tarea profesional realizada con perfección sobrenatural y humana.

Tened presente al Papa —os digo con nuestro Padre— sobre todo «cuando la dureza del trabajo os haga recordar quizá que estáis sirviendo, porque servir por Amor es una cosa deliciosa, que llena de paz el alma, aunque no falten sinsabores» (Carta 31-V-1943, n. 11). Si seguimos estas recomendaciones, recorreremos con seguridad y con alegría el camino de nuestra vocación (Misa de san Josemaría, Oración después de la Comunión).

Confiemos estos propósitos a la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia. Ella, con la colaboración de su Esposo san José, a quien tanto veneramos, de los santos Ángeles Custodios, de todos los santos y, de modo especial, de san Josemaría Escrivá, presentará esos deseos ante la Trinidad Beatísima, que los acogerá benignamente, los confirmará y nos concederá la gracia de cumplirlos fielmente. Así sea.

 

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