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LAS MANOS DEL CIRUJANO

Doctor Nevado: el milagro de la canonización de Escrivá


  El doctor Manuel Nevado Rey, en la actualidad


Una “enfermedad profesional”.

Manuel Nevado Rey nació en 1932 en un pueblo de Cáceres, Herrera de Alcántara, en el seno de una familia de agricultores. Estudió Medicina en Salamanca donde se licenció en 1955. Ese mismo año comenzó a especializarse en Cirugía y Traumatología en el conocido Hospital de Valdecilla de Santander. Al igual que sus colegas traumatólogos, trabajaba durante esa época con un aparato de rayos X al que llamaban “bola de Siemens”.

En Oviedo conoció a Consuelo Santos, licenciada en Filosofía y Letras y enfermera especialista en quirófano, con la que se casó en diciembre de 1962. Ese año —después de haber ejercido su profesión en la Residencia Sanitaria de la Seguridad Social de Badajoz— comenzó a trabajar en el Hospital Nuestra Señora del Pilar, la popular Casa de la Misericordia de Almendralejo.

Ya en esa época empezó a notar los primeros síntomas de su enfermedad, a consecuencia de su trabajo en el quirófano. Día a día, mientras operaba, sus manos iban recibiendo las radiaciones de los rayos X, y como el poder de definición de la pantalla era en aquella época muy pequeño, tenía que poner el aparato a su máxima potencia.


Eso no suponía ningún daño grave para los pacientes; pero sí para Nevado, que iba reduciendo una fractura tras otra, jornada tras jornada, bajos los efectos de los rayos X. Esas radiaciones, una vez absorbidas por la piel, acabaron produciéndole, como a tantos traumatólogos de su tiempo, trastornos celulares irreversibles. La enfermedad, que se conoce con el nombre de “radiodermitis”, es crónica y progresiva.

La radiodermitis es una de las clásicas “enfermedades profesionales” que se contraen por el ejercicio de la profesión, como la silicosis que afecta a los que trabajan en las minas de carbón; o las intoxicaciones que pueden sufrir los empleados de la industria química. Durante aquellos años, los equipos radioscópicos con los que trabajaba Nevado carecían todavía de las medidas de protección suficientes.

Su esposa, que le ayudaba en las operaciones, comentaba que los equipos y el instrumental de radiología existente “eran de escasa calidad y las medidas de protección muy precarias”. En la actualidad este tipo de enfermedad se da con escasa frecuencia, pero hace unos años no era rara entre los pediatras que sostenían a los niños mientras los observaban por radioscopia.

Los especialistas que han estudiado el caso han llegado a la conclusión de que desde 1955 —año en que se licenció— y 1962 —año en que comenzó a trabajar en la Casa de la Misericordia— el doctor Nevado recibió, cada año, una dosis siete veces superior al limite anual que hoy se permite a los profesionales que deben exponerse a los rayos X.

Durante los años setenta y ochenta la enfermedad fue siguiendo su curso, lento y progresivo. Sor Carmen Esqueta, una religiosa Mercedaria de la Caridad, que trabajó con el doctor Nevado desde 1962 a 1967, y a partir de 1988 en el hospital de Zafra, contaba como sus manos fueron cambiando de aspecto con el paso del tiempo, ulcerándose poco a poco.

“Llegó el momento —decía— en que no le era posible lavarse las manos antes de las operaciones”. Recurrió a unos guantes esterilizados de lino sobre los que se ponía los de goma. Tenía manchas, grietas, placas de hiperqueratosis y llagas cada vez más graves. Sufría dolores cuando movía los dedos o con cualquier roce.

Empezó a sufrir tantas molestias que hacia 1984 se vio obligado a dedicarse sólo a la cirugía menor. Y en 1992 tuvo que dejar inclusoestas intervenciones por el mal estado de sus manos. Ya sabía que su enfermedad era irreversible y que su mal no tenía cura: posiblemente tendrían que hacerle pronto algunos injertos de piel o amputarle los dedos, la mano o incluso el brazo. Sabía también que su enfermedad seguía su evolución lenta hacia el cáncer de piel con posible metástasis. Conocía a varios colegas que habían muerto por esa enfermedad.

La curación

En noviembre de 1992 hizo un viaje a Madrid para resolver en el Ministerio de Agricultura un asunto relacionado con sus viñas. Le atendió un ingeniero, Lus Eugenio Bernardo, que al ver cómo tenía las manos, llenas de llagas, le preguntó, al despedirse, qué le pasaba. Tras oírle, le ofreció una estampa de Josemaría Escrivá al que habían beatificado el pasado 17 de mayo, y le recomendó que la rezara. El doctor le agradeció el detalle, que comentó luego con su mujer, sin darle mayor importancia.

Pocos días después, el 12 de noviembre, los Nevado viajaron a Viena para asistir a un congreso, y se sorprendieron al ver estampas del beato Josemaría en diversos idiomas en todas las iglesias de Viena donde estuvieron. Les sorprendió que tanta gente, de diversas partes del mundo, se encomendara a Escrivá. Desde ese momento comenzó a pedirle con insistencia que intercediese por él ante Dios, para que le curara.

A los pocos días, asombrado, notó la mejoría. Llevaba treinta años sufriendo la enfermedad, que se iba agravando cada vez más y en quince días fue retrocediendo hasta desaparecer completamente. Cicatrizaban las llagas, desaparecían las placas de hiperqueratosis y movía perfectamente los dedos. Ante su sorpresa, volvía la sensibilidad que había perdido muchos años atrás.

Telefoneó al ingeniero que le había dado en la estampa. Lo que le había sucedido no tenía ningún tipo de explicación médica. “Yo temía mucho que se produjera una metástasis —comentaba Nevado— pero no sucedió. Se curó sencillamente la radiodermitis y yo no puedo más que atribuirlo a la intercesión del beato Josemaría Escrivá”.

En enero de 1993 volvió a operar toda clase de cirugía con entera normalidad. Se hizo un estudio preliminar del caso, y un año después la diócesis de Badajozinició el proceso canónico. Se hicieron exámenes exhaustivos desde el punto de vista científico y médico. Declararon los testigos y los especialistas.


Se consultó la bibliografía existente sobre la enfermedad; y después de muchos y reiterados exámenes, los miembros de la Consulta Médica de la Congregación para la Causa de los Santos formularon su diagnóstico con unanimidad: “cancerización de radiodermitis crónica grave en su tercer estadio, en fase de irreversibilidad”.

Declararon que había tenido lugar una “curación total, muy rápida, completa y duradera” y que el caso era “científicamente inexplicable”. En la literatura médica no se había registrado un caso semejante.

“No le han quedado secuelas que le impidan el ejercicio de la profesión —atestigua su esposa—, ni lesiones cicatriciales; tampoco deficiencias de tipo neurológico (fuerza, sensibilidad, motricidad, etc.).

El doctor Nevado vive en Almendralejo y trabaja como cirujano general en el Centro Asistencial de la Seguridad Social de Zafra, aunque ahora sólo interviene quirúrgicamente un día a la semana: ya pasó la época en la que operaba prácticamente veinticuatro horas al día, porque a la jornada habitual se sumaban las guardias.

En mayo de 2002 asistió a la canonización de san Josemaría. “Yo antes, apenas lo conocía, pero después he ido leyendo sus obras y he quedado muy impresionado por su predicación, centrada en el valor santificante del trabajo. Toda mi vida la he dedicado a trabajar, poniendo mi conocimiento y todas mis fuerzas al servicio de los que sufren. Mi curación no la interpreto como un premio sino como una responsabilidad: una llamada a trabajar más”.


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