Escrivá: "Hay que ser humanos, que es la única forma de ser divinos"

Covadonga O´Shea escribe sobre el fundador del Opus Dei.


Covadonga O´Shea, periodista y escritora.


Tuve la suerte de conocer y de estar muchas veces con el fundador del Opus Dei. Una de las cosas que me vienen a la cabeza al resumir algo de su vida y de su enseñanza es cómo repetía algo que a mí me impactó: Hijos míos, hay que ser humanos, que es la única forma de ser divinos.

Y en esto, como en todo, puedo decir que iba por delante. Era una persona tremendamente cercana, se notaba que le interesaba de verdad todo lo que nos ocurría a quienes le tratábamos, hasta los mínimos detalles.

A su lado todo resultaba fácil, sencillo y, al mismo tiempo, nos dejaba claro la exigencia que encierra el fin de lo que él tenía entre manos para transmitirnos qué era el Opus Dei, que supone un compromiso de luchar por vivir las virtudes cristianas y las virtudes humanas en serio, en el trabajo bien hecho con sentido de responsabilidad, tanto en la vida de familia como en la vida profesional, e incluso el trato con nuestros amigos.

En lo humano nos dejó como herencia el amor a la libertad y el buen humor.

(Declaraciones a Alfa y Omega)


Artículo escrito antes de la canonización de Escrivá:

¿Quién me iba a decir a mí cuando conocí a Monseñor Escrivá de Balaguer que estaba delante de un santo? A su lado todo era tan sencillo, que al sentarme a escribir vienen a mi memoria una serie de anécdotas que pueden parecer sin importancia pero que a mí siempre me han hecho descubrir facetas destacadas de la personalidad de aquel hombre elegido por Dios para algo decisivo para el mundo, envuelto siempre en un tono amable, simpático, atractivo que puede ser una de las claves por las que ese mensaje que se le confiaba se haya difundido en las cinco partes del mundo.

A partir del 2 de Octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, el Beato Josemaría Escrivá enseñó lo que Dios le había hecho ver: que se habían abierto los caminos divinos de la tierra; que todos los cristianos estamos llamados a la santidad; que cada uno en su sitio,en medio del mundo debe convertir su vocación humana en vocación divina. Ese fue el mensaje que difundió a lo largo de su vida y que resonó, hasta hacerse vida y fecundidad en los cinco continentes. “Todas las profesiones honradas – repetía – han de ser lugar de encuentro con Dios”, era uno de los ritornellos de su predicación.

Todas, incluso la tan temible y tantas veces poco valorada del periodismo, añado yo.

El Fundador del Opus Dei que, además de tener una misión divina entre las manos, y quizás por eso, estaba dotado de unas cualidades humanas muy por encima de la media, comprendió la trascendencia humana y cristiana del trabajo de los profesionales de la opinión pública. No en vano fue durante un tiempo profesor de la vieja Escuela de Periodismo de Madrid.

Es muy posible que comprendiera, con la fuerza de la experiencia, la necesidad de inculcar un especial sentido deresponsabilidad a quienes nos dedicamos a estas tareas. Con sentido positivo, radicalmente optimista, marcaba a estos profesionales como pauta de actuación el empeño por ahogar elmalen abundancia de bien. Dejaba siempre claro que las polémicas, la agresión y laviolencia no son buenas armas ni para vencer ni para convencer. Estas ideas y su proximidad a nuestro trabajo tienen mucho que ver con uno de mis primeros recuerdos con el Beato Josemaría.

Era el mes de Septiembre de 1963. Por motivos profesionales tuve que hacer una escala de varias horas en Roma, en un vuelo de Atenas a Madrid y pedí una audiencia con el Fundador de la Obra al que, gentes del mundo entero, en cuanto le conocíamos, llamábamos Padre. Yo era entonces subdirectora de Telva, una revista recién nacida. Tenía unos pocos años más que aquella publicación; por dejar las cosas claras, unos treinta menos que hoy. Es decir, era lo menos representativo del mundo periodístico en aquel momento.

Había ido a Grecia para asistir como enviada especial a la boda del rey Constantino con la princesa Ana María de Dinamarca. Soy consciente de que no se trataba de un congreso de teología ni tan siquiera de metafísica. Era simplemente un acontecimiento social. Sin embargo Mons. Escrivá me recibió a los diez minutos de llegar a la sede central del Opus Dei, me preguntó con enorme interés por el viaje y enseguida trascendió el tema concreto para ir a la raíz yo diría que de lo que siempre nos inculcó:¿ “Has trabajado mucho”?, me preguntó. “Seguro que lo has hecho muy bien, lomejor que sabías”.

Lo importante para él no era el qué, sino el cómo. Había que realizar el trabajo, el que fuera, intelectual o manual de más o menos categoría, con ilusión, con empeño, con sentido de responsabilidad, rematado hasta el final. Y aprovechó la ocasión para remachar su pensamiento. Me dijo que los periodistas debíamos utilizar la pluma – hoy diría el ordenador – para iluminar el mundo con la verdad, para tratar de hacer un bien a la familia ya la sociedad. Con pena comentó que le producía tristeza comprobar que tantas veces ocurre lo contrario, que algunos utilizan su talento para quitar la fama a personas o instituciones.

Años después, en Marzo de 1971, también en Roma, de paso hacia Milán, volví a saludar al Padre. Siempre se interesaba por mi quehacer. Le conté que iba a visitar las editoriales Rizzoli y Mondadori. Una vez más con su talante abierto dedicó una serie de elogios a su calidad profesional insistiendo, una vez más en la enorme influencia que ejercen los medios de opinión pública.

En un momento de entusiasmo, al escuchar la convicción de sus palabras, le pregunté cómo pensaba que yo podría lograr una mayor proyección positiva desde mi trabajo. La respuesta fue inmediata y tajante, sin dejarme el menor resquicio para la duda: “Con libertad”, y siguió: “Yo no puedo, ni quiero meterme en tu tarea ni en la forma de hacerla. Además no te daría un buen consejo, porque no entiendo de esos temas”

Eran dos rasgos muy destacados en él: el amor al trabajo bien hecho y una defensa apasionada de la libertad. Junto a ellos y envolviéndolos el buen humor y un sentido común aplastante.

Esta vez volvía de Washington- era el mes de Octubre de 1971- de un Congreso de Mujeres Periodistas y Escritoras. Tuve de nuevo la oportunidad de pasar por Roma y de saludar al Padre. Le conté las mil peripecias de unos días en los que habían salido a la palestra temas conflictivos. Los movimientos de la “Women´s lib” estaban en plena ebullición: control de natalidad, anticonceptivos, libertad sexual,aborto. Le expliqué, por encima, la trastienda de aquellos días en los que compartí mesas de estudio con un grupo de radicales a favor de una falsa liberación de la mujer, y con otras muchas otras en pro de la vida y de la familia. De la mujer normal, en una palabra.

A lo largo de una semana hubo ponencias, coloquios, mesas redondas. El último día había que enviar un informe a los medios de comunicación con las conclusiones de lo que allí se había tratado. A esa misma hora una Embajada invitaba a los asistentes a un cóctel que a todo el mundo le divertía mucho más que sentarse a escribir. En vista de ello, yo me brindé a la Presidenta, una mexicana, para decirle que no me importaba quedarme un rato en la sede del Congreso y elaborar un artículo para la prensa.

Como me gusta jugar limpio puse las cartas boca arriba: allí se había dicho de todo y se podían sacar mil conclusiones. Yo conocía muy bien lo que un grupo amplio de mujeres habíamos barajado ylo que proponíamos como solución a tantos problemas que nos amenazaban. Si me quedaba a preparar ese escrito pensaba poner el acento en lo positivo. “Pues ándale” me contestó con su mejor acento y “hazlo como se te ofresca. Ya que te quedas estás en tu pleno derecho, que yo te lo firmo”. Se rió el Padre con la historia y volvió a sacar una de sus conclusiones certeras: ”Así son mis hijos, mientras los demás se divierten ellos trabajan. Que no se quejen”

En Marzo de 1973 vi por última vez en Roma al Beato Josemaría. Pocos meses antes había recorrido España en dos meses de Catequesis intensiva. Si tuviese que entresacar los asuntos que trató en las reuniones que tuvo con más de cien mil personas de toda edad y profesión, destacaría su amor a la Iglesia, al Papa, a los Obispos y casi en paralelo su gran preocupación por la mujer, por lo que entraña para la familia, núcleo vital para la sociedad.

Aquella mañana romana volvió a hablarme de los mismos temas en torno a la mujer. Le dolían las consecuencias que preveía en una situación que empezaba a ser caótica. Después de hacer una serie de consideraciones profundas y certeras me dijo “Hija mía, de todo esto, si quieres, toma unas cuantas notas, dale vueltas a estas ideas y un día que estés de buen humor escribe sobre ello. (En su tono de voz se traslucía que entendía hasta qué punto podían aburrirme las tesis de un feminismo extremo que se imponía en aquellos años). Como me insistió en que debía ser valiente y decir las cosas claras debió pensar que iba a necesitar una ayuda extraordinaria.

“¿Quieres una reliquia de Santa Catalina de Siena? ” me preguntó. Yo sabía que el fundador de la Obra tenía predilección por esa doctora de la Iglesia a la que llamaba “la gran murmuradora” porque decía las verdades del barquero tanto al Papa como al Emperador, siempre con respeto pero con la verdad por delante.

Rápidamente contesté que la quería, aunque no sospechaba qué iba a hacer yo con aquel regalo insólito. Ante mi asombro el Padre llamó de inmediato por teléfono para hacer el encargo. A quien se lo dijo le explicó “Vete al Vicariato de Roma, pide una reliquia y cuando la tengas compra un relicario femenino que es para una hija mía.” Cuando me la entregó dos días después me repitió “Acude a esta santa para que te ayude a tener la lengua bien suelta, como ella, en defensa de la verdad”.

Podría seguir recordando otros muchos detalles, muy normales, muy sencillos de la vida del Fundador de la Obra. He recordado algunos que a mí me dejaron patentes rasgos fundamentales de su vida y de su enseñanza: el amor a todo tipo de trabajo,su buen humor, su amor a la verdad y a la libertad.

No en vano repitió muchas veces que era lo que quería dejar en herencia en lo humano a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición social.

 


Covadonga O’Shea


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