Documentos sobre la fundación del Opus Dei
Las primeras intuiciones interiores, "barruntos", de la fundación del Opus Dei.
Recuerdos del fundador del Opus Dei en una meditación (28.III.1975)
Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor (...). Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera... De paso me daba cuenta de que no servía, y hacía esa letanía, que no es de falsa humildad, sino de conocimiento propio: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada....
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 97.
Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n 290 (IX-1931)
Quería Jesús, indudablemente, que clamara yo desde mis tinieblas, como el ciego del Evangelio. Y clamé durante años, sin saber lo que pedía. Y grité muchas veces la oración "ut sit!" [¡qué sea!], que parece pedir un nuevo ser.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 303.
Recuerdos del Fundador del Opus Dei en una meditación, 14-II-1964
Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, (...)
Todo normal, todo corriente, y pasaban los años. Yo nunca pensé en hacerme sacerdote, nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema porque creía que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente. (...)
Pasó el tiempo y vinieron las primeras manifestaciones del Señor: aquel barruntar que quería algo, algo (...) Acuden a mi pensamiento tantas manifestaciones del Amor de Dios. El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia. (...)
Dios nustro Señor, de aquella pobre criatura que no se dejaba trabajar, quería hacer la primera piedra de esta nueva arca de la Alianza, a la que vendrían gentes de muchas naciones, de muchas razas, de todas las lenguas. (...)
Eran hachazos que Dios Nuestro Señor daba para preparar -de ese árbol- la viga que iba a servir, a pesar de ella misma, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam! Domine, ut sit! [¡Señor qué vea! ¡Señor qué sea!] No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder a la bondad de Dios, pero esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo. Adelante, sin cosas raras, trabajando sólo con mediana intensidad. Fueron los años de Zaragoza.
Álvaro del Portillo, Una vida para Dios. Ediciones Rialp, Madrid 1992, pp. 27-31.
Testimonio de Don José López Sierra, Rector del Seminario de San Francisco de Paula (1920-1925), dado en Zaragoza, 26- I-1948
D. José María Escrivá de Balaguer. Difícil empresa detallar su vida de seminarista: ingresó a cursar Sagrada Teología en concepto de alumno interno, procedente del Instituto de Logroño, cuna de su formación científica, en el Seminario de S. Francisco de Paula, anejo al de S. Carlos, de Zaragoza, siendo su Sr. Arzobispo el Emmo Sr. Cardenal Soldevila y su Rector el que suscribe estas líneas: empero no tan difícil describir algunos rasgos salientes de ella, en la que predomina su inclinación al apostolado, su predilección por los jóvenes: su obrita "Camino" lo evidencia ¿a quién sino a ellos va dirigida?
Seminarista primero, se distingue entre los de su clase por su esmerada Educación, afable y sencillo de trato, notoria modestia, respetuoso para con sus superiores, complaciente y bondadoso con sus compañeros, era muy estimado de los primeros, y admirado de los segundos. Eminentes cualidades precursoras de su fecundo apostolado.
Director de seminaristas más tarde, distinción que le otorgó el Emmo. Sr. Cardenal, aun antes de recibir las Órdenes Sagradas, en atención a su ejemplar conducta, no menos que a su aplicación, pues simultaneaba con la carrera de Leyes poco a poco se va revelando el incipiente Apóstol para cuyo ministerio le iba previniendo el Cielo con bendiciones de dulzura.
Forjador de jóvenes aspirantes al sacerdocio, no era de admirar fuese más adelante forjador de jóvenes seglares: bien los conocía, con ellos había convivido en las aulas del Instituto y de la Universidad, y eso no obstante, observa un vacío en la formación religiosa de estos jóvenes intelectuales, las instituciones existentes no son adecuadas para albergar en su seno a estos jóvenes de los tiempos modernos, es necesaria una nueva institución, que los acoja. Varias veces me habló sobre el particular con motivo de un reglamento anónimo, que por casualidad llegó a nuestras manos, y hoy puedo decir que providencialmente, pues la Providencia disponit omnia suaviter.
En el Seminario pues, se inicia su gran obra, que está llenando de asombro no a la España Católica, sino al mismo centro de la Catolicidad, a la misma Roma, donde hoy cuenta con alguna Casa la Institución; sí, en nuestro Seminario de Zaragoza se halla como en germen el Opus Dei, esa gran obra de Dios, que había de producir óptimos frutos; fuera del Seminario se consuma.
Su lema era ganar todos para Cristo, que todos fueran uno en Cristo, y sí que lo consiguió con su correcto proceder: no era partidario de castigos, siempre dulce y compasivo, su mera presencia siempre atrayente y simpática contenía a los más indisciplinados, una sencilla sonrisa, acogedora, asomaba por sus labios, cuando observaba en sus seminaristas algún acto edificante, sin embargo una mirada discreta, penetrante, triste a veces, y muy compasiva, reprimía a los más díscolos. Con esta sencillez y suavidad encantadora iba formando a sus jóvenes seminaristas.
Se ordena de sacerdote y se prepara para celebrar su primera Misa, a la manera que el sol, conforme crece el día, va aumentando su luz y calor así el impulso que siente hacia el Apostolado de los jóvenes va en aumento. (…)
Sacerdote, la sed del Apostolado le devora: es muy pequeño el campo de las parroquias que regenta en este Arzobispado de Zaragoza, para su Obra: la Providencia, no sin haber pasado antes por grandes tribulaciones, le lleva a más dilatado campo, al populoso Madrid, donde se siente más necesidad de implantarla a causa de la corrupción de muchos jóvenes. Este su campo: parece resonar en sus oídos la sentencia del Divino Maestro "La mies es mucha, pocos los operarios". El forjador de seminaristas anhela ser forjador de jóvenes seglares. Es su ministerio predilecto. Confiesa, da ejercicios, ora, publica varios escritos, siempre con la mira puesta en los jóvenes, que son las niñas de sus ojos. Por causas ajenas a mi voluntad siento no poder fijar fechas, nueva tribulación para mí. Dar detalles de sus trabajos en Madrid incumbe a los hijos de tan buen padre.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 615-617
Testimonio de la Dama Apostólica Asunción Muñoz González (1894-1984), dado en Daimiel 25-VIII-1975
Asunción Muñoz González, nacida en Hornacho (Badajoz), fue una de las diez primeras religiosas de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón. En 1929 fue nombrada Maestra de Novicias del recién inaugurado Noviciado de Chamartín de la Rosa. Conoció a Josemaría Escrivá en el Patronato de Enfermos y le trató hasta 1931, año en que dejó de ser capellán de esa Institución.
El Capellán del Patronato de Enfermos era el que cuidaba de los actos de culto de la Casa: decía Misa diariamente, hacía la Exposición del Santísimo y dirigía el rezo del Rosario. No tenía, por razón de su cargo, que ocuparse de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados- del Madrid de entonces. Sin embargo, D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como Capellán, para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal. De esta manera, cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los Sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a D. Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y de que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del cielo. No recuerdo un sólo caso en el que fracasáramos en nuestro intento.
Yo era una de las más jóvenes de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche. A cualquier hora. Por eso estaba dedicada especialmente a estos enfermos. Y siempre, nos acompañaba don Josemaría. Ibamos en algún coche que nos prestaban algunas familias y nos acercábamos a las casas humildes de estos enfermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlas, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado ministerio de amor.
Así, con don Josemaría, teníamos asegurada la asistencia en todo momento. Les administraba los Sacramentos y no teníamos que molestar a la Parroquia a horas intempestivas. Nosotros nos encargábamos de todo.
¡Cuántas veces he dialogado con él acerca de un alma que habíamos de salvar, de un paciente que necesitábamos convencer! Yo le pedía consejo acerca de lo que habíamos de decir o hacer. Y el iba todas las tardes a ver a alguno de ellos puesto que los enfermos para él eran un tesoro: los llevaba en el corazón.
AA. VV. Josemaría Escrivá de Balaguer: Un hombre de Dios. Testimonios sobre El Fundador del Opus Dei. Ediciones Palabra. Madrid, 1992, p. 13
Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 306 (2-X-1931)
El 30 de septiembre de 1928 don Josemaría se dirigió a la Residencia de los misioneros de San Vicente de Paul, para participar en unos ejercicios espirituales que durarían hasta el 6 de octubre. El segundo día de ese retiro espiritual, el martes 2 de octubre, después de haber celebrado la Misa y recogido en su habitación, mientras releía y meditaba las anotaciones que había ido recogiendo en los últimos diez años, “vio” el Opus Dei: recibió una inspiración de Dios que le ilustraba con claridad sobre lo que debía ser el Opus Dei, su naturaleza, su espíritu y su apostolado.
Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles. (…)recopilé con alguna unidad las notas sueltas, que hasta entonces venía tomando. (…) Desde aquel díael borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 293
Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 993 (30-IV-1933)
Consideraba yo por la calle, ayer tarde, que Madrid ha sido mi Damasco, porque aquí se han caído las escamas de los ojos de mi alma (...) y aquí he recibido mi misión.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 307
Recuerdos de san Josemaría en una Meditación, 14-II-1964
(…) Y llegó el 2 de octubre de 1928. Yo hacía unos días de retiro, porque había que hacerlos, y fue entonces cuando vino al mundo el Opus Dei. Aún resuenan en mis oídos las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, festejando a su Patrona. El Señor “ludens... omni tempore, ludens in orbe terrarum” (Prov 8, 30-31), que juega con nosotros como un padre con sus niños pequeños, aunque ya no seamos criaturas de poca edad, viendo mi resistencia y aquel trabajo entusiasta y débil a la vez, me dio la aparente humildad de pensar que podría haber en el mundo cosas que no se diferenciaran de lo que Él me pedía. Era una cobardía poco razonable; era la cobardía de la comodidad, y la prueba de que a mí no me interesaba ser fundador de nada...
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei: Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975). Ediciones Rialp. Madrid, 1983, p. 116
14 de febrero de 1930 Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1871 (14-VI-1948)
El 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 323
Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1872 (14-VI-1948)
Anoté, en mis Catalinas, el suceso y la fecha: 14 feb. 1930. Después me olvidé de la fecha, y dejé pasar el tiempo, sin que nunca más se me ocurriera pensar con mi falsa humildad (espíritu de comodidad, era: miedo a la lucha) en ser soldadito de filas: era preciso fundar, sin duda alguna.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 323
La “Obra de Dios” (1930)Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n.126 (9-XII-1930)
Sobre el origen del nombre "Opus Dei", contamos con varias reflexiones del mismo Josemaría Escrivá. El P. Sánchez, que ayudó al Fundador a "descubrir" el nombre "Opus Dei", es el jesuita Valentín Sánchez Ruiz, su confesor desde 1930.
La Obra de Dios: hoy me preguntaba yo, ¿por qué la llamamos así? Y voy a contestarme por escrito (...). Y el p. Sánchez, en su conversación, refiriéndose a la familia nonnata de la Obra, la llamó "la Obra de Dios". Entonces -y sólo entonces- me di cuenta de que, en las cuartillas nombradas, se la denominaba así. Y ese nombre (¡¡La Obra de Dios!!), que parece un atrevimiento, una audacia, casi una inconveniencia, quiso el Señor que se escribiera la primera vez, sin que yo supiera lo que escribía; y quiso el Señor ponerlo en labios del buen padre Sánchez, para que no cupiera duda de que Él manda que su Obra se nombre así: La Obra de Dios.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 334
Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1867 (14-VI-1948)
Yo no puse a la Obra ningún nombre. Hubiera deseado, de ser posible -no lo era-, que no hubiera tenido nombre, ni personalidad jurídica (...). Mientras, llamábamos a nuestra labor sencillamente así: "La Obra".
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 331
Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1868 (14-VI-1948)
Pero volvamos al nombre de nuestra Obra. Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: "¿cómo va esa Obra de Dios?" Ya en la calle, comencé a pensar: "Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio..., trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!" Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 332
Otras luces fundacionales: la filiación divina.Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, nn. 217-218 (7-VIII-1931)
El 7 de agosto de 1931, recibió una nueva luz que recalcaba el alcance que el trabajo profesional tiene dentro del espíritu del Opus Dei, como fuente de santificación y apostolado; durante los meses de septiembre y octubre de 1931, tuvieron lugar unas experiencias espirituales de gran intensidad que le llevaron a profundizar en la conciencia de la filiación divina, de su condición de hijo de Dios.
7 de agosto de 1931: Hoy celebra esta diócesis la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de residencia en la exCorte... Y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda del Amor Misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: "et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum" (Jn 12, 32). [Y yo, cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí] Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas.
A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 380-381
Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, nn. 296 (22-IX-1931)y 334 (17-X-1931)
Estuve considerando las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y -si no gritando- por lo bajo, anduve llamándole así (¡Padre!) muchas veces, seguro de agradarle. (...)
Día de Santa Eduvigis 1931: Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el A.B.C.) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa. Esto que hago, esta nota, realmente, es una continuación, sólo interrumpida para cambiar dos palabras con los míos -que no saben hablar más que de la cuestión religiosa- y para besar muchas veces a mi Virgen de los Besos y a nuestro Niño.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 388-389
Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 476 (13-XII-1931)
Ayer almorcé en casa de los Guevara. Estando allí, sin hacer oración, me encontré -como otras veces- diciendo: “Inter medium montium pertransibunt aquae” (Sal 104, 10). Creo que, en estos días, he tenido otras veces en mi boca esas palabras, porque sí, pero no les di importancia. Ayer las dije con tanto relieve, que sentí la coacción de anotarlas: las entendí: son la promesa de que la Obra de Dios vencerá los obstáculos, pasando las aguas de su Apostolado a través de todos los inconvenientes que han de presentarse.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 393-394
Carta 9-I-1959, n. 60
Este rasgo típico de nuestro espíritu nació con la Obra, y en 1931 tomó forma: en momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible -de lo que contempláis hecho realidad-, sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…) Probablemente hice aquella oración en voz alta.
Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Ediciones Rialp. Madrid, 1997. T. 1, p. 389-390