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Dolores Albás, madre del fundador del Opus Dei



Dolores Albás y José Escrivá

Dolores Albás tenía doce hermanos, entre ellos una hermana gemela. Estaba en la cola de una larga fila: eran veinte años menores que la hermana mayor; detrás de las gemelas tan sólo venía un hermano pequeño, Florencio. Los Albás se habían establecido en Barbastro tres generaciones antes: el bisabuelo de Josemaría por parte materna, Manuel Albás, había contraído matrimonio con Simona Navarro, que procedía de esta ciudad. Su hijo Pascual, o sea, el abuelo materno de Josemaría.


El hermano mayor de Pascual, Simón, era sacerdote; el que le seguía, Juan, tenía nueve hijos, entre otros Rosario, que fue monja, y Mariano, que habiendo enviudado recibió la vocación al sacerdocio. El Fundador del Opus Dei recibió en el bautismo, como cuarto nombre, el de Mariano, en recuerdo de este tío abuelo suyo, que fue su padrino de bautizo, y usaría el nombre a menudo, como manifestación de su amor a la Virgen.

La mujer de Pascual, Florencia Blanc, cuyo hermano llegó a ser Obispo de Ávila, también procedía de Barbastro. Entre los trece hijos de este matrimonio también encontramos a dos monjas y a dos clérigos: Vicente y Carlos Albás; los dos alcanzaron una edad de más de ochenta años y fallecieron hacia mediados de nuestro siglo.

Es decir, un total de nueve vocaciones religiosas sólo por parte materna, contando a Josemaría; son aún más si se tiene en cuenta la línea paterna. Llama la atención un especial parecido con aquel tío-abuelo por parte materna que llegó a ser obispo; un parecido también externo, amén de otras cualidades: una amplia y profunda formación, facultades como escritor y como orador, una mentalidad jurídica tan clara como creadora, unida armónicamente a la formación teológica, la experiencia pastoral y la piedad personal.

Devoción a la Virgen de Torreciudad

A los dos años el pequeño Josemaría enfermó de gravedad. Una infección mortal, según el médico, que luchó día tras día, inútilmente, por salvar la vida del niño. El hogar de los Escrivá se sumió en el silencio, hasta que el doctor, amigo del padre del pequeño, le dijo con franqueza:

—De esta noche no pasa.

Fue una noche de hondo sufrimiento para José Escrivá y su joven esposa, María Dolores Albás, que contemplaban anonadados el semblante de aquel hijo que se les moría, anegado en sudor y trémulo por la fiebre. Mientras su vida se apagaba, acudían a la intercesión de la Madre de Dios, sin perder la esperanza.

Doña Dolores había hecho una promesa: si la Virgen le curaba aquel hijo, ella misma lo llevaría en brazos hasta la ermita de Torreciudad, a la que se tenía mucha devoción en la comarca.

Al día siguiente, el doctor Camps fue de nuevo a casa de los Escrivá. Para evitar que tuvieran que darle la noticia, les preguntó al entrar:

—¿A qué hora ha muerto el niño?

—¡No sólo no ha muerto —contestaron gozosos—, sino que se ha curado!

Los Escrivá cumplieron su promesa y llevaron al pequeño Josemaría en acción de gracias hasta la ermita de la Virgen, por el sendero estrecho que discurría entre las quebradas y los riscos del Cinca, muy cerca ya del Pirineo. Fue la primera visita del pequeño Josemaría a Torreciudad; y a partir de entonces le decía su madre:
—Hijo, para algo muy grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo.

Josemaría había nacido en Barbastro el 9 de enero de 1902. Sus padres, don José y doña Dolores, eran dos esposos jóvenes, buenos cristianos, que provenían de familias muy conocidas de Barbastro y de algunos pueblos de alrededor. Llevaban un ritmo de vida tranquilo y apacible, similar al de tantas familias de aquella ciudad altoaragonesa. Su padre era comerciante y tenía un negocio de tejidos. Su madre cuidaba del hogar, compuesto en aquel momento por dos hijos pequeños: Carmen y Josemaría.

San Josemaría evocaría en sus escritos esos años felices: “Recuerdo aquellos blancos días de mi niñez (...). Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo”.

Recordaba años después, con agradecimiento, cómo sus padres le fueron iniciando, paso a paso, en la vida cristiana: “Me llevó mi madre a su confesor, cuando tenía seis o siete años, y me quedé muy contento. Siempre me ha dado mucha alegría recordarlo...” Poco después, hizo la Primera Comunión, el 23 de abril de 1912, en la fiesta de san Jorge, como se acostumbraba en Aragón.

José dedicaba mucho tiempo a sus hijos. El pequeño Josemaría le esperaba con impaciencia a la vuelta de su trabajo, y salía a su encuentro, y metía la mano en el bolsillo de su abrigo buscando alguna chuchería. En invierno le llevaba a pasear, compraba castañas asadas y el niño gozaba metiendo la mano en el bolsillo del abrigo de su padre, caliente por las castañas.

Guardaba una imagen entrañable de su padre —un hombre recto, trabajador, cariñoso, y afable— y de su madre, siempre laboriosa y serena. “No recuerdo haberla visto nunca desocupada; siempre estaba atareada en alguna cosa: hacía una labor de punto, cosía o recosía prendas de ropa, leía... No tengo memoria de haber visto jamás a mi madre ociosa. (...) Era una buena madre de familia, de familia cristiana y sabía aprovechar el tiempo”.

Los recuerdos de esa época son los normales de un niño de pocos años. “De pequeño —contaba san Josemaría— había dos cosas que me molestaban mucho: besar a las señoras amigas de mi madre, que venían de visita, y ponerme trajes nuevos.

Cuando vestía un traje nuevo, me escondía debajo de la cama y me negaba a salir a la calle, tozudo...; y mi madre, con un bastón de los que usaba mi padre, daba unos ligeros golpes en el suelo, delicadamente, y entonces salía: por miedo al bastón, no por otra cosa.

Luego, mi madre con cariño me decía: Josemaría, vergüenza sólo para pecar. Muchos años después me he dado cuenta de que había en aquellas palabras una razón muy profunda”.

Así transcurría la vida en aquel hogar. Pero pronto llegaron las penas. Durante los años 1910, 1912 y 1913 fueron falleciendo sucesivamente, por enfermedad, tres hermanas pequeñas de Josemaría: Rosario, a los nueve meses de edad; Lolita, a los cinco años; y Asunción, a los ocho.


Tras esas muertes, la casa se llenó de silencios en torno a las camas vacías. Y Josemaría, que había contemplado aquella sucesión de muertes sin entenderlas, le comentaba ingenuamente a su madre:

—El próximo año me toca a mí.

—No te preocupes, hijo mío —le tranquilizaba doña Dolores— tú estás ofrecido a la Virgen y Ella te cuidará.

Estos recuerdos familiares quedaron impresos en el alma de san Josemaría con trazos indelebles, y se adivinaban en el trasluz de sus enseñanzas cuando, varias décadas más tarde, animaba a los esposos a formar hogares luminosos y alegres. “El matrimonio —recordaba— es un camino divino, una vocación a la que Dios llama; y la familia es el primer y el principal ámbito de santificación y apostolado”.

“Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad”.

22 de octubre de 1941

El 22 de abril de 1941 don Josemaría se encontraba en Lérida, donde había acudido para predicar unos ejercicios espirituales a los sacerdotes de la diócesis. Asistía entre ellos el Obispo administrador apostólico.

Muchos de aquellos sacerdotes que se disponían a escucharle en los ejercicios que predicaba por toda España habían pasado por el largo calvario de los tres años de guerra: algunos habían sido condenados a muerte por el puro hecho de ser sacerdotes y habían salvado la vida a duras penas; otros habían sido despreciados, insultados, perseguidos; o habían visto morir mártires a tantos compañeros suyos de seminario, de su misma ciudad, de su misma parroquia...

¿Cómo negarse cuando un Obispo le pedía que predicara a estos hombres? Había acudido con alegría, pero con una sombra en el corazón: había tenido que dejar en Madrid a su madre algo enferma. Los médicos le habían tranquilizado; no parecía nada grave y en pocos días estaría repuesta.

Al despedirse de su madre le había pedido que ofreciera las molestias de aquella enfermedad por los frutos de estos ejercicios que iba a predicar. Doña Dolores dijo, como siempre, que sí. Pero al despedirse, se le escapó un suspiro:

–¡Este hijo...!

Se había quedado preocupado por ella; pero hizo lo que acostumbraba: abandonarse en las manos de Dios. Señor –oró–, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes.

Al comenzar aquella plática estos recuerdos le golpeaban el corazón. Y habló a aquellos hombres de la labor sobrenatural, inigualable, de la madre del sacerdote junto a su hijo. Aquellas palabras no las había aprendido en ningún libro de teología: eran fruto de su propia vida.

Y se me ocurrió decir: "Las madres de los sacerdotes –yo estaba con la pena de mi madre– se debían morir sólo al día siguiente de que muriese su hijo. En aquel momento vinieron a llamar al Obispo; se marchó, y yo acabé.
Al finalizar aquella meditación, se quedó rezando en la capilla. Al rato, alguien le avisó por detrás: era el Obispo que venía con la cara demudada. Alvaro le llamaba por teléfono desde Madrid:

–"Padre –escuchó al otro lado del hilo–, la Abuela ha muerto".

Volvió de nuevo al Oratorio. Hizo junto al Sagrario un acto pleno, rendido, de aceptación a la Voluntad de Dios: "Fiat, adimpleatur, laudetur... iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen"


 

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