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Ecumenismo y Opus Dei. Algunos textos


Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 20-22:

-Según esto, ¿de qué manera estima que la realidad eclesial del Opus Dei se inserta en la acción pastoral de toda la Iglesia? ¿Y en el Ecumenismo?

n. 20. Una aclaración previa me parece conveniente: el Opus Dei no es ni puede considerarse una realidad ligada al proceso evolutivo del estado de perfección en la Iglesia, no es una forma moderna o aggiornata de ese estado. En efecto, ni la concepción teológica del status perfectionis –que Santo Tomás, Suárez y otros autores han plasmado decisivamente en la doctrina– ni las diversas concreciones jurídicas que se han dado o pueden darse a ese concepto teológico, tienen nada que ver con la espiritualidad y el fin apostólico que Dios a querido para nuestra Asociación.

Baste considerar –porque una completa exposición doctrinal sería larga– que al Opus Dei no le interesan ni votos, ni promesas, ni forma alguna de consagración para sus socios, diversa de la consagración que ya todos recibieron con el Bautismo. Nuestra Asociación no pretende de ninguna manera que sus socios cambien de estado, que dejen de ser simples fieles iguales a los otros, para adquirir el peculiar status perfectionis. Al contrario, lo que desea y procura es que cada uno haga apostolado y se santifique dentro de su propio estado, en el mismo lugar y condición que tiene en la Iglesia y en la sociedad civil. No sacamos a nadie de su sitio, ni alejamos a nadie de su trabajo o de sus empeños y nobles compromisos de orden temporal.

La realidad social, la espiritualidad y la acción del Opus Dei se insertan, pues, en un venero muy distinto de la vida de la Iglesia: concretamente, en el proceso teológico y vital que está llevando el laicado a la plena asunción de sus responsabilidades eclesiales, a su modo propio de participar en la misión de Cristo y de su Iglesia. Esta ha sido y es, en los casi cuarenta años de existencia de la Obra, la inquietud constante –serena, pero fuerte– con la que Dios ha querido encauzar, en mi alma y en las de mis hijos, el deseo de servirle.

¿Cuáles son las aportaciones del Opus Dei a ese proceso? No es quizá éste el momento histórico más adecuado para hacer una valoración global de este tipo.

A pesar de que se trata de problemas sobre los que se ha ocupado mucho –¡con cuánto gozo de mi alma!– el Concilio Vaticano II, y a pesar de que no pocos conceptos y situaciones referentes a la vida y misión del laicado han recibido ya del Magisterio suficiente confirmación y luz, hay todavía sin embargo un núcleo considerable de cuestiones que constituyen aún, para la generalidad de la doctrina, verdaderos problemas límite de la teología. A nosotros, dentro del espíritu que Dios ha dado al Opus Dei y que procuramos vivir con fidelidad –a pesar de nuestras imperfecciones personales–, nos parecen ya divinamente resueltos la mayor parte de esos problemas discutidos, pero no pretendemos presentar esas soluciones como las únicas posibles.

n. 21. Hay a la vez otros aspectos del mismo proceso de desarrollo eclesiológico, que representan estupendas adquisiciones doctrinales –a las que indudablemente Dios ha querido que contribuyese, en parte quizá no pequeña, el testimonio del espíritu y la vida del Opus Dei, junto con otras valiosas aportaciones de iniciativas y asociaciones apostólicas no menos beneméritas–, pero son adquisiciones doctrinales que quizá pasará todavía bastante tiempo antes de que lleguen a encarnarse realmente en la vida total del Pueblo de Dios. Usted mismo ha recordado en sus anteriores preguntas algunos de esos aspectos: el desarrollo de una auténtica espiritualidad laical; la comprensión de la peculiar tarea eclesial –no eclesiástica u oficial– propia del laico; la distinción de los derechos y deberes que el laico tiene en cuanto laico; las relaciones Jerarquía–laicado; la igualdad de dignidad y la complementariedad de tareas del hombre y de la mujer en la Iglesia; la necesidad de lograr una ordenada opinión pública en el Pueblo de Dios; etc.

Todo esto constituye evidentemente una realidad muy fluida, y a veces no exenta de paradojas. Una misma cosa, que dicha hace cuarenta años escandalizaba a casi todos o a todos, hoy no extraña a casi nadie, pero en cambio son aún muy pocos los que la comprenden a fondo y la viven ordenadamente.

Me explicaré mejor con un ejemplo. En 1932, comentando a mis hijos del Opus Dei algunos de los aspectos y consecuencias de la peculiar dignidad y responsabilidad que el Bautismo confiere a las personas, les escribí en un documento: "Hay que rechazar el prejuicio de que los fieles corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al clero, en apostolados eclesiásticos. El apostolado de los seglares no tiene por qué ser siempre una simple participación en el apostolado jerárquico: a ellos les compete el deber de hacer apostolado. Y esto no porque reciban una misión canónica, sino porque son parte de la Iglesia; esa misión... la realizan a través de su profesión, de su oficio, de su familia, de sus colegas, de sus amigos".

Hoy, después de las solemnes enseñanzas del Vaticano II, nadie en la Iglesia pondrá quizá en tela de juicio la ortodoxia de esta doctrina. Pero ¿cuántos han abandonado realmente su concepción única del apostolado de los laicos como una labor pastoral organizada de arriba abajo? ¿Cuántos, superando la anterior concepción monolítica del apostolado laical, comprenden que pueda y que incluso deba también haberlo sin necesidad de rígidas estructuras centralizadas, misiones canónicas y mandatos jerárquicos? ¿Cuántos que califican al laicado de longa manus Ecclesiae no están confundiendo al mismo tiempo en su cabeza el concepto de Iglesia–Pueblo de Dios con el concepto más limitado de Jerarquía? O bien ¿cuántos laicos entienden debidamente que, si no es en delicada comunión con la Jerarquía, no tienen derecho a reivindicar su legítimo ámbito de autonomía apostólica?

Consideraciones semejantes se podrían formular en relación a otros problemas, porque es realmente mucho, muchísimo, lo que queda todavía por lograr, tanto en la necesaria exposición doctrinal, como en la educación de las conciencias y en la misma reforma de la legislación eclesiástica. Yo pido mucho al Señor –la oración ha sido siempre mi gran arma– que el Espíritu Santo asista a su Pueblo, y especialmente a la Jerarquía, en la realización de estas tareas. Y le ruego también que se siga sirviendo del Opus Dei, para que podamos contribuir y ayudar, en todo lo que esté de nuestra parte, a este difícil pero estupendo proceso de desarrollo y crecimiento de la Iglesia.

 

n. 22. ¿Cómo se inserta el Opus Dei en el Ecumenismo? me pregunta usted también. Ya le conté el año pasado a un periodista francés –y sé que la anécdota ha encontrado eco, incluso en publicaciones de hermanos nuestros separados– lo que una vez comenté al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: "Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad". El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Son muchos, efectivamente –y no faltan entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones–, los hermanos separados que se sienten atraídos por el espíritu del Opus Dei y colaboran en nuestros apostolados. Y son cada vez más frecuentes –a medida que los contactos se intensifican– las manifestaciones de simpatía y de cordial entendimiento a que da lugar el hecho de que los socios del Opus Dei centren su espiritualidad en el sencillo propósito de vivir responsablemente los compromisos y exigencias bautismales del cristiano.

 

El deseo de buscar la perfección cristiana y de hacer apostolado, procurando la santificación del propio trabajo profesional; el vivir inmersos en las realidades seculares, respetando su propia autonomía, pero tratándolas con espíritu y amor de almas contemplativas; la primacía que en la organización de nuestras labores concedemos a la persona, a la acción del Espíritu en las almas, al respeto de la dignidad y de la libertad que provienen de la filiación divina del cristiano; el defender, contra la concepción monolítica e institucionalista del apostolado de los laicos, la legítima capacidad de iniciativa dentro del necesario respeto al bien común: esos y otros aspectos más de nuestro modo de ser y trabajar son puntos de fácil encuentro, donde los hermanos separados descubren –hecha vida, probada por los años– una buena parte de los presupuestos doctrinales en los que ellos y nosotros, los católicos, hemos puesto tantas fundadas esperanzas ecuménicas.


Encuentro en Peñalba (Perú) con san Josemaría 14 de Julio de 1974

-Padre soy budista, y desde hace dos años cooperadora de la Obra. Tengo interés de conocer la religión católica y de formar en ella a mis hijos. ¿Qué me aconseja que haga?

Acércate a un Centro del Opus Dei, de la Sección Femenina, allí encontrarás enseguida amigas que respetarán tu conciencia. Yo ya te anticipo que soy el primero que respeta tu conciencia. Te digo, con mi ecumenismo particular, porque no puedo hacer otro... ¿Tú no te enfadas, verdad? ¿No te enfadas...? ¿No te enfadarás...? (Le traducen a la chica) ¡No te enfadarás..., qué buena eres! Bueno. Que yo estoy en la verdad, por lo tanto tú no puedes estar en la verdad. Sin embargo, yo respeto tu fe y tus creencias. Y con la ayuda de Dios, daría mi vida por defender la libertad de tu conciencia. Y mis hijas también, porque tienen el espíritu de su Padre.

Ve allí tranquila, y ellas te recibirán con cariño y ellas te darán a conocer la doctrina de Jesucristo. Y a mi me toca ahora solo una cosa: agradecer la bondad que has tenido hablando aquí, agradecerte que has hablao en tu idioma, que nos ha sonao de una manera muy musical ¿oyes? Y además decirte, asegurarte, que también mañana, ya tengo otro motivo, ya son dos momentos, eh, que también mañana pediré por ti a Nuestro Señor. Dios te bendiga, hija mía.

-Muchas gracias. Le agradezco mucho, y... le agradezco muchísimo...


El testimonio de Li Langley de Penang, Malasia. Budista y cooperadora del Opus Dei.

"Soy budista. Todo empezó hace ocho años, cuando una amiga me invitó a Woodlands, un centro del Opus Dei en Ealing. Unos años después de ese encuentro, mi marido, que era anglicano, murió de manera imprevista. En Woodlands encontré un gran apoyo espiritual. Empecé a rezar y noté que Dios me confortaba. Fue entonces cuando me hice cooperadora. Me ilusiona pensar que soy capaz de colaborar con otros, que puedo ayudar a personas en todo el mundo sin tener que abandonar mi ciudad".


Ben Haneman, un médico judío, habla del Opus Dei

Por ser judío, creo en Dios y, por tanto, en el hombre y su espiritualidad. Cualquier iniciativa guiada por motivos espirituales más que materiales, tiene automáticamente mi ayuda. En las labores educativas promovidas por personas del Opus Dei encontré hombres y mujeres preparados que desempeñan su trabajo con este fin: inyectar vida espiritual a este mundo nuestro. Congenio muy bien con este ideal. Ser cooperador ha sido para mí una gran ayuda, mi vida se ha enriquecido y no me ha supuesto ningún problema con respecto a mi condición de judío.


 

Maido Rahula, un profesor de matemáticas luterano, de la Universidad de Tartu, Estonia, cuenta su relación con el Opus Dei

Colaboro con mi oración y con mi ayuda en actividades culturales. El año pasado, fundamos la Asociación Báltica de Educación y Cultura. Hemos organizado congresos, campamentos para gente joven y un sinfín de actividades. Actualmente estamos proyectando la construcción de dos centros culturales para gente joven en Tallinn. Además, tengo la ilusión de promover reuniones con personas de la cultura, de la política, etc. -también con luteranos como yo-, para tratar de profundizar en cuestiones éticas y sobre las inquietudes del mundo actual, de la vida, de la familia.


Rosa Luisa Giberstein judía, de origen polaco, catedrático de Universidad.

Al final de este siglo XX, tan violento, veo necesario alimentar la espiritualidad de la persona humana, y dejar de lado el materialismo y el oportunismo que tantos frutos amargos ha producido. Por eso me he sentido movida a ser cooperadora. Además, sin perder mi identidad judía, ahora Dios es para mí un ser más cercano, más cotidiano. Pienso que me ha ayudado a conocer mejor la Iglesia Católica, a la que tengo gran aprecio.


Hana Svobodová, protestante, profesora de español y francés en la Universidad Carolina. Vive en Praga, República Checa.

Tenía curiosidad por conocer las actividades que lleva a cabo el Opus Dei y en una reunión de colegas encontré a un miembro de la Obra. Me llamó la atención comprobar que están abiertas a todo tipo de personas y la idea de ver el trabajo no como un castigo sino como una bendición. Soy protestante y colaboro con mi oración e informando a otras personas, por ejemplo a mis alumnos, sobre las actividades de formación humana y cristiana que les pueden interesar. Considero impresionante la lectura de Camino, del beato Josemaría: es un libro que aprecio sinceramente.


Iniciativas apostólicas de carácer más directamente ecuménico

 

Biranta Study Centre en Jerusalén

Lo que me movió a cooperar con Biranta fue ver que se está haciendo un esfuerzo positivo por acercar a la gente entre sí, por unirla, por crear relaciones persona a persona. En concreto, me decidí a hacerlo el día en que di una conferencia en el Study Centre a un grupo de universitarias y jóvenes profesionales israelíes y palestinas. Me cuestioné: ¿por qué he venido desde Tel Aviv hasta aquí para hablar de algo cultural?, ¿qué ha movido a estas chicas palestinas de Belén para que, a pesar del cierre absoluto de frontera, hayan logrado llegar hasta Jerusalén?

Bettine Amir es pintora, poeta y terapeuta del arte. Trabaja en un hospital de Tel Aviv en el área de terapia a través del arte, y publica poesías en revistas literarias francesas e israelíes. Forma parte de la entidad gestora de Biranta, al que aprecia porque desea fomentar los valores de la familia, la amistad y la cooperación entre grupos culturalmente heterogéneos. Entre sus promotores hay personas de diversas creencias, que comparten los mismos ideales de entendimiento y servicio a los demás.

"Colaboro con esta iniciativa -dice Bettine- porque promueve el diálogo, porque es una oportunidad de conocer a los demás y, por tanto, de aceptarles, pues el conocimiento es el comienzo del amor. Para mí, ha significado una oportunidad de compartir con gente joven lo que sé".

José Miguel Cejas

 

 

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