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Ejemplo de los primeros cristianos. El Opus Dei.


 

  • Los primeros cristianos, de los que con frecuencia sólo conocemos el nombre y algún dato familiar –Rufo y su madre; Aristóbulo "y los de su casa"; Marcos, hijo de María; Trófimo, enfemo; la abuela Loida; Hermas, Nereo, Erasto, Olimpia…- son un ejemplo perenne de responsabilidad eclesial y evangelizadora. Fueron hombres y mujeres normales de su tiempo, trabajadores corrientes: su vida ordinaria, su trabajo, fue su lugar de encuentro con el mensaje de Jesucristo Resucitado.

  • Gracias a su empeño evangelizador, «lo llenaban todo», como afirmaba Tertuliano, a los dos siglos escasos de la muerte redentora de Cristo.

  • Algunos de ellos fueron despreciados y perseguidos, como también lo son algunos cristianos actuales. Sus itinerarios vitales recuerdan los de tantos cristianos de los países del este durante las dictaduras de signo marxista o muchos cristianos actuales en China. Sus contemporáneos de los primeros siglos los consideraban miembros de una secta extraña; les acusaban de impiedad, porque negarse adorar a los ídolos establecidos por el Estado. Hoy diríamos que eran “políticamente incorrectos”. Y se ridiculizaba su moral sexual, que parecía absurda en el ambiente decadente del mundo romano.
  • Estos primeros cristianos nos transmitieron la fe de Cristo con su fidelidad bañada en sangre, y numerosas realidades actuales de la Iglesia –entre ellas, el Opus Dei- vuelven su mirada hacia ellos a comienzos de este III milenio.

  • La Iglesia entera vuelve su mirada, de generación, sobre los primeros cristianos. Los cristianos, los católicos –entre ellos, los miembros del Opus Dei- se encuentran en una encrucijada difícil, como ellos. El Cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI, alude con frecuencia a su ejemplo.





  • Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, explicaba hace muchos años en una entrevista publicada en La Vanguardia (Barcelona, 1–X–78) como también los miembros del Opus Dei, se esfuerzan por seguir el ejemplo de esos primeros cristianos:


    –«Monseñor Escrivá no fue detrás del seglar para halagarle, sino que lo situó ante una fuerte responsabilidad: la de llevar en su vida ordinaria la cruz de Jesucristo, con la alegría de los hijos de Dios. De esta manera, el mensaje de Monseñor Escrivá arrastra con la fuerza ideal de la cruz de Cristo y, por esta razón, trasciende los tiempos a la vez que se enraíza en todos. Su labor se entronca con la vitalidad fuerte y fresca de los primeros fieles cristianos.


    Aunque el Opus Dei durará mientras haya hombres sobre la tierra, no deja de ser elocuente que, en una época de laxismo y de cansancio moral, una llamada tan exigente arrastre a millares de personas de toda condición y cultura ». Los hombres y las mujeres del Opus Dei son los primeros en reconocer que están hechos de la misma pasta que todo el mundo –como no podía ser menos– y que han de luchar animosamente cada día, comenzando y recomenzando, sin tirar nunca la toalla, para corresponder a la gracia de Dios. Y es esta lucha precisamente la que amplía el horizonte de sus defectos –la humildad es la verdad– y les hace descubrir en su propia vida la desproporción de los medios al comprobar que en el centro de la vocación cristiana está la Omnipotencia de Dios.


    Sin uniforme, sin etiquetas ni distintivos, y sin espectáculo, los cristianos del Opus Dei tratan de responder ahora –y aquí está su verdadera novedad con el mismo natural sentido de lo auténtico que aquellos primeros cristianos, al compromiso radical contraído en el bautismo. Hablan en nombre propio, con responsabilidad personal, sin utilizar el «nosotros», y se les puede encontrar en cualquier lugar, en toda profesión decente, en el mundo vivo de todos los días.

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