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Escrivá, Madrid años 30: entre pobres y enfermos


Corralas madrileñas


Muchas personas, al ver el dinamismo apostólico actual del Opus Dei se preguntan por los orígenes, pensando quizá que esta realidad eclesial extendida por todo el mundo es fruto de "un diseño" por decirlo así, una consecuencia de un plan humanamente trazado y realizado.

La realidad histórica puede resultar desconocertante para algunos. Los comienzos del Opus Dei fueron ricos sobre todo en adversidades y carencias materiales. El fundador era un sacerdote muy joven -26 años- sin experiencia ni medios económicos, en un país que conocería, al cabo de muy pocos años, una terrible guerra civil.

No le arredraron aquellas carencias. Si el Opus Dei era un edificio de fines espirituales- pensó- debía poner como cimientos unos materiales sólidos; esos cimientos, en un edificio espiritual son siempre la oración y la penitencia. La oración, el dolor ofrecido a Dios de los pobres y enfermos de Madrid fueron su riqueza, su fortaleza.

Siempre dijo que el Opus Dei que el gran tesoro del Opus Dei eran los enfermos; y recordó que había comenzado entre los pobres y enfermos de Madrid: ese "entre" implica más que una circunstancia. Esos niños abandonados, enfermos sin esperanza médica, pobres de las barriadas extremas... pusieron la base espiritual necesaria de un edificio espiritual.

Algunos de los primeros miembros -como la primera mujer del Opus Dei, María Ignacia García Escobar-, era una mujer enferma, tuberculosa, que había sido desahucida por los médicos tras múltiples operaciones quirúrgicas.

Fui a buscar fortaleza -contaba Escrivá - en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios.

 

En el Patronato de Enfermos

A Margarita Alvarado, que trabajaba durante aquel tiempo como auxiliar de las Damas Apostólicas, le impresionó profundamente la personalidad del joven Escrivá, que era entonces , capellán del Patronato de Enfermos, y se desvivía por la atención espiritual y material de numeroas personas necesitadas de distintos barrios de Madrid con grandes carencias, como Vallecas, Ventas y Tetuán de las Victorias. «Les llevaba la Sagrada Comunión los jueves, en un coche que prestaban a doña Luz Casanova. Los otros días iba en tranvía o andando, como pudiera».

Como pudiera: la expresión pone de manifiesto la dificultad para l llegar a aquellos barrios extremos, que más que barrios eran poblados desperdigados de chabolas, un triste racimo de tugurios insalubres o barracas, cuando no de covachas malolientes que rodeaba la ciudad como una cicatriz de miseria.

Atendía a centenares de enfermos en las famosas corralas madrileñas, casas de vecinos relativamente céntricas, donde se hermanaban promiscuamente la suciedad y el hacinamiento con la más triste de las miserias. Escrivá consumió los mejores años de su juventud en aquellos callejones de Latina, El Lucero, Lavapies, San Millán, Rivera del Manzanares, Bellas Vistas, Arganzuela, Usera…

Iba en tranvía, a pie, entre el barro, el polvo, bajo la lluvia, sorteando los reguerones de inmundicia, con los zapatos rotos, protegiéndose las suelas agujereadas con cartones –no había para más-, haciendo oídos sordos a las amenazas y los insultos, entre el hedor y la mugre, adentrándose en lugares que muchas buenas gentes de Madrid no se atrevían a pisar.

En este ambiente –recuerda una religiosa, Asunción Muñoz- «se nos hizo imprescindible nuestro Capellán (…). Yo era la más joven de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche (…). Nos acercábamos a las casas humildes de estos enfermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlos, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado ministerio de amor (…).

¡Cuantas veces he dialogado con él acerca de un alma que habíamos de salvar, de un paciente que necesitábamos convencer! Yo le pedía consejo acerca de lo que habíamos de decir o hacer. Y él iba todas las tardes a ver a alguno de ellos, puesto que los enfermos para él eran un tesoro: los llevaba en el corazón».

Día tras día, año tras año, desde 1927 hasta 1931, fueron sucediéndose las notas del Patronato a su capellán:

Muy estimado y respetable D. José. Tenga la caridad de ir a Josefa González –Amor Hermoso 63, que está pasado el puente de la Princesa, barrio de Usera, es todo seguido a mano izquierda.

Agradeceré a D. José María que esta tarde esté V. en Costanilla (donde se da la misión) a las siete menos cuarto de la tarde para confesar a los obreros.

Le agradecería que esta tarde confesase a Amalia Aviceta, Embajadores 98, es bailarina casada que no quería confesar y se la ha convencido y es urgente para hoy.

Mucho le agradeceré que vaya a…

 

«Ahora es difícil encontrar nada así –me contaba Juan Jiménez Vargas en una entrevista-. Aquello era la pura miseria. Los que vivían en aquellos lugares iban sucios, desharrapados, malolientes…».

No resultaba fácil durante aquellos años para un sacerdote llevar a cabo aquella labor caritativa; y más en aquellos lugares. Eran tiempos de gran crispación social y furia antirreligiosa. Los jueves les llevaba la Comunión en un coche prestado. Pero el resto de los días, como pudiera. Entre recelos. Entre insultos. A veces, entre pedradas.

Cuenta Margarita Alvarado que varios años después, en el barrio de Tetuán las arrastraron por la calle, mientras les clavaban una lanceta de zapatero en la cabeza. «Una de ellas, Amparo de Miguel, trató de defender heroicamente a la demás y le arrancaron el cuero cabelludo y la maltrataron hasta dejarla desfigurada».

El Capellán del Patronato de Enfermos -recuerda Asunción Muñoz-, era el que cuidaba los actos de culto de la Casa: decía Misa diariamente, hacía la exposición del Santísimo y dirigía el rezo del Rosario. No tenía, por razón de su cargo, que ocuparse de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos –en general, con los necesitados- del Madrid de entonces. Sin embargo, don Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como Capellán, para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente, a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal.

De esta manera, cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los Sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría con la seguridad de que estaría atendido y que en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento (…).

En nuestra casa de Santa Engracia de Madrid (Patronato de Enfermos), teníamos que quitar la mampara que aislaba la Capilla y comedor, para dar cabida a los acogidos a nuestra asistencia que bajaban a la Santa Misa. Don Josemaría les hablaba allí a todos nuestros pobres. Y no sólo después de la Santa Misa, sino también el comedor, dialogando con viejos y con niños, con todos. Les hablaba sencillamente de la doctrina cristiana. Y se ocupaba de sus problemas, de las cosas que había en el interior de cada uno».

 

Con los niños de los arrabales de Madrid

Iba –recordaba Escrivá- «a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto y alguna que otra pedrada».

«Lo recuerdo –cuenta Braulia García- rodeado siempre de chicos y jóvenes, que le acompañaban a explicar el catecismo en los suburbios, en los rastrojos y en barrios de chabolas. Hacía falta una inmensa fe para hacer aquello entonces. Todavía recuerdo las caras de odio y el inmenso recelo que demostraban hacia los sacerdotes y sus acompañantes los hombres de aquellos barrios».

«Yo –recuerda José Ramón Herrero Fontana- estudiaba Derecho. Le acompañé algunas veces a la catequesis. Ibamos con él un grupo de cinco o seis estudiantes. Quedábamos los domingos por la mañana en la Gran Vía, junto a la red de San Luis, donde había un gran ascensor que bajaba hasta el metro.

Salíamos del metro, y después de caminar un buen trecho entre malezas y lodazales, llegábamos hasta las chabolas. Los chicos estaban sucios, desharrapados, pero despiertos y con deseos de aprender. El Padre quería que conociéramos a las familias y que tratáramos a los padres, pero no era fácil. Hasta que un día se presentó un chiquillo llorando.

-¿Qué te pasa?

-Es que mi padre está mu enfermo.

Fuimos a visitarle a la chabola: y allí, bajo un amasijo de latas viejas y cartones sucios, en el que se hacinaban un puñado de pobres criaturas, encontramos a su padre, temblando por la fiebre, tendido en una especie de camastro…».

«Tengo sobre mi conciencia –recordaba don Josemaría- (…) el haber dedicado muchas horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desamparadas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que empezar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas».

 

Con los enfermos de los Hospitales

Visitó durante aquellos años a numerosos enfermos de diversos Hospitales de Madrid: el Hospital General, o Provincial; el Hospital de la Princesa, junto a la Glorieta de San Bernardo; y el Hospital del Rey, que se llamó más tarde Hospital Nacional, dedicado exclusivamente a la asistencia y aislamiento de enfermos infecciosos, y algunos otros más pequeños.

«Un día –recuerda Jose Ramón Herrero- me propuso el Padre:

-¿Por qué no me acompañas a visitar a algunos enfermos?

Acepté, y fuimos una mañana al Hospital General, que estaba en Atocha, junto a la Estación de Ferrocarril. Era un caserón enorme, con un gran patio central y techos muy altos. Un edificio frío, triste, desangelado. No podré olvidar nunca la impresión que me causó lo que vi allí dentro.

Era casi dantesco: las salas, inmensas, estaban abarrotadas de enfermos que, como no había camas suficientes, se hacinaban por todas partes: junto a las escaleras, en los pasillos, a lo largo de las crujías, sobre colchonetas, en jergones tirados por el suelo… con fiebres tifoideas, con neumonías, con tuberculosis, que era entonces una enfermedad incurable. En su mayoría eran pobres gentes que habían llegado a la capital, huyendo de la miseria del campo para hacer fortuna, y se encontraban con aquello…»

En Madrid no había hospitales capaces para atender a tantos enfermos; y en los hospitales tampoco había personal suficiente para cuidar de ellos… Durante sus visitas, el Padre, además de confesarles, les prestaba pequeños servicios materiales. Eran tareas que ahora suelen estar resueltas, pero de las que, en aquellos tiempos, en aquella situación de penuria y abandono no se ocupaba nadie: les lavaba, les cortaba las uñas, les aseaba el cabello, les afeitaba, limpiaba los vasos de noche… No les podía llevar alimentos, porque estaba prohibido, pero siempre les dejaba una buena lectura".

Visitó durante aquellos años a numerosos enfermos de diversos Hospitales de Madrid, donde fallecían cada año millares de personas a causa de la fiebre tifoidea, de la neumonía aguda, de la viruela y de la tuberculosis. Algunas de aquellas crujías repletas de tuberculosos eran una antesala de la muerte, donde aquellos hombres y mujeres consumían, sin esperanza alguna de curación, los últimos días de su vida.

Escrivá atendía espiritualmente a aquellas gentes socorriéndolas en sus necesidades materiales. Les pedía –contaba años más tarde– que ofrecieran esos dolores, sus horas de cama, su soledad –algunos estaban muy solos–: que ofrecieran al Señor todo aquello por la labor que hacíamos con la gente joven.

Al Hospital General, un inmenso edificio situado en la calle de Santa Isabel, acudía muchas tardes con grupos de personas de distintos ambientes: estudiantes, sacerdotes, artesanos, etc. Le conmovía contemplar el espectáculo de aquellas crujías atestadas de enfermos, en un ambiente cada vez más hostil hacia la fe, a consecuencoa de la propaganda anticatólica. Antes de hablarles de Dios, tenía que vencer la deconfianza de muchos enfermos : les hacíamos las camas, les lavábamos los pies, les cortábamos las uñas –perdonad estos detalles–, les peinábamos. Les decíamos palabras de cariño...

Con frecuencia había que limpiar los vasos de noche, porque nadie se ocupaba de eso a causa de la escasez de personal. En una ocasión le acompañaba en estos menesteres un joven ingeniero, Luis Gordon, que al ir a limpiar aquel objeto hizo instintivamente un gesto de repugnancia. Escrivá le siguió hasta los lavabos para sustituirle en aquella tarea, pero al llegar le vio limpiando el vaso de noche con susmanos y musitando algo en voz baja. Años más tarde, contaría en Camino este sucedido:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella "sutileza" del hombrón–niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?

Un gitano moribundo

Escrivá atendiendo a un gitano moribundo (Capilla de la Catedral de la Almudena de Madrid)

Un día le señalaron a don Josemaría la cama de un enfermo: era un gitano moribundo, que había recibido una puñalada en una reyerta. "Este hombre se muere –le comentaron–. Ya no hay nada que hacer".

Procuré que nos dejaran solos. Dije al gitano unas palabricas y se conmovió. Le advertí también que se moría, y él quiso confesarse. Luego, cuando le día a besar el crucifijo, me decía a gritos, sin que pudiera hacerle callar:

–Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor.

–¡Pero si le vas a dar un abrazo –le dije– y un beso muy fuerte enseguida, en el Cielo!

Aquel grito sincero de compunción se le quedó clavado en el alma. ¿Habéis visto –comentaba años más tarde– una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición? Después, alguna vez lo he dicho también yo, a solas, sin dar voces: con esta boca mía podrida, no puedo besarte, Señor. He aprendido de un gitano moribundo a hacer un acto de contrición.

"Iba de sala en sala –recordaba uno de los médicos internos del Hospital de la Princesa –, hablando con los enfermos, confesaba y daba la comunión, con un cariño y una simpatía que encantaba al personal sanitario y a los enfermos (...). No temía al contagio, aunque en todas las salas en que entraba había enfermos contagiosos; más de una vez se le avisó del peligro que corría en el trato con los enfermos, y siempre contestaba, con simpatía y sonriente, que él estaba inmunizado a todas las enfermedades".

 

El hermano de una prostituta

En una ocasión unos enfermos de una barriada le dijeron que el hermano de una mujer que vivía en una casa de prostitución estaba muriéndose de tuberculosis.

Escrivá sabía bien que el simple hecho de que un sacerdote joven entrase en un sitio semejante vestido de sotana, era exponerse a todo tipo de calumnias y habladurías, y decidió tomar todas las medidas de prudencia. Acudió al Vicario General de la diócesis, don Francisco Morán, que le dio permiso para atender espiritualmente al enfermo en aquellas circunstancias; y le pidió a un amigo suyo, don Alejandro Guzmán, persona conocida en Madrid, honrado y buen cristiano, que le acompañase, para evitar escándalos. Al llegar al lugar, en compañía de don Alejandro, habló con la mujer que regentaba el negocio y le dijo:

-Quiero que este hombre muera con los Santos Sacramentos; así que he pedido permiso al Vicario General para atenderle. Volveré mañana, pero les pido un favor: que, por amor de Dios, no se ofenda mañana al Señor en esta casa.

La mujer se lo prometió, y al día siguiente, don Josemaría se encaminó hacia allá, junto con su amigo, con los Santos Óleos, y la Eucaristía sobre el pecho. Había conseguido algunas medicinas, porque sabía que aquel pobre hombre no tenía dinero para comprarlas. Le confesó y después de prepararle, le administró la Extremaunción y el Viático. Y estuvo a su lado, rezando jaculatorias junto a su oído, hasta que falleció.

Un joven agonizante de veinte años

En otra ocasión se encontró con un chico joven agonizante, de unos veinte años, postrado en el camastro de un cuchitril miserable. «Le administré los sacramentos –recordaba-, y cuando acabé, el chico no quería que me marchara. Me quedé a su lado hasta que murió, y se me escapó decirle, y él lo entendió: ¡te tengo envidia! Envidiaba su dolor, su desamparo, y la alegría que Dios le daba».

«Era un trabajo durísimo y muy desagradecido –comentaba José Romeo-. El ambiente anticatólico lo invadía todo y muchos enfermos nos insultaban. Nos ocupábamos de arreglarles el cabello, afeitarles, cortarles las uñas, les lavábamos y les limpiábamos las escupideras. Daba un asco horrible. Ibamos los domingos por la tarde y salíamos con náuseas».

«De modo –explicaba Escrivá- que fui a buscar los medios para hacer la Obra de Dios, en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas… Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta»


Para saber más:

Bibliografía sobre el Opus Dei


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