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Escrivá ante el "partido único". España, años 40

Peter Berglar: párrafos de "El Fundador del Opus Dei"



 

Afirma Peter Berglar: Algunos hubieran comprendido (y muchos hubieran esperado) que el Opus Dei en bloque -y colaborando, claro está, con otras organizaciones católicas- hubiese luchado por una «cultura católica», por una «prensa católica» o por una «enseñanza católica»...

Pero el Fundador rechazaba este tipo de «colaboración»; y lo hacía con energía, sin paliativos, aunque con amabilidad y con gran respeto por la labor de los demás; pero la rechazaba, y eso escandalizaba a muchos. Y así, por decirlo con palabras del profesor Redondo, el Opus Dei, durante ese período, quedó en España entre dos fuegos: el de los «laicistas», que querían recortar decisivamente -o anular- la influencia de la Iglesia, y el de los «católicos oficiales», que se escandalizaban por la actitud de don Josemaría y desconfiaban de él-.

No comprendían algo muy importante, algo que pertenece a la esencia de la labor apostólica del Opus Dei: que la Obra nunca actúa «en bloque», como grupo; y que nunca, tampoco, da «normas» para la vida profesional, civil y social de sus miembros; éstos colaboran, por supuesto, con otras organizaciones o pertenecen a ellas, pero cada uno según su propio criterio: la misma naturaleza de la Obra impide que puedan formar un «grupo Opus Dei» que «intervenga» en la vida estatal, social o eclesiástica.


Tal vez por eso las primeras murmuraciones contra don Josemaría Escrivá, contra el camino del cristianismo que él esbozaba y contra los que seguían ese camino, provinieron de algunos religiosos y de algunos miembros de organizaciones católicas, adeptos a un «institucionalismo» tradicional. En esta frase hay una palabra importante: «algunos», pues en ningún momento se trató de la mayoría o de un gran número. Eran personas que, sencillamente, no estaban en condiciones de comprender el núcleo del mensaje del Fundador del Opus Dei.

Lo que hoy en día, veinte años después del Concilio Vaticano II, se reconoce en todo el mundo como un fruto de éste (la responsabilidad de los laicos en la iglesia, la llamada universal de todos los bautizados a la santidad, la libertad y la responsabilidad personales de cada cristiano en las opciones temporales, la vida corriente como lugar normal de seguimiento de Cristo, con entrega total), a algunos les sonaba entonces a herejía.


Cuando el Cardenal Frings visitó España, y Portugal en el verano de 1952, se reunió en Madrid con don Leopoldo Eijo y Garay. «El Obispo de Madrid -así lo narra en sus memorias me habló con gran extensión de la fundación del Opus Dei. Un buen día -así me comentó- le había visitado un religioso, que, le dijo: "Excelencia, ya sabe que ha surgido una nueva herejía: el Opus Dei». Pero el Obispo le respondió que él había investigado el asunto, que le había parecido bien y que siempre había apoyado a la Obra».

En este mismo contexto narra el Cardenal, su visita a una Residencia del Opus Dei y cita también las instituciones dirigidas por la Obra en Colonia, destacando, sobre todo, el Colegio Mayor para universitarias. «Éste lo fundó Carmen Mouriz, que durante muchos años estuvo en Alemania y que el ano pasado (1972) fue a trabajar a Roma, a la dirección central. Por ella me enteré de que, al principio, habían reprochado al Fundador del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer, que enseñara' que también el laico, por el Bautismo y la Confirmación, tenía el encargo de dar en el mundo testimonio de Cristo. Y Monseñor Escrivá de Balaguer, que aún vive, había dicho con satisfacción y alegría que el Concilio Vaticano II había recogido y formulado expresamente esas ideas suyas».


En la campaña contra la Obra organizada en los años cuarenta por unos pocos (pero muy activos) enemigos, también jugaban un papel preponderante -aunque quizá nos cueste creerlo- los celos por el gran poder de atracción que el apostolado de la joven familia espiritual ejercía en toda España. De los celos a la envidia hay sólo un paso muy pequeño, el necesario para perder el equilibrio que separa la debilidad de la malicia. Existe (queramos o no) una especie de envidia espiritual que no puede soportar, sencillamente, que otras personas sean capaces de entregarse a Dios sin condiciones.

Una envidia así es el vicio que con más «perfección» se puede encubrir; un vicio que -como el mismo diablo- nunca aparece de frente, llamándose por su propio nombre, pero que lleva a acciones muy diferentes entre sí, que tienen un común denominador: la malicia. Así, en las familias de los que entraban en contacto con la Obra se sembraba desconfianza y se insinuaban sospechas.

En todos los casos (es importante tenerlo en cuenta) el contenido de las calumnias no era -ni es- esencial. Éste puede cambiar con facilidad. Por entonces se quemaba «Camino» y se prevenía ante los que presentaban «novedades» que -así se decía- destruirían las órdenes religiosas para sustituirlas por un nuevo estado en la Iglesia; se decía que se trataba de una rama, especialmente peligrosa, de la masonería... y muchas cosas más.

Sospechas así casi servirían, en nuestros días y en nuestro país, como «recomendación» para la Obra; por eso los proyectiles calumniosos se llenan actualmente con una pólvora distinta: ahora se dice que el Opus Dei quiere ser una «iglesia dentro de la Iglesia», que sus miembros -según me comentó, lleno de preocupación, un párroco- son los «fascistas de la Iglesia», que usan tremendos «métodos de propaganda y de manipulación», sobre todo con los pobres jóvenes, todavía tan inestables, a los que les hablan (¡qué horror!) incluso de la posibilidad de vivir el celibato por amor a Jesucristo...

Las calumnias son algo muy especial. En su contenido, se adaptan perfectamente al «espíritu de los tiempos» que reina en cada momento.

Ahora bien, si, por una parte, es cierto que «semper aliquid haeret» -«calumnia, que algo queda»-, por otra consiguen también el efecto contrario: a pesar de todos los ataques, la Obra fue creciendo en España en los años cuarenta y cincuenta, sin interrupción, y enraizándose en el pueblo; miles de personas -hombres y mujeres, jóvenes y viejos, intelectuales y gente sencilla- iban descubriendo, en la predicación de don Josemaría Escrivá de Balaguer, no sólo un catolicismo vivo y ortodoxo, sino también la vocación específica de los laicos a seguir plenamente a Cristo en el mundo.

Lo específico consistía, precisamente; en dejar de lado cualquier complejo de inferioridad con respecto a la propia santificación y a la de ese mundo que se les había confiado. Por eso, aunque en ciertas sacristías del país reinaba realmente una campaña de calumnias, la Obra recibió el don de un verdadero torrente de vocaciones.

Los enemigos del Opus Dei, si bien eran una minoría, no carecían de influencia. A partir de 1937, prácticamente todos los obispos y, con ellos todas las organizaciones católicas, apoyaban al régimen de Franco. Esta actitud era, dejando de lado cualquier simpatía o antipatía, un dictado de la razón, pues estaba en juego la subsistencia e incluso la supervivencia del catolicismo español.

En una situación así, era inevitable que las sospechas que algunos portavoces de grupos oficialmente católicos propalaban contra la Obra fueran recogidas por algunos miembros de la Falange especialmente fieles a la línea oficial. Monseñor Escrivá de Balaguer predicaba la universalidad de la Obra, subrayaba con gran fuerza la libertad personal, rechazaba la tesis según la cual la entrega total a Cristo tuviera que estar forzosamente unida a una opción política determinada; todo lo cual resultaba sospechoso para algunos falangistas; por ejemplo, no podían comprender que amara a los judíos tanto como a cualquier otro hombre (y quizá un poco más, porque Jesús, María, José, Pedro, Pablo, Juan eran judíos) o que no pusiera su persona y su «organización» al servicio de la «nueva España»-.

En una actitud así barruntaban «internacionalismo», «antihispanismo», «masonería»... Incomprensiones de este tipo, en una época de vivos apasionamientos nacionales y de exigencia de un «Estado fuerte», podían suponer un grave peligro.


(...) En 1939, una de las consecuencias del «fervor por la victoria» fue el querer introducir el concepto de «un partido único en lo religioso y en lo civil» para todo el país. Ante esta actitud, que marcó muy decisivamente los primeros años de la posguerra, no cabía contradicción más patente que el concepto de libertad que Monseñor Escrivá de Balaguer propugnaba; un concepto que, en 1970, resumía con las siguientes palabras: «Si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política, aunque fuera durante un segundo, yo -en ese instante equivocado- me hubiera marchado de la Obra (...)

De una parte, nuestros medios y nuestros fines son siempre y exclusivamente sobrenaturales; y, de otra, cada uno de los miembros tiene la más completa libertad personal, respetada por todos los demás, para sus opciones temporales, con la consiguiente responsabilidad lógicamente personal. El Opus Dei, por tanto, no es posible que se ocupe jamás de labores que no sean inmediatamente espirituales y apostólicas ...».

 


 


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