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Josemaría Escrivá en Chile: 28 de junio a 9 de julio de 1974


 

Del 28 de junio al 9 de julio de 1974 San Josemaría Escrivá hizo una visita pastoral a Chile y se reunió con muchos hombres y mujeres. Había permanecido pocas fechas antes en Brasil y Argentina y prolongó después su viaje a Perú, Ecuador y Venezuela. En Chile han surgido numerosas iniciativas gracias a su aliento apostólico: académicas, como La universidad de los Andes; de carácter asistencial, como El Salto en la zona marginal del Cerro de San Cristobal; o de promoción humana de la gente del campo como La Escuela Agrícola Las Garzas.

En Santiago de Chile mantuvo varios encuentros de catequesis en las instalaciones del colegio Tabancura, inciado pocos años antes por un grupo de padres de familia, y en el salón de actos de la Residencia Alameda. En este video se recogen algunos momentos de esos encuentros.

Recojo algunas preguntas y respuestas de aquellos días.


¿El fin del mundo?

Una mujer, Inés Jhonson, le preguntó:

-Padre, primero una cosa que no es pregunta, quiero decirle que no sé cómo le vamos a poder agradecer el sacrificio que ha hecho de venirnos a ver a este país ¡en el fin del mundo, Padre!

- Chile no es el fin del mundo -le dijo sonriendo el fundador-. Chile es una nación maravillosa, amable, que merece el cariño de toda la gente. Y, y vosotros cuando se os conoce, robáis el corazón.

Luego, dirigiéndose a unos niños que le escuchaban, les dijo: "A portarse bien, a robar el corazón, sobre todo el corazón de ese Niño Jesús que os mira con tanto cariño a los pequeños: dejad que los niños se acerquen a Mí!" Y concluyó: "De modo que yo no merezco agradecimiento".

Evocando los comienzos

En uno de esos encuentros habló de los comienzos del Opus Dei, recordando que en 1928 sólo tenía "veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor y nada más".

-Y ¿sabes cómo pudo? -le dijo a la persona que le había hecho la pregunta-. Por los hospitales. ¡Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas! Aquel Hospital del Rey -se llamaba-, donde no había más que tuberculosos pasados, y entonces la tuberculosis no se curaba... -ahora no es enfermedad, ahora se cura: los médicos han adelantado mucho-. ¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar! ¡Y ésa fue la fuerza para ir adelante!

Y a eso -continuó con voz serena- se unió la calumnia, la murmuración, la mentira, la falsía de los buenos, que se equivocaban sin darse cuenta -seguro- y a quienes quiero mucho. Y el Señor nos llevó por todo el mundo, y estamos en Europa, en Asia, en África, en América, en Oceanía, ¡gracias a los enfermos, que son un tesoro!

Un sembrador de paz

El país atravesaba momentos difíciles de su historia, y san Josemaría, hizo, como de costumbre, una llamada a la comprensión mutua, a la defensa de la libertad y la paz:

- Chilenos que estáis aquí: yo quiero mucho a esta tierra. Tenéis el alma gigantesca, como esos montes que están coronados siempre de nieve. No os podéis conformar con cosas pequeñas. Tenéis que comprenderos, que amaros; tenéis que agradecer al Señor tantos dones y, como cristianos -y cristianos viejos-, tenéis que amar los Santos Sacramentos; tenéis que movilizaros para empujar hasta Cristo a los que viven una vida que no es cristiana, una vida pagana: un vida sin Dios.

Decidselo al oído, cariñosamente, que Jesús está esperando, que está remendando las redes, arreglando la barca; que hay un sacramento, que es el de la Confesión, que limpia, que purifica, que enaltece que diviniza; que nos da fuerzas para seguir adelante en los caminos de la tierra, para amar la libertad de los demás y defender la propia!

 

Una madre de familia

Una madre de familia, Francisca Ríos, recordaba que durante un encuentro en Tabancura con mujeres jóvenes, les habló de la mujer del Evangelio. "Y lo hizo con tanta pasión -exclama- que creíamos estar ahí junto a la Magdalena, a la viuda de Naím, a la madre de Juan y de Santiago.

- En el Evangelio -les dijo san Josemaría- aparecen muchas mujeres y todas son encantadoras: aparece la cananea, con su tozudez; aparecen Marta y María, que saben acoger al Señor y cuidarlo para que descanse, tenerle un hogar, un rincón apacible; aparece la madre de Juan y Santiago que, como todas las mamás, quiere para sus hijos lo mejor, y va a pedir al Señor que le coloque un hijo a la derecha, y otro a la izquierda, en el futuro reino, materializando un poco la misión de Jesús, que no era precisamente ésa: era una misión de sacrificio, de muerte en Cruz. Aparecen... ¿seguimos?,

-Sí, Padre

-... Aparecen tantas mujeres espléndidas, tantas: la viuda de Naím; aquella otra pobre viuda que echa la pequeña moneda a escondidas, y hace generosamente más que nadie, porque da todo lo que tiene... Aparece María Magdalena -pecadora, pero arrepentida-, y aquella otra pobre mujer, junto al pozo de Sicar, que, siendo pecadora cuando ve a Jesús, se siente remover, y va a decir a los demás: ¡aquí está el Mesías!: ¡se hace apóstol.

Hijas mías, yo no he visto ahí ninguna mujer prevaricadora, no he visto ninguna mujer que niegue a Jesús. Cuando los hombres se escapan, cuando los hombres son cobardes, ellas son valientes: al pie de la Cruz están: las mujeres.

Y concluyó: " Yo querría deciros que confío mucho en las mujeres, confío mucho en vosotras".

 

Con los campesinos

Un chileno, Fernando Silva, le preguntó:

-Padre, muchos aquí somos conocedores de una de las labores que con gran fe y sacrificio han desarrollado los sacerdotes y miembros del Opus Dei en Chile, la que ha dado feliz resultado en la formación de otra gran familia: me refiero a los muchachos campesinos de la Escuela Agrícola. Como agricultor ¿cual sería la labor a seguir que aconseje a tantos que colaboran en su formación?)

- Hijos míos -le contestó san Josemaría- que a estos hombres después se les facilite la posibilidad de tener algo suyo en el campo. Algo suyo, personal, que les sirva de base física donde poner sus pies y los pies de los suyos: de la mujer, de los hijos. Esto es razonable. Y de paso, poder ayudar al desarrollo industrial, económico, del campo... Pero que ellos tengan también algo.

Yo no soy sociólogo, de modo que no me meto en sociologías. Sociólogos sois vosotros y no necesitáis que os den lecciones, porque tenéis un corazón muy grande y sabéis vivir la justicia y la caridad. Dios te bendiga.

 

En Lo Vásquez

Durante esos días san Josemaría peregrinó a Lo Vásquez, y evocaba Mons. Adolfo Rodriguez Vidal: "cuando llegamos a Lo Vásquez estaba aquello, un mar de gente, toda una gran explanada que hay llena de autos... Y la iglesia, que es bastante grande, repleta. A todos nos impresionó mucho. Rezamos el Rosario todo el pueblo, la masa de gente que había. Nosotros de rodillas todo el tiempo, sobre el mármol. El Padre, a la salida se emocionó. Se puso los anteojos de color diciéndonos que no era por el sol."

Para saber más.


 

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