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ESCRIVA Y LA "COMUNIÓN DE LOS SANTOS"


Durante la guerra civil española (1936-1939) Josemaría pasó muchos meses refugiado, ya que por su condición de sacerdote podía ser asesinado en caso de ser descubierto. Durante ese tiempo siguió con su labor pastoral en la medida de sus posibilidades. Predicaba a un grupo de refugiados el 8 de abril de 1937:

—Por la Comunión de los Santos nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

San Josemaría tuvo noticia, en el tiempo en que se encontraba refugiado, durante la guerra civil, de la muerte de amigos suyos sacerdotes que habían sido asesinados. Le dolió grandemente la muerte de su gran amigo san Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana. Les comentaba a los que estaban refugiados con él:

--Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro...

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

¿Veis que no estamos solos? Como los primeros fieles en la quietud de las catacumbas romanas, podemos clamar: Dominus illuminatio mea et salus mea, quem timebo?; el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Sólo así podemos explicarnos las hazañas, verdaderamente recias, que llevaron a cabo aquellos primeros cristianos.

Con una confianza segura en la ayuda de Dios, sin hacer cosas raras, entraron en todas partes: en el foro, en los palacios, hasta en la casa del emperador. Con razón pudo escribir Tertuliano: “Somos de ayer y lo llenamos todo; solamente os hemos dejado vuestros templos”, los lugares donde un cristiano no debe vivir, porque sería ofensa de Dios. Estaban tan unidos por medio de las buenas obras, que ya exclamaban con sus vidas: congregavit nos in unum Christi amor, el Amor de Cristo nos ha hecho ser una sola cosa”.

Si los Santos del Cielo se preocupan de nosotros, ¡con cuánta más razón se ocupará nuestra Madre Inmaculada! ¡Qué confianza nos tiene que dar su intercesión! Siempre producen efecto nuestras oraciones, pero a veces se palpa de una manera especial, como en estos días. (…)

Esto sucederá siempre que hagamos verdadera oración: una oración atenta, piadosa, llena de fe. Hay personas que rezan sin darse cuenta de lo que dicen, que recitan el Rosario y quizá comulgan todos los días, pero lo repiten rutinariamente, con poca piedad. No se dan cuenta de que los sacramentos no son un fin en sí mismos: son medios para unirse más y más a Dios. No sólo de pan vive el hombre, sino que es necesaria también la palabra, la oración cuajada con las debidas condiciones”.

Por eso, para vivir la Comunión de los Santos según el verdadero espíritu cristiano, es imprescindible que no dejéis la oración mental, que os esforcéis por tratar a Dios en todos los momentos y ocupaciones de la jornada".

 

 

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