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Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, en Argentina, 1974


 

La fotografía recoge un momento de la estancia de san Josemaría en Argentina, rezando el Rosario en la Basílica de Luján.

os primeros miembros del Opus Dei comenzaron a trabajar en Argentina en 1950. Veinticuatro años después, el 7 de junio de 1974, Escrivá llegó a Buenos Aires, donde tuvo numerosos encuentros de catequesis, que se celebraron en diversas sedes. Algunos tuvieron que celebrarse, para poder acoger a las multitudes que acudieron para escucharle, en grandes locales públicos: centros de convenciones, teatros municipales, etc.


Varios miles de personas se reunieron, por ejemplo, en el encuentro del Teatro General San Martín, el 16 de junio de 1974. Sus respuestas solían ser rápidas, directas y sencillas.“He pedido al Señor por cada uno –comenzó diciendo, al contemplar las miles de personas que abarrotaban el teatro-, por sus preocupaciones, por sus ocupaciones, por sus afectos, por sus intereses, por su salud temporal, material, y por su salud espiritual. Porque os quiero felices. Y me acordaba de que íbamos a pa­recer aquí como una muchedumbre,y sabemos que no somos eso, que somos una familia, que a los dos minutos de hablar, la muchedumbre se convierte en un grupito.

…De momento, preguntadme lo que os dé la gana, sacad la conversación que queráis, pensad que estamos, y no os equivocáis, con Jesucristo Señor Nuestro, porque Él ha dicho que donde haya dos o tres reunidos en su nombre, allí está Él en medio de ellos.

El amor humano

Una madre de familia se levantó en medio de la sala, y le pidió que le explicara algo que le había oído decir en ocasiones: que bendecía el amor humano con sus dos manos de sacerdote.

-¿Y qué quieres que te diga yo de eso? –le respondió Escrivá, con tono cordial-. ¿Cómo no voy a bendecir el amor humano, si lo ha bendecido el Señor y lo ha consagrado instituyendo un Sacramento, que San Pablo dice que es el Sacramento grande -Sacramentum magnum le llama-, el Sacramento santo del matrimonio? No es sólo un contrato. Es a la vez contrato, por el cual de dos carnes se hacen una… Lo dice duramente la Sagrada Escritura, pero hermosamente; y yo no puedo menos que amar ese amor humano, que el Señor me ha pedido a mí que me lo niegue... Pero lo amo en los demás, en el amor de mis padres, en el vuestro, en el de los cónyuges entre sí.

¡Quereos de verdad! Y os aconsejo siempre: marido y mujer: ¡pocas riñas! ¡Más vale no enredar con la felicidad! Ceded vosotras un poquito… él cederá también.

Luego, delante de los hijos, no riñáis jamás: ¡que los ni­ños se fijan en todo!, que los niños forman enseguida su juicio…! No saben que San Pablo ha escrito: qui iudicat Dominus est!, que es el Señor el que juzga.

Y ellos se erigen en señores, aun­que tengan tres o cuatro años, y piensan: mamá es mala, o papá es malo… ¡Es un lío feroz, pobres criaturas, qué tragedia! No hagáis esa tragedia en los corazones de vuestros hijos.

Esperad un poquito, tened paciencia y… ¡ya reñiréis! Cuando el chico esté dormido reñís -concluyó, sonriendo- pero poquito, sabiendo que… no tenéis razón. Ya se os ha pasado el enfado y aquél de los dos que cree que tiene razón, le tiene que decir al otro: perdóname, porque verdaderamente soy impa­ciente, y te quiero con toda mi alma... Y os dais un buen abrazo, y hacéis las paces: ¡unas paces muy sabrosas!

 

Un quiosquero de Buenos Aires

En una de esas reuniones tomó la palabra Luís Lozano, un quiosquero de Buenos Aires, que le estuvo hablando, con marcado acento porteño, de los avatares de su vida: una vida dura, de muchacho sin recursos en un barrio humilde de los arrabales de Buenos Aires. Las dificultades le habían ido curtiendo como el estaño, y ahora quería acercar a Dios a todos los de su barrio, pero no sabía bien como expresarse…

-Padre, yo me crié en la calle, con los muchachos de la esquina, en la barra del café. Me convertí a los veinticinco años. Soy de los que dicen que tienen estaño…Y he aprendido a querer a Nuestro Señor con este cora­zón que tenemos, este corazón de barrio; y a veces tengo miedo de que, como también tengo un idioma de calle, no sepa expresarme, avisarle al mundo de la felicidad que se están perdiendo al no querer al Señor…

-¡Habla con sinceridad con ese idioma, porque te entienden! –le dijo Escrivá, alentándole-. Tú tienes, de verdad, el léxico mejor para ayudar a que las almas lleguen a amar a Jesucristo. ¡Háblales con tu lengua, que es una lengua buena! Si se te escapa alguna palabra fuerte, mientras no sea ofensa a Dios… ¡déjala que se escape! Pero sé sincero, noblote como eres… ¡valiente¡ : ¡un hombre que confiesa su fe, así, delante de estos miles de personas, no puede preocuparse por un taco más o menos! ¡Hala! ¡Adelante!

-Padre –continuó Lozano- usted ha dicho que por designio divino todos estamos llamados a la santidad; y como la mayor parte de no­sotros desempeñamos en medio del mundo distintas actividades y trabajos, ¿cómo podemos realizar eso que usted ha dicho, de santificar el trabajo y santificarse en el trabajo?

Tras agradecerle la pregunta, Escrivá le comentó:

-Tienes mucha razón: hemos de ser santos. ¿Cómo? Pues sencillamente como hombres que tienen la gracia de Dios, porque sin la gracia divina y la protección de la Madre de Dios no haríamos nada más que bobadas: como un niño pequeño que sin el cariño de la madre y sin el cuidado y sin la protección del padre no haría nada, no podría defenderse…

Delante de Dios, que es eterno, tú y yo -sobre todo yo, que ya voy entrando en años- somos como un niño; no nos podemos dar mucha importancia…

Y esto es lo bueno de nuestra vida de hombres: que somos pequeños y Dios nos ayudará a ser santos, cumpliendo nuestros deberes de estado: si eres casado, queriendo mucho a tu mujer, queriendo mucho a tus hijos, cuidándote por ellos, cuidándolos a ellos, trabajando en tu labor profesional, con sentido de justicia, siendo generoso; cumpliendo, además de los deberes de justicia, los de la cari­dad, que es meter el corazón en las cosas terrenas…

Si no, la vida es muy dura, muy seca... ¡Pongamos el corazón! ¡Pongamos la caridad de Cristo, y así todo es suave en la vida, no hay violencias! Y tú las violencias no las quieres; yo tampoco. Vas por camino de santo. Siéntate tranquilo, que vas bien.

 

Una joven artista

Ese tono animante, lleno de bondad y buen humor, tan característico de Escrivá, presidió aquellas reuniones en las que fueron sucediéndose las preguntas, formuladas por personas de los ambientes más dispares. Una joven artista le preguntó el 23 de junio, en un encuentro celebrado en el Teatro Coliseo, que podía hacer para que sus colegas comprendieran que debían llevar una vida honesta:

-Hija mía, ellos lo saben –le dijo Escrivá-. Yo no tengo inconveniente en decirte que a mí el desnudo clásico me gusta mucho y me lleva a Dios. Hay una Venus, la Venus Capitolina, que está en el Capitolio, en Roma. Y no la ha recogido Satanás… la recogieron los Papas, y la pusieron allí, en ese museo. Y está en una sala, sola y sin ningún vestido. Yo la miré, en su desnudez casta, y bendije a Dios, porque las mujeres sois tan hermosas. Ningún mal pensamiento, ningún mal deseo.

Y ellos [tus colegas artistas] lo saben. Saben que tienen que envilecer sus pinceles y sus lápices, para convertirlos en cosas brutales y obscenas. Hija mía, tú sé artista. ¡Artista del alma y artista de los colores! Y diles con cariño que no sean toscos. Que pudiendo ser criaturas de Dios, no se hagan bestias. Y que has oído a un sacerdote que quiere mucho a la Santísima Virgen, que es Madre Castísima y Virgen Inmaculada, decir que ha admirado, con agradecimiento a Dios Nuestro Señor, nada menos que… a una Venus: la Venus Capitolina.

 

María

Dos días antes, una madre de familia le había preguntado, en el transcurso de una catequesis:

-Padre, ¿cuales son los medios que tenemos que poner los cristianos para amar cada día más a la Virgen María?

-Hijos míos, los tenemos al alcance de la mano: rezad el Santo rosario, pero cada día, y en familia. No cojáis a los niños pequeñines y les hagáis rezar todo el rosario, pero invitad a los mayores: invitadles, he dicho, no obligarles.

Y los padres… ¡dadles buen ejemplo, y no dejéis el Rosario, que es la gran arma, la gran manifestación de amor a la Santísima Virgen! Vosotras, mujeres, que sois tantas aquí, ¿os gusta que os echen piropos, que os digan cosas de cariño? ¿Sí o no?… ¡Pues a la Madre de Dios le gusta lo mismo! Es mujer. Es una mujer maravillosa, la criatura más espléndida que ha podido el Señor crear, llena de perfecciones. Que le gusten los piropos no es una imperfección.

De modo que ya sabes: tú y yo… ¡la piropearemos! ¡Rezaremos el Rosario!

 

Tratar a Jesús como a un amigo

Había insistido sobre estas mismas cuestiones de vida cristiana pocos días antes, el 15 de junio, durante otra catequesis: “¡Hay que tratar a Jesucristo –recordaba- hay que ir detrás de Él, hay que hablar con Él, hay que hacerse amigo de Jesucristo! Y para hacerse amigo... visitarlo, conversar, intimar, verlo con los ojos del alma. Y verlo tal como es, pobrecito, que nace allí, en Belén, siendo quien es...

Después, aquella Sabiduría infinita que se manifiesta en el Niño, que enseña a los Doctores en Templo… abando­na al padre y la Madre, para seguir la defensa de la doctrina del Padre Celestial. A veces hay que hacer ese heroísmo.

¡Aquel tener sed en el pozo de Sicar y tener hambre! ¡Aquel hablar con la mujer adúltera y tener perdón para ella, cuando todos la querían apedrear! ¡Cuántas cosas se aprenden de Jesús! ¡Qué comprensión! ¡Ahí cabemos todos! ¡En un corazón así cabemos todos!

 

¿Cómo se trata a Dios? –proseguía, mostrando la necesidad de tratar a Cristo con confianza y sencillez -Yo soy un hombre, un pobre hombre, y le trato como a vosotros. Cuando hablo con Él… algunas veces tengo que comenzar diciendo que no sé qué decirle… Señor yo estoy en tu presencia y no sé qué decirte… O: te acabo de recibir… y no sé dar gracias, yo que te quiero tanto; y teniendo tantas cosas que decirte y tantas cosas que pedirte, y Tú tantas cosas que dar, yo no te sé pedir… ¡si Tú estás deseando que yo te pida!... y sale la oración abundante, grande como vuestro río de La Plata, maravilloso; una oración mansa, espléndida, fecunda...

“Aquellos encuentros –comentaba Mons. Delgado, un obispo argentino durante una entrevista televisiva en 1996- constituyeron una catequesis preciosa para miles y miles de personas. Con la gracia humana que tenía, con su chispa de buen humor, con la profundidad de su fe y con toda su sencillez nos hablaba de los Sacra­men­tos, de la oración, de tratar a Jesucristo. Se notaba muy bien que aque­llo que nos ense­ñaba lo practicaba prime­ro en su propia vida”.

Los Ángeles Custodios y el cabo Vera

En 1974 Argentina atravesaba una situación social extremadamente delicada. A la inestabilidad económica se sumaba una alta tasa de criminalidad. Se registraban numerosos atracos y en las carreteras era frecuente encontrarse con bandas armadas. Se sucedían los secuestros y las peticiones de rescates. En vista de la situación, los organizadores de la estancia de Escrivá en el país juzgaron necesario que le custodiaran unos agentes de seguridad.

Escrivá aludió en varias ocasiones a estos hombres, comparando su profesión con la misión de los Ángeles Custodios.

-¡Siempre he tenido mucha devoción a los Ángeles Cus­todios! –dijo durante una de sus catequesis, mirando de reojo, con simpatía y agradecimiento, a los que le custodiaban- , pero ahora me los imagino… ¡Son incorpóreos los ángeles custodios, no tienen cuerpo..., pero ahora me los imagino con cuerpo: ¡fuertes, grandes, maravi­llosos, elegantes, hercúleos, delicados, atentos!

El Ángel Custodio –prosiguió- es un Príncipe del Cielo que el Señor nos ha puesto al lado para que nos vigile y ayude, para que nos anime en nuestras angustias, para que nos sonría en nuestras penas, para que nos empuje si vamos a caer, y nos sostenga.

Uno de esos agentes de custodia fue el cabo Ángel Vera que evocaba años después sus impresiones sobre Escrivá durante una entrevista televisiva, con el lenguaje contundente y preciso de estos profesionales. Recordaba Vera los numerosos detalles de afecto y cariño que el santo tuvo con ellos: “nos trataba muy bien. Se preocupaba mucho por nosotros: si comíamos, si desayunábamos, si almorzábamos, si nos atendían bien, de cómo estábamos, si andába­mos bien de salud, si alguno teníamos algún problema…”.

Y concluía:

-Conocer al Padre, fue lo más grande que me sucedió en mi vida.

… Al principio –explicaba Vera- cuando vino Monseñor, yo no sabía lo que era la Obra. Tan es así que yo no quería ir a la custodia de Monseñor. Era una gran responsabilidad para mí, especialmente debido a la situación del país. Me lo pidieron dos veces, hasta que en la segunda me explicaron quien era y acepté.

Fuimos a recibirle al aeropuerto de Ezeiza y lo trajimos hasta La Chacra. Allí programamos cómo iba a ser la custodia. A mí me asignaron para estar permanentemente con el Padre, porque ya había hecho este tipo de trabajo anteriormente… Fue una tremenda responsabilidad para mí, pero también fue lo más grande que me ha sucedido en mi vida: conocer al Padre, al Fundador de la Obra, también a don Álvaro del Portillo, y a mucha gente de la Obra; y me entusiasmó conocer el espíritu del Opus Dei.

Una bendición

En uno de los últimos encuentros del santo en Argentina, a modo de despedida, como pidiéndole un testamento espiritual, le preguntó un miembro del Opus Dei:

-Padre: ¿Qué quiere dejarnos en el corazón a todos sus hijos sudamericanos?

-Que sembréis la paz y la alegría por todos lados. Que no digáis ninguna palabra molesta para nadie. Que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no maltratéis jamás a nadie. Que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría.

Aquel encuentro del 26 de junio de 1974 –un año exacto antes de su muerte en Roma- terminó, como de costumbre, con una bendición sacerdotal.

-Para toda la tierra argentina –dijo Escrivá, mientras alzaba su mano para implorar la bendición de Dios hacia las multitudes que le escuchaban-,

para aquellos bosques maravillosos del Paraguay…

para aquella tierra del otro lado del Plata…

la bendición de Dios Omnipotente, la protección de la Madre del Cielo.

 

Y para vuestros hogares, para vuestros hijos… ¡para las guitarras de vues­tros hijos! –dijo, mirando con una sonrisa a los padres y madres de familia-; para la alegría de vuestros corazones:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén

 

 


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