ESCRIVÁ ANTE FRANCO Y EL FRANQUISMO

 

 

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Escrivá ante el nacionalcatolicismo del régimen franquista


 

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François Gondrand


El 2 de marzo de 1939 fue elegido un nuevo Papa, Pío XII. Pocas semanas después, el 16 de abril, dirigió una exhortación a “los dirigentes y los pastores de la Católica España para que iluminaran los corazones de las personas confundidas por el error, mostrándoles con amor las raíces materialistas y laicistas de donde procedían sus errores y sus desgracias”.

Trayendo a colación unas palabras que había dicho Franco, dijo el Pontífice: “No dudamos que todos aquellos que, como hijos pródigos, desean alcanzar la casa del Padre, serán acogidos con benevolencia y amor. A vosotros, venerables hermanos, os corresponde aconsejar a unos y a otros, de forma que todos, dentro de una política de pacificación, sigan los principios inculcados por la Iglesia y proclamados con tanta nobleza por el Generalísimo: justicia ante el crimen y bondadosa generosidad con las personas confundidas por el error”[1].

Benevolencia y amor, bondadosa generosidad… Hay constancia de que durante el periodo comprendido entre 1939 y 1945 se produjeron, al menos, unas 28.000 ejecuciones por razones políticas. Esa cruel represión –a pesar de las exhortaciones de los obispos, entre ellos el cardenal Goma, primado de Toledo– afectó a miles y miles de españoles, que fueron encarcelados y sufrieron condena durante largos años.

 

Opus Dei: el apoyo de la Jerarquía


A partir de 1940 el Fundador del Opus Dei tuvo que sufrir largas e intensas campañas difamatorias. Durante todo ese tiempo hubo una persona que le apoyó  siempre de modo incondicional: el obispo de Madrid Monseñor Eijo y Garay. Este prelado quiso que el Opus Dei fuese una  Pía Unión en 1941; y le pidió a Escrivá que diera un curso de deontología profesional en los inicios de la Escuela de Periodismo, que había nacido en Madrid en 1940; rogándole, además, que formara parte del Consejo Nacional de Educación, creado en 1941.

Escrivá accedió a la insistencia del Prelado: pero de hecho sólo enseñó durante un año en aquella Escuela y dimitió tan pronto como pudo de aquel Consejo
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Tiempo después explicaba que la razón principal que le había llevado a establecerse en Roma en 1947 había sido la de estar junto a la Sede de Pedro; pero dejaba entender que había otras razones, no tan principales, pero sí decisivas… Una de esas razones fue alejarse lo más posible de la capital de España.

Fue un autoexilio, un “voluntario destierro”, en palabras de Vázquez de Prada: había comprendido que en aquel hervidero de presiones e intrigas políticas en que se había convertido Madrid, su sola presencia podía dar pie a determinadas malinterpretaciones; y deseaba evitarlas completamente .

Escrivá y el Régimen que surgió en España tras la guerra civil

Escrivá pensaba que, como sacerdote, no era competencia suya hacer declaraciones sobre el nuevo Régimen que se había instaurado en España tras la guerra civil. Era la Jerarquía española –recordaba- la que debía pronunciarse sobre ese tipo de cuestiones. Por esa razón,  evitó cualquier manifestación sobre este particular. Como es sabido, hubo obispos que denunciaron algunas desviaciones ideológicas del Régimen, próximas al fascismo; y un prelado de la relevancia de Gomá, arzobispo de Toledo, aconsejó el perdón a los vencidos. Pero no puede decirse, a la vista de los hechos, que aquellas recomendaciones encontraran mucho eco.

En este sentido conviene recordar también que, décadas más tarde, durante los años setenta, cuando muchos obispos españoles tomaron la decisión de distanciarse del Régimen, ninguno de ellos prohibió a los católicos franquistas que siguieran colaborando con él.

Eso explica que, cuando, algunos miembros del Opus Dei aceptaron ser nombrados ministros del Régimen, a partir de 1957, Escrivá respetase sus libres decisiones, del mismo modo que respetaba las libres decisiones de los miembros de la Obra que trabajaban activamente, durante esa misma época, en contra del Régimen; y que por cierto, tuvieron que pagar duramente las consecuencias de su oposición.

El fundador se opuso frontalmente a cualquier utilización o presentación del Opus Dei –tanto en aquella época como en el futuro- como si fuera una especie de “cantera política”; como un grupo uniforme desde el punto de vista intelectual; o como un instrumento de presión, un lobby .

En 1966 escribió una carta abierta a José Solís, Secretario General de la Falange. Le consideraba responsable de ciertas noticias que afirmaban que los miembros del Opus Dei que habían detentado o detentaban entonces algunas carteras ministeriales formaban parte de una “estructura totalitaria” (acusación ciertamente paradójica, proviniendo de un falangista). En aquella carta el fundador le pedía, de forma tan educada como contundente, que pusiese punto final lo antes posible a la campaña de denigración que la Prensa del Movimiento estaba llevando a cabo en contra del Opus Dei.

Las valoraciones de Escrivá sobre las relaciones que se establecieron durante este periodo entre la Iglesia y el Estado fueron siempre de carácter estrictamente sacerdotal. Consideraba que ni la paz social que se había alcanzado, ni las medidas a favor de la Iglesia que había dictado el nuevo Régimen, daban derecho a determinados grupos a monopolizar la representación de los católicos en la vida pública. Y se oponía a que algunos católicos se sirvieran del poder establecido, en el peor estilo clerical, como si fuera una especie de “brazo secular” de la Iglesia.

Consideraba abusivo también que se esculpiera o pintara sobre las fachadas de numerosas iglesias y catedrales el símbolo de la Falange, con la leyenda: Caídos por Dios y por España ”.

Y se negó siempre a hacer el saludo fascista.

En junio de 1964, al comprobar el eco que habían adquirido en diversos ambientes de la curia romana los comentarios de prensa que atribuían cierto papel político al Opus Dei, decidió escribir una larga carta a Pablo VI . En ella le dibujaba a grandes rasgos la situación en España antes de la guerra civil y le contaba sus dolorosas experiencias durante el conflicto.

En ese texto se percibe cierta ironía cuando evoca la actitud de la mayoría de los obispos españoles de aquella época ante la persona del Jefe de Estado. Era una actitud que, evidentemente, no compartía:

 

“Hombre providencial, repito, se ha llamado a Franco todos estos años, con todos los tonos y en todas las ocasiones. Podría presentar a Vuestra Santidad una gruesa antología de discursos y documentos episcopales —prácticamente, de todos los Obispos—, en los que se elogia de manera ‘hiperbólica’ al Caudillo, que es en verdad un buen hijo de la Iglesia subjetivamente, y muchas veces también objetivamente. Y la Jerarquía eclesiástica, las Órdenes y las Congregaciones religiosas han obtenido buen provecho —si me fuese permitido, diré que a veces se han aprovechado— de la buena disposición del Generalísimo para con la Iglesia” .

 


Consideraba que el resurgir religioso que había experimentado el país y el recuerdo de los tristes sucesos del pasado habían hecho que se dejara prácticamente de pensar en el futuro; y eso hacía que, en aquellos momentos “ en España todo dependa de la vida de un hombre que, de buena fe, también él está persuadido de ser providencial” . Señalaba que “dada la edad de Franco, las circunstancias comienzan a ser graves, si no se arbitran las medidas que lleven a una evolución, y mejor si es rápida” .


A continuación desmentía formalmente la hipótesis de un Opus Dei metido en política; y le explicaba al Papa que los miembros del Opus Dei que colaboraban con Franco en el gobierno lo hacían libremente, siempre bajo su responsabilidad personal: y no tanto como técnicos, sino como políticos, del mismo modo que hacían otros ciudadanos que colaboraban en cargos de ese mismo nivel, y que pertenecían a la Acción Católica, a la Asociación Nacional de Propagandistas, etc. (Refiriéndose a estos últimos recordaba que eran sin duda alguna mucho más numerosos que los miembros del Opus Dei presentes en la vida pública)

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Le comentaba al Papa que el único caso que él conocía de un político que hubiese pedido permiso a la Jerarquía para colaborar en el gobierno de Franco, había sido el de Martín Artajo, que fue ministro de Asuntos Exteriores durante trece años. Sin embargo –precisaba- cuando el profesor Ullastres y el profesor López Rodó fueron nombrados, respectivamente, ministro de Comercio y Comisario del Plan de Desarrollo Económico y Social, él se había enterado por la prensa de esos nombramientos. Eso significaba que habían sido libremente asumidos y aceptados por los propios interesados.


Acto seguido, evocaba ante el Papa las dificultades que había encontrado por parte del Régimen a la hora de conseguir el reconocimiento de los títulos expedidos por la Universidad de Navarra, que había nacido en Pamplona en 1952. Sólo en 1960, cuando fue erigida por la Iglesia como Universidad Católica, pudo obtener, al fin -gracias al Concordato firmado en 1953 entre España y la Santa Sede-,  ese reconocimiento por parte del Estado español.
Seguía contando al Pontífice que al ver la resistencia feroz que había demostrado el Estado Español a la hora de reconocer las consecuencias legales  de un acto solemne como la erección de una Universidad Católica, había tenido que viajar a España para protestar personalmente ante Franco. Y le hablaba de los encuentros desagradables que había tenido con el ministro Solís, secretario de la Falange y Jefe de los Sindicatos, y especialmente, con el ministro Castiella .


Realmente –seguía diciéndole- le sería fácil reunir una buena colección de elogios públicos y desmesurados hacia el Régimen formulados por numerosos obispos, lo que –señalaba con claridad-, no se podía decir de él, aunque admitiera que Franco era un buen cristiano.


Al tratar del futuro de España, Escrivá, evocando los tristes sucesos de los años treinta, estimaba que era necesario que se diese lo antes posible una evolución del Régimen español, de forma que se evitara la anarquía y el comunismo que consideraba personalmente que podrían hacer tanto mal, de nuevo, a la Iglesia en España.


Para él la solución no estaba en la creación de un partido político más o menos parecido a la Democracia cristiana italiana (que era la opción que se pensaba en el Vaticano) porque ese partido –explicaba- podría comenzar sirviendo a la Iglesia y acabar sirviéndose de la Iglesia. Se corría el peligro, además, de que con el paso del tiempo la Iglesia no encontrara modo de desembarazarse de ese partido, y aquella alianza acabase convirtiéndose en una especie de chantaje moral.


Exponía ante el Papa, con filial confianza, su pensamiento personal: en su opinión, los católicos, actuando con libertad, deberían crear una sociedad en la que se respirara un sano pluralismo –“que no es lo mismo que  una atomización”, precisaba- en la resolución de las cuestiones temporales. Esos católicos -le decía a Pablo  VI-  deberían estar unidos en la defensa de las cuestiones esenciales para la Iglesia, pero sin formar nunca un grupo o un partido “católico”.


Se encuentra aquí el mismo pensamiento y  la línea de conducta que el Fundador había mantenido desde siempre: deseaba que los laicos (y entre ellos, los miembros del Opus Dei) estuvieran unidos en defensa de la Iglesia y obedecieran sus enseñanzas; y quería, al mismo tiempo, que obraran siempre con plena  libertad  y responsabilidad a la hora de tomar sus propias decisiones política

 

.[1] Cfr. “Acta Apostolicae Sedis”, vol. 31 (1939), p. 151-154

 


          Vid Carta dirigida a Florencio Sánchez Bella, EF-661019-3, citada por Vázquez de Prada, vol III, p. 529

          Vid Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid, 1968, nº 33, 35, 38, 50, 67, 76, 77, 79, 98, etc.

          Carta, en EF-661028-1, citado en Vázquez de Prada, vol III, pp. 542-544.

          Vid algunos extractos en “Famiglia cristiana”, n.8/1992, pp. 56-57.

          A. Vázquez de Prada, El Fundador… op. cit, vol  III p. 535.

          Ibid.

          Ibid.

          Cfr. A. del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1993, pp. 26-44; y A. Vázquez de Prada, op. cit., Tomo III, p. 535. Fernando María Castiella, ministro de Asuntos Exteriores, era en aquel tiempo el responsable de las relaciones del Gobierno con la Santa Sede.




 

 


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