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Ambrogio Eszer: actualidad eclesial de Escrivá


Escrivá, en Londres


Ambrogio Eszer, dominico, Relator General de la Congregación para las Causas de los Santos, escribió estas impresiones antes de la beatificación del fundador del Opus Dei en Roma, en 1992.



Actualidad eclesial de Escrivá

La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer, polifacética y, al mismo tiempo, extraordinariamente compacta, suscita un considerable interés tanto en el pueblo de Dios como entre los teólogos. El estudio de sus escritos y de su servicio eclesial parece demostrar que la personalidad del fundador del Opus Dei marca una nueva etapa en el panorama de la espiritualidad y de la vida de la Iglesia.

La actualidad de su mensaje y de su obra están a la vista de todos; es la «viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia», como escribió el Papa Pablo VI. El Santo Padre Pío XII afirmó de él que era «un verdadero santo, un hombre mandado por Dios para nuestra época». El cardenal Höffner declaró que su obra «es providencial en la historia de la Iglesia, y presenta tal fuerza salvífica que es imposible exagerar su valor».

Si el teólogo debe reconocer en el carisma del fundador del Opus Dei la libre iniciativa de Dios, que traspasa con una luz inesperada el espíritu de la criatura escogida y le asigna una tarea a la que ésta no sabe ni quiere resistirse, el historiador ha de buscar los paradigmas objetivos que permitan valorar ese carisma y la correspondencia del hombre. La inspiración de Monseñor Escrivá de Balaguer se proyecta sobre un horizonte que transciende las vicisitudes de su tiempo, pero de ellas obtiene fuerza y vigor.

Son dos los elementos que deben considerarse para formular una valoración adecuada de su personalidad y su apostolado. Por un lado, la experiencia personal del siervo de Dios: el itinerario de su vocación y de su misión. Por otro, las circunstancias externas en las que esta misión se desarrolló. O, si se prefiere, por una parte la gracia, y por otra, la forma concreta e histórica en la que la ha encarnado.

Pues bien, su acción eclesial toma forma en un contexto que, desde un punto de vista social y cultural, aparece fuertemente marcado por un laicismo rabioso. Estamos en los primeros años treinta, cuando tiene lugar una consolidación de las fuerzas laicistas que se proponen una radical descristianización de las masas: de hecho, este designio no se consuma solamente en los ámbitos restringidos donde se crea la cultura, sino que quiere involucrar a la sociedad entera.

De esta cultura laicista se derivó la expansión del odio anticlerical, la persecución violenta contra la Iglesia, la revuelta anarquista. En los años sucesivos, hasta llegar a nuestros días, el extremismo en la lucha contra la fe religiosa ha sido superado, pero aquel proyecto de «laicización» de la vida conoce una expansión casi imparable: la secularización como proceso de pensamiento, incluso teológico, y como realidad generalizada.

La respuesta de Escrivá de Balaguer, al principio y al final, es la misma, perentoria y esencial; «estas crisis mundiales son crisis de santos». Advirtiendo la necesidad de que los cristianos superen toda división entre la fe y el actuar diario, proclama la vocación universal a la santidad y anuncia con vigor que el trabajo humano es el instrumento a través del cual Dios llama al hombre a cooperar en el plan de la Creación y de la Redención.

El trabajo, que era el lugar de conflicto y de aplastamiento del hombre por aquellos que deseaban plasmar los «nuevos tiempos» de una humanidad finalmente liberada y dueña de sí, se convierte para el fundador del Opus Dei en el ámbito de santificación. Cristo es colocado «en la cumbre de todas las actividades humanas»; la vida de los hombres y la entera sociedad se impregnan de una tensión hacia Dios a la que nada resulta ya extraño. Y es en los cristianos corrientes, de todos los ambientes y condiciones sociales, en quienes Escrivá reaviva la conciencia de la necesidad de recapitular, desde dentro, el mundo en Cristo.

En ese espíritu se reconocen las huellas de sus primeras experiencias sacerdotales entre los campesinos de Perdiguera, los universitarios de Zaragoza y de Madrid, los obreros y los abandonados de las barriadas extremas de la capital. Un espíritu que parece mostrar sus inagotables virtualidades, sobre todo hoy, cuando vemos que el «humanismo» moderno acaba por desembocar en el indiferentismo y en el sinsentido. De ahí que no sea casualidad que en el texto del decreto sobre la heroicidad de sus virtudes se lea:

«Este mensaje de santificación en y de las realidades terrenas resulta providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época. En efecto, en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios.

Y este mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de la dignidad del hombre la tierra. Por lo que resulta patente la adecuación de este mensaje con las circunstancias de nuestro tiempo, y parece además destinado a perdurar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual».

Desde el punto de vista eclesial, Josemaría Escrivá comienza a actuar en una situación en la que las respuestas pastorales tradicionales comenzaban a dar los primeros signos de inadecuación ante el gran desafío de este humanismo ateo o agnóstico. Y en los últimos años asiste a la crisis de las ilusiones de quienes habían intentado superar ese ¡mpasse preconizando la adaptación de la Iglesia al mundo.

Tampoco aquí su respuesta cambia con el tiempo y, con su estilo directo característico, aparece perfectamente adecuada a las nuevas exigencias. Es el regreso a un cristianismo radical, cristocéntrico y teocéntrico, centrado en la afirmación del primado de la gracia, de la comunión de vida con Cristo mediante la oración y los sacramentos, que generan el hombre nuevo y lo transforman en testigo de Cristo en su propio ambiente profesional.

Se lee en estas tesis un eco ante litterarn del mensaje central del Concilio Vaticano II, en el que el fundador del Opus Dei tuvo la alegría de ver aprobadas las propias inspiraciones fundamentales; y, al mismo tiempo, se percibe un salto de siglos, que conecta directamente con la genuina fuente de la espiritualidad cristiana: el Evangelio sine glossa y la experiencia de la primitiva comunidad cristiana. Escrivá vive y transmite a todos los cristianos la experiencia del encuentro transformador con Cristo.

No hay en él ninguna presunción intelectual, ni la preocupación por resolver complicadas cuestiones teológicas, sino el anhelo pastoral de hablar a todos, cultos y sencillos, ricos y pobres, mentes eximias y hombres poco instruidos, para entregar a todos un mensaje nuevo y antiguo.

Es el mensaje de Cristo, en cuyo misterio salvífico todos los bautizados se encuentran vivíficamente injertados. Por esto, Camino –su libro más importante y difundido– no es una exposición sistemática, sino una guía hacia el encuentro con el Señor: incluso en su forma literaria, aparentemente tan asistemática como la vida misma, se refleja el sabor de los Ápophthegmata de los primeros maestros del Cristianismo.

Pero Escrivá está bien lejos de cualquier «primitivismo», y en este sentido, la lectura de su obra tanto publicada como inédita –así como de dictámenes elaborados a lo largo de la causa de canonización por parte de los teólogos censores designados por el Tribunal del Vicariato de Roma– es suficiente para disipar cualquier duda. El suyo es un trabajo de catequesis, de pastoral experta, de dirección de almas. Hay una mente atenta y perspicaz, que sin ligarse a ninguna escuela teológica determinada, bebe de la teología escolástica y, sobre todo, de Santo Tomás, las tesis fundamentales.

Su enseñanza consigue ser siempre eminentemente apostólica. Y también lo es su obra. La incidencia que ha tenido en la auténtica promoción del laicado es aún difícilmente evaluable en sus dimensiones reales que, ciertamente, son vastísimas; lo mismo se podría decir de los frutos que suscita en sacerdotes y religiosos.

Josemaría Escrivá de Balaguer ha llevado a tantos cristianos, de cualquier estado y condición, a la unión total e íntima con el Salvador, trasmitiéndoles un vigoroso impulso apostólico, que les ha hecho conscientes de la llamada a ganar a otros para Cristo; « estos otros» son cristianos que se han entibiado y aquellos que se han dejado absorber por el secularismo.

Detrás de esta fecundidad, que no conoce especializaciones, se palpa un profundo sentido de la Iglesia y un amor que podemos definir sin titubeos, encendido hacia todos sus representantes, comenzando por el vicario de Cristo.

La amplitud de las realizaciones apostólicas promovidas por Josemaría Escrivá en los cinco continentes, y su adecuación a las exigencias de una pastoral en sintonía con las necesidades de los tiempos, pueden hacer pensar que fuera, sobre todo, un hombre de acción.

Los estudios elaborados con motivo de la causa de cano­nización nos revelan, en cambio, que la verdadera clave de su personalidad está en su vida interior, donde se toca el misterio de la elección divina, de la que la criatura queda marcada hasta las libras más profundas de su ser.

Si se puede dar de él una definición, es la de siervo fiel: fidelidad ejemplar en la respuesta diaria a la intensa acción de la gracia en su alma y, consiguientemente, en el cum­plimiento del encargo recibido. Sólo dejándose moldear interna y enteramente por el amor de Dios podría convertirse en un humilde heraldo del mensaje radical de santidad que constituye el núcleo del Opus Dei. El carisma que le guió aparece constitutivamente dirigido a la edificación de la Iglesia.


Su experiencia unitiva personal fue el sustrato necesario y el alimento natural de su mensaje espiritual. La teología ha analizado esta experiencia conoce bajo el nombre de «carisma del fundador», y ha puesto de relieve que sus inmediatas consecuencias apostólicas no se limitan al valor del testimonio o de la ejemplaridad que enriquece su trasunto interior, sino a una paternidad misteriosa y real, cauce activo del fluir de la gracia de Cristo a sus miembros.

Esta me parece la clave de la personalidad espiritual de Monseñor Escrivá, enteramente marcada por la voluntad de ser fiel a la misión recibida. Fue en primer lugar un alma profundamente contemplativa.

Desde joven el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían «sentir», en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético y con una extenuante actividad apostólica, identificándose plenamente con la voluntad divina.


Simultáneamente, el Señor le hizo un maestro de vida interior; a los veintiséis años tan sólo, con la fundación del Opus Dei, le llamó a abrir un nuevo camino de santidad en la Iglesia.

También las purificaciones pasivas, elemento presente en todo proceso de la santificación, asemejan al siervo de Dios a los grandes fundadores: no sólo la experiencia vivida de la bajeza de la propia nada ante el amor divino, sino, sobre todo, la conciencia de la indignidad para una tarea sin limites, y la dolorosa sucesión de las incomprensiones sufridas, de las adversidades que de todos lados amenazaron la vida de la criatura que acaba de ver la luz... Como si Dios mismo pidiese una cosa humanamente «imposible» y, al mismo tiempo, pareciese que impedía su realización.

En la extraordinaria fecundidad de esta paternidad suya se descubre no sólo la fecundidad de la gracia, sino también un don particularmente atractivo. La vida espiritual de Josemaría Escrivá se desenvuelve en todos sus aspectos como una expansión de la filiación divina en Cristo: todo es confianza, acogida cordial, transparencia. También el dolor es abandono sereno en el Padre, que bendice con la cruz. Y todo sucede bajo el signo de la alegría, de un optimismo contagioso, de un maduro entusiasmo que hace singularmente atractiva su figura

Agradezco al Señor haberme concedido ocuparme, en calidad de relator, de la de canonización de Josemaría Escrivá. Las investigaciones se han llevado a cabo en el más riguroso respeto de los criterios jurídicos y de la metodología científica exigidos por la Iglesia en tan deseada materia: los procedimientos procesales, la recogida y el análisis de las fuentes documental es, y los sucesivos estudios histórico-documentales son también otro modelo de escrupulosa exactitud, con un sólido aparato crítico, y de profundización sabia y segura.

Aparece así una figura que pertenece ya al tesoro de toda la Iglesia: su próxima beatificación nos presenta un hombre en el que Dios ha querido dejar una huella deslumbrante de su gracia. En ella, cualquier cristiano puede descubrir los destellos de la luz que sólo la imagen de Cristo refleja en toda su plenitud y cuyo resplandor relumbra en los santos.

Articulo publicado en El Norte de Castilla, Valladolid, 9–I-1992


 

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