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EVANGELIZACION DE EUROPA


El Prelado del Opus Dei Javier Echevarría afirmaba en una entrevista publicada por Alfa y Omega, nº 180, 30 de septiembre de 1999, contestó a esta pregunta:

 

-- ¿Cuáles son las prioridades de la evangelización de Europa y qué papel jugará el Sínodo para Europa en este sentido?

--Antes que nada, debo aclarar que no me corresponde señalar esas prioridades, así, en general. Los trabajos del Sínodo constituyen precisamente una ocasión para reflexionar sobre la evangelización de Europa: durante esos días rezaremos, trabajaremos, nos escucharemos los unos a los otros, con apertura de espíritu y deseos de aprender. Y siempre con la confianza de que el Espíritu Santo nos mostrará el camino para iluminar Europa con la luz de Cristo.

En este sentido, el Sínodo no es sólo una experiencia viva de la comunión de la Iglesia, sino también una manifestación de fe: creemos que de la comunión y de la unidad surgirán luces para la tarea apostólica de los próximos años.

Después de esta aclaración, no tengo inconveniente en comentar algunos aspectos que -en mi opinión- es bueno afrontar, movidos por el deseo de que el espíritu cristiano renueve nuestro continente, como ha hecho siempre la Iglesia. Me parece muy importante la necesidad de practicar la fe con la vitalidad de los comienzos; también atraerá nuestra atención la dimensión multicultural de la evangelización, dentro de la unidad; y considero que no faltará el estudio sobre las responsabilidades de la mujer.

Como telón de fondo situaría la obligación de presentar nuestra fe de forma genuina, con la coherencia de vida y con el entusiasmo de aquellos inmediatos discípulos de Jesucristo. Hemos de poner en primer plano a Cristo, en quien creemos, a quien seguimos, y de quien estamos llamados a hablar.


Los católicos de este continente no tenemos motivos para considerarnos de vuelta, como desencantados. Pero hemos de desempolvar nuestro modo de practicar la fe, purificarlo, conectando más a fondo con la fuente, el manantial, que es el Señor Jesús. Y Jesucristo es eternamente joven, es la perenne novedad. Como consecuencia, nuestra esperanza resultará fortalecida, recuperaremos y comunicaremos siempre con más fuerza y convencimiento la alegría de sabernos cristianos, hijos de Dios.

El Santo Padre, en un discurso al CELAM, en 1983, decía que la evangelización tenía que ser nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión. Pienso que podemos aplicar muy bien a Europa ese requerimiento de novedad que lleva en sí el mensaje cristiano. Y, lo repito, la novedad es Jesucristo vivo, que sigue pasando a nuestro lado y llamándonos a participar de la gran novedad que es su Vida.

También estimo como una necesidad pastoral urgente, porque se plantea en muchos de nuestros países, la relacionada con los nuevos europeos que llegan de otras regiones del mundo castigadas por el hambre, la violencia y la miseria. Europa se encuentra de nuevo ante el reto de la integración. Un desafío que tiene una dimensión social, organizativa y económica, pero también una dimensión moral. Se trata ciertamente de una cuestión compleja, de difícil solución, que reclama capacidad de apertura ante el otro, ante lo diferente, ante lo inesperado.

En estas circunstancias, los cristianos -como tantas otras veces a lo largo de la Historia- descubrimos una tarea exigente que cabría resumir en tres palabras: respetar, acoger, anunciar. Respetar -es decir, amar- a todas esas personas que van llegando a Europa por oleadas, muchas veces en condiciones materiales de extrema indigencia: su pobreza no disminuye su dignidad. Acoger, dejando que suene en nuestros oídos el eco de aquellas fórmulas que hemos de redescubrir: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento... Y anunciar, porque muchos de esos nuevos europeos no han oído hablar de Jesucristo, y necesitan conocerlo; y a nosotros nos obliga el gozoso deber de darlo a conocer.

Pienso que a todos los pastores nos llena de gozo la posibilidad de detenerse en una reflexión pastoral específica acerca de lo que podríamos llamar las nuevas responsabilidades de la mujer en la Europa del futuro. Por decirlo brevemente y de forma gráfica, la mujer, en el siglo que ahora acaba, ha pasado de cumplir una función de presencia limitada en la vida pública de las naciones a ocupar puestos de gran categoría: la que a ellas les corresponde también. Se trata de un proceso de transformación muy profundo, que no ha terminado todavía.

El cambio está resultando a veces complicado y doloroso, con luces y sombras. El hecho es que el ámbito de influencia de la mujer presenta nuevas incidencias bien positivas, y sus responsabilidades están reclamando esa reflexión madura que todos deseamos. En este contexto, la Iglesia tiene mucho que decir sobre la dignidad de la mujer y la grandeza de su misión en la sociedad, sobre la importancia de la paternidad y la maternidad, sobre el papel de la familia, etc.

Y con la expresión la Iglesia tiene mucho que decir, quiero referirme en particular a las mujeres católicas europeas: me atrevería a afirmar que de su talento y santidad depende en gran parte el futuro de todos.


 

Persona a persona: el caso de los Harold

La evangelización en el Opus Dei se realiza persona a persona. El caso de Petra Herold, una licenciada en Física y Matemática quevive en Forchheim (Alemania), y que se acercó de nuevo a la Iglesia Católica gracias a san Josemaría, es un buen ejemplo. Está casada con Rolf Herold y es madre de cuatro hijos.

“Estaba bastante distanciada de la Iglesia, y cuando leí aquella biografía sobre el fundador del Opus Dei, me conmovió su gran entusiasmo. Se notaba que estaba muy enamorado de la Iglesia y me contagió. Dije de todo corazón: “sí” a la Iglesia, “sí” al Papa.

Comprendí que debemos ser cristianos de una pieza, y no conformarnos con las etiquetas: cristianos de cuerpo entero.

Yo estaba interiormente dividida: veía la vida religiosa por un lado y la corriente, por otro, como dos ámbitos distintos, hasta que entendí cómo podía unirlos,santificando el trabajo, convirtiéndolo en oración.

Me di cuenta de que no importa que el trabajo de uno tenga o no un relieve especial; lo que importa es cómo hago ese trabajo,qué amor pongo en él, qué entrega. No importa tampoco que uno triunfe o no se trabajo, sino que lo ofrezca a Dios.

Descubrí también que no importa tanto que los niños echen por tierra rápidamente el trabajo de la casa —por ejemplo, la limpieza—, porque no he trabajado inútilmente. Ahora hago lo mismo que hacía antes, pero de una forma más coherente y reacciono con más serenidad.

Había otro punto que me preocupaba. Mi esposo era protestante y yo quería acercarle a la conversión, pero tenía la impresión de que todo iba demasiado lento. Y la realidad ha sido bien diferente a lo que yo pensaba. Hay que confiar más en Dios, ponerlo todo en sus manos.

Un día le pregunté a un sacerdote del Opus Dei cómo podía ayudar a mi esposo en su conversión, y me aconsejó:

-“Ame a su esposo con toda el alma”.

No podía haberme dado un consejo mejor; sólo con amor podemos ayudar a los demás a acercarse más a Cristo.

La alegría que irradiaba san Josemaría me ha impresionado siempre. Él tuvo muchos problemas: problemas de salud, problemas económicos y todos los problemas con los que se encontró para fundar el Opus Dei. Era joven y, sin duda, esos problemas tuvieron que afectarle mucho, pero nunca perdió la alegría.

Esto se ve claramente en las filmaciones de sus encuentros con grupos de personas. Sus palabras transmiten alegría. Después de conocerle, siempre que me entristezco por algo, pienso en él y me siento motivada para continuar trabajando.”

Rolf, el esposo de Petra es profesor en el colegio de enseñanza secundaria, y cuenta:

“Yo era evangélico, protestante, pero no vivía la religión en serio. Nunca me había interesado en profundidad por la fe. A través de Petra, conocí a Josemaría Escrivá y fui comprendiendo algunas de sus afirmaciones, que me parecían muy sugerentes. Por ejemplo: “tú tienes que ser santo”. Yo no había pensado nunca llegar a ser santo. Y decidí tomarme en serio la fe.

Leía cosas con enfoques diferentes; empecé con san Francisco de Sales, luego Teresa de Lisieux y después,el Cardenal Newman. El que más me impresionó fue el anglicano C.S. Lewis. Al mismo tiempo iba leyendo a Escrivá.

Y todos esos autores llegaban al mismo punto que Escrivá: con la fe, todo se dirige hacia la unidad. Él ha logrado hacerme comprender esa unidad. Esa fue la razón por la que yo pude decir “sí” a la Iglesia católica, porque la Iglesia católica es donde se realiza esa unidad.

Comprendí que iba hacía ella, que pertenecía a ella de alguna forma. No me convertí al catolicismo porque Petra fuese católica, sino porque me di cuenta de que en la Iglesia estaba la Verdad”.

 

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