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Guitarrista flamenco y agregado del Opus Dei




¿Cómo nace su vocación de guitarrista?

Mi vocación nace de jovencito. Yo soy de Mérida, nací en 1949, y me interesé por la guitarra con catorce o quince años, cuando mis padres me regalaron mi primera guitarra y comencé a tocar con mis amigos, sin ninguna intención profesional, sólo para pasar un rato agradable con mis amigos.

A los veintidós años, comencé a aficionarme al flamenco en serio. Desde los dieciocho estaba trabajando en una Escuela Familiar Agraria extremeña y es allí cuando tuve la ilusión de aprender a tocar la guitarra flamenca, con seriedad, con profundidad, y comencé a estudiar con mucha ilusión el flamenco, pero me daba cuenta de que tenía que venir para la cuna del flamenco, Andalucía.

Entonces solicité en el trabajo trasladarme a otra Escuela Familiar Agraria que hay en Almodóvar del Río, Córdoba. Allí conecté con guitarristas de Córdoba y ellos fueron los primeros en enseñarme seriamente el flamenco.

Pasado el tiempo, me vine a trabajar a Lora del Río (Sevilla) y allí también comencé a trabar amistad con guitarristas flamencos de Sevilla. A mí me gustar recordar el encuentro con el primer guitarrista flamenco que conocí en Sevilla: era un cartero de Carmona: Manolo Ojeda.

Cuando le vi por primera vez, en la puerta de su casa, me presenté y le dije que yo era un aficionado al flamenco y quería charlar con él porque me habían dicho que era un buen aficionado al cante, y entonces me dijo: “un momento. Pase usted, que yo a los amantes del flamenco los recibo siempre en la sala de estar de mi casa y les pongo una copita de vino y una tapita”... Así empecé yo.


¿Fueron duros los comienzos?

 


La verdad es que sí. Al venirme a Sevilla, yo tenía muy claro lo que quería hacer, pero no conocía a nadie en la ciudad, y decidí poner carteles en los bares en los que ponía: “SE DAN CLASES DE GUITARRA”. Compré un Citroën 2CV de segunda mano y me lancé a la aventura.

Vivía en una pensión y como no tenía ni idea de las calles de Sevilla, compré un callejero. Cuando me llamaban los primeros alumnos yo les preguntaba: ¿Por qué calle vives? Me decían la calle y, gracias al callejero pude comenzar. Poco a poco, el grupo de alumnos a los que iba enseñando a tocar la guitarra fue en aumento. Por mis clases han pasado ya más de cuatrocientos alumnos.

¿Era usted ya del Opus Dei?

Sí. En 1969, a los 20 años, pedí ser Agregado del Opus Dei; entonces vivía en Córdoba. Antes, en Mérida, ya había conocido a algunas personas del Opus Dei, y desde joven me había interesado por la espiritualidad de la Obra: me llenaba de alegría pensar que, en medio de los avatares del mundo, una persona podía encontrar a Dios, tratarle y llevar esta alegría a sus amigos y conocidos.

Pero quiero aclarar que yo hasta los quince años no tenía estudios primarios ninguno. Siempre había estado trabajando: en una tienda de electrodomésticos, en una empresa, incluso hasta en una emisora de radio... Un amigo mío en Mérida me habló de Torrealba, en Córdoba, donde había una escuela de capataces. Y yo, con la ilusión de hacer algo y tener unos estudios, me fui para allá. El ambiente que encontré en Torrealba era fantástico.

Se trabajaba con alegría, a gusto, e hice muy buenos amigos. Fui tratando cada vez más al Señor y, a la vez, en las tertulias que organizábamos, yo sacaba mi guitarra y nos lo pasábamos estupendamente. A mi nadie me había planteado la vocación. Fue una idea – o una luz del Espíritu Santo- lo que me hizo plantearme mi vocación a la Obra. Al ver el ambiente de alegría de Torrealba, yo hice el siguiente símil: Esto es como ir de camino al Rocío montado en una carreta... Hay alegría, risas, cantos y plegarias.

Pero, de pronto se me ocurrió que quien tiraba del carro no era bueyes, sino personas del Opus Dei que con su abnegación hacían posible mi alegría. Entonces pensé: ¿Por qué no me bajo yo del carro y me pongo a tirar – como ellos- y así otras personas se pueden subir y estar muy contentas y tratar a Dios?

Así que decidí entregar mi vida al Señor, para “tirar del carro”... Hay otro aspecto del espíritu del Opus Dei que me fascinó: el cuidado de las cosas pequeñas por Amor a Dios y para hacer agradable la vida a los demás. Esto lo aprendí en mi juventud, gracias a la gente de la Obra que conocí y, desde entonces, procuro luchar y cuidar las cosas pequeñas.



Pero, además de dar clases de guitarra, usted es también cantante y actúa en los escenarios...



Efectivamente. En mi página web explico lo siguiente: “Soy cantante, que con la experiencia de no pocos años por los escenarios y con un extenso y variado repertorio de pasodobles, cumbias, salsa, boleros, rumbas, sevillanas, éxitos veraniegos del momento, etc..., amenizo todo tipo de celebración: ferias, veladas, romerías, bodas, bautizos, comuniones y demás fiestas familiares o de empresa. 

Con el único objetivo de ofrecer  un producto adecuado a todo tipo de público, pongo siempre en mis actuaciones el máximo empeño para que la gente disfrute, participe, baile y se lo pase a lo grande, garantizándole que su celebración será, sin duda, la fiesta más agradable y divertida.

Suelo hacer varios pases de cuarenta y cinco minutos cada uno, con intervalos de quince, y para que no se pare de bailar, entre pase y pase, pongo música-disco de temas marchosos y actuales.

Otra posibilidad que ofrezco es la de amenizar el evento festivo, si así se prefiere, con amplio repertorio exclusivo de sevillanas y rumbas, o sea, en plan flamenquito, animando a que la gente intervenga y pudiendo acompañar, con mi guitarra, cualquier estilo del cante flamenco”.



¿Cómo trata a Dios en el escenario?


Para mí la guitarra es una forma de encontrar a Dios. Pero lo más bonito para mí es poder llevar a Dios a los demás a través de la música. Ya he dicho antes que dedico muchas horas a dar clases de guitarra. Pero mi verdadera ilusión es ser guitarrista de flamenco, y estar acompañando a los cantaores: lo que solemos decir flamenco por derecho.

A lo largo de todos estos años yo he pisado todas las peñas flamencas de Andalucía. Como, gracias a Dios, trabajo no me falta, me suelo levantar muy temprano para ir a Misa y hacer oración. Esta es la clave de mi día. A partir de ahí sale todo lo demás.

En los espectáculos, cuando estoy delante de la gente cantando, yo tengo un lema, que procuro escribir en la parte superior de los papeles del repertorio que utilizo, lo que podríamos llamar “mis chuletas” y que me sirve de recordatorio, para mantener la presencia de Dios: el lema es C.P.D., que significa: CANTO PARA DIOS. Así, el ambiente lo llevo yo a todos los sitios donde vaya.

Y en las clases de guitarra, todos mis alumnos saben que yo soy del Opus Dei. Surge la conversación y la amistad: ellos me preguntan, me cuentan sus cosas y yo también. A muchos les doy una estampa de San Josemaría, o les hablo de la maravilla de acercarse a Dios... La música es una oportunidad magnífica para hacer felices a los demás.

 



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