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André Frossard analiza a Josemaría Escrivá


Con galas de Académico de la Academia Francesa de la Lengua


Nació el 14 de enero de 1915, à Colombier-Châtelot (Doubs) en una familia protestante por la rama materna y una abuela judía por la rama paterna. Su padre, que había sido secretario general del partido socialista con 28 años, fue elegido a los 30 años primer secretario general del Partido Comunista francés.

André Frossard se convirtió al catolicismo, por una gracia especial de Dios, el 8 de julio de 1935, cuando entró en la capilla de las religiosas de la Adoración, en la calle Ulm de París.

Tras la movilización militar, participó activamente en la Resistencia y fue detenido por la Gestapo en Lyon el 10 de diciembre de 1943, e internado en el barracón de los judíos de Montluc. Fue uno de los siete que logró escapar de allí. Setenta y nueve de sus compañeros de barracón fueron asesinados en Bron el 17 de agosto de 1944.

Periodista de gran prestigio, fue redactor jefe de Temps présent, y participó en la fundación de Le Monde. También fue redactor jefe de L’Aurore, de Nouveau Candide, cronista de Point, editorialista de Paris-Match, etc. En 1990 había escrito alrededor de 15.000 artículos. Era miembro de la Academia Francesa.

Entre sus libros más conocidos, además de las entrevistas con Juan Pablo II, se encuentra el famoso relato de su conversión: “Dios existe, yo me lo encontré”, que ha tenido un gran éxito editorial, con numerosas reediciones. Falleció el 2 de febrero de 1995.

 

Como células fotoeléctricas


Fue un hombre profundamente coherente con su fe, agudo conocedor de las realidades eclesiales. Por lo que se refiere al Opus Dei, en una entrevista televisiva habló sobre san Josemaría Escrivá.

"Aquellas reuniones -comentaba Frossard, tras ver un documento filmado de los encuentros de catequesis del Fundador- tenían un sabor de familia... Mons. Escrivá iba y venía sobre un estrado, entre una muchedumbre compuesta por gente de todas las edades. Hijos, padres, hombres, mujeres, personas de edad...


Lo que más me sorprendió fue la alegría de los que estaban allí, alrededor de aquel hombre, que parecía un padre de familia con muchos hijos, a los que no tenía la posibilidad de ver con frecuencia y que aprovechaba esa reunión para ocuparse de los pequeños problemas de cada uno...

«... Las preguntas que le hacían tenían menos importancia que el espíritu con el que se las formulaban. Esto me permitió constatar que Mons Escrivá tenía un don particular para adivinar en el interior de los seres mediante el Amor: ese amor que sentía visiblemente por ellos brillaba al concretarse en los casos personales, de tal forma que las respuestas que les iba dando aludían, llegaban, visiblemente a sus pequeños problemas...

«Es curioso: normalmente, cuando uno hace una pregunta en una reunión, se obtiene una respuesta de tipo general.


En este caso, la respuesta convenía al conjunto de los asistentes y había algo más: algo que se refería unicamente a la persona con la que hablaba. Bastante curioso.

«Lo atribuyo pura y simplemente al Amor. Hay personas en el cristianismo -a los que generalmente se les llama santos- que son como células fotoeléctricas.


Es decir, la oración, la contemplación, les aportan una luz que los transforman inmediatamente en amor... Todos los cristianos tendrían que estar hechos sobre ese patrón; pero no es lo habitual.

Este caso es un ejemplo evidente de que todo en la manera de ser de mons. Escrivá provenía de la oración, de ese diálogo permanente que mantenía con Dios... y eso se vertía finalmente en las almas que tenía a su alrededor".

—Cfr. Video MICHELINI, A, Los caminos divinos de la tierra.


 

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