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UNA MISA CON EL PAPA JUAN PABLO II

Jaime Fuentes


El domingo 2 de abril de 2006 se cumple un año del fallecimiento del queridísimo Juan Pablo II. Desde entonces hasta hoy, los recuerdos personales de encuentros con el Papa, porque son recuerdos de un santo, casi han adquirido el valor de reliquias. Aquí presento uno de ellos.

El jueves 21 de mayo de 1992, encontrándome en Roma con motivo de la beatificación de San Josemaría Escrivá, tuve el privilegio de concelebrar la Santa Misa con el Papa en su capilla privada. El relato de esa experiencia lo incluí en el libro LUCHAR POR AMOR, Recuerdos del Beato Josemaría Escrivá, que publicó Ediciones de la Plaza en 2001.

 

A las 6.30, en el Portón de Bronce, junto a la parte derecha de la colonnata de Bernini, el guardia suizo verificó mi nombre en la lista que tenía en su mano. Pasamos al hall de entrada del Palacio Vaticano una treintena de personas, de las cuales 13 éramos sacerdotes. Casi todas pertenecían al Pontificio Consejo para la Cultura y al Secretariado para los no creyentes, organismos de la Santa Sede que celebraban diez años de su creación.

Un ascensor nos llevó hasta el cuarto piso del Palacio Apostólico, en el que se encuentra la capilla privada del Santo Padre. Monseñor Estanislao Dsiwisz, secretario de Juan Pablo II desde que era obispo en Polonia, hizo pasar a una sala grande a todos los sacerdotes, menos tres, para que se revistieran con los ornamentos sagrados ahí preparados. Otros dos sacerdotes y yo debimos hacerlo en una salita chica, con los ornamentos que llevábamos cada uno: a las doce menos cuarto de la noche me había localizado monseñor Lozano en el hotel -¡gracias!- para advertirme que no me olvidara de ellos. Se ve que la presencia de este trío no había sido prevista con el tiempo necesario en la Casa Pontificia...

A las 6.50 atravesamos la sala grande y nos dirigimos, por la puerta izquierda del fondo, a la capilla privada del Papa. Monseñor Estanislao, hablando en susurros, hizo pasar primero al Cardenal Gagnon, Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura. Detrás, los otros sacerdotes y el resto de las personas invitadas.

EN LA CAPILLA DEL PAPA

La capilla del Papa es chica -no tiene más de doce metros de largo por seis de ancho-, y de aspecto frío: baldosones de mármol blanco veteado cubren el suelo y las paredes, y unos vitraux de la resurrección del Señor hacen de cielorraso. Todo el espacio de la capilla se concentra en el sagrario, que está encima de la mesa rectangular del altar. Detrás, sobre una pared curva de granito rojo, los brazos abiertos de un crucifijo de bronce, de fuerte presencia, mueven a la oración.

El último iba yo en la fila de los concelebrantes. Monseñor Estanislao dirigió hacia el presbiterio a quienes se habían revestido primero. Cuando el sacerdote que iba delante de mí por el estrecho pasillo central de la capilla torció hacia su derecha para ocupar el lugar que le indicaban, me detuve impresionado: a un paso, matemáticamente hablando, el Santo Padre Juan Pablo II estaba en la sede, fija la vista en el sagrario, orando.

Su secretario me indicó con un gesto que me sentara detrás del Papa, en una banqueta igual a las que usarían los asistentes a la Misa. Así lo hice, cuidadosamente, sin ningún ruido, quedando el Santo Padre al alcance de mi mano.

Recé con el Papa de la manera más sencilla, uniéndome con toda el alma a su oración. Dirigí la vista hacia el Cristo de bronce y admiré, debajo del brazo izquierdo, colocada sobre la pared de granito, una reproducción pequeña de la Virgen de Czestochowa, Reina de Polonia. Y, encima del altar, a la izquierda del sagrario, una imagen de yeso -era tiempo pascual- de Jesús Resucitado.

A las 7.03 Juan Pablo II se puso de pie y se dirigió al altar para revestirse con los ornamentos blancos de la Misa, que estaban colocados sobre el mantel. Monseñor Estanislao y otro sacerdote, vietnamita, le ayudaron; su secretario le ofreció agua para purificarse los dedos antes de comenzar el Santo Sacrificio.

La Misa fue celebrada en italiano; cada uno de los concelebrantes la seguimos en un pequeño misal. Desde el ambón, antes de comenzar los ritos iniciales, el Papa paseó su vista por toda la capilla, fijándose en cada una de las personas que le acompañaban. Nunca le había visto así, tan cercano, tan "párroco": nadie le resultaba desconocido. Eran las 7.06.

COMIENZA LA SANTA MISA

Después del saludo inicial dirigió unas breves palabras a los miembros del Pontificio Consejo de la Cultura, agradeciéndoles y animándoles en su trabajo. Habló apenas medio minuto o menos, y fueron las únicas palabras que pronunció fuera de lo señalado en la liturgia del día.

Pausadamente, como si se dirigiera a Dios en un idioma nuevo, leyendo cada oración, rezó Juan Pablo II el "Confiteor", el "Señor, ten piedad", el "Gloria". Con voz grave anunció -"Oremos"- la Oración Colecta. Y se recogió en silencio durante varios segundos antes de pronunciarla. Cuando terminó vino a la sede para escuchar las dos lecturas y el Evangelio, que leyó el Cardenal Poupard. A continuación tomó asiento y se sumergió en la meditación personal de la Palabra de Dios.

Llegaba hasta la capilla el canto de un pájaro tempranero que favorecía el recogimiento. Silencio del Papa, silencio de los que le acompañábamos, oración: "Señor, lo que te pida el Papa". Fueron 8 minutos de inmersión en el Misterio. Después se dirigió al altar.

La Misa continuó. Rezamos el Canon Romano, acompañados por todos los santos. Al llegar la Consagración, Juan Pablo II pronuncia aún con más atención las palabras: más que en ningún momento él es el mismo Cristo que va a convertir el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor. Y hace dos veces una genuflexión en cámara lenta que es adoración genuina.

Antes de comulgar repetirá el gesto, pausadamente, amorosamente. El Papa repartió la Comunión a los asistentes y vino a la sede. Monseñor Estanislao le ofreció agua para purificarse los dedos. Nuevamente el silencio, durante cinco minutos: acción de gracias a Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía. Después se dirigió al altar: "Oremos". Pasan varios segundos antes de pronunciar la oración Postcomunión.

Quiso el Papa dar la Bendición final con el Cardenal Poupard. Su secretario le ayudó a quitarse los ornamentos, que entregó a una religiosa. El Papa regresó a la sede y continuó aquí su oración, cinco minutos más. Alguien entonó un cántico en italiano, que cantaron todos. Cuando finalizó, Juan Pablo II se puso de rodillas y continuó rezando. Lo acompañé:

 "Señor, gracias de corazón por este regalo. Beato Josemaría, Padre, gracias, gracias, gracias. Porque soy testigo de la Misa del Papa. Porque he podido darme cuenta, ¡tan de cerca!, que es el acto más trascendente de su día. Porque aquí se entiende que lo único importante es buscarte y adorarte. Porque aquí, en Ti, Señor, está el secreto del Santo Padre: de su valentía, de su fortaleza, de su eficacia apostólica, de su optimismo... Jesús, te ruego que me ayudes a no despistarme, a no confiar en mis capacidades ni a asustarme de mis incapacidades…"

 

EL SALUDO AL PAPA

A las 7.57, mientras el Papa continúa de rodillas, monseñor Estanislao hace un gesto indicándonos la salida. Vamos al salón grande que ya conocemos. Nos colocamos en semicírculo. Monseñor Estanislao se dirige a mí, sonriente -"Uruguay, el último", dice- , señalándome el lugar…

Juan Pablo II llega al salón y comienza a saludarnos a todos, uno a uno. No tiene ningún apuro: se detiene, escucha con interés lo que le dicen… Pienso qué contarle… No me doy cuenta de que mi estado se parece mucho a un flan, hasta que me sorprendo agradeciéndole, ¡en italiano!, la beatificación del Fundador del Opus Dei y que haya visitado Uruguay y ¡cómo llovía! cuando llegó, "se ne ricorda, Santo Padre, la pioggia"… "La ricordo bene", sonríe. ("¡Pero será posible que no tenga nada más importante para decirle al Papa!"…)

Y le entrego un libro mío y las cartas de los chicos, mientras le aseguro que le van a encantar… "Grazie, grazie"

Salí a la Plaza de San Pedro y me dirigí a la Basílica. Sentía necesidad de rezar más y quería tomar notas de todo lo vivido. Desde el tapiz colgado en la balconata, el Beato Josemaría miraba sonriente…

Cartas al Papa:

 

Montevideo, 15 de mayo de 1992

Querido Juan Pablo II:

¿cómo está? Espero que bien. Yo estoy bien. Me llamo María José, soy uruguaya y vivo en Montevideo su capital, tengo 11 años y el 25 de agosto cumplo 12, voy al colegio "Los Pilares" que es uno de los que quería fundar Monseñor Escrivá de Balaguer y estoy en sexto año.

Tengo dos hermanos más, Juan Ignacio y Santiago Andrés. Yo soy la mayor. Tengo la oportunidad de escribirte gracias a mis padres, ya que van a la beatificación.

Te quiero contar, que el sábado pasado, hice con todo el colegio y padres una romería como quería Monseñor Escrivá de Balaguer subiendo el cerro Verdún.

Me gustaría informarte de un milagro que me hizo Monseñor Escrivá de Balaguer.

Cuando yo nací tenía el corazón mal formado, estuve tres veces por llevarme a Estados Unidos; de bebita hice tres paros cardíacos en los cuales mis padres se asustaron mucho. En los tres paros cardíacos mis padres lo único que hacían era rezarle a Monseñor Escrivá de Balaguer. En esta situación toda la Obra rezaba constantemente por mí.

Hasta los cuatro años seguí así pero iba a la guardería de Los Pilares en la cual dos por tres me daban unos dolores fuertísimos. Un día los médicos encontraron que tenía un agujero en el corazón.

Después de esta operación me siguieron haciendo análisis. Un día, el médico dijo que tenían que operarme, pero en las condiciones que estaba, no la iba a sobrevivir.

De repente sin explicación se cerró. El médico Canessa (uno de los que sobrevivió en los Andes) dijo que fue un milagro porque de un día para otro no se me pudo haber cerrado.

Gracias a la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer que le agradezco mucho, ahora estoy en perfectas condiciones.

Su Santidad Juan Pablo II le pido con mucho cariño que rece por mi alma y para que cada día sea más buena.

Por último me gustaría decirte que ayer hizo tres años que tomé la primera Comunión.

Te agradecería mucho si me contestaras esta carta, ya que sería un honor para mí.

Desde ya te agradezco mucho. Me despido de Ud. muy atte. Un abrazo enorme

María José

 

Querido Papa: yo soy Juan Ignacio, hermano de María José que también te manda una carta. Tengo 10 años soy uruguayo y vivo en Montevideo su capital, nací el 6 de diciembre de 1981. Voy al colegio Monte VI que es uno de los tantos colegios fundados en el mundo por Monseñor Escrivá de Balaguer.

Yo te voy a contar una cosa: yo estoy seleccionado para ADIC (Asociación Deportiva Inter Colegial). Se hace una selección para cada deporte y se juega contra otros colegios para llegar a la copa. Yo estoy seleccionado para fútbol y atletismo, soy golero del equipo, hago resistencia, salto alto y bala. Cada vez que compito llevo una estampa de Monseñor Escrivá de Balaguer en la media para que me ayude y me ayuda. Rezo todas las noches, voy al oratorio del colegio casi todos los días.

Te voy a pedir un favor, que vuelvas y cuando sea visites el colegio. Yo te fui a ver cuando vinistes e incluso lo tengo grabado. No me voy a olvidar nunca cuando vinistes la primera vez yo era muy chico y estaba lloviendo. El Papamóvil se detuvo y tú me mirastes detenidamente porque era chico estaba debajo de la lluvia y me vendecistes. Te pido que me escribas cartas mutuamente. Aquí en el Uruguay estamos todos muy contentos por la beatificación.

Te deseo suerte.

¡Bueno Chau!

Me despido muy contento por la beatificación, por mandarte esta carta y porque sé que voy a ser lo máximo posible en cumplir mis deseos, gracias.

Te quiere

Juan Ignacio

Hoy es jueves 14 de mayo.

Hola me llamo Santiago voy al colegio Monte VI. Tengo 7 años, soy uruguayo vivo en Montevideo. Quiero que me hagas una promesa y las promesas no se rompen: quiero que vengas al Uruguay.

Santiago

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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