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Mons. Eduardo Fuentes, Obispo de Sololá

La lucha contra la pobreza espiritual y material


Mujeres indígenas de Sololá


Conocí a Mons. Eduardo Fuentes en los últimos veranos de su vida –veranos del 94 y del 94- y pasé a su lado momentos decisivos e inolvidables. Fui a verle, por aquellas carreteras del Altiplano guatemalteco, lugar de extrema pobreza, hasta el Seminario de Sololá, donde residía.

Yo trabajaba entonces en Solidaridad Universitaria Internacional, SUI, y debía entregarle varias toneladas de medicinas que nos habían dado en España los miembros de Médicos Mundi de Valencia. Era un día de mercado y los inditos llenaban las calles centrales de Sololá con sus indumentarias multicolores.

En el Seminario esperé a que me recibiera, sentado en un largo banco corrido entre inditos descalzos, que acudían a él para sus numerosas necesidades. Don Eduardo abría la puerta les recibía, les escuchaba, y se desvivía por ellos. Cuando llegó mi turno, me llevó a su despacho, donde había unas grandes fotografías del Cura de Ars y de San Josemaría, entonces Beato.

Me dijo que tenía gran devoción por María Ignacia, la primera mujer del Opus Dei, que murió durante los comienzos. “Yo también estoy en los comienzos”, comentó, explicándome los numerosos proyectos que tenía en marcha.

Luego, durante aquellos veranos, en nuestros viajes por el altiplano guatemalteco, por las carreteras de su diócesis de Sololá entre indígenas que caminaban descalzos con sus atuendos tradicionales, me fue contando su historia.

Había nacido en Izabal en 1941, en una familia muy cristiana (yo tuve ocasión de conocer a su madre, en el Seminario) y fue ordenado sacerdote el 28 de junio de 1969. En 1980 fue consagrado obispo. Su lema era: Deus meus et omnia”. Y no era un simple lema: Cristo era lo primero y todo en su vida.

Era un hombre de complexión fuerte y atlética, decidido, amable, con una extraordinarua simpatía natural. Muy cercano a los indígenas por su sencillez y al mismo tiempo de gran formación teológica y universitaria. Su figura me recordaba a aquellos prelados de los que hablaba Santa Teresa en el Las Fundaciones como el Obispo de Osma, del que hace un largo retrato.

A pesar de llevar tan poco tiempo en su diócesis, don Eduardo había puesto en marcha numerosos empeños apostólicos, movido por su afán de almas y el ejemplo de san Josemaría, en cuyo espíritu se había formado desde su juventud. Pertenecía a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Catedral de Sololá

En el Seminario mayor -en gran medida gracias a su impulso- se formaban más de cincuenta sacerdotes para Sololá y otras diócesis hermanas; estaban impulsando numerosos seminarios menores por toda la zona –yo conocí el de Tecpán- y desarrollaba una intensa tarea pastoral viajando hasta las aldeas y poniendo numerosos oratorios.

Eran construcciones sencillas, que quedaban al cuidado de los indígenas y que constituían un baluarte de la fe para aquellas familias aisladas en medio de las montañas en medio de la gran presión de las sectas protestantes. En algunos lugares, por su innacesibilidad, sólo se podía celebrar la Eucaristía una vez al año, que constituía un hito para aquellos indígenas que tenían que realizar cuatro y cinco horas de camino entre las montañas escarpadas para asistir a esa Misa.

Don Eduardo apoyó a las comunidades religiosas; suscitó vocaciones sacerdotales y se gastó enteramente hasta el último día por su diócesis. Fue construyendo poco a poco la Iglesia local, sustituyendo al frente de las parroquias a los abnegados misioneros de la primera hora por sacerdotes nativos; y promovió la erección de una nueva diócesis con parte de un territorio desmembrado de Sololá.

Fui testigo de muchas de sus jornadas: hablaba con los indigenas catequistas, a los que iba formando con gran esfuerzo; alentaba a las comunidades religiosas en su trabajo; promovía vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales; cuidaba especialmente a los sacerdotes de su diócesis; atendía a todas las necesidades de sus gentes…

Supe a mi vuelta a Europa que había caído enfermo y que había acogido con alegría una dolencia mortal, larga y penosa, cuando se encontraba en la plenitud de la vida, con todos los proyectos pastorales de su diócesis a punto de florecer.

Murió en la mañana del 20 de julio de 1997. Sus restos mortales tardaron tres días en llegar desde la ciudad de Guatemala a Sololá, porque bajaron miles de indígenas desde las montañas para decirle su último adiós y hubo que hacer dos paradas en Chimaltenango y otros lugares intermedios.

Ahora su cuerpo reposa a los pies de la Virgen de los Dolores en la Catedral de Sololá, rodeado por la oración de sus feligreses que le consideraron siempre un hombre de Dios.

Todo lo anterior es una síntesis apretada de su figura. Para terminar no encuentro unas palabras más acertadas que las que dedicaba la Santa de Ávila al obispo de Osma: “Parece que me voy embebiendo en decir bien de este santo, y he dicho poco”.


 

José Miguel Cejas

 

 

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