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Galarraga, Juan Antonio.

Comienzos del Opus Dei en Gran Bretaña


J.Massot, Juan Antonio Galarraga y san Josemaría


Como si me lo estuviera diciendo a mí

Estuve charlando en Bilbao con Juan Antonio Galarraga, mientras caía una lluvia fina y persistente tras las ventanas. Estábamos en agosto y se escuchaba a lo lejos el estruendo de los festejos de la Aste Nagusia, la Semana Grande de esta ciudad. Comenzó hablándome de sus recuerdos de juventud, cuando era un joven universitario.

"Fue el 20 de diciembre del 39. Lo recuerdo perfectamente, como si fuera ahora. Yo viajaba en tren, en dirección a Toledo y tenía entonces diecinueve años. Iba leyendo Camino y pensaba: 'este hombre escribe como si me lo estuviera diciendo a mí’. Y comencé a charlar sobre el libro con un sacerdote que venía en mi mismo departamento.

-- ¿Escrivá? Sí, lo conozco. Es un sacerdote que desarrolla una gran labor apostólica...

Eso fue todo. Poco después estaba yo en la plaza del Buen Pastor de San Sebastián cuando se me acercó un sacerdote conocido y me preguntó si quería colaborar apostólicamente con un grupo de jóvenes donostiarras.

-- Ya me gustaría –le dije- pero no puedo, porque estoy a punto de irme a Madrid.

-- ¿Y en Madrid, conoces a algún sacerdote?

-- Pues no, le dije.

Me habló de varios, en los que salió a relucir el nombre de Josemaría Escrivá,y me dio una tarjeta de presentación. `Vaya coincidencia’ –pensé; para concluir a continuación: `aquí está la mano de Dios’.

Y en cuanto llegue a Madrid fui a verle.

Era un domingo. Me presenté en un piso de la calle Jenner, donde vivía. Era un sacerdote joven, muy cordial, que me invitó a charlar en la salita de invitados.

-- ¿Cómo te llamas?

-- Juan Antonio Galarraga.

-- ¿Y qué estudias?

-- Farmacia.

Me preguntó qué notas sacaba y me empezó a hablar de tres ideas fundamentales para comprender el Opus Dei.

Me dijo en primer lugar que la Iglesia necesitaba buenos católicos, católicos de verdad, `cien por cien'. Luego me insistió en que debía ser un buen estudiante, porque si no, no podía ser buen católico. Y concluyó hablándome de la necesidad de tener prestigio profesional. No podía ser, me dijo, que las personas con más prestigio sean las que no aman a Dios. No debía buscar el prestigio por el prestigio, sino como un instrumento de apostolado para acercar a los demás a Jesucristo.

Luego subimos al piso de arriba donde estaba el Oratorio, que era sobrio y sencillo. Le vi hacer la genuflexión y me impresionó su piedad. Sus gestos, naturales, sencillos, traslucían un gran amor a Dios. Le recuerdo perfectamente, arrodillándose, con los ojos clavados en el Sagrario...

A continuación me enseñó la sala de estudio. Me di cuenta que valoraba mucho el trabajo y el estudio. 'Ven cuando quieras a estudiar', me dijo. Y me presentó a algunos de los que iban por allí.

Su figura me impresionó: se veía que estaba muy cerca de Dios, que vivía en Dios y sólo para hacer su Voluntad. Poco después vi que Dios me llamaba al Opus Dei y pedí la admisión en 1940.

Me han pedido muchas veces que hable del fundador. No es fácil sintetizar su figura en pocas palabras. Era un hombre de Dios, profundamente unido a Jesucristo, de corazón grande, que trataba con cariño a todos, con una gran amplitud de horizontes humanos y espirituales.

En el vestíbulo de entrada de Jenner había un gran mapamundi: no era algo puramente decorativo; nos explicaba que lo había querido que se pusiese allí para ayudarnos reflexionar sobre esta realidad: nos estaba esperando el mundo entero.

En su habitación había un globo terráqueo; y a veces me decía: 'mira cuántos países, mira qué pocos cristianos...' Tenía la idea clara de que la misión de esta partecica de la Iglesia que es el Opus Dei es llevar todas las realidades temporales a Cristo.

Sentía la urgencia de Cristo de que el Opus Dei se expandiera en otros países lo antes posible. En el año 45, cuando yo vivía en Granada me preguntaron de su parte si estaba dispuesto a cambiar de lugar de trabajo para comenzar la labor apostólica del Opus Dei en otro país.

Hay que situarse en aquel momento: la guerra civil acababa de terminar, y España se encontraba totalmente aislada. Era muy difícil conseguir un pasaporte y la frontera con Francia estaba cerrada. Se habían retirado todos los embajadores, menos el de Argentina. Los países de Europa estaban intentando salir de las ruinas de la Guerra y Alemania estaba ocupada por los Cuatro Grandes. Francia se encontraba en plena depuración... Pero el afán de almas le urgía al Padre por dentro y nos decía:

-- ¡Tenemos que ir, tenemos que ir!

Y los únicos países posibles eran Irlanda, Francia e Inglaterra.

Y a Inglaterra me fui. Cuando llegué a Londres, se podían ver muchos edificios derruidos y zonas llenas de escombros por los bombardeos.

Y en estas circunstancias comenzamos el Opus Dei en Inglaterra: sin medios.

Sin medios económicos, sinmás recursosque nuestro trabajo, sin medios materiales, pero con una gran confianza en Dios.

Y así se comenzó a trabajar apostólicamente en los cinco continentes; siempre bajo el impulso de nuestro Fundador, que alentaba esas labores, las guiaba, y rezaba y se mortificaba por ellas, día a día, desde Roma, durante los años cuarenta, cincuenta, sesenta...".

Primeros pasos del Opus Dei en Gran Bretaña

Esto fue lo que me contó Galarraga aquella tarde festiva en Bilbao. Su relato se detuvo en los comienzos del Opus Dei en la isla. Los historiadores Requena y Sesé, en su libro Fuentes para la historia del Opus Dei, han publicado parte de las memorias de Galarraga sobre esos primeros pasos del Opus Dei en Gran Bretaña:

“Yo había terminado la carrera de Farmacia y hecho el doctorado con una tesis que fue premiada. Con el fin de trasladarme a Inglaterra solicité y me fue concedida una beca de Relaciones Culturales, del Ministerio de Asuntos Exteriores. Recuerdo que en diciembre de 1946 el Padre nos urgía a concluir las gestiones previas, y nos animaba a salir cuanto antes. El 27 de diciembre de 1946 salí por fin para Londres. Por cierto que el avión tuvo que interrumpir el vuelo y volver de nuevo a Madrid. Al día siguiente, festividad de los Santos Inocentes, llegábamos a Londres.

Nos alejamos en una pensión. Había escombros por las calles, y se notaban todavía las huellas de los pasados bombardeos. Los alimentos estaban racionados y en los hoteles se servía un único menú. En nuestra pensión se podía tener una permanencia de siete días como máximo, aunque esta norma estaba ya relajándose. Con todo, solamente podíamos dormir y desayunar en ella; las comidas las hacíamos en restaurantes.

El día de nuestra llegada era sábado. El domingo fuimos a oír Misa a la Catedral católica de Westminster. Escribimos enseguida al Padre informándole de nuestra llegada y felicitándole por el Año Nuevo cercano.

El Cardenal Griffin nos recibió con gran cariño desde la primera vez que fuimos a visitarle. Le hicimos frecuentes visitas en esta época.

El Padre nos escribía con frecuencia y nos daba ánimos. A veces eran cartas largas. En Roma esperaban con gran interés las noticias que les mandábamos (…)

Como el vivir en una pensión dificultaba la labor, pronto nos pusimos a buscar una casa. Ya en junio de 1947 encontramos una: Rutland Court, junto a Knight Bridge (Puente de los Caballeros), al sur de Hide Park. Mi permiso de estancia en Inglaterra era para seis meses, prorrogables, pero no podía firmar un contrato de alquiler estable. Sin embargo se pudo cerrar el contrato a la llegada de Rafael Calvo, que había sido nombrado presidente [sic.] de la Delegación del Instituto de España en Londres.

La casa alquilada no tenía muebles, y ante el asombro del portero nos trasladamos a ella llevando solamente las maletas, porque no teníamos otra cosa. Más tarde alquilamos unas camas y varias sillas. Poco a poco se fue amueblando la casa. Permanecimos en ella durante cinco años.

Desde que se puso Rutland Court se potenció la labor. Instalamos el oratorio y, con autorización del Arzobispo, iba un sacerdote de la parroquia -oratoriano- a celebrar la Santa Misa una vez por semana para renovar el Santísimo. Los sábados por la tarde invitábamos a la gente que tratábamos a estar de tertulia y a otras actividades. Por allí pasaron Michael Richards y el primer Supernumerario.

Ya en el verano de 1946 estaba previsto que José Ramón Madurga fuera a Irlanda, pero no pudo llegar hasta 1947. Durante las Navidades de este año estuvo en Londres Pedro Casciaro, que pasó allí las fiestas. Desde Irlanda acudió también José Ramón.

José Ramón, entre tanto, había conocido a Cormac Burke en una de las asociaciones de estudiantes que frecuentaba. Había conocido también a su familia, con la que pasó unos días en su finca de Sligo. Al regresar de Londres, después de las Navidades, el 9 de enero de 1948 habló a Cormac de ser de la Obra (…)

José Ramón y Cormac fueron traduciendo Camino. Nos lo iban enviando a Londres y lo usábamos para hacer la oración los sábados con los que tratábamos.

A lo largo de 1948 y principios de 1949 pidieron la admisión varios en Irlanda: Paul y Dan Cummings, Dick Mulcahy y algún otro. También hubo vocaciones de chicas: las hermanas de Cormac y de Dick, y otras más. El Padre se refería a esto como “el milagro de Irlanda”.

En 1948 llegó a Inglaterra José Antonio Sabater, y en 1949 José Luís González-Simancas”.

 

José Miguel Cejas


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