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Carlos García-Villalba, sacerdote numerario del Opus Dei
capellán mayor de la Policía Nacional


Con Juan Pablo II, durante una audiencia


Recuerdos de Carlos

Al regresar a casa a última hora de la tarde del 18 de mayo, me sorprendió la noticia del fallecimiento de Carlos García-Villalba, sacerdote del Opus Dei, nacido en Granada, en 1934. Enseguida me vino a la cabeza una de las últimas conversaciones que mantuvimos y que giró sobre toros y caballos. Riéndose me interrumpió para contarme una pesadilla de esa noche: le habían regalado a Islero, el toro que mató a Manolete, y no sabía qué hacer con él.

Acababa de morir. No era mayor, teniendo en cuenta las largas edades que ahora alcanzamos, y se encontraba lleno de energía. Pero ya habían transcurrido dos años desde que le diagnosticaron un cáncer al que no le pudo ganar la carrera. Llevó su enfermedad con el mismo espíritu positivo con el que siempre había vivido.

Le conocí en el curso 1950/51, cuando vine desde Córdoba a estudiar Derecho. Coincidimos en el Carmen de las Maravillas, la sede del Colegio Mayor Albayzín, que daba entonces los primeros pasos. Yo estaba allí como residente y Carlos subía a estudiar y a participar en las actividades culturales que organizábamos. Compartíamos también los ratos de deporte, dónde destacaba como futbolista y partidario del Atlético de Madrid, al que apoyo siempre.

Por entonces conoció la Obra y desde muy pronto se dedicó a ella con entusiasmo. No fue en sentido estricto de los primeros miembros del Opus Dei, pero trabajó muy unido a su Fundador y contribuyó a la expansión de esta institución por todo el mundo.

Sacerdote

Años más tarde inició la preparación para el sacerdocio que culminó con su ordenación el catorce de agosto de 1960.

Durante esta época fue cambiando de ciudad y de responsabilidades, pero seguimos coincidiendo con frecuencia. Otra larga temporada los dos colaboramos en la tarea de gobierno del Opus Dei en España, y nos veíamos diariamente en Diego de León, la sede de la Prelatura en Madrid. En todos los casos se le notaba actuar con mucha seguridad, sin dar importancia a los trabajos por duros que fueran, sin cansarse y sin perder el entusiasmo.

Paralelamente iba haciendo amigos en todas las esquinas, amigos a los que seguía tratando durante años. Casi podría decirse que imponía su amistad, porque daba por supuesta una respuesta generosa a su más generosa entrega. Era además simpático, enamorado de su tierra de la que apreciaba los sabores intensos y las costumbres antiguas.

 

 

 












"Tenía amigos en todas las esquinas". Durante su época como Rector del Santuario Mariano de Torreciudad, con dos amigos, uno de ellos el torero español Espartaco


Capellán Mayor de la Policía Nacional

Como sacerdote sirvió a la Iglesia fundamentalmente dedicado a la atención de las labores de la Prelatura, y estuvo de Capellán Mayor de la Policía Nacional durante muchos años. Y guardó siempre un gran cariño a ese cuerpo y a sus profesionales.

Al final de esa etapa fue nombrado Rector del Santuario Mariano de Torreciudad, en Huesca. Y después regresó a Granada, dónde siguió trabajando, sin descanso, en favor de las almas.

Quiero desde estas líneas transmitir el pésame a Blanca, su anciana madre, a quién recuerdo con agradecimiento por su colaboración en la decoración de aquella antigua residencia del Albayzín. Todavía hoy luce en el Colegio Mayor el repostero que ella elaboró recogiendo la leyenda Violenti rapiunt (los esforzados ganarán el Reino),representada por un águila que desciende en vuelo desde la Sierra con una corona de laurel en la garra.

De Carlos podría decirse para concluir estas líneas que no tuvo jubilación Fue un ejemplo para todos hasta el final, incluso en los últimos meses, cuando ya se encontraba muy desvalido. Al igual que el Maestro dio su vida por entero. Descanse en paz.

 

 

Miguel Ángel Montijano

( Ideal de Granada, 27 de mayo de 2006)

 


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