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Robert Gendreau, párroco de Montreal: el Opus Dei y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz


 








Declaraciones para la televisión de Robert Gendreau, realizadas hace años, cuando era párroco de la parroquia de Santa Teresa del Niño Jesús de Montreal.

¿Cual es la situación de la Iglesia en Montreal?

Similar a la del resto de Occidente, que sufre una fuerte crisis espiritual. Quizá para nosotros lo específico de esa crisis es que contamos con una historia religiosa muy importante, ya que sólo hace 40 años nuestra práctica era del 95 %. Entonces todo el mundo iba a Misa y todas las familias bautizaban a sus hijos. Vivíamos en una sociedad católica.

Últimamente hemos sufrido un cambio radical, y lo han pagado los jóvenes, la juventud, que se ha quedado sin ideales porque nadie les habla de religión ni de Dios. Están completamente desorientados y con frecuencia caen en la desesperación.

Yo soy cura párroco y veo como mi parroquia va envejeciendo. Los feligreses habituales tienen cierta edad y los jóvenes no practican ni conocen demasiado la religión... Están bautizados, pero después de la Confirmación ya no se les vuelve a ver por aquí. Sus padres tampoco vienen a Misa. Han cortado con la religión, y por eso, sus hijos desconocen a Dios; quizá les suenen algunos conceptos cristianos, pero no tienen la vida interior, trato con Dios.

-Es una crisis grave...

Sí, es una crisis grave, pero la gracia de Cristo es más fuerte que todas las crisis... Por eso, no hay lugar para la desesperación. Tenemos que rezar, mortificarnos, comprender que debemos cumplir la misión que Él nos encomienda y que en el futuro habrá otros que continuarán esa misión.

Cristo no pierde batallas. Puede dar la sensación de que la batalla se está perdiendo en Quebec, pero yo, personalmente, pienso que no. Debemos perseverar en la lucha. Por eso trabajo especialmente en mi parroquia en todo lo que se refiere a la formación de los jóvenes y de los niños.

Gracias a Dios, tengo unos catequistas bien formados, un grupo de jóvenes universitarios que acuden cada fin de semana a la parroquia para dar unas horas de catecismo a los chicos y a las chicas. Muchos de ellos conocen el Opus Dei. Intentamos darles a los niños una catequesis ontinua para que descubran a Dios, y se adquieran la costumbre de rezar todos los días.

-Y a usted, ¿qué le ofrece el Opus Dei?

Un modelo de sacerdote en la sociedad actual y una ayuda espiritual continua para ser un buen sacerdote. El Fundador, el Padre, es el modelo de sacerdote que yo busqué durante años: el modelo de la lucha que cada uno debe llevar a cabo, llena de esperanza y de alegría. Fue un sacerdote que creía profundamente en la Eucaristía, en su sacerdocio, en la Iglesia, en la Confesión… Por eso, el Fundador me ayuda tanto en el trabajo de mi parroquia, un trabajo que es también Opus Dei, Obra de Dios.

Su figura me recuerda que el párroco debe ser como el padre de la parroquia, y por eso, cuando me siento algo solo, pensar en el Padre me alienta y me da fuerza.

Gracias a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz tengo una relación semanal con otros muchos sacerdotes y eso es muy importante. Esas reuniones semanales nos reconfortan a todos y nos ayudan mucho: hablamos del Magisterio de la Iglesia, de los afanes de cada uno, y así, semana tras semana, vamos compartiendo penas, alegrías y entusiasmos. Y esa formación que recibo me aún más con mi obispo, y al terminar, todos los sacerdotes asistentes salimos rejuvenecidos, con fuerzas renovadas para la evangelización.

Esa formación me recuerda que es Cristo el que evangeliza, que es Él el que mueve las almas. Yo intento servirle siendo un buen sacerdote, y santificándome en mi trabajo de sacerdote. Por eso confío en que acabarán viniendo los frutos, que no serán una consecuencia de mi esfuerzo o de mi programa pastoral, sino fundamentalmente fruto de la gracia de Cristo en las almas.

Por ésta y por otras muchas razones, la formación que recibo en el Opus Dei, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, me resulta de una gran ayuda. Me estimula a amar cada día más a la Iglesia, a pesar de las crisis y las confusiones que sufrimos. Mons. Escrivá conoció también estas crisis cuando vivía en Roma, y sé que le afligieron mucho.

Yo, cuando contemplo determinados comportamientos que me duelen mucho y que desvirtúan, por ejemplo, la verdadera misión del sacerdote, pienso en nuestro Fundador, y me digo: "Hay que rezar mucho, hay que mortificarse mucho, como hizo él". Su figura y su ejemplo me alienta y me da paz.


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