Inicio

 

Rosa Luisa Giberstein, judía de origen polaco,
catedrática de la Universidad de Costa Rica

Cooperadora del Opus Dei



Sin perder mi identidad

Al final de este siglo XX, tan violento, veo necesario alimentar la espiritualidad de la persona humana, y dejar de lado el materialismo y el oportunismo que tantos frutos amargos ha producido.

Por eso me he sentido movida a ser cooperadora.

Además, sin perder mi identidad judía, ahora Dios es para mí un ser más cercano, más cotidiano. Pienso que me ha ayudado a conocer mejor la Iglesia Católica, a la que tengo gran aprecio.


Para saber más:

Los cooperadores no católicos

Colaboran con el Opus Dei muchas personas de diversas religiones. El Opus Dei fue pionero en este fenómeno, de profundo sentido ecumémico, que no dejó de sorprender en su tiempo. Un judio guatemalteco, cuenta la extrañeza de algunos de sus amigos ante la decisión de su padre, don Samuel Camhi, de sostener económicamente una iniciativa promovida por personas del Opus Dei para los más pobres y necesitados.

"¿Por qué hizo eso? -me preguntan a veces-. Ninguno de ustedes son católicos'. Es cierto, todos nosotros somos hebreos de raza y de religión; papá vivió y murió judío; pero sabía que de ese modo se garantizaba en Junkabal un ambiente sin discrimaciones. 'Si allí está el Opus Dei -pensaba- habrá libertad religiosa'.

Hace tiempo hice una escultura para Junkabal: son dos manos que arropan y protegen a un niño desvalido. Son las manos de papá. Quise expresar cual era el oriente de su vida: ayudar a los que trabajan con los más necesitados.

En una ocasión visitó a Monseñor Escrivá, que le agradeció la ayuda que prestaba. Entonces papá le dijo: 'Monseñor, yo quiero recordarle, en primer lugar, que no soy católico. Y en segundo lugar... ¡que soy judío!' Pero para Monseñor eso no significaba ninguna barrera. '¡Ven a mis brazos!' le dijo, mientras le abrazaba.

A partir de entonces Monseñor nos escribía siempre; por el cumpleaños de papá o en fechas especiales. Y afirmaba papá que nunca nadie le había tratado con tanto cariño.

Ahora, cuando pienso en su vida, comprendo su alegría cuando se inauguró Junkabal: había cumplido, por fin, la promesa de su niñez. Fue, sin duda, uno de los días más felices de su vida".

Del libro "Un mar sin orillas".


 

Ir a la página de Inicio